domingo, 12 de septiembre de 2010

Benjamín.

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 Cuando niño, siempre fue solitario; no tenía amigos en la escuela y solía comer solo, jugar solo, leer solo, todo solo. Ese aislamiento nunca le molestó, por el contrario, su soledad se tornó material. A los cinco años, se le veía sumergirse en tremendos soliloquios de todo el recreo, toda la tarde o toda la noche. Sus padres no dieron importancia, era cómodo que el niño se entretuviera solo, sin molestar. 

 Como es de imaginar, su popularidad no era buena y las burlas eran cosa común en su vida. Los niños le aventaban piedras de lodo que se desmoronaban ora en su espalda, ora en su pecho, incluso en su cabeza, según el tino del cazador; jugaban a cazar al loco Sebastián. Llegaba a casa sucio y su madre lo reprendía, pues ella, muy ingenua, lo imaginaba jugando pelota con sus amigos de primaria. Sebastián no se quejaba, soportaba los regaños sin decir una sola palabra, pues así se lo aconsejaba Benjamín, su amigo imaginario. Benjamín, era mayor que él, no sabía su edad exacta pero aunque lo sentía como un niño de su edad, Sebastián siempre supo que la madurez de su amigo era mayor a la suya. Cuando los niños se acercaban, Benjamín le hacía entender que serían hostiles, que toda su amabilidad era falsa y se encaminaba a humillar al pobre solitario. A Sebastián le costó poco entender la veracidad de los juicios de Benjamín; pocas veces cayó en la trampa, y por eso, los niños lo odiaban aún más. Sebastián era listo, no mordía el anzuelo dos veces. No sólo era listo sino que conforme pasó el tiempo también la suerte se hizo amiga suya. No es que la suerte lo acompañara, como creían todos en la escuela, la verdad es que los consejos de su imaginación eran muy acertados: “no dobles por aquella esquina, detrás, se esconden Eduardo y Javier, quieren robarte el almuerzo”. O, “Si te ofrecen chicle, no tomes el primero, o lo lamentarás”. La envidia se apoderó de los alumnos el día que Sebastián ganó doscientos pesos. Se había organizado una rifa por parte de la cooperativa de la escuela, los concursantes eran muchos y las posibilidades parcas. Con la ayuda de Benjamín, que se coló entre las organizadoras del concurso, el pobre niño loco, sacó el boleto ganador. La cosa fue sencilla: los boletos estaban foliados y el número ganador, 544, apuntado en una libretita junto al a cocina del colegio. Bastó que Sebastián se formara de tal modo que obtuviera el número correcto. 

 Pero el consejo que más le gustó a Sebastián fue el siguiente: “Habla con ella”. Luego de escucharlo, ya confiando a ojos cerrados en la vocecilla en su cabeza, se acercó a platicar con Rebeca, la niña más linda del colegio. Rebeca no se alejó como lo hacían las demás niñas, por el contrario, se acercó más a él y muy cerca del oído le susurró las primeras palabras de amor que el siempre rechazado niño había escuchado: “Me gustas”. El corazón de Sebastián estaba excitado, le palpitaba a toda velocidad y se hubiera quedado allí sentado, hipnotizado, de no ser porque Benjamín no lo abandonó. Se envalentonó, y con un beso en la mejilla cerraron el caso: serían novios.

 Rebeca era una niña especial, era bella, y simpática, a todos caía bien; tenía muchos amigos, sus fiestas de cumpleaños siempre eran un éxito; y si ella faltaba a alguna reunión, todo era un fracaso, pues la mayoría de los niños hacían reuniones soleadas en el parque con la única intención de verla en shorts. Ella por el contrario, se sabía sola, pues nadie le hablaba con la intención de conocerla, sino de aumentar su popularidad y vanagloriarse de ser amigo de la niña de la que todos quieren un beso. A Rebeca le gustaban los helados rosados, las margaritas, los unicornios, típica niña melosa que ama las mariposas y le encanta correr descalza en el jardín. Le gustaba Sebastián por su sinceridad, por su corte de pelo anticuado, por sus notas, siempre buenas, por la estrella que lo acompañaba, pero sobretodo, por soportar tan bien la soledad, cosa que ella no lograba; necesitaba amigos que la elogiaran para sentirse amada. Claro que esto no lo sabía ella y simplemente decía que Sebastián poseía un “no sé qué” especial. Sebastián por su corta experiencia amorosa, se dejó seducir. La soñaba, la pensaba, la imaginaba, todo el tiempo era ella, