miércoles, 8 de septiembre de 2010

El misterio de los inocentes.

AudioTexto

No era día de los santos inocentes pero  nos dio por hacernos bromas. Rey comentó que en el trabajo hicieron una broma buenísima a Filiberto, su fotógrafo. Rey Hernández es reportero de nota roja y Filiberto es el fotógrafo de aquel periódico para el que trabaja Rey. O sea que la broma fue de humor negro. Cuervo, el dueño del periódico o el jefe de Rey, o las dos cosas, no sé bien, compró un maniquí de muerto que salta luego de un minuto de estarse quieto. No lo compró, dijo Rey, “lo sacó de quién sabe qué pinche lugar”. El caso es que mandaron a Filiberto a cubrir alguna noticia y estaba tomando fotos al maniquí, previamente acomodado de tal forma que no se notara el plástico, y Rey dijo: acércate más, Fili, quiero una buena toma. Filiberto lo hizo y de pronto ¡Plast! Medio cuerpo del muñeco se levantó. Fili estaba blanco, dijo Rey, se le salía el corazón al pobre. Cuervo no se rió, es un verdadero cabrón. Garrison opinó que era una mala broma, poco original y de parvulario. Yo también lo creía así pero Rey se partía de risa. No sé si por la broma, o por el alcohol. Bebíamos whisky en las rocas, como cada sábado, en casa de Garrison. Como siempre. O como casi siempre. Nos estamos volviendo aburridos, dijo Rey. Se refería a que de un tiempo en adelante procurábamos el mismo sitio: la casa de Garrison y todo eso. Antes rentábamos habitaciones de hotel para ir a beber, o lo hacíamos en bares. Nos divertíamos a lo grande, dijo Rey, ahora sólo somos un grupo de güeyes hablando de literatura y ya conocemos las opiniones de cada uno. Y las enumeró: a ti, Verónica, te gusta Miller y lo amas y te inspiró todo el rollo de escribir y eso… A Garrison cualquier escritor Alfaguara y a Petrozza… Bueno a ese cabrón no sé, dijo. Tienes razón, dije, deberíamos hacer algo divertido. ¿Algo cómo qué?, dijo Garrison agitando los hielos de su whisky. No sé, dijo Rey, algo como hacer bromas. ¿A quién?, preguntó Garrison. No estaba muy convencido. Yo estaba a favor de hacer algo divertido. Es evidente que entre nosotros no podemos hacernos bromas, dije, ya estamos avisados. Ambos estuvieron de acuerdo. No tenemos más amigos, dije, así que serán bromas por teléfono… No, dijo Garrison, eso es muy común y no divierte, tiene que ser a alguien que conozcamos. Ya no conocemos a nadie más, dije. A Filiberto, dijo Garrison riendo. La verdad es que ni él ni yo le conocíamos. Rey hablaba mucho de su fotógrafo pero jamás lo habíamos visto. ¿Por qué nunca lo invitas a venir?, pregunté a Rey. No es del tipo, dijo Rey. ¿De qué tipo?, preguntó Garrison. No sé contestó Rey, sólo no me da la gana. ¡Pues invítalo!, dijo Garrison. ¿Para qué?, preguntó Rey. ¡Para que le hagamos una broma!... No jodas, no lo voy a hacer venir para eso. Yo pensaba pero no me venía nada a la mente. Basta, dije, dejemos eso, mejor pon música, Garrison. Ni siquiera habíamos puesto música. Nos contentábamos con beber, fumar y charlar. Garrison se levantó e hizo sonar algo de Joaquín Sabina.

Debo confesar que yo nunca he sido proclive a las bromas. No a hacerlas ni a reírme de ellas. Sin embargo aquella noche el tema de las bromas nos cautivó. Estuvimos escuchando al buen Sabina por más de tres horas y en ese tiempo se gestaron diferentes conversaciones, pero indiferentemente, terminábamos en la pregunta del millón: ¿a quién le hacemos una broma? Ya lo decíamos con ansias de llevarlo a cabo. Y llegamos a la inevitable respuesta: ¡a Petrozza! ¿Por qué? Cada quién tenía sus motivos. El principal era su ausencia. Le llamamos toda la noche pero no contestó. ¿Dónde estará?, pregunté. Es mejor no saberlo, apuntó Garrison. Y pensé que tenía razón así que no insistí. Ya nos contará, dijo Rey. Bueno, ¿y qué broma le vamos a hacer al hijoputa?, pregunté. Me gustaba llamarlo hijoputa. De cariño. El Gran Hijoputa. Porque siempre andaba diciendo: ¡todos son unos hijoputa! Pensemos, dijo Garrison. Algo bueno, dije Rey, algo con lo que se le caiga la cara. Tampoco vamos a matarlo de un susto, dije, es una broma. Pero algo grande, dijo Rey. Y bebimos y bebimos pero no se nos ocurrió nada. Dile que ya vas a coger con él, dijo Rey, lo llevas a la habitación y cuando se desnude sales con su ropa y… Muy común, dijo Garrison. Sí, dije, además no hará nada, se quedará allí desnudo a beber, no le importará demasiado. Tienes razón, dijo Rey. Garrison pensaba y pensaba, quería ser el genio de la idea. Ama ser el de la idea. Y luego te dice: fue mi idea. Debemos reconocer que generalmente tiene buenas ideas. Le encanta. Así que pensó y pensó. Ya sé, dijo, lo llamamos en horas laborales y le “robamos” la camioneta de Nissan. ¿Y cómo vamos a hacer eso?, pregunté. Rey dijo: es fácil, siempre deja las llaves pegadas a la camioneta, cosa de entretenerlo un segundo o dos. Tampoco es difícil, basta que pase una chica para que se le vayan los ojos. ¿Y luego?, dije. Tomamos las llaves de la camioneta, lo llevamos a un bar, decía Garrison… No, primero  lo llevamos a un bar, corrigió Rey, luego tomamos las llaves y… Supongo que allí me toca entretenerlo, dije. Así es dijo Garrison. En eso Rey y yo escondemos la camioneta y… ¿Para qué los dos?, ¿no puedes solo?, dije. Bueno, dijo, escondo la camioneta y… Regresas y nos ponemos a beber hasta que esté borracho, terminó Rey. Y cuando salgamos hacemos como que no sabemos nada del asunto, dije. ¡Exacto!, dijo Garrison. Los tres enmudecimos. Luego yo dije no sé, no creo que funcione. Yo tampoco dijo Rey. ¿Por qué no?, preguntó Garrison. Me da la impresión de que borracho ni se acordará que trae la camioneta, dije. Pero se lo recordaremos, dijo Garrison. No sé, dije, a mí me da la impresión de que no le importará. ¡No puede no importarle eso!, dijo Garrison. Quizá simplemente no vuelva a Nissan y ya, dijo Rey. Pero lo buscarán por robo de... iba a decir Garrison. Llamarán al seguro y encontrarán el trasto aquel, dijo Rey, y eso es todo. Ya no lo molestarán más. Se olvidarán de él. Sí, dije, además Petrozza siempre entrega documentos apócrifos. Maldición, no encontrábamos cómo hacérsela a ese Petrozza. Yo lo deseaba porque él siempre se salía con la suya. Me jodía con algo y cuando yo intentaba regresarle las molestias nunca lo lograba; no le importaba todo lo mal que yo hablara de él, o lo mal que lo quisiera hacer quedar. Simplemente decía, sí, tienes razón, soy un hijoputa. Lo decía como diciendo: sí, mujer, digas lo que digas no me enojaré. 

El caso es que nunca llegamos a nada. No encontramos una buena broma y lo dejamos para después. 

2

¿Dónde andabas el sábado?, pregunté a Martin el miércoles. Me invitó a comer al café La Selva.  Aunque para él, invitarme es que yo pague todo lo que se coma. Se me atravesó tremenda farra, dijo con la boca llena, desde el viernes en la noche.  Se estaba metiendo un pay de piña con helado de chocolate y lo hacía desesperadamente. ¿Hace cuánto que no comes?, pregunté sarcásticamente. Hace un par de días, dijo. Lo dijo enserio. ¿Cómo aguantas?, dije. No me da hambre cuando bebo, contestó y terminó con el pay y el helado en tres bocados. Le había ordenado aquello porque pensé que sólo deseaba algo ligero. Viendo la situación le ordené carne. Y cerveza, dijo, quiero una cerveza. Y una cerveza, dije al mesero. ¿De qué cerveza?, preguntó éste. Le pregunté a Petrozza. Petrozza me dijo y pasé la orden al mesero. Nos gustaba hacer eso. Petrozza actuaba como un niño o como un millonario excéntrico. Cuando salía conmigo no tocaba el dinero. Me repugna, decía. Y no hablaba con meseros ni vendedores ni tenderos ni demostradoras ni nada. Todo me lo decía a mí, y yo se lo decía a esas personas. Era divertido. Yo lo hacía porque me divertía. Él lo hacía por no sé qué explicación psicológica. ¿Y qué hicieron el sábado?, preguntó. Le conté en breve todo lo que hicimos que no fue mucho. Ya, dijo. Y comía y bebía como un verdadero niño de orfanato. Ya no comía rápido sino lento. Muy lento y cansado. Se había llenado con tan poco. Yo me había pedido sólo una cerveza. Y también la bebía despacio. Entonces le conté lo de la broma a Filiberto. No se rió. Dijo: qué pendejada. Actuaba como un viejo amargado. Siempre era lo mismo cuando le llegaba la resaca. Masticaba muy duro. ¿Todo bien?, pregunté. Ya no quiero esta carne, Pinciotti, ¡ayúdame! Pedí al mesero retirara el plato de Petrozza. En el Café la Selva nos conocían. Éramos clientes frecuentes y ya no se asombraban de nuestro teatro. Ya sabían que si él y yo llegábamos juntos, iba a ser el rollo del mutismo de Petrozza. ¿A ti cómo te fue?, dije. Ya, dijo, estuve rodeado de gilipollas y tías que no se dejan follar, cabronas de mierda. O sea que te fue mal… No, dijo, al menos estuve rodeado de alcohol. Terminamos de comer. Pagué la cuenta. Le dije: ¿te vas o te quedas? Yo tenía que ver al Sr. Pinciotti en una hora. Me daría unos papeles importantes o algo y debía tener cuidado, ser puntual, y sobre todo, OBEDECER, decía mi padre. Le expliqué a Petrozza y le di dos alternativas: me acompañas a todo eso y te invito a cenar en casa, o te quedas aquí y te recojo cuando termine de todo eso. Decidió esperar. Así que me fui. Ya me iba cuando dijo: oye, Pinciotti, ven. Regresé. Déjame algo de pasta, mañana te lo pago. Sabía que no pagaría nada pero le dejé de todos modos. No lo tomó. No, dijo, dáselo al mesero y que me abra una cuenta. Maldición, dije, tengo el tiempo encima. Pero no me dejó ir sin hacerlo. Así que lo hice. Bien, dije, tienes saldo por quinientos pesos, no más. ¿Entiendes? Ya, Pinciotti, mueve ese culo, me dijo el hijoputa. Ya me iba y otra vez: ¡Pinciotti! ¡¡Qué demonios quieres, Martin! ¿A qué hora pasas por mí? No sé, dije, cuando termine, sólo no te muevas de aquí. Yo pensaba tardarme dos horas y pensé que quinientos pesos de cerveza no le durarían dos horas. Si terminas no te alejes demasiado. Sí, dijo, ya vete. Lo dijo moviendo la mano en un ademan despectivo. 

Cuando regresé no estaba. Maldición, pensé. 

3

Garrison llegó a mi casa entusiasmado. Quería contarme algo y estaba realmente emocionado. Yo estaba en mitad de mi aseo personal. La sirvienta lo hizo pasar a la sala pero él corrió a mi habitación. ¡Verónica!, gritó. Yo cerré la puerta del baño y le dije desde dentro: ¡espera, me estoy vistiendo! Esperó unos segundos y luego dijo: ¡apúrate, tengo algo que enseñarte! Ya voy, dije, ya voy. Salí en bata del baño y le pregunté por qué tanta prisa. ¡Mira!, dijo dándome una hoja. La tomé y leí. Era una notificación de la editorial Alfaguara diciendo que el trabajo de Garrison había sido aceptado. ¿Cuál trabajo?, dije. Garrison había mandado algunos textos a Alfaguara, dijo, y los han aceptado. Pero Alfaguara publica novelas, dije, no textos. Sí, dijo Garrison pero aquí lo dice claramente, AQUÍ. Señaló con el dedo como un desesperado. Leí. Sí, en efecto, dije. Allí decía que iban a publicar un libro de cuentos de Mr. Garrison. Pues felicidades, dije. ¿Felicidades?, dijo él. Esto lo tiene que ver Petrozza. Me pidió lo acompañara. Me vestí en un dos por tres y salimos en busca de Petrozza. Que es como buscar una aguja en Tlalpan. Fuimos en el auto de Garrison. Conducía terrible. No siempre lo hace pero  aquel día iba nerviosísimo. Le sudaban las manos. Siempre le sudan a mares pero ahora le sudaban a océanos. Conducía y hacía llamadas por su teléfono móvil al mismo tiempo. Le llamó a Rey: ¡No me lo vas a creer!... Yo Garrison, ¡no me lo vas a creer!... ¡ME VAN A PUBLICAR EN ALFAGUARA!... Te lo juro, tengo la notificación y todo… Y luego llamó a alguien más y alguien más, gente que yo no conocía y a todos decía lo mismo. Incluso llamó a su madre. Y se lo dijo. 

Garrison dio vueltas por el centro de Tlalpan pero no dimos con Petrozza. 

4

 Recibí una llamada anónima. Decían tener secuestrado al Sr. Pinciotti. No era la primera vez que yo recibía una llamada así, o que el Sr. Pinciotti recibía una de mi secuestro. Colgué sin decir una palabra y marqué al móvil de mi padre. ¿Todo bien?, le dije. Sí, todo bien, hija, ¿por qué? Nada más, te quiero, cuídate… Luego llamé a la asistente personal de mi padre y le pregunté por él. Está aquí, a mi lado, dijo. Bueno dije, me lo saluda, bye… Y me olvidé del asunto. 

5

Llegó el sábado y nos reunimos. En esta ocasión sí estaba Petrozza. Entramos y nadie hablaba. Sólo Petrozza. ¿Qué tienen, tíos?, dijo. Todos estábamos con una cara de odio. Pero no sabíamos hacia quién. Yo estaba segura de que la llamada anónima había sido una broma de alguno de ellos. De Rey, o de Garrison. Y los miraba con ganas de decirles que no me había afectado su broma. Pero no tenía el valor de culparlos directamente así como así, sin pruebas ni nada. Y lo que me enojaba es que jugaron con el secuestro de mi padre. Eso me dolía demasiado. No pensé que mis amigos fueran capaces de meterse con eso. Saben que amo a mi padre y que uno de mis grandes temores es que algo le suceda. Garrison estaba furioso también pero no supe porqué hasta que lo dijo. ¡CABRONES! Fue Garrison el primero en hablar. ¿QUIEN FUE? Petrozza estaba confundido. De qué coños hablan, tíos, díganme, joder, dijo. Encendió un cigarrillo y agregó: ¿qué hicieron en mi ausencia trío de hijoputas? Pero nadie reía. Normalmente hubiéramos reído pero esta vez nadie lo hizo. Rey se levantó y me acusó: ¡fuiste tú Verónica! ¿Yo qué?, pregunté. ¡No te hagas!... Yo no hice nada, cabrón, contesté. El ambiente estaba tenso. El ambiente está tenso, dijo Petrozza agitando su whisky en las rocas y echando humo como una maldita chimenea. ¿Qué putas pasa aquí? Pero nadie se aventuraba a hablar del asunto. Supongo que pensábamos: quizá no fueron ellos y será vergonzoso contarlo. Petrozza comenzó a actuar como Sherlock Holmes. Caminaba en línea recta, de ida y de regreso, fumando, y decía: algo pasa aquí, Dios. Y se me quedaba viendo exagerando los ojos. Tú sabes algo, Pinciotti… decía de repente señalándome con el índice amenazadoramente. Me hubiese reído de no ser que estaba realmente enfadada. Luego hizo lo mismo con Rey y con Garrison y tampoco rieron. Mierda, dijo alzando los brazos y tirando medio whisky al aire con hielos y todo. El vaso no. Ese lo agarró fuerte. ¿Qué pasa aquí?, preguntó desesperado. ¿Qué qué pasa?, dijo Rey, ¿qué qué pasa? Pues pasa que la zorra de Verónica llamó  a mi madre y le dijo que yo estaba liado con prostitutas. ¿Cómo?, dijo Petrozza. Lo que oíste, cabrón, esta bruja se comunicó con mi madre y le dijo que yo me acuesto con putas. ¿Y eso qué?, preguntó Petrozza, es verdad. ¡Con prostitutas!, corrigió Rey. Pues es verdad, dijo Petrozza. Sí, dijo Rey exaltado, ¡pero mi madre no debe saberlo! Casi le da un infarto, estuvo jodiendo todo el día por el teléfono y santiguándose y llamándome hijo de Satanás. Dios, dijo Petrozza, ¿eso hiciste, Pinciotti?, preguntó mientras llenaba su vaso con whisky y hielos. ¡Claro que no, Rey!, yo ni siquiera sé el teléfono de tu madre. Rey enmudeció. Es cierto, entonces fuiste tú, ¡CABRÓN!, le dijo a Garrison. Garrison sí sabía el teléfono de la madre de Rey. Te juro que no, dijo Garrison. Cómo no, pinche Garrison, dijo Rey, ¡te quedaste con las ganas de hacer una broma a Petrozza y me jodiste a mí! Petrozza no entendía nada. ¿Una broma a Petrozza?, dijo Petrozza. Además no digan nada, dijo Garrison, que uno de ustedes dos también se pasó conmigo. ¿Contigo?, dije yo. Sí, dijo, lo de Alfaguara era mentira, alguien de ustedes mandó la notificación, no digan que no. ¿Mentira?, preguntamos al unísono Petrozza, Rey y yo. Para eso ya todos estábamos enterados de las buenas nuevas de Garrison. Sí, dijo, ¡llamé a Alfaguara y ni siquiera me conocen! Aquí reímos todos. No lo pudimos evitar. Pero Garrison se ofendió bastante con la broma, y es que de verdad, eso es el sueño de Garrison, o sea que el que hizo la jugarreta fue muy certero. De hecho, llamar a la madre de Rey también lo fue, pues sabíamos que eso era un tema delicado para la Sra. Hernández. Y llamarme anónimamente fingiendo el secuestro de mi padre tuvo que ser obra de alguien cercano, de alguien que sabe lo mucho que eso me afectaría. Pero no sólo tuvo que ser una mente conocedora de algunos secretos nuestros, sino cruel y despiadada. No eran bromas inocentes. Eran bromas que de verdad pudieron causar un problema grave, en el autoestima de Garrison, en la relación filial de los Hernández, y en mis nervios. Todos nos quedamos mirando. Desconfiando uno del otro. Petrozza sólo se divertía. Se rió al escuchar cada una de  nuestras experiencias y jugaba a descifrar el caso. Muy bien, dijo: lo de Rey sólo pudo ser Garrison. Y era verdad pero Garrison juraba que no fue él. Yo lo declaro culpable, dijo Petrozza. Pero no le hicimos caso. Comenzamos a pensar profundamente. Pero sí, sólo podía ser Garrison. Petrozza no tenía el teléfono de la madre de Rey. Eso era definitivo. No tenía el teléfono de casi nadie. Y los pocos que tenía estaban anotados en papeles sueltos en su casa. Era prácticamente imposible. Lo de Garrison, dijo Martin, sólo pudo ser Rey. ¿Cómo, por qué?, dijo Rey. Sólo tú tienes la tecnología necesaria para falsificar notificaciones de Alfaguara, dijo. Todos reímos por la parte de sólo tú tienes la tecnología necesaria. ¿A qué te refieres?, dijo Garrison. Sí, dijo, piensa… Rey trabaja en un diario. O sea que tiene acceso a computadoras, firmas, fotografías, impresoras de punta y cosas que pueden hacer parecer real una notificación de lo que sea. Nos quedamos pensando. No lo dijo correctamente pero lo que quiso decir tenía sentido. Tiene sentido, dijo Garrison. A ver, trae tu notificación, dijo Petrozza. Garrison la trajo. No puedo creerlo, dijo Martin, no puedo creer que te hayas tragado esto. ¿Por?, dijo Garrison, parece muy real. Dios, dijo, a ver, cómo es posible, ¿tú en qué momento mandaste textos a Alfaguara? Es lo mismo que yo le dije, dije yo. Pero Garrison juraba que alguna vez mandó textos a Alfaguara. ¿Y con qué objeto?, si Alfaguara edita novelas, no textos sueltos, dijo Petrozza. AQUÍ, dijo Garrison señalando con el dedo, apachurrando la parte donde se leía “libro de cuentos” que ya estaba desgastada de tanto ser señalada. Ya, dijo Martin. Bueno, pues como ven, sólo pudo ser Rey Hernández. Eso no prueba nada, dijo Rey, no tiene nada que ver… Tiene todo que ver, lo detuvo Petrozza. Y explicó: Verónica no sabía que Garrison había mandado textos sueltos (cosa bastante extraña), a esta condenada editorial. Garrison reaccionó: ¡es cierto! ¡A ti sí te dije, Rey! Pero Rey juraba no recordar nada. Perder la memoria es un viejo truco, amigo Rey, eso díselo al juez, dijo Petrozza. Todos enmudecimos de nuevo. Ya estábamos más tranquilos y aunque todo lo que Martin decía no era descabellado, no nos convencía del todo. ¿Y bien, dije, quién me hizo a mí la broma, señor detective? Garrison y Rey preguntaron: ¿cuál broma? Les conté lo de la llamada anónima. Petrozza prendió un cigarrillo. Dio algunas vueltas y luego dijo: una de dos: o fuiste tú, me dijo a mí. O… ¿Cómo yo?, no seas idiota, dije. Me refiero, dijo Petrozza, a que tú te inventaste eso para fingirte víctima de alguna broma y no levantar sospechas… ya estás delirando, dije. No, preciosa, dijo Petrozza, esto es un caso común. Quizá dijo, mis queridos amigos son inocentes. Esta hipótesis la estaba guardando para el final, dijo: quizá ellos dos son inocentes y verdaderas víctimas de bromas ¡HECHAS POR TI!, porque piénsalo, Pinciotti: no hay testigos de tu “broma”. Carajo, dijo Rey, es cierto Verónica. Estás loco, Martin, dije, y estoy muy enfadada porque jugaron con algo delicado. Pero nadie vio, querida, dijo Petrozza, y recuerda: ¿un árbol que cae en un bosque lejano y no es escuchado por nadie… Ya, dije, deja eso, ¿cuál es la segunda probabilidad? La segunda probabilidad es, dijo Petrozza, que este par de cabronazos se jugó una broma y lo tuyo fue real. Quizá fue un verdadero seudo-secuestrador, es muy común… Sí, dije, es muy común. Garrison y Rey enmudecieron. Y era verdad. Petrozza tenía razón. Sólo Rey pudo hacer esa broma a Garrison y sólo Garrison pudo hacer la broma a Rey. Quizá yo estaba fuera. A lo mejor ninguno de los dos quiso pasarse conmigo. Por ser mujer o por miedo a mi reacción, no sé. Caso resuelto, dijo Petrozza sirviéndose más whisky y chocando su vaso con los nuestros en brindis. No hay nada resuelto, dijo Rey, aún no sé quién llamó a mi madre. Ya te dije, fue este cabronazo, dijo Petrozza señalando a Garrison. Yo no fui, lo juro, contestó Garrison. Petrozza dijo: no importa cuánto juren ni en nombre de quién, el caso está resuelto. 

Al parecer lo estaba. Todos nos tranquilizamos. Ya no importaba demasiado. Garrison puso algo de música y comenzamos a platicar. Petrozza nos contó su última farra. Lo habían invitado sus compañeros de trabajo. Los de Nissan. Pero tú te la alargaste dos días o tres, dijo Rey. Sí, contestó Petrozza, los niñatos decía: mañana trabajamos. Como si eso pudiera evitar una buena farra. Una buena farra puede evitar el trabajo, no al revés, Dios, ¿por qué la gente siempre hace todo al revés?, decía Martin. Ya todo iba por buen camino hasta que Garrison dijo: oigan, Petrozza sabe demasiado de las bromas, ¿no les parece? Lo miramos raro. Pues me lo contaron todo justo hace unos minutos, dijo. Sí, dijo Garrison, pero a ver, ¿cómo sabes que sólo yo sé el teléfono de la madre de Rey? Pues porque se conocen desde críos y a Verónica no la conocen desde ese entonces, respondió Petrozza. Es razonable, dijo Rey. Y ya no había más qué preguntar. No tomamos enserio las insinuaciones de Garrison y continuamos bebiendo. A media velada Petrozza dijo: tengo la última hipótesis. ¿Cuál?, preguntamos todos. Si seguimos bebiendo así en algún momento alguno escupirá la verdad. Diablos, eso también puede ser, dijo Rey, todo puede ser, porqué no tienes una sola hipótesis, Petrozza, una que podamos comprobar de una buena vez. Yo dije: ya, Garrison, confiesa. Pero juraba ser inocente. Entonces Petrozza preguntó por el comentario de hacer una broma a Petrozza. Tuve que confesarle estaba en la mira de nuestras estratagemas. Y de alguna manera se salvó. Todos habíamos acordado no hacernos nada entre nosotros sino a Martin. Y nadie hizo nada a Martin, y entre nosotros pasó todo. 

