lunes, 6 de septiembre de 2010

Cuarenta pavos y Carolina.

AudioTexto.


He pasado suficientes horas de la vida en bares y cantinas como para saber en cuales de ellas vale la pena gastar los últimos pesos. De alguna manera yo siempre andaba con los últimos pesos. Quiero decir que nunca tenía dinero suficiente para ponerme una buena farra en un buen lugar. Pero también, de alguna manera, siempre exprimía los centavos hasta la última gota, y terminaba con resaca infernal. En lunes. En martes. En el día que fuera. Carolina se sorprendía de mi capacidad de emborracharme. En serio. No se creía que yo me saliera con veinte pesos por la mañana y regresara, a media noche, hecho una cuba. A diferencia de mi novia, jamás reclamó excesivamente mi manera de beber. Me daba libertad para eso e incluso, me incitaba. Para que acumules experiencias, decía, y escribas. Claro que estas libertades eran únicamente los fines de semana. Toda la semana me tenía atado a la silla. Escribiendo como un condenado robot. Lo que no evitaba que bebiera, pero en casa, bajo la supervisión de la sargento. Un fin de semana, de esos en que no podía imaginar cómo iba yo a emborracharme sin un quinto, me pidió (lo que significa que me ordenó) la llevara conmigo. Se tomaba las cosas demasiado enserio. Para ella todo era “literal”. Si yo le decía no necesito dinero para embriagarme, me retaba. Decía: eso lo quiero ver. Estaba ávida de conocimiento, de experiencias. Me dijo: hoy salgo contigo. Llevo cuarenta pesos y quiero ponerme una buena farra. Mira, nena, dije, no siempre pasa. No lo puedes controlar. No puedes retar a la suerte de esa manera… Tú lo haces, dijo. Sí, contesté, pero son cosas que pasan; es como cuando llueve o hace sol, nunca sabes, sólo pasa. Carolina era una mula necia. Insistió. Hagamos el intento, decía. No es así, Dios, ¡no es así!, decía yo. No puedes hacer el intento para que hoy llueva, entiende. Si llueve, bien, y si no… Hagamos el intentó, interrumpió Carolina. Ya, dije resignado, dame esos cuarenta pavos. Tomé mi cajetilla de cigarros, mi caja de cerillos, y nos largamos a Tepepan.

El trayecto lo hicimos caminando. Era un viaje regular, no demasiado largo para un tío como yo: acostumbrado a recorrer la ciudad a medio kilómetro por hora. A la mitad del camino Carolina se cansó y dijo cojamos un taxi. Estás loca, dije, sólo tenemos ¡cuarenta pavos!, caminar es parte de exprimir los últimos pesos, anda, tía, mueve ese culo. Al menos cojamos un camión, dijo. No, dije, no, no es así, anda. Se cabreó bastante. Pensó que caminar era un castigo impuesto por mí. Yo en realidad caminaba mucho. No importa si tenía pasta para un camión, caminaba. Me gustaba oler el pasto recién cortado de los camellones de San Fernando y Calzada de Tlalpan. De niño le tomé gusto a ese olor. Un olor verde. Un hermoso olor verde. Y el sonido del murmullo citadino me excitaba. Las luces de los semáforos cambiando en un desordenado orden de tránsito. Y los pitazos de locos conductores con prisa. Siempre con prisa. Todos tienen prisa cuando cogen un volante. Todo eso me hacía el día. La luz del sol estrellada en un tragamonedas. En sus ranuras, en su auricular, en su cadena plateada, flexible. Me ponía a la mar de alegra escuchar las llantas de los automóviles al pasar sobre el asfalto. Es un ruido casi imperceptible pero escandaloso cuando se pone atención. Un sonido mágico. Que me dice: tío, estás en la ciudad. Y yo amo la ciudad. Le explicaba todo eso a Carolina pero ella parecía estar harta de la ciudad. Le molestaba hasta la más pequeña piedrecilla. Le molestaba que los automovilistas pararan sobre las líneas peatonales. Ya, tía, le dije, yo amo que hagan aquello. Estás loco, dijo. No, dije, enserio, es maravilloso no tener que ver esas putas líneas. Estás loco dijo. Iba a explicarle lo de las líneas pero cambió de tema: ¿cuánto vale la cerveza en Tepepan? No sé, dije, jamás he tomado cerveza en Tepepan. ¿No?, preguntó incrédula. No, vamos a una pulquería. No le pareció la idea. Dijo yo no tomo eso, Dios. Ya, dije, no importa, no es la gran cosa, verás que no es tan malo como parece, ni tan bueno como dicen. Es sólo una bebida que emborracha y eso basta para beberla con gusto. Luego comenzó a hablar de nuestro futuro. De cómo íbamos a organizarlo todo. Ella guardaba cada uno de los textos que yo escribía. Los archivaba en una caja adornada con flores y nubes y soles y cosas. Preferiría que los guardaras bajo la cama, dije pero ella decía que esa cursi caja era de la suerte. Guardaría todo el material allí, ordenado por fechas, temas, géneros. Sub-ordenados por estilos, persona en que se narran, extensión y títulos. Ya, dije, ¿y luego qué coños harás con eso? Luego, dijo, cada mes escogeré los mejores textos. Dios, dije, ¿y cómo sabrás cuáles son los mejores textos? Lo sabré, dijo. Ella no tenía idea de nada. Quiero decir que no había leído más libros que un niño de primaria pero juzgaría cada uno de mis textos y no sé cómo mierda iba a saber cuál es bueno y cuál no. Ajá, dije. Mientras tanto haré un estudio, dijo, un censo de todas las revistas nacionales e internacionales donde posiblemente cojan tu trabajo. Y mes con mes enviaré lo mejor de tu obra. Ya, dije, pues debes saber que el censo será bastante pequeño, sólo una o dos revistas, las que carecen de renombre, cogerían algún texto mío. No seas pesimista, dijo, verás que te haré famoso en menos tiempo que lo que… Ajá, dije, si tú lo dices. ¡Cuidado!, dijo. Un cabronazo en un auto me pasó rosando el costado derecho. Yo caminaba por la línea amarilla de la banqueta. Me gustaba caminar por allí haciendo equilibrio con los brazos. No fue nada, dije. Hazte para acá, dijo, no quiero que te maten. Yo no dije nada. Ella esperaba que yo dijera: yo tampoco, o algo, y dijo: ¿tú quieres que te maten o qué? Luego de una pausa dije: no lo sé. Ella bufó como diciendo qué gilipollas, no juegues. Pero yo en verdad no lo sabía. Me lo tengo que pensar, dije. ¿O sea que quieres morirte o qué? Dios, dije, quizá. Ya, dijo, mejor dime cómo vas con tu último texto. Mi último texto iba sobre cómo la sociedad mira al escritor. A la mayoría de las personas les cuesta escuchar soy escritor. ¿Y qué haces?, te preguntan los bestia. Pues escribo, joder. Y luego ya no saben qué decir hasta que les llega a la cabeza García Márquez y te dicen: me gusta Márquez, como si ese tío fuera el único escritor. Eso me cansa. ¿Y qué más te gusta?, pregunto. Y responden luego de cinco minutos de buscar en sus vacíos cerebros: me gusta Cien años de soledad. Ya, digo yo, pero me refiero a que MÁS TE GUSTA APARTE de Márquez. Los cabrones no saben que Márquez y Cien años es la misma cosa. Ni siquiera se han leído el libro porque creen que leer cuatrocientas páginas es cosa de locos. Bien, dije a Carolina. Voy bastante bien. ¿Ya superaste lo de García Márquez?, dijo. Dios, dije, ya lo superé. Pero no había superado nada. Me jode que Márquez sea el escritor más conocido y el menos leído por sus lectores. Sus seudo-lectores. Vi una lata de refresco y la pateé. Al diablo con Márquez, pensé. No hagas eso, dijo Carolina. No, Caro, dije, no lo haré nunca más. Hablaba enserio. Odio a los tíos que tiran basura. El odio por los tíos que tiran basura y los tíos que leen a Márquez se combinó y cuando dije no lo haré nuca, Caro me miró extrañada. Por eso se piensa que estoy loco, pensé. Porque primero iba muy contento con el pasto y los semáforos y ahora estaba jodidamente encabronado por una lata. Carolina no sabía todo lo que me vino a la mente sobre el rollo de los lectores. Así que tenía razón al pensar que yo no actuaba normal. Pero no iba a darle explicaciones.

La pulquería se llamaba NO MÁS NO LLORES. Era una pulquería escondida entre callejones en Tepepan. Era una pulquería al estilo de una verdadera pulquería. Tenía el suelo cubierto con serrín y te sentabas en mesas comunales. Servían el pulque en barriles. Allí se reunían muchos jóvenes de los colegios cercanos pero aquel día aún era temprano y había poca gente. Además era sábado. Sólo señores de botas y sombrero. Verdaderos amantes del pulque. Cuando Carolina miró el lugar no dijo nada pero sé perfecto que no le agradó. Ella estaba acostumbrada a buenos lugares que frecuentaba con Andrés, su ex novio. Pasamos e inmediatamente se ensució los zapatos de aserrín mojado. Estaba mojado en esa parte del suelo porque habían derramado pulque y una masa viscosa se le pegó a la suela. Hizo una mueca, se sentó en el primer espacio que pudo y se sacó el zapato. Era un zapato abierto y había que tener cuidado de que no entrara todo el condenado serrín. Me senté a su lado y le tomé el pie, lo puse sobre mi pierna y lo acaricié mientras ella limpiaba el zapato. Luego cambiamos de pie y limpio de nuevo. Luego puso los dos pies sobre el suelo y otra vez se ensuciaron. Ya, dije, no pasa nada. Ella sólo bufó y dejó los pies clavados, sin moverlos para no revolver la masa. ¿Y bien?, dijo. Espera un poco, dije, no sé si pasará. Yo estaba nervioso. Tenía cuarenta pavos y tenía que emborrachar a Carolina y emborracharme a mí, que era como mantener a Carolina, y mantenerme a mí. ¡Con cuarenta pavos! Y no estaba seguro si pasaría. Ya sé, dijo, di que luego le pagarás lo demás. Ni siquiera habíamos ordenado nada. Ella quería ayudar, quería dar ideas para echar fuego a la aventura. No, dije, no es así. Espera. ¿Esperar?, dijo, ¿vinimos hasta aquí caminando para esperar? ¿Para quedarnos sentados sin hacer nada de nada? Calla, dije, y espera. No lo entendía. Mira, le dije, te lo he dicho ya: esto es como querer que llueva. ¿Quieres que llueva?, pues no puedes hacer nada, sino esperar. ¡Esperar! Se cruzó de brazos y echó medio cuerpo sobre la mesa. Saqué un cigarrillo y lo encendí. No pasaron ni veinte segundos cuando Carla se acercó a mí y me dijo: aquí no puedes fumar, salte. Carla es la mesera del lugar. La única mesera. Y no es precisamente una mujer. Es un transexual. Un transexual tan feo como la mierda. Con un parche de microporp en las narices. Para levantar la punta de la nariz. Como si eso arreglara el asunto. De verdad era condenadamente fea. O feo. Dios, no sé, esas cosas me confunden. Ya, dije, y me salí. Carolina levantó la mitad del cuerpo que tenía sobre la mesa. Se disponía a salir conmigo. Pero la paré. No, dije ahora vuelvo, tú quédate. ¿Ordeno algo?, preguntó. El pulque estaba a diez pesos el vaso de blanco. No, dije, no ordenes nada. Quédate allí y espera. ESPERA. Y me salí. No la dejé decir nada más.

