sábado, 18 de septiembre de 2010

Detrás de todo gran hombre...

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Todo iba bien con Carolina. Yo lo pensaba así: todo va bien, todo va bien. Pero supongo que Carolina pensaba: todo va bien con Martin. Lo que significa que yo me portaba muy bien. Me acoplé al estilo de vida que ella impuso. Me levantaba temprano y me duchaba y todo eso. Y luego me ponía a escribir incansablemente hasta que se largaba al curro. Entregaba todo mi trabajo literario a ella y lo almacenaba, lo depuraba y lo enviaba a las revistas. Es más o menos lo que yo hacía antes de ella pero organizadamente. Conocía el nombre de todos los directores editoriales de las revistas. Anotaba la fecha en que envió un texto, los comentarios que hizo la revista sobre el texto rechazado (si es que se dignó a hacerlos), y hacía un reporte de lo que las revistas publicaban normalmente. Así, si yo tenía un texto sobre la muerte, lo enviaba a la revista que considerara viable. Todo eso era muy cansado pero ella se entregaba apasionadamente. Incluso le dije que ella debería escribir. Tendría más oportunidades que yo. Pero no quiso. Y estuvo bien. Algunas revistas comenzaron a coger mis textos. Yo no lo podía creer. El fruto de tanto trabajo daba resultados. ¿Lo ves?, me dijo, te voy a hacer famoso, amor. Vaya, nena, dije, eres mi estrella de la suerte. Yo realmente pensaba en ella como una estrella de la suerte. O como una estrella. Era bella y encantadora pero estaba ardiendo la condenada. Me quemaba con tanta disciplina. 

 Aquella mañana yo tenía encima una resaca y ella fue hasta el sofá donde yo estaba echado. Me dijo: tengo una sorpresa para ti, amor. Ya, dije, me gustan las sorpresas, pero que sea otro día, ahora ando frito. Es una gran sorpresa, dijo, ¿seguro no quieres que te lo diga ahora? No, nena, anda, ve con tu madre o algo, quiero estar solo. Carolina no era como mi novia de diecisiete años. No tenía que ir con su madre nunca. Y no estaba ligada a ella ni a su padre ni a ningún familiar. Eso me agradaba. Pero a veces deseaba que su madre le solicitara de vez en vez. Para quitármela de encima. Está bien, dijo, te lo diré en la cena. Bien, dije, mientras da una vuelta o algo, enserio, quiero estar solo. No seas payaso, dijo, mejor prepararé el desayuno. Pero yo no quería desayunar. Quería estar solo con mi resaca y pensar. La gente no suele pensar demasiado. Y menos con resaca. Yo pensaba mucho con resaca. Me echaba en el sofá y pensaba. Pensaba que así debe ser como un oso inverna. Echado sin hacer nada, casi sin mover un músculo y pensando. ¿Qué quieres desayunar?, preguntó Carolina. Pues nada, contesté. Yo nunca desayunaba. No me daba hambre ni nada. Y ella lo sabía pero cómo le gustaba joder con eso de que el desayuno es la comida más importante del día. Ya, decía yo, no te confundas, la gente no quiere decir el desayuno es la comida más importante, quiere decir: los primeros alimentos que ingieres. A eso se refieren con el desayuno: a los PRIMEROS alimentos. Como sea, dijo, es importante que lo hagas. Ya, dije, partiendo de que los primeros alimentos son los más importantes, nadie está obligado a comer los primeros alimentos por la mañana. Pero esto confunde a la gente. Pues se creen que si no lo haces por la mañana ya no será un “desayuno”, y habrás perdido la parte más importante de tu alimentación… ¿Quieres un par de huevos?, me interrumpió. Pero yo la interrumpí a ella: es lo mismo si “desayuno” al anochecer, serán para mí, los primeros alimentos y seguirán siendo tan puñeteramente importantes como el desayuno, ¿ves?... Haré un par de huevos. Dios, dije, ¡será como quieras! 

Eso es lo que no soportaba de Carolina. Todo tenía que ser siempre a su manera. Toda mi vida tenía que encajar es sus hábitos, en sus costumbres, creencias y pensares. Como si ella tuviera la razón todo el tiempo; “el desayuno es importante”, “debes escribir aunque no tengas ganas”, “deberías dejar de fumar”, “si hace frío llévate un suéter”, “no camines descalzo”, Dios. Ya no lo soportaba. Quizá ella tenía razón todo el tiempo pero a mí no me importaba. Sencillamente no me importaba partirme de tos. No iba a dejar de fumar por eso. No iba a cargar un suéter porque un poco de agua caía del cielo. No me importaban todas esas cosas. Yo sólo quería paz. Quería disfrutar mi resaca en santa paz. O en paz. 