5

Nadie confesó nada ni con todo el whisky encima. Nos fuimos y nadie dijo nada certero sobre el asunto. Pero yo debo decir que soy inocente. No jugué alguna broma a Rey ni a Garrison. Aún en reuniones recientes discutimos el asunto pero nadie ha soltado una sola palabra. Y ahora lo titulamos el caso: “El misterio de los inocentes”. Por más que le damos vueltas no salimos de las hipótesis planteadas por Petrozza. ¡Hijoputa! De alguna manera siempre se salva. 


7 comentarios:

  1. !!! jajajajaj, fue divertido, solo que le falta, un buen final...algo como que en realidad fue Petrozza, quien les hizo la jugada, microfonos ocultos o algo mass telenovelesco, minimo continuara....,jajajajaj !!!

    ResponderEliminar
  2. Si fue muy divertido y es muy buena la naarracion, has mejoradi mucho vero, y entiendo porque final es asi porque nunca supieron, son cosas que pasan entre amigos y todos se hacen los desentendidos, jajajajaja maravilloso texto

    ResponderEliminar
  3. Increíble, maravilloso, reitero que eres una narradora extraordinaria y enganchas. El relato es mágico, como todos tus relatos. Hace que me den ganas de estar allí con ustedes y ser parte de su grupo de amigos. Felicidades, Pinciotti!!

    ResponderEliminar
  4. jajajajajajjajajaja no pare de reir es tan bueno y me imagino todo!!

    ResponderEliminar
  5. nuevamente mes has sorprendido !

    ResponderEliminar
  6. Petrozza es un corracho con suerte! hay que tomar, creo que eso e sloque le da la suerte! por irse de borrachote no estuvo y no le hicieron nada jajajajaj me cae tan bien!

    ResponderEliminar
  7. jajajajaj único!! hace mucho que no leía algo tan dvertido!

    ResponderEliminar

Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com