jueves, 23 de septiembre de 2010

¿Qué es la literatura?

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Todo comenzó con la pregunta más complicada a la que me he enfrentado en la vida: ¿qué es la literatura? Había un sinfín de respuestas. Todo tipo de respuestas. Filosóficas, teóricas, académicas, metafísicas, simbólicas, surreales y cosas. Aquella pregunta yo la había perseguido gran parte de mi vida. Y aquella noche un grupo de gilipollas egocéntricos tenía la respuesta. Tajante. A la pregunta maldita. Dijeron muchas cosas pero todo se resumen en: la literatura es el arte que se sirve de la palabra para crear una obra, bella y estética. Y también dijeron otras cosas pero ya no recuerdo. No deseaba escucharlos. Enserio. Yo sabía que la literatura es otra cosa. Pero estaba ahí, en medio de todo ese bullicio, escuchando. Y también estaba Verónica Pinciotti. Yo había ido con ella, en su automóvil. Otro que estaba allí era Rey Hernández. Él llegó en el auto de Mr. Garrison, que estaba allí igual que yo y que todos. Pero vaya que Garrison hablaba. No paraba de hablar. Era el principal portavoz de la literatura y su millón de definiciones. Y los tíos parecían respetarlo. Era una especie de líder. No sé muy bien por qué. Supongo que tiene algo qué ver con sus tres licenciaturas en letras. El cabronazo ha estudiado todo tipo de letras: italianas modernas, hispánicas, inglesas, clásicas. Y todos esos títulos académicos le dotan de un poder supremo. Pero aún así yo sabía que todo estaba mal. La literatura no es nada de eso, pensaba. Pero Garrison los tenía convencidos. 

 Era una reunión literaria. O lo que eso signifique. Para Verónica Pinciotti era la oportunidad de conocer gente que escribe. Escritores. Rey Hernández era miembro de esa cosa y Mr. Garrison, era fundador o algo. Yo era un tío invitado a ese rollo y no me sentía bien con ellos. Todo iba por el lado del ego. Eran un montón de tíos alzados que leían textos escritos por ellos y luego, todos los demás, aplaudían. Pero nadie lo hacía de verdad. Los aplausos eran falsos y después de ellos, poco a poco y luego sin ningún orden, todos se iban sobre el autor del texto leído. Primero con un comentario crítico-objetivo. Luego ya no paraban hasta llegar a la burla, el sarcasmo, la ironía y el ataque abierto. Despectivo. Pero eran unos jodidos narcisistas y no importa cuánto los insultaras, siempre se reían de ti pensando que eras un pendejo de mierda. No importa si tenías razón o no. La razón es último importante para un narcisista. Así que yo era muy callado en esas reuniones. Descubrí que no tenía sentido nada de aquello. Me daba igual. Y así lo decía. Alguno leía un texto y cuando era mi turno, porque se hacían comentarios por turno, yo alzaba los hombros y decía, sí, está muy bien. Entonces las flechas se me venían encima. Ya, decía, yo, tienes razón, no es tan bueno. O decía: ya, es maravilloso. Pero no me importaba. Para mí todos los textos eran terribles. La mayoría de los escritores trataba de hacer algo grande. Jugar con el lenguaje o crear ficciones estéticas. Yo por mi parte, a la hora de escribir, hacía todo lo contrario. Y cuando leía algún texto mío ante ellos, me destrozaban diciendo ni siquiera tiene sentido lo que escribes. ¿Por qué no?, preguntaba. Lo decían porque mis relatos nunca tenían principio ni final, ni clímax, ni nada. Todos empezaban en un día cualquiera y terminaban cuando me daba la gana terminarlos. Me escribía relatos autobiográficos. Si me daba la gana contar de alguna mujer, lo hacía, o de alguna noche de farra, o del curro. Lo hacía. No pretendía hacer literatura. O lo que ellos se entendían por literatura. No es que yo tuviera un concepto propio del significado de la voz literatura. Entendía perfecto lo que los academicistas, teóricos y lingüistas quieren decir. Sencillamente no me interesaba. No tenía en la mira hacer un texto aplaudido por todos ellos.