Ten, dijo acercándome una tortilla. Saqué la cabeza de la colcha. Un tufo a ebrio salió de allí y Carolina dijo: ¡vaya hombre! Ten, dijo de nuevo acercándome la tortilla a la cara. ¿Qué se supone que debo hacer?, pregunté. Come esto mientras se fríen los huevos. Maldición, dije, no quiero comer, entiende. Anda, ten, insistió. Tomé la tortilla y me metí a mi cueva. No me la comí. Cerré los ojos y pensé. Pensaba de dónde había salido la tortilla. En Mesoamérica y todo eso. Me imaginé a las indias desnudas haciendo tortillas. Pero no me duró mucho. ¡A comer!, gritó Carolina. No me levanté. Se fuerte me decía a mí mismo. ¡Ven a comer!, gritaba Carolina. Resiste, hombre, me decía. Sabía que pronto iba a explotar. Que tarde o temprano iba a largar a Carolina. Era como una olla exprés. Finalmente fui débil. Me levanté y caminé hasta la mesa. Allí estaba un plato con huevos fritos y arroz. Anda, mi amor, come, dijo Carolina. Me senté a la mesa y me puse a mirar los huevos. Carolina comía con gusto. ¿Por qué tú no comes huevos?, pregunté. Ella comía cereal de fibra o algo. Porque no quiero ser una cerda, dijo. Eso está bien, dije. Le miré el vientre. Llevaba puesta una camiseta de tirantes, y bragas. Lucía muy bien. El vello del coño se transparentaba. Una mancha negruzca. A través de las blancas bragas. La miré mucho tiempo. Luego miré sus piernas y los pies. Me encantaban los pies de Carolina. Y los pies de casi todas las mujeres. ¿Qué me ves?, preguntó. No defensivamente. Más bien lúdicamente. Le sonreí y dije: si no tuviera esta resaca encima te daría el mejor polvo de tu vida. Lo malo de vivir con una mujer es que todo el tiempo la quieres follar. Y lo puedes hacer. Y en eso, puede quedar embarazada. Carolina rió y dijo: pues come, recupérate, y dame el mejor polvo de mi vida, CABRÓN. Se ponía algo brusca en el jugueteo erótico. Le gustaba tratarme como a un macho. Yo estaba lejos de ser un macho. Era más bien noble. Enserio. Las mujeres solían confundirlo. Yo era capaz de dejar a una mujer por una cerveza. Y también era capaz de dejar el alma por una mujer. O sea que amaba las dos cosas, a las cervezas y a las mujeres. Nunca lo entendían. Son condenadamente egoístas. Quieren el amor para ellas solas. Y también quieren que las folles de a diez. Yo a veces no tenía ganas y tampoco lo entendían. Hay días que prefiero papar moscas que follar, les decía. No se lo creían hasta que un día yo no las follaba. Prefería pensar en los juicios sintéticos de Kant. Y me decían maricón, poco hombre y todo ese rollo. Verás, dije a Caro, es muy lindo de tu parte que hayas preparado estos huevos y todo pero, NO TENGO HAMBRE. Debes comer…, dijo y se echó una cátedra sobre la salud. Ya, dije, pero no quiero, Dios, no quiero. Comeré cuando tenga ganas de hacerlo. Subimos el volumen de nuestra voz. ¡Te vas a matar, decía, ¿tú madre no te educó, o qué?! Ya me tienes harto, Caro, hay cosas que no quiero hacer, ENTIENDE, hay cosas que simplemente NO QUIERO HACER, porque NO ME DA LA GANA. Estoy cuidando tu salud, ENTIENDE, me dijo. Al diablo mi salud, al diablo, al diablo, ¡al diablo estos huevos!, dije y di un manotazo. Los huevos salieron volando. No era mi intención pero los condenados huevos volaron por la sala y cayeron en el pecho de Carolina. Dios, la he cagado, pensé. Estaba arrepentidísimo. Enserio. No fue mi intención y sabía que la había cagado en grande. Carolina se levantó y corrió al cuarto. No dijo una sola palabra. Bueno, tío, me dije, la has cagado. Carolina tardó demasiado dentro. Toqué la puerta pero no respondió. Cogí un cigarrillo del estante y lo encendí. Estaba en calzoncillos y necesitaba entrar al cuarto para sacar algo de ropa. El incidente aquel me despertó la sed. Quería una buena cerveza helada.