Fumaba lentamente. No quería hacer un plan porque hacer un plan siempre lo jode todo. Trataba de calmarme y esperar. Entonces salió un tío bastante grande. Un señor. Se quitó el sombrero y me pidió fuego. Encendí el cigarrillo que sacó de detrás de su oreja con uno de mis cerillos y se quedó allí fumando conmigo. ¿Vienes con tu novia?, dijo. Lo miré a los ojos y dije: no, es una amiga. Lo dije porque lo supe: esté cabrón y sus amigos la quieren ligar. ¿Y cómo se llama tu amiga?, preguntó. Se llama Caro, dije. Es muy bonita, dijo. Ya lo creo, dije. ¿Y la pretendes?, dijo echando una gran nube de humo. Fumaba Delicados sin filtro. Yo terminé mi cigarrillo y pedí uno a mi nueva víctima. Me lo ofreció diciendo: un cigarro no se le niega a nadie. Ya, dije, qué buena filosofía es esa cuando eres el que pide el cigarro. Rió. Luego dijo: ¿seguro que no la pretendes? Miré a Caro allí sentada con cara de aburrida, esperando. Y miré cómo los amigos de este tío la miraban con ojos de lobo. Te lo voy a confesar, dije, “por el cigarrillo”, y rematé: sí la pretendo pero no me da entrada porque dice que le gustan los hombres maduros, no los críos como yo. Yo no era un crió, por supuesto, era un adulto hecho y derecho pero quería exagerar. Pues aquí hay una par o dos de hombres maduros, dijo sonriendo el tío del sombrero. Se lo había tragado todo. Es increíble. Tenía unos cincuenta años o más. Si no te molesta, amigo, podemos invitarle un trago a tu amiguita. Lo miré como diciendo: y yo qué, cabrón de mierda, no te voy a entregar una mujer gratis… Y a ti también, agregó, para que nos hagas la valona. Claro, dije, eso estaría bien. Acabé con el cigarrillo y él acabó también con el suyo. Entonces pasamos y le dije justo antes de entrar: dame un minuto para hablar con ella y cuando chasque los dedos, vienen a nuestra mesa… sí, dijo, esperare tu señal… pero quiero un barril de blanco. Sí, dijo… Pero un barril de blanco PARA MÍ. Se rió como entendiendo la cosa. Yo estaba vendiendo a Carolina por un barril de pulque blanco.

¿Y bien?, dijo Carolina cuando regresé a donde ella. Carla se acercó a mí y preguntó si deseaba ordenar algo. Sí, dije mirando al viejo lobo. Un barril de blanco. El cabronazo me observaba desde su mesa y lo entendió todo. Enseguida, dijo Carla y se fue a por el barril. Bueno, Caro, pues nada, hay que esperar. Pero has ordenado un barril, dijo, ¿ya viste cuánto cuesta? No, Caro, no lo sé ni me importa. ¿Cómo?, dijo, te recuerdo que sólo tienes cuarenta pesos. Ahora se estresaba la pobre. Primero jodía con empezar la aventura y ahora estaba nerviosa porque un barril de blanco venía en camino y quizá no pudiéramos pagarlo. Si un vaso vale diez, dijo, un barril debe costar… comenzó a hacer cuentas. Déjalo, dije, no tiene sentido contar. Ajá, dijo. Y luego no sé qué pasó. Supongo que le agradó verme allí sentado sin blanca y ordenando un barril con tanta seguridad. Empezó con la verborrea romántica. Me dijo: ¿sabes que te amo? Y yo pensé mierda, ahora no, se supone que no es mi novia. Se acercó a mí y me abrazó. Yo traté de alejarla pero no hacía caso. Me besó en los labios y yo estaba sudando. Miré al tío del trato y gracias a Dios no miraba en ese momento hacía nosotros. Pero otro de esos cabronazos sí lo hacía. Sin embargo no dijeron nada. Quizá no estaba enterado aún del asunto o algo. Me quité como puede a Carolina y preguntó qué tienes. Nada, dije, sólo bebamos y salgamos ebrios de aquí lo antes posible. Lo dije huraño. Se quejó y se fue al otro extremo de la banca mirándome como niña pequeña regañada. Ya no te quiero, dijo. Lo hacía como una niña pequeña. Dios, me dije, no es tiempo para estos juegos. Carla llegó con el barril. Lo puso con sus tremendos brazos sobre la mesa y me dio dos vasos plásticos para beber y uno para servir el pulque. Una vez que entregó todo dijo: son sesenta pesos. Ya, dije, Carla, dame un segundo. Yo sabía su nombre porque no era mi primera vez en aquel sitio. Le guiñé el ojo y le repetí: dame un segundo, nena. Era un transexual calentorro y bastaba un guiño de ojo para que bajara la defensa. Se fue. En eso chasqueé los dedos. ¿Y eso, dijo Carolina?, nada dije, me dio comezón en el pulgar. Era la excusa más idiota pero funcionó. Ah, dijo ella. Los cabrones de sombrero tardaron en llegar. Estuvo bien. Así la señal no fue notoria. Primero se presentó el que fumó conmigo. Buenas, dijo, ¿los podemos acompañar? En aquel lugar era de lo más común hacer amigos de la nada. Y era cosa de todos los días que alguien preguntara aquello. Claro, dije. Me llamo Cirilo, dijo el tío y preguntó nuestros nombres. Los dijimos. Luego Cirilo presentó a los otros dos. Eran Silvino y Marcelo. Se pidieron un barril de blanco para ellos y preguntaron a Carolina si podían invitarle algo, quizá un pulque de avena o de jitomate o de guayaba. De guayaba está bien dijo Carolina. Cambió de actitud. Me sorprendió bastante. Es como si hubiese entendido la cosa a la perfección. Se hizo la tímida y ordenó un pulque sin preguntarme a mí. Luego los tres campesinos o lo que sea lanzaron una lluvia de preguntas a Carolina. Y de piropos. Y de miradas morbosas. Aludían a sus piernas y a su cabello. A su sonrisa y a sus ojos. Todos lanzaban flechas de pasión pero se entendía que Cirilo tenía la batuta. Carolina respondía con inteligencia: sin mandarlos al cuerno pero sin darles alas. Bebía su curado de guayaba con naturalidad, como si lo hiciera todos los días. ¿Te gustó?, pregunté. Claro, dijo, otra vez con naturalidad. Y me hizo quedar algo mal. Como el niñato ingenuo que se supone era. O sea que todo iba saliendo de maravilla. Yo le daba duro a mi pulque mientras ellos se divertían haciendo el intento con Carolina. No me invitaban a la conversación. No tenían conversación. Decían un piropo o un chiste y reían. Reían fuera piropo o fuera chiste y así una y otra vez. Así que me dio tiempo de pensar en hacer un texto donde explicara cómo y porqué Gabriel García Márquez no es un buen escritor y sobre todo, cómo los lectores de Márquez son el prototipo perfecto del lector imperfecto. Mucha gente se me vendría encima pero es igual. Toda la gente se me viene encima todo el tiempo. Así que es igual… Entonces te gustan los hombres maduros, dijo Cirilo a Carolina. Carolina se quedó pensando y dijo: no he dicho eso. Yo eché una mirada a Cirilo como diciendo: no me quemes cabrón. Pero Cirilo y sus amigos llevaban tomando más tiempo que nosotros y se notaba. Un jovencito jamás le ofrecerá a una mujer lo que un hombre maduro, dijo Cirilo tirándome mierda. Yo le había contado el rollo de ese modo pero ahora se estaba pasando de cabrón. Pretendía hacerme menos. Era lo más pendejo que podía hacer, incluso si fuera verdad el cuento de Carolina y yo, pero estaba tomado. Y tomaba más y más. Lo hacían bastante rápido Cirilo y los demás. El tono de la conversación iba en aumento. Un hombre maduro sabe cómo tratar a una mujercita tan linda como usted, decía Cirilo. Carolina comenzó a molestarse. Se sentía incómoda. Tenía dos opciones: aguantar, o usar la salida fácil: besarme. Para que la dejaran en paz. En teoría. Y eligió la salida fácil. Me dijo: amor, ya es hora de irnos. Y me besó. Fue un beso rápido pero suficiente para que Cirilo se sintiera engañado y estafado. No me digas que éste es tu novio, dijo Cirilo. Yo pensé, ¡Dios, cabrón, no me jodas! Claro, dijo Carolina. Cirilo se me quedó viendo como un tremendo toro a un torero. Con odio. Con ganas de cornearme el hijoputa. Luego preguntó estúpidamente: ¿Entonces no te gustan los hombres maduros? No, dijo Carolina. Y ya nos vamos, así que con permiso. Le pidió permiso porque Carolina y yo estábamos pegados a la pared. Y para salir debían quitarse Cirilo y sus amigos. Atrapados, nos tenían atrapados. Pero Cirilo se paró y la dejó salir. Bueno, pensé, supongo que no quieren que una mujer vea cómo me parten la cara. Carolina ya estaba casi saliendo del lugar y yo apenas me levanté. Gracias por todo, dije, que estén muy bien, gracias, hasta luego, espero que lo pasen de maravilla… Cirilo se quitó y me dejó ir. Sin más. Enserio. No dijo págame el barril ni nada. Se despidieron de mí y me salí con Carolina. ¿Por qué estás tan nervioso?, me dijo afuera. Por nada, dije, ya vámonos. Caminaba aprisa, por si acaso se arrepentían de no darme mi merecido.