 El caso es que allí estábamos los cuatro: Verónica, Rey, Garrison y yo. Verónica escuchaba atenta. Rey oía pero no ponía atención. No escuchaba. Le daba igual. Como a mí. Garrison se robaba la noche con comentarios inteligentísimos y cultos sobre el rollo de la estética en la literatura. Y yo bebía imparablemente whisky en las rocas. Deseaba emborracharme lo antes posible. Mientras tanto miraba las piernas de Verónica. Verónica era una tía buenaza que conocí en un bar de mala muerte. Eso no significa que fuese pobre. Todo lo contrario. Verónica me cayó del cielo. Era una mujer realmente bella que ama la literatura. En busca de experiencias. Me lié con ella por eso. Le dije, tía, yo soy escritor. Ella quedó prendada de aquello. Tenía el deseo ardiente de hacerse escritora. Así que le propuse frecuentarnos. Yo le podía presentar algunos escritores. Y le presenté a Mr. Garrison y a Rey Hernández. Rey es periodista de nota roja y escritor de relatos. Relatos bastante extraños. Verónica tiene los pies más hermosos que he visto jamás. Aunque todas las mujeres tienen los pies más hermosos que he visto jamás. Siempre me pasa. Miro a una tía y le digo aquello: tienes los pies más hermosos que he mirado jamás. Y no miento. Lo digo enserio. Cada que miro los pies de una mujer son realmente los más hermosos. Aquella noche se lo dije a Verónica. Llevaba unas sandalias estilo griego o algo y yo no podía dejar de mirar los condenados pies. Tengo una fijación. Estaba sentada en un sofá y a su lado estaba Rey y a lado de Rey, un tío filósofo. Yo estaba sentado en una silla. Así que cogí la silla y la planté lo más cerca que pude a Verónica. Cuando estuve instalado le dije al oído: Vero, tienes los pies más hermosos… No me hizo caso. Estaba al filo del asiento con la cátedra de Garrison. Rey encendió un cigarrillo y volteó hacia la derecha para echar el humo de la primera bocanada pero cambió de opinión. El humo atraparía la cabeza del tío filósofo que tenía allá, a la derecha. Así que volteó a la izquierda y echó el humo. Yo estaba fumando también y eché el huno contra el humo del cigarrillo de Rey. Toda Verónica quedó atrapada en una burbuja de humo. Si es que una burbuja, taxativamente hablando, puede ser de humo. Tosió, se abanicó con la mano y se levantó. Yo me levanté también y la seguí. Fue hasta la mesa donde estaba la bebida y se sirvió un vaso de tinto. Generalmente en esas reuniones se bebía tinto y se fumaba puros. Como si eso le facultara a uno para hablar de literatura. Me pegué junto a Verónica y le dije, tía, estoy sabroso, vamos al cuarto… Verónica se rió y dijo: ya vas a empezar, ¡cabrón! Y lo dijo con la risa más bella del mundo. La sonrisa más bella del mundo que comparte con todas las mujeres, del mismo modo que comparte los hermosos pies. Venga, Pinciotti, le dije mientras regresaba a su sitio en el sofá, ¿no puedes hacer un favor a un amigo?... Tomé la botella de escoses y me puse otro whisky en las rocas. Acostumbraba joder a Verónica proponiéndole sexo insistentemente. Lo hacía en cualquier sitio. Donde sea. Siempre decía NO. A veces no lo decía, sólo me mandaba al diablo con una sonrisa. No me lo tomaba enserio. Lo hacía con la mayoría de las mujeres. Algunas caían en el juego y las follaba. Algunas nunca caían. Como Verónica. Eres más dura que una roca, le dije al oído cuando regresamos a nuestro sitio.

 Cuando Garrison terminó su apoteósico  discurso se acomodó junto a mí. Cómo ves, me dijo sonriendo y echando humo. Los tres: Garrison, Rey y yo, éramos unas chimeneas. Fumábamos sin parar. Ya, contesté, muy bien. Los tienes comiendo de la palma de tu mano. Todos estaban de acuerdo con lo dicho por Garrison. Era un grupo heterogéneo. Había un par de filósofos. Se distinguían porque uno era un filósofo a lo Jesús: cabello largo, barba, sandalias y todo ese rollo, y el otro era un filósofo estilo cerebrito: anteojos de grueso cristal, vestimenta de hace una década, metódico, pasivo y de habla inentendible. También había un abogado. Muchos escritores famosos han sido abogados, me decía cada que lo miraba. Era mi forma de no pensar: qué diablos hace aquí un abogado. Un tío fotógrafo. No sé exactamente qué buscaba en un grupo literario pero había un tío fotógrafo. Era alto y llevaba al cuello una cámara. Estaba unido a esa cámara. Como elefante a su trompa. Y estaba una chica poetisa. Ella amaba la poesía cursi y mujeril como todas las chicas que no saben nada de literatura. Y era gorda. Así que no vale la pena continuar describiéndola. ¡Un biólogo! El grupo lo integraba un biólogo. Nunca llevó un texto escrito por él. Iba a escuchar, criticar y beber. Y claro, estábamos nosotros, los cuatro mosqueteros. El póquer de Ases. Yo era el As de trébol. Tenía bastante suerte y nunca me esforzaba por nada. Me dedicaba a beber y pasar la vida lo menos lastimeramente posible. Garrison era el As de diamante. Brillaba en la sociedad literaria. Verónica el As de corazón. La reina Pinciotti. Coleccionista de corazones. Y Rey el As de espadas. ¿Por qué? Porque yo era el de trébol, Garrison en de diamante y Verónica el de corazón. Así que alguien debía ser el As de espadas y ese era Rey. Así nomás. Y lo pasábamos en grande. Excepto cuando nos reuníamos con el grupo. Yo odiaba reunirme con el grupo y cuando lo hacía me mentalizaba para pasar la peor farra de mi vida. Me emborrachaba entre ellos, pero solo.

 Los aplausos se extendieron bastante. No hubo comentarios mordaces. Era el turno del filósofo Jesús. Se levantó y se puso al centro. Los sofás y las sillas sobre los que estábamos sentados se acomodaron a manera de semi-círculo. Cuando era tu turno, te levantabas e ibas al centro. Desde allí te ponías a decir una sarta de gilipolleces encubierta. Gilipolleces camufladas con citas textuales de grandes escritores o grandes filósofos o pensadores, que hicieran parecer a tu discurso una gran cosa.  Pero no importa lo que dijeras. Si no eras Garrison, el público se te echaría encima de cualquier modo. El Jesús comenzó con una tos y luego un bla, bla, bla… incesable. Yo le tocaba las piernas a Verónica. No decía nada así que pasaba la mano suavemente por sus bellas piernas de mármol. Rey se tallaba los ojos. Lo hacía metiendo las manazas por debajo de los anteojos. Creo que lo pasaba bastante mal. Aburrido. Y Garrison se ponía a decir cosas. Estupideces. Cosas como: ¿dónde está el whisky? Y alguno le contestaba: por allá, tío. De ese modo el discurso de quien fuera que estuviese hablando terminaba siendo soliloquio. No respetaba nada. Se pensaba que sólo él decía cosas serias, importantes y reveladoras. Todos los demás son menos, pensaba. No lo decía pero lo pensaba. Lo puedo apostar. El término literatura proviene del latín litterae… escuché decir al Jesús. Luego Garrison me dijo pásame el cenicero. Había un cenicero y no más. Así que tenías que improvisarte alguno o pedirlo cientos de veces. Yo me los hacía con cajas de discos. Las reuniones eran en el apartamento del abogado así que no me importaba. Cogía algún disco, lo metía al estéreo, lo hacía sonar y luego me llevaba la caja del disco para usarla de cenicero. Toma, le dije acercándole la caja del último en directo de Manu Chao. El tío filósofo era amante de Heidegger así que lo escuché decir algo al respecto de Heidegger. Siempre lo hacía. Inevitablemente salía de su boca la palabra Heidegger. Era una muletilla. Verónica puso su manos obre la mía que estaba sobre su pierna y me dio un ligero jalón. Llevé mi oído hasta su boca y susurró tengo hambre. Verónica es una mujer caprichuda. Gracias a su padre que es dueño de dos empresas, puede darse el lujo de ser caprichuda sin molestar a nadie. Ya, contesté. Acompáñame a por algo de comer, dijo. Ya, dije, pues dale. Nos levantamos. Garrison preguntó a dónde van. Respondimos por comida china. Yo odio China y a todo el oriente pero Verónica ama la comida china. Todo este lío hizo que el Jesús se detuviera. Lo último que le escuché decir fue: Heidegger decía que la literatura… Garrison dijo les acompaño. Fuimos los tres. El departamento del abogado se ubicaba en la calle de Fresas, en la colonia Del Valle, y cerca había un restaurante de comida china. 

 Garrison sugirió ordenar para llevar. Verónica no quiso. La verdad yo prefería quedarme a regresar pronto a esa cueva de egos. Nos sentamos a la mesa y Verónica se pidió alguna cosa de nombre oriental que me niego a pronunciar. De todos modos lo olvidé. Y le pedí ordenara por mí. Lo que pidas tú, quiero yo, dije. Garrison se pidió alguna cosa también y nos quedamos allí. No sé en qué momento salió pero hablamos de hacer una novela. Todos nos creíamos escritores pero ninguno pasaba de escribir algunos textos cortos. Relatos, cuentos, y cosas. ¿Y de qué harías una novela, Garrison?, preguntó Verónica. Aún no lo sé, respondió. ¿Y tú, Petrozza?, me preguntó Verónica. Pues de mí. Los dos comenzaron a reír. No se creían que mi vida fuera tema de novela. Quizá no lo sea, pero, ¿cómo se supone que se escribe una novela que no hable de uno mismo?, dije. Eres un jodido narcisista, me dijo Verónica. No, dije, enserio, ¿cómo se supone que se escribe una novela que no hable de uno mismo? Pinciotti se quedó viéndome incrédulamente. Me juzgaba loco pero no tenía la respuesta. Anda, dime, le decía yo, ¿cómo se supone que se escribe una novela que no hable de uno mismo? Verónica comenzó a decir titubeantemente: pues así nomás, la haces de lo que sea, policiaca, de suspenso, de vampiros… No digas chorradas, dijo Garrison, si vas a escribir una novela no escribas una novela de género, escribe una obra maestra… ¿Y cómo se supone que se escribe una obra maestra que no hable de uno mismo?, dije. Verónica bufó. Estaba harta de la pregunta. Creo que entiendo lo que quiere decir Martin, dijo Garrison. Lo que quiero decir, dije… Pero Garrison me interrumpió: escribas lo que escribas estará tatuado de tu esencia y… ¡exacto!, señalé y continué: no puedes escribir nada ajeno a tus experiencias o tus perspectivas; uno siempre termina haciendo la novela de su vida. Tergiversada, parodiada, imitada, o como sea, pero siempre de tu puta vida. Interesante, dijo Verónica llevándose a la boca un cuadrito de arroz relleno de animales marinos, muertos y crudos. ¿Tú de qué harías una novela?, preguntó Garrison. Se lo preguntó a Verónica. Pues de mi vida, dijo burlándose de mí. Escribamos una novela, dijo Garrison emocionado.  Este es el Garrison que me gustaba, el Garrison leal. Amigo. Compañero del alma. Que te impulsa a escribir una novela. No el Garrison pedante de las noches de reunión literaria que te dice tú jamás escribirás nada, eres un bebé. Todos nos miramos a los ojos. Como si quisiéramos buscarnos la culpa. ¿La culpa de qué? Yo tengo un texto que quizá dé para una, dijo Garrison. ¡Ajá!, dijo Verónica señalándolo con el índice. Lo culpaba. ¿De qué? De haber empezado sin nosotros. De haberse adelantado. Así éramos los cuatro. Un grupo hermético y con normas tácitas de lealtad. Uno no podía hacer, comenzar o pensar siquiera en hacer una novela sin avisarlo. Sin decirlo. Sin invitarnos a seguirle. Bueno, dijo Garrison, la intención de aquel texto nunca fue la de hacer una novela, pero ahora que lo pienso hay material para extenderla un poco, quizá una novela corta, dijo mientras bebía de una coca-cola de lata. Ya, tío, dije, suéltalo: tienes una novela terminada y no quieres decirlo. No, dijo, Garrison, se me acaba de ocurrir. Bueno, dijo Verónica pues trabajemos en ello. Acostumbrábamos leernos y comentarnos. Sinceramente. No como en el grupo. Así que ahora emprenderíamos el largo camino de una novela. Lo que no significaba que verdaderamente lo hiciéramos. A veces decíamos un montón de cosas y las olvidábamos al instante. Y no hacíamos nada. Como nuestro proyecto de una revista literaria, de una revista musical, de una cafetería intelectual, de una librería, y de tantas cosas. No éramos de los que dicen hagamos tal cosa, y la hacen.  Éramos de los que hablan y hablan y hablan. 

 Llegamos al apartamento de la presunción y entramos. El Jesús se había sentado en mi silla. Maldición, pensé. Como sea me fui a la mesa y me puse un whisky con agua. Garrison y Verónica llamaron a Rey Hernández y le contaron lo de hacer novelas. Di un trago a mi bebida, encendí un cigarrillo, y me acerqué a donde mis amigos. Estaban parados cerca de la puerta. El fotógrafo estaba hablando. Pero no nos importó. Realmente en ese grupo había dos grupos. Nosotros, y los demás. Debo aceptar que yo también era un egocéntrico, a mi modo. Rey dijo que le gustaría hacer una novela de detectives. Garrison se burló diciendo: literatura de género, qué basura. Para nada, corrigió Rey, será una novela de detectives sin género, una novela de detectives como no se ha escrito jamás. El cabronazo se había leído Los Detectives Salvajes, de Bolaño. Yo ya no estaba pensando es eso. Pensaba en las tetas de Verónica. Son realmente bellas. Más grandes del promedio sin llegar a lo grotesco. Y tan bellamente blancas y frescas. Llevaba un escote maravilloso. Venga, Petrozza, arriba esa mirada, me dijo Verónica cuando notó que no dejaba de mirarle el pecho. Estás tremenda, le dije. Reímos alto y escuchamos las eses salir a empujones de las bocas de los demás. El fotógrafo no sabía muy bien qué decir. Tartamudeaba y no lograba darse a entender. La literatura es un ser mágico… decía. Yo pensé: un ser mágico, ¡qué va! ¿Entonces de qué irá tu novela, Garrison?, dijo la As de corazón. No losé dijo, pero será un súper-ventas. Rey rió y dijo: como la literatura de género. Garrison dio un montón de ejemplos de súper-ventas que no son literatura de género. Luego fue a la mesa y se puso un whisky en las rocas. El fotógrafo terminó al fin y fue el turno del biólogo. Pero no quiso pasar. Nunca participaba el hijoputa. ¿A qué viene entonces?, preguntó Rey. Verónica se fue al sofá. Se levantó el abogado y pensamos que tomaría el turno del biólogo pero no. Tomó a Pinciotti del brazo y dijo, su turno señorita. Verónica no perdió el control. Era una mujer segura de sí y de su físico. Era una señora puta. Le encantaba enredarse con hombres mayores, adinerados como el cabrón de su padre. Comenzó con algunos coqueteos. Le es imposible comportarse, dijo Rey. El abogado se acercó a nosotros. Llegó con una copa de tinto. Venga, tío, le dije, ¿por qué la has hecho pasar así? Es su turno contestó. Ya, dije, enserio. Enserio, dijo. Ya habían pasado todos. ¿Tú ya pasaste, Rey? Simón, dijo Rey. Lo miramos penetrantemente. De verdad, dijo, ya pasaron todos; ahora sólo faltas tú, pinche Petrozza. Rey solía llamarme pinche Petrozza para todo. No podía despegar el adjetivo de mi apellido. Respétame, PINCHE Rey, dije. Seguro, sólo faltas tú, me dijo el abogado. Pues no he preparado nada. Verónica se echaba un rollo sobre la literatura y la vida del escritor. Dijo: inevitablemente escribimos de nosotros mismos… Dios, dije a Garrison, ¿lo has escuchado? Plagiadora de mierda, dije. Garrison rió fuertemente. Posé la mirada sobre los ojos de Verónica que no paró de hablar mientras me sostenía el juego y sonreía. No era una plagiadora, se estaba burlando. Fue un chiste lanzado únicamente a nosotros. Cuanto terminó de hablar todos aplaudieron. No aplauden sus palabras, pensé, aplauden sus tetas. ¡Simios! Aunque yo era un patán con Verónica, me jodía que otros lo fueran también. No la celaba. Me molesta que los tíos sean patanes y cromañones. O que tengan actitudes de aquello. Incluso el par de filósofos, que vivían en un estado supuestamente superior, intelectualmente hablando, se ponían bestias con Verónica. No importa cuán intelectual seas, la polla es la polla.

 Llegó mi turno. Debía pararme frente a todos y explicar qué es la literatura. Mi concepto de literatura y todo eso. Yo no me tomaba enserio al grupo así que no tenía preparado nada. Yo no me tomaba enserio casi nada. Ese era mi problema. No me tomaba enserio el curro, ni a las mujeres, ni a la vida. Ya, dije, ahora voy. Me puse otro whisky con agua y lo bebí al hilo. Luego me fui al centro de aquella cosa. Me paré allí contra toda mi voluntad. Sabía perfectamente que a todos ellos les importaba un carajo mi concepto de cualquier cosa. Además, yo era el único que tomaba a la literatura enserio. Si antes dije que no tomaba enserio casi nada, en ese casi está la literatura. Yo tenía una lucha con la literatura. No luchaba en la vida por un auto o una casa. No luchaba por el gran amor de mi vida. No luchaba por ser alguien. Mucho menos por alcanzar la felicidad ni la paz interna ni ninguna de esas pavadas. Tampoco luchaba por la literatura. Luchaba EN CONTRA de la literatura. Para que la muy puta no me acabara. Para aguantar un poco más. Para no volverme verdaderamente loco. Pensé que sería bueno explicarles todo eso pero luego los miré. A cada uno de ellos. Mis amigos no me hacían caso en absoluto. Estaban junto a la puerta, riendo y chocando los vasos en brindis. El Jesús estaba sentado encogiendo la nariz por tanto humo de cigarrillo. El abogado estaba parado cerca de la mesa. El filósofo sabelotodo sí me miraba. Supongo que se preguntaba a qué mierda hora va a comenzar. El fotógrafo se entretenía con  un cuadro. En la pared había un cuadro de Remedios Varo y lo escrudiñaba con los ojos. El biólogo no estaba. Había desaparecido. Supuse que se largó. Y la poetisa. Ya, dije, bueno, no tengo nada preparado pero intentaré… los miraba a todos y nadie me prestaba atención. Creo que así será mejor, me dije. Intentaré explicar qué es la literatura. Los filósofos se creyeron que iba por el lado teórico pero no. Me declamé el siguiente poema comencé. 

 La literatura dije, es un monstruo, que te come. Hice una pausa. Luego: pero no es uno de esos monstruos que te comen de un mordisco, no. Es, más bien, como un montón de hormigas carnívoras del África. Verónica me miró. La literatura es como un saco de esas putas hormigas del África, o de dónde mierda sean, echado sobre ti. Comiéndote a pequeñas dentelladas. Silencio incómodo. El filósofo cegatón encendió un puro. El abogado se puso la mano en la barbilla y me prestó atención.  Yo encendí un cigarrillo. La literatura es, como las sirenas que embelesan Argonautas, continué, que te embelesan con un tremendo par de tetas, pero que al final es un puto monstruo. Lancé una gran nube de humo. El Jesús sonrió con la última parte y movió la cabeza asintiendo. ¡Una Medusa!, dije, ¡Un espejismo!, ¡Una ilusión! Traje de regreso al fotógrafo con esos gritos. Yo alzaba los brazos para exagerar las palabras. Repetí: ¡Una Medusa!, ¡Un espejismo!, ¡Una ilusión! La poetisa me miraba a los ojo. Seguí: un oasis en el desierto, un oasis para los sedientos, para los sedientos de otra cosa… Sentí la mirada de Rey sobre mí… de otra cosa que no sea la puta vida, que te vende una felicidad inexistente, ¡un buen empleo!, grité suspirando petulante …el seguro de tu auto, ¡un auto! Una secretaria buenaza. Placebos para bajar de peso… devolví la mirada a la poetisa… O tónicos para follar de a diez, miré al filósofo sabelotodo. La literatura, dije, ¡la mierda literatura!, que me arrancó el alma. Un alma atormentada. Atormentada por el alquiler, por la comida, por un par de zapatos nuevos, por un auto que me dé buenos kilómetros por litro. Di una bocanada al cigarrillo y tomé la botella de whisky. Bebí un trago directo y dije: ¡Eso es la literatura! Una cosa horrible, que te encanta, y te atrapa y te come como un maldito monstruo. Di otro trago y salí del centro. Me fui a donde mis amigos y dejé a todos aplaudiendo. Hacían comentarios. Muy bueno, decían. Es cierto, decían. “Una felicidad inexistente”, dijo el Jesús. La poetisa dijo me gustó la parte del oasis. El abogado riendo dijo: “como las sirenas que embelesan a los argonautas”. Ya no escuché lo demás. Llegué a donde Garrison, Rey y Verónica. Rey me dijo: pinche Petrozza, tienes razón, ¡la literatura te come! Garrison dijo pásame ese whisky. Me había traidor la botella. Se lo pasé y le pegó al trago. Verónica me abrazó y comentó: ¡eres un poeta! Yo dije, Dios, ¡no!, no quiero ser un poeta. 

2

El resto de la noche la pasamos bebiendo. Había terminado el rollo de la literatura. Yo estaba lo suficientemente borracho para meterme en problemas. Garrison y Rey Hernández iniciaron el debate Isabel Allende. Garrison a favor, Rey en contra. Verónica y yo estábamos hartos de aquello. Siempre es lo mismo, dijo Verónica. Venga, tía, le dije, hagamos lo nuestro aparte. La tomé de la cintura y la encaminé al cuarto. Pero Me puso un alto. Entonces la dejé en paz y me fui a dar la vuelta por el apartamento. En busca de algo bueno. Pero todos parecían tan aburridos. Tan pedantes. Tan serios. Que terminé yendo con la poetiza. Ya dije que era obesa y lo era, pero no lo suficiente para detener la libido de un borracho como lo era yo a esa hora de la noche. Hola, nena, le dije, ¿cómo vas? ¿Cómo voy con qué? No entendió mi saludo colombiano. Ya, dije, ¿qué te ha parecido mi poema? Maravilloso, contestó. Ya, dije, enserio, no tienes que mentir, no soy como esta bola de egocéntricos. Pero insistió en que era verdad. Yo le dije tienes los ojos más bellos que he visto jamás. Esta vez sí mentía. Y le dije la boca más sensual. Ella sonreía y decía, ya, no juegues. Pero yo insistí hasta el cansancio. La induje a beber. No bebo mucho, dijo. Pavadas, dije, pavadas, verás que el whisky te suelta el cuerpo y el alma. Bebía a pequeños sorbos primero y a grandes sorbos después. Reímos mucho. Le hacía reír con cualquier cosa. Tienes un cabello hermoso, y acariciaba su cabello y reía. Cuando estuvo en el punto exacto lo solté: verás, nena, me gustas mucho y muero por besar tus cachondos labios. Pensé que fracasaría. No fue así. Luego de proponerlo tres veces más me acerqué a ella y la besé. Ella me besó como si me amara. Fue un beso largo y caliente. Verónica pasó junto a mí y echó unos ojos de espantada. La miré mientras besaba a esta jeba. Nos besábamos y yo abrí  los ojos para mirar el escenario. Buscaba la manera de llevarla al cuarto. Todo lo veía desde el ángulo del beso. Ligeramente ladeado. Tendría que esquivar un par de sillas y la mesa. Y una caja de cerveza. No sé de dónde salió la caja de cerveza. La habrán comprado recién, pensé. Y en eso me estampé con la mirada de Verónica. La seguí con la vista y llegó a donde Rey. Le dijo: mira, y me señaló. Rey alzó el pulgar riendo. Me hizo la señal del pulgar levantado. Garrison platicaba acaloradamente con el abogado. Yo me separé de la poetisa. Quiero decir que dejamos el beso. Comencé a empujarla despacio. La besaba y la empujaba. No lo notó. Lo notó cuando se tropezó con una silla. Ella iba de espaladas. Entonces me cansé de la discreción y le dije ¡ven!, la tomé del brazo y la jalé hasta una habitación. 

 Dentro había una cama. Eso es todo lo que recuerdo. Es todo lo que importaba. La tiré a la cama y me fui sobre ella. Comencé a besarle el cuello y todo eso. No llegué muy lejos. Le acaricié los senos y se espantó. Debí darle más whisky, pensé. Dijo yo no soy así. Ya, dije, no importa y traté de sacarle las tetas pero llevaba una blusa complicada. No lo lograría sin su consentimiento. No, dijo, espera, yo no soy así. Ya lo sé dije, calma, no te apures, y le besé el cuello. Puso sus manos debajo de mí y me empujó. Dios, dije, ¿te gusta la violencia? No dijo, ya, espera, no quiero hacerlo. Ya, dije, pues qué mal. Me quité de encima y se sentó en la cama. Quería hablar. Dijo: me gustas mucho y quiero salir contigo. Creo que primero debemos conocernos un poco más y… Ya, nena, dije, verás, tú no quieres hacerlo y yo, la verdad, no quiero hablar. ¿Cómo?, dijo. Si vas a hacerlo conmigo hagámoslo y si no, olvídate de todo, no quiero ser tu novio ni tu amigo ni nada… ¿Cómo?, dijo otra vez. No se lo podía creer. No entiendo porqué. Era lo más creíble. Era obvio. Salió del cuarto apresurada. Luego salí yo, muy tranquilo. Verónica se acercó a mí. ¿Qué pasó?, me dijo. Ya, dije, no pasó nada. Rey llegó atrás de Verónica. ¿Qué le hiciste, cabrón? Nada, Dios, no pude hacer nada. Luego señaló a una esquina. Allí estaba la poetisa. Llorando. Y con ella estaba el filósofo. Dios, dije, qué mujer. Y me olvidé del asunto. 