Toqué la puerta como desesperado pero Carolina no salió. Al diablo, grité, vete a la mierda. Busqué por la cocina y los encontré. ¡Pantalones!, es todo lo que necesito, pensé. Me metí a ellos y salí a por unas latas de Tecate. Iba descalzo y sin camisa pero no me importó. Al tendero tampoco le importó. Ya me conocía. Sabía que yo era capaz de salir de muchas maneras. Maneras peculiares, sólo por algo de beber. Regresé. Pise un trozo de huevo. Se embarró en mi pie. Sentí el frío y aguado huevo. No me importó. Me subí al sofá y limpié el pie en el mismo. Me puse a darle a mis cervezas. Carolina no hacía nada de ruido. Me asusté. Iba por la segunda cerveza cuando encendí un cigarrillo y me acerqué a la puerta del cuarto. Caro, nena, dije… ¿estás ahí? No respondía. Ya, me dije, déjala en paz. Puse algo de Bach en el estéreo y me olvidé del asunto. Pero Carolina era experta en molestar justo cuando yo empezaba a disfrutar de la vida. Salió del cuarto en el momento exacto que yo de verdad había olvidado el asunto y disfrutaba del maravilloso arte de no-hacer-nada. ¡Puto!, me gritó. Yo me reí. Sonó tan gracioso. Ya, nena, le dije, olvida eso, anda, ahora sí que tengo hambre, prepara unos bocadillos… ¡Macho!, gritó. Reí de nuevo. Yo lo decía todo en juego pero a ella no se le pasaba el coraje. ¡Me voy!, dijo. Anda, vete, ¡cabrona de mierda!, grité. Lo decía jugando. Y ella sabía que yo estaba jugando. Que no me importaba en absoluto si estaba enojada o lo que sea. Entonces, para enfatizar su ira se metió al cuarto. Esta vez no lo cerró. Yo no me moví de donde estaba. Salió con una maleta llena de cosas. La misma maleta con la que llegó a mi vida. ME VOY, dijo. Ya, dije, pues vete. ¿No te importa?, preguntó. Alcé los hombros y dije: lo que fácil viene, fácil se va. Andá, vete, ¡guarra! Caminó a la puerta a paso seguro pero justo en la puerta se detuvo. Regresó. Entonces lo supe: esta jeba no se irá. Se sentó a mi lado y dijo: no soy una guarra. Yo di un largo trago a la cerveza, le eché una nube de humo a la cara y contesté: no, linda, no lo eres. En verdad no lo era. Era una sargento, pero no una guarra. Y me quería. Yo lo sabía. Y yo la quería a ella. Le tomé el pelo y le dije amor, lo siento, no era mi intención lo del huevo. Puso una cara de niña. Pensé que todo había pasado pero no. Se levantó y gritó: ¡YO SOLO ME PREOCUPO POR TI! Y luego me echó un sermón. Algo así: todo lo que hago es por tu bien. Eso era en pocas palabras. Y tenía razón. Traté de explicarle: lo sé, dije, pero debes entender que no soy un niño, hay cosas que no quiero hacer, y no las voy a hacer aunque con eso me gane el cielo o tres años más de vida. De hecho, dije, si con algo me ganara tres años más de vida, no lo haría. Fuese lo que fuese, no lo haría. Se cruzó de brazos y dijo: y si se tratara de hacerlo conmigo, ¿no lo harías? Dios, dije, estoy hablando exageradamente, claro que lo haría si fuera eso. Acabas de decir que no lo harías fuese lo que fuese, dijo. Ya, dije, pero estoy loco, sabes que a veces digo tontería y media. Yo decía aquello porque la conocía bien. Todo lo que yo decía ella lo tomaba como un juicio categórico. Y sabía que lo que dije de no hacer cualquier cosa que contribuyera a mi longevidad me estaba metiendo en un problema. Conocía muy bien lo que se avecinaba. Dijo: pues hacer el amor con la mujer que amas es bueno para tu salud, ¿sabías?... Ya, dije… pero como a ti