martes, 28 de septiembre de 2010

El picaflor.

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  Aún recuerdo la vez que me enamoré de aquel caballo morado. Era una delicia. El caballito de plástico tenía pésimos acabados y pocos centímetros cúbicos pero me enamoré de él por su humildad. Parado en sus tres patas. Se paraba en tres patas porque la cuarta, la pata izquierda trasera no llegaba a tocar el suelo. Sus ojos asimétricos hipnotizaban. Lleno de rebabas tenía el dorso; asomaban justo de la línea que lo dividía en dos partes, porque en algún tiempo ese caballito fue dos partes. Hasta que un lacónico artesano lo unió en una sola pieza, y ahora, esos dos pedazos se han incrustado tanto en mi mente que me he de confesar enamorado. El caballo morado de aspecto lastimero lucía todavía peor junto al otro caballo que reposaba en la vitrina de mi cuarto. El caballo vecino era uno de importación alemana y fabricado con los más finos materiales y bajo la supervisión de verdaderos artistas del modelado. De este caballito me enamoré antes. Y mi amor pasó de uno a otro. El primer caballo no era morado, era del color exacto de un caballo real, con sus herraduras, su silla para montar, sus motas blancas y sus ojos vivos y muy reales. También se posaba en tres patas porque la cuarta, la izquierda delantera, la alzaba en un ademán de superioridad. No estaba cojo como mi segundo caballo.  

 Cuando el primer caballo, al que llamé “caballo café”, por su color, se percató de la presencia de su nuevo compañero - esto fue en la mañana del 6 de septiembre de 1988 - no se encabritó ni mostró el menor interés en su competencia. Al verlo así: morado, cojo, con rebabas; no pensó jamás que yo lo quisiera tanto. Pobrecillo Café, le rompí el corazón cuando le declaré mi nuevo estado de amor. ¡Quería matarme! Por ese motivo me deshice de él. Lo tomé y lo arrojé por la ventana. Ahora sólo me queda Morado. Y hoy he visto un caballito hermoso de color rojo, al que llamaré Rojo, y que ha robado mi corazón. Pobre de Morado.






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