Es increíble, dijo Carolina, te has bebido casi un barril completo y no has soltado un centavo. No puedo creerlo. Y yo me he bebido dos litros de pulque de guayaba. Ella empezaba a marearse. Sí, dije, es increíble que haya pasado, ¿no?, la verdad no estaba seguro que pasaría. Ni, yo, dijo. Pensé que todo eso era invento tuyo. Dios, dije, cómo voy a inventar eso, ¿crees que tengo dinero escondido? Pero no siempre pasa, es como la lluvia… sí, dijo, ya entendí. Me alegro dije. ¿Y qué otras cosas pasan? El viento le subió la borrachera a la cabeza. Caminaba zigzagueando. No exageradamente pero en momentos perdía el equilibrio. Pues pasa, por ejemplo, que te follas a un tío o… ¿Te has follado a un tío?... Dios no, quiero decir que eso podría sucederte a ti. Ya, dijo. O puede ser, continué, que termines verdaderamente borracho en alguna banca de parque, helándote sin sentirlo por el calor que corre por tus venas, o… Quiero acabar hasta la madre, dijo. Eso quiere decir que deseaba emborracharse hasta no poder más. Ya, nena, dije, nunca llueve dos veces, es mejor regresar a casa. No, dijo, quiero vivir lo que tú has vivido, déjame hacerlo. Mierda, dije, no seas necia, esto no pasa dos veces, hemos tenido bastante suerte por hoy. Como pude la arrastre hasta casa. Fue difícil, cada que pasábamos por algún sitio con venta de cerveza se ponía a decir: hagámoslo allí, vamos. No, decía yo, he pasado suficientes horas de la vida en bares y cantinas como para saber en cuales de ellas vale la pena gastar los últimos pesos y… Llegamos a casa. Dentro seguía con el rollo de intentarlo de nuevo. No lo puedo creer, decía, aquí están los cuarenta pesos, intactos. Los había puesto sobre la palma de su mano y los miraba. Dámelos dije. Me los dio. Espera. Salí a la tienda y compré un cuarto de Bacardi blanco por treintaiseis pesos. Y con los otros cuatro compré un par de cigarrillos. Cuando regresé Carolina estaba desnuda. ¿Y ahora, dije? Pensé que lo haríamos así que me quité la ropa mientras preguntaba ¿y ahora? Pero dijo me ducharé. Ya, dije, y me dejé los pantalones. Me eché en el sofá sin camisa y con mi Bacardi y encendí un cigarrillo. Pensaba en cómo iniciar mi texto próximo. Pero dejé de pensar pronto, ya me las arreglaré el lunes, me dije, y puse la danza húngara de Brahms a cuarenta decibeles. Es una buena pieza, me alegra el corazón. Y también lo acelera. Cuando Carolina salió de la ducha yo llevaba tres cuartos bebidos de botella. Se tardó bastante. Siempre lo hacía. Era la ducha, el secado de cabello, ponerse cremas y cosas y todo ese rollo mujeril. Pero esta vez salió y lucía hermosa. Enserio. Llevaba una blusa ligera y mayones blancos. Iba descalza. Y los pezones se le asomaban por a través de la blusa. Los enormes y cachondos pezones de Carolina. Eran realmente enormes. Como deditos de bebé. Me levanté del sofá y me fui a sobre ella. La tiré al suelo y comencé a quitarle la ropa. Se quejó bastante. Espera, decía, espera, me la quito yo… Me calmé un poco y dejé que hiciera lo suyo. Carolina era una tía realmente caliente. Quiero decir, de esas tías que levantan falos en segundo y medio. Lo estábamos haciendo allí, en el suelo de la casa cuando escuchamos que la puerta se abrió. Mejor dicho, no lo escuchamos. Me di cuenta cuando Carolina gritó. No de placer. Fue uno de esos gritos de ¡Oh, Dios! Volteé a ver qué demonio pasaba y allí estaban los pies de Andrés. Subí la mirada y sí, era Andrés. Por mucho tiempo Carolina había ocultado a su ex novio que yo era el amor de su vida. Andrés propuso matrimonio a Caro justo antes de que ella se mudara conmigo. De ese tamaño era el asunto. O sea que Andrés estaba realmente enamorado de Carolina, y ella, jamás lo quiso o algo. Andrés sabía que Carolina me visitaba frecuentemente y no era raro verle llegar en busca de ella. Caro se escondía y yo siempre le daba algún consejo idiota para superar su desgracia: el abandono de la mujer amada. Tanto ella como yo hicimos con Andrés el papel de hipócrita. Ocultamos nuestro amor porque no deseábamos romper el alma de aquel tío. Pero ahora, de la nada, él estaba allí, parado frente a nosotros que lo hacíamos como un par de serpientes. De animales. Y no sabes lo terrible que es que tu enemigo te encuentre en el suelo, desnudo. Me levanté pero seguía desnudo. Andrés se quedó mudo. Carolina corrió al baño. Enserio, estar desnudo frente a un tío es la cosa más vergonzosa que te puede ocurrir. No por ser un tío, sino por ser un tío que sabes, te quiere partir la cara. Y estar desprotegido es a la mar de catastrófico. Me cubrí los genitales con mi camisa y le dije: qué bueno que viniste, tío, ¿cómo estás? Lo dije nerviosamente mientras recogía mi ropa. Andrés callaba. Si hubiese sido un poco más normal, me hubiese partido la cara allí mismo y mis pelotas hubiesen saltado en todo eso de una manera que no quiero imaginar. Tan graciosas para aquel que no sea yo. Pero lo único que hizo fue salir. Se largó. A paso largo. Así que me fui a donde Caro, la abracé, le dije que se había ido y nos vestimos. Nos jodió el sexo el hijoputa.