no te importa tu salud y ya no quieres que yo me preocupe por ti… Ya, dije, no hablo enserio, sabes que estoy jugando… Pues yo no estoy jugando… Ya, dije, pues dale, lárgate de una buena vez. No sé qué me pasó. Creo que también estaba cansado de eso. De que Carolina tomara todas mis palabras literalmente. Era como estar con la policía: todo lo que digas será usado en tu contra. ¿Cómo?, dijo. Sí, dije, que si te vas a poner en ese plan será mejor que te vayas. ¡O sea que sólo me quieres coger!, dijo. Ay, Caro, dije, déjate de juegos, mierda, sabes que no es así pero ya no soporto… ¿Ya no soportas qué?... Esto, dije, tu maldita manera de manipularme, de chantajearme y de querer que todo se haga como tú dices. ¿Estás seguro?, me amenazó. Mira, nena, dije, yo te quiero, enserio, pero si no lo puedes entender será mejor que te vayas, dije aplastando la colilla de un cigarrillo sobre el cristal de un cenicero. Pues bien, dijo, si eso es lo que quieres… Se puso como loca. No, dije, no es lo que yo quiero, es sólo que si tú no puedes entender que hay cosas que no… Sí, sí, cómo digas, dijo. Ya, dije, entonces lárgate. Eso haré, dijo tomando su bolso. No tomó la maleta. Nena, la maleta, grité. Regresó a por la maleta. La cogió y luego dijo: eso es lo que quieres. Yo dije: mierda, ¡que no!, ¡eso no es lo que quiero!... ¡Eso es lo que me gritaste!... Yo sólo digo que si no vas a comprender que hay cosas que no quiero hacer, como desayunar o ducharme o levantarme a las siete de la puta mañana o escribir a las nueve o… ¿Quieres que me vaya, o no?... Quiero que te vayas si no vas a cambiar y que te quedes si vas a entender de una vez que… ¡Entonces quieres que me vaya, cabrón!, después de todo lo que he hecho por ti… Aquí pensé que iba a llorar. Caminaba por la estancia de un lado a otro y alzaba los brazos y pateaba cosas. Yo estaba sentado en el sofá bebiendo mi cerveza y encendiendo otro cigarrillo. No lloró. Siguió hablando: cuando te conocí no eras más que un borracho de mierda… Ya, dije, pero eso te gustó… No, imbécil, eso no me gustó, lo que yo quería era ¡hacer de ti un HOMBRE!... Soy un hombre desde que vine a esta mierda de mundo, dije… ¡Un HOMBRE DE VERDAD!, dijo. Ya, dije, lo siento, soy un hombre de mentiras… Sí, dijo, eso eres, un mentiroso. Cruzó los brazos y lanzó un bufido. Jamás te he mentido, dije, eso no lo puedes decir. Dijiste que eras escritor, dijo, pero no eras más que un borracho, ¡puto! Bueno, dije, no sé a que te refieres con que no era escritor… Me refiero, dijo, a que no hacías nada por ser un escritor de verdad, uno que se lee en revistas. Ya, dije, sí lo hice, pero nadie coge mis textos, son demasiado sucios o algo… Ese es el pretexto de toda tu vida, dijo y me imitó: nadie coge mis textos, nadie coge mis textos, soy muy malo para ellos, soy muy rudo y no los aguantan, ay sí, no he tenido una oportunidad, nadie me quiere, soy un escritor maldito, un rechazado… ¡qué va!, dijo, eres un borracho miserable. Ya, dije, pues no sé qué decir… No sabía qué decir. Quizá la puta de Carolina tenía razón. Sus palabras estaban llenas de razón. Eran flechas envenenadas de razón. Y no hay nada más doloroso que la razón y la verdad. Es por eso que Carolina es la única mujer, el único ser humano del que acepto comentarios como aquellos. Me levanté del sofá y caminé hacia ella. La abracé. Le besé la frente y le dije: te amo, nena, te amo. Y la besé en la boca. 