 Garrison me llamó. Fui. Bebía una cerveza con el abogado. Habían pasado del whisky y del tinto a la cerveza. El abogado comenzó a preguntarme a qué te dedicas. Era la segunda vez que yo asistía a una reunión de aquellas. Rey Hernández y Garrison habían asistido a muchas. Verónica y yo no. No tenía ganas de ser interrogado por el abogado. Pretendía juzgarme. Así que me hice el loco. Soy escritor…  ¿Y qué haces?... Escribo… ¿Y cómo vives?... Vivo… Jugaba con él. Lo anterior es el fragmento de una ópera y yo llevaba la conversación de ese modo. Garrison lo notó y dijo, deja de hacer el indio. Ya, dije, la verdad es que no me dedico a nada. En ese tiempo no tenía trabajo y no hacía nada. Escribía un par de textos o dos a la semana. Comencé a escribir realmente cuando Carolina llegó a mi vida. En ese entonces yo sólo bebía y no hacía nada  más. Escribir un texto o dos por semana era mi forma de justificar la vida que llevaba. Soy escritor, me lo pasaba diciendo. El abogado se dedicaba a algo. Algo de abogados. Un trabajo serio y bien remunerado. Garrison decía este tío es un genio. Se refería al abogado. Ya, decía yo, qué bien. Y en eso estábamos cuando una manaza me tomó del hombro y me hizo voltear el cuerpo entero. Era la manaza del filósofo. Estaba cabreado. Era el mejor amigo de la poetisa. Ya se entiende. La tía le contó el asunto del cuarto y tenía que hacer su papel de macho. ¡Venga, tío, qué coños te pasa!, dije. Me soltó un sermón sobre lo cabronazo que yo era y lo mucho que lastimé a su amiga. No creo que sea para tanto, dije, apenas la conozco, no he podido romperle el corazón ni nada. La tía estaba detrás de él. Me quería violar, dijo. Dios, mujer, no exageres, dije. La muy puta había ido con ese cuento a todo mundo. El filósofo Jesús y el fotógrafo se unieron a defenderla. Todos me gritaban cosas. Rey, Garrison, Verónica y el abogado estaban de mi lado. Al menos tengo un abogado, pensé. Si esto se sale de control, y me demandan o algo por intento de violación, tengo un abogado. Rey dijo: Petrozza no la violó, no digan pendejadas, ni siquiera se bajó los pantalones. Todos enmudecieron un par de segundos y luego se me fueron encima otra vez. Es un imbécil sin educación, y cosas, decían. Yo encendí un cigarrillo y dije, ya, no es para tanto, entiendan, siendo un imbécil sin educación, qué esperaban de mí. ¡Que se largue!, dijo el filósofo Jesús. Rey contesto: lárgate tú, Petrozza no hizo nada. El Jesús tenía unas ganas de soltarse a golpes contra Rey. Rey no tuvo miedo. Rey es de los tíos que no evitan una pelea cuando se avecina. Yo soy de los que me da igual. Garrison es impulsivo. Si alguno lo hubiese reñido directamente, se hubiese lanzado sin pensar a sobre  él. Verónica tomó a Rey del brazo y luego se acercó a mí y a Garrison. Será mejor que nos vayamos, dijo.

 Rey Hernández: no debimos irnos, no es justo, Petrozza no hizo nada. Verónica Pinciotti: eres un cabrón, Martin, ya deja de ser un cabrón. Garrison: ¡No mames a poco sí te ibas a coger a la gorda esa! Martin Petrozza: claro que no me la iba a coger, sólo quería ver qué tan puta es. La conversación anterior sucedió en las escaleras del edificio del apartamento. Bajábamos las escaleras. El eco de nuestras voces rebotaba por el edificio entero. Dios, dije, hubiera robado algo de beber. Con una sonrisa de oreja a oreja Rey sacó de su cazadora una botella de whisky. No estaba llena pero era algo. ¡Ta, tan!, dijo Rey. Ya, dije, dame un trago. Me pasó la botella y di un trago. Cuando estuvimos fuera Verónica sacó de su bolso un llavero e hizo botar los seguros de su auto. Garrison sacó una llave y tuvo que botar los seguros del suyo  él mismo. Uno por uno. El de conductor y copiloto. Rey subió con Garrison y yo con Verónica. Pero había un dilema. ¿Quién se llevaría la botella? Ya, dije, me la llevo yo. Rey: yo la robé, es mía. Ya, dije, eso parece lo más lógico pero el alcohol no es de quien lo roba sino de quien lo ama. Y yo lo amo. Rey dijo yo también. Verónica y Garrison dijeron al unísono: ¡no como Martin! Así que Rey tuvo que entregarme la botella. Botella en mano dije: Pinciotti mueve ese culo, larguémonos de aquí. Verónica me llevaría a casa y Garrison llevaría a Rey  y hasta la próxima. 