Encendí otro cigarrillo y me fui al sofá con Carolina. Abrazados y tranquilos. Hablando del asunto. Espero que no se pegue un tiro, decía Carolina. Espero que se pegue un tiro, decía yo. Carolina también encendió un cigarrillo. Se miraba tan linda fumando. Enserio. Carolina era una mujer linda siempre que hacía ciertas cosas. Era linda fumando, era linda enojada, era linda haciendo aeróbicos. No era linda todo el tiempo. ¿Me explico? Era linda bebiendo, linda estudiando, con sus gafas que le hacían ver tan intelectual. Era linda duchándose. Lo hacía con delicadeza. Era linda a ratos pero no todo el tiempo. No quiero decir que era fea todo el tiempo. Sólo que era mágica cuando hacía todo eso que dije. Y como era tan linda fumando, comencé a calentarme de nuevo. Ella no, ella tenía en la cabeza al condenado de Andrés. Ya olvida eso, no volverá, verás que no vuelve… Yo estaba diciendo eso cuando volvió. Andrés volvió. No venía alterado ni nada. Venía con una botella de whisky en la surda y cigarrillos. Todo en una bolsa. Y en la diestra tenía otra bolsa con comida para microondas. Tenemos que hablar los tres, dijo. Pero no lo dijo amenazadoramente. Lo dijo como diciendo: no me interpondré pero merezco una explicación. Ya, dije, pasa, tío, te lo explicaremos todo. Pasó y nos sentamos a la mesa. Me fui por tres vasos y serví tres sagrados whisky en las rocas. Y bebimos. Una botella entera. Volvió a llover… le dije a Caro en el oído. Rió y dijo, sí, volvió a llover… cuarenta pavos, le dije… cuarenta pavos.






6 comentarios:

  1. genial yo conozco ese lugar, me encanto el relato!!

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  2. una narrativa brillante! seguire leyendo

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  3. martin esta genial tu relato, me gusta como hablas de caro y como le haces para conseguir que llueva!!!!!

    simplemente genial

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  4. Es cierto lo que dices a veces pasan cosas qu euno no espera. lo malo e scuando crees que pasan todo el tiempo y te desepcionas. La parte de la caminata esta genial, ese olor a pasto tambien me gustamucho, y lo garcia marquez es cierto, los que leen a el ya no leen nada mas... saludos y felicidades!

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  5. me atrapo desde el principio hasta el final. Muy bueno.

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  6. Muy bueno! me gusta Carolina jaja haciéndole escribir a punta de látigo!! la amoo!!

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