 Esa tarde hicimos el amor. Lo hicimos como nunca lo habíamos hecho. Sudamos a mares y le dimos duro bastante tiempo. Éramos como dos tornados que chocan. Lo hicimos con tanta furia que al terminar caímos rendidos. Tomé un cigarrillo y lo encendí. Ella tomó uno también. No fumaba pero esa vez fumó un cigarrillo. No dijimos una sola palabra. Y luego dormimos como un par de serpientes bebé. 

 Abrí los ojos y estaba oscuro. Había anochecido. Volteé a mirar a Carolina. Lucía tan bella allí recostada en el suelo y con todo el cabello desparramado. Me acomodé para abrazarla. Ella despertó y me dijo: te amo. Y yo le dije te amo también y me quedé allí un rato, mirando cada uno de los poros de su rostro. Y me parecía el rostro más hermoso que jamás haya visto. Tuve ganas de morderla. Literalmente morderla y arrancar un trozo de su mejilla. Pero luego bajé la vista y me apeteció morder un hombro. Y lo hice… ¡CABRÓN!, gritó Carolina y se levantó de un salto. La había mordido muy fuerte. El hombro le sangraba. ¡¿Estás pendejo o qué?!, me dijo. Pero no se enojó. Es como si lo hubiera comprendido. Quiero decir que es como si hubiese entendido que aquello fue la expresión de amor más grande que alguien había tenido para con ella. Me senté en el sofá y se metió entre mis brazos sobándose el hombro. Hablaba cariñosamente. Melosamente: eres un tonto, me dolió mucho. Pero no estaba enojada. Dios, no entiendo a las mujeres. Si ella me hubiese mordido así, le mato. Pero de alguna manera lo supo. Te amo, Caro, dije. Lo sé, dijo. 

Estuvimos así un tiempo. Abrazados en el sofá. Comenzó a pedirme perdón por lo que había dicho de mí. Ya, dije, no te preocupes, ya lo olvidé. No, enserio, decía, debo ofrecerte una disculpa porque nada de eso es verdad. No importa, dije, además, quizá sí sea verdad, es posible que tengas esa imagen de mí y es muy posible que la imagen sea la condenada realidad. No, dijo, de verdad, no es así, yo nunca pensé que fueras un mentiroso, o que fueras sólo un borracho. Bueno, dije, eso es definitivo: lo soy de alguna manera, no puedo defenderme ante aquellas acusaciones. No, dijo, no lo eres porque es distinto, un borracho es alguien que bebe mucho, sí, pero es diferente, tú eres como una especie de alma ajena a este mundo y que bebe porque no encaja y… Vaya, dije, eso no me da ánimos… No, no, quiero decir que eres único y que no le temes a no encajar. Todos temen no encajar, y es ese miedo el que los mueve a hacer las cosas que hacen: conseguir un empleo, comprar un auto, aficionarse al soccer, comprar ropa de moda, escuchar música de moda, hacer amigos superficiales, todo eso lo hacen por el miedo. Tomé una lata de cerveza de la mesa de centró. Me estiré hasta ella. Estaba caliente pero no me importó demasiado. Bebí un trago y luego dije: sí, todo eso que dices es verdad, no sé cómo lo haces, dije, pero a veces eres sabia. Eso es lo que me gustó de ti, continuó, tu manera de decirle a la vida: me importa un carajo, yo no voy a hacer nada de eso y… ¡Entonces!, dije, ¿por qué si te gustó eso ahora eres tú la que trata de imponerme hasta cuándo ir al baño?... Rió. Verás, dijo, lo que sucede es que así es mi carácter, siempre he sido así, me gusta que los demás hagan lo que yo quiero que hagan, pero… ¿Pero qué?, dije. Pensé que diría: pero cambiaré. No lo dijo. La muy cabrona dijo: pero tú debes tener una guía y yo quiero ser esa guía, como tu ángel de la guarda, que te ayuda para que no te caigas en el camino y… Dios, dije, ¡pavadas!, eso no es ser una guía, es ser un látigo. Bueno, dijo, pero es que te quiero y no me gusta ver cómo te matas lentamente y… Ya, dije, mejor olvida eso. Bueno, dijo, pero prométeme una cosa. Ya, dije, ¿qué cosa?... Prométeme que me harás caso en todo lo que te diga… Me levanté del sofá. Caro, dije, ERES LA MUJER MÁS DOMINANTE Y POSESIVA QUE CONOZCO. Se rió. Anda, dijo, prométemelo. Se acercó hasta donde yo estaba y se puso frente a mí, muy, muy cerca. Me tomó los tanates y los acarició. Anda, decía mientras me sobaba lentamente, dime que sí. Yo no sabía qué decir. No voy a decirte que sí si me sobas aquello, dije. Anda, dijo, pero esta vez apretó la mano. Calma, dije, calma, cuidado… Anda, dime que sí… Dijo y apretó más fuerte. Literalmente me tenía tomado por los cojones. Dios, dije, sí, sí, sí, haré lo que me digas, bruja, pero suelta, anda, ¡suelta! Era una condenada arpía. Era una sirena. Era hermosa pero era un monstruo. Luego me jaló al sofá y me hizo sentar allí. Se sentó conmigo y dijo que deseaba agregar algo a lo que estaba diciendo. Lo hizo: y tampoco pienso que no eres un hombre de verdad. Ya, dije, eso está muy bien. Ni que no eres un escritor de verdad. Aquí me callé. Ella tenía razón, quizá pasaba más tiempo quejándome que haciendo algo por escribir. No sé, dije. Eres un escritor de verdad, de esos que se leen en revistas, dijo. No juegues, dije, es bueno que me quieras pero no hay que perderlos pies del suelo, eso aún no sucede y… se echó a correr al cuarto. Luego regresó con las manos detrás. Te acuerdas que tengo una sorpresa para ti, ¿verdad?... Sí, lo recuerdo, dije. Ya no lo recordaba pero era igual. Pues mira… puso las manos delante. Sostenían un ejemplar de la revista Niebla. Una revista de bajo presupuesto que publicaba nuevos talentos. O lo que ellos consideraban nuevos talentos. Ponían un texto del autor y una reseña biográfica. Luego le echaban algunas flores y todo salía muy bien. Los lectores se creían que aquel tipo era un verdadero talento recién descubierto. Y yo estaba allí. En la sección de nuevos talentos. Decía algo así: La prosa de Martin Petrozza rompe con el esquema de la literatura actual en México. Su atrevida forma de narrar nos sumerge en un mundo lleno de frustraciones, drogas, sexo, noches de farra, sentimientos encontrados y mucha adrenalina. Yo no sé donde se miraron la adrenalina o los sentimientos encontrados pero estaba bien. Venían algunos datos míos: nombre, edad, ubicación, y esas cosas. Y abajo del texto venía una dedicatoria: Detrás de todo gran hombre, hay una gran mujer. A Carolina S. Yo nunca había escrito tal dedicatoria. Caramba, dije, se han equivocado. ¿Por qué?, preguntó Carolina. Yo jamás he… Lo pensé dos veces. Qué va, dije, está perfecto, y la alcé en brazos. La levanté del suelo y le dije que era una gran mujer. Le gustó mucho aquello y me llevó al cuarto. Tiré la revista sobre la cama y luego Carolina me tiró a mí sobre la cama y se echó encima. Hicimos el amor sobre la revista y no paramos de decir: te amo. 


10 comentarios:

  1. Maravilloso, meencantas, casi lloro esta vez!!! quiza a eso se refieren con sentimientos encontrados... al principio tenia ganas de gritarte mamarracho pero luego tuve ganas de.... jajajajajaaj olvidalo!

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  2. una tecnica de narracion sencilla pero genial!!!

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  3. Jose Ignacio Sosa Corona18 de septiembre de 2010, 22:13

    Esta chido!

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  4. eS UN TEXTO GLORIOSO!!!! UNA PELEA DE PAREJA CON TODOS LOS ALTIBAJOS !!! Y NARRADO CON UNA TECNICA GENIAL!!! GRACIAS!

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  5. "Yo era capaz de dejar a una mujer por una cerveza. Y también era capaz de dejar el alma por una mujer. O sea que amaba las dos cosas, a las cervezas y a las mujeres. Nunca lo entendían. Son condenadamente egoístas. Quieren el amor para ellas solas. Y también quieren que las folles de a diez. Yo a veces no tenía ganas y tampoco lo entendían. Hay días que prefiero papar moscas que follar, les decía. No se lo creían hasta que un día yo no las follaba. Prefería pensar en los juicios sintéticos de Kant. "

    jajajajaa estupendo!!!!!!!!! Eres grande!!!!!

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  6. es un exelente relato!! sigan asi!

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  7. Es realmente bueno!!!

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  8. simple pero contundente, me identificó; a pesar de no ser un escritor, soy musico y esto tiene muchas similitudes a mis vivencias.
    genial me entretuvo en esta noche de insomnio.
    por la mañana se lo muestro a mi chica cuando despierte...a ver si deja de ser dominante alguna vez en su vida
    un abrazo
    exito!!!!

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  9. Diego David Morales21 de enero de 2011, 1:00

    Siempre una segunda leída es buena, es excelente... saludos y espero pronto leer algo tuyo

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