3

 Anda Vero, déjame fumar. Verónica no permitía fumar dentro de su automóvil. Que no, dijo, que no. Bueno, al menos déjame abrazarte, dije y la abracé. Maldición, Martin, me harás chocar, quítate de mí. Di varios tragos al whisky. Pasamos los siguientes minutos en silencio. Y de pronto salió el tema de nuevo: ¿en verdad crees que la literatura es un monstruo?, preguntó Verónica. Tardé en responder: eso creo, pero no estoy seguro, puede que sólo sea mi imaginación. Estuve pensando en tu poema dijo, y creo que tienes razón, la literatura es una quimera. Un oasis para los que no queremos una vida normal. Ya, tía, dije, tú qué puedes decir, te cagas en plata. ¿Y eso qué?, dijo. Pues que a ti la vida te sale fácil. ¿Qué quieres decir exactamente? Quiero decir que tú puedes ser lo que quieras, escritora o tenista o médico y es igual de sencillo. Eres un imbécil, ¿sabes? Dios, vaya que lo sé, me lo acaban de gritar. No rió. Verónica se molestó con mi comentario. Yo quería decir que la literatura es un monstruo que te hace sufrir. Pero cómo vas a sufrir con tanto dinero encima. Yo también sufro, dijo Verónica. Ya, dije, y sufres porque no hay en existencia el último modelo de la camioneta que sueñas, ¿no? Me dio un pellizco. Ya, dije, ¡qué te pasa! Y luego estallé en risa. Ella también. Había actuado como una niña. Lo era. En el fondo era una niña. Con todo y sus maneras de femme fatale  y con todo lo zorra interesada, en el fondo era una niña. Sólo quería decirte que me agradó tu poema, dijo dejando girar al volante debajo de sus manos. Habíamos virado y el volante regresaba al punto de origen, solo,  por debajo de las manos de Verónica. Incluso pude escucharlo regresar. Escuché el roce del volante con la palma de las manos. Y pensé en lo poco que han sufrido aquellas manos. Quizá ese roce sea el roce más brutal al que han sido sometidas, pensé. Gracias, Vero, dije. 

 No pensaba en verónica como una niña tonta. Había demasiadas cosas que admirar de ella. Pero aquella noche todo me parecía tan poco. Sentía que ningún alma en este mundo ha pagado el precio de una vida. Que yo, incluso, no había pagado el precio de la literatura. ¿Cuál es el precio de la literatura?, preguntó Verónica. No lo sé, dije, eso quisiera saber. No importa cuánto te entregues, la literatura siempre exige más y más. Y en ocasiones, no da nada a cambio.  ¿Qué es la literatura?, dijo Verónica. No lo sé, dije. ¡No lo sé! Y comencé a gritas como loco: 

¿Qué es la literatura?
¿Qué es la literatura? ¿Qué es la literatura?
¿Qué es la literatura? ¿Qué es la literatura?
¿Qué es la literatura? ¿Qué es la literatura?
¿Qué es la literatura? ¿QUÉ ES LA LITERATURA? ¿Qué es la literatura?
¿Qué es la literatura? ¿Qué es la literatura? ¿Qué es la literatura?
¿Qué es la literatura?
¿QUÉ ES LA LITERATURA?
¿QUÉ ES LA LITERATURA?
¿QUÉ ES LA LITERATURA? ¿QUÉ ES LA LITERATURA? ¿QUÉ ES LA LITERATURA? ¿QUÉ ES LA LITERATURA? ¿QUÉ ES LA LITERATURA? ¿QUÉ ES LA LITERATURA? ¿QUÉ ES LA LITERATURA? 
¿QUÉ ES LA LITERATURA?



6 comentarios:

  1. No importa a mi si me gusto como siempre no hagan caso a comentarios de anonimos amargados, sigan asi felicidades buen texto!!!

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  2. Digan loque digan es maravilloso!! el estilo de narracion es digerible y te lleva de la mano!! Y si es divertido!!

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  3. increible descripcion de la literatura!!!!!!!!!! me ha encantado el estilo del blog!

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  4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  5. Es cierto que se nota muy "influenciado" por bukowski pero me parece divertido y bueno, he leidoalgunos textos mas y me ha gustado las partes de carolina, son geniales y no creo que sean una copia de henry chinaski aunque si es el mismo estilo pero hay muchos qu elo hacen solo que la gente nada mas conoce a bukowski y creen que todo mundo el copia a el pero hay muchos en todos lados y algunos son famosos y otros estan en camino... jejejejeej buena suerte!!

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  6. Si, está influenciado, pero eso no quita que sea bueno, ya no se habla de literatura sin influencias, eso quedo atras. Lo analizare con objetividad. Puede que el anonimo sea un amargado, pero quizás tiene razón... o razones... No estoy de acuerdo con la innecesaria ofensa, quien la hizo debería procurar sostener una discusión inteligente, así ayuda y a se toman en cuentas sus sugerencias, porque al final lo que se quiere es mejorar, y Petrozza es y será un gran escritor, es jovencito y escribe muchísimo mejor que cientos... que miles que publican libros... Las criticas siempre deben ser bienvenidas, y son subjetivas en muchos casos, que si LLosa es malo, que si lo es Cortazar, que si lo es Petrozza... Opiniones. Y aunque no sean opiniones tontas, siguen siendo opiniones.
    I love you.
    Tu amor,
    Paula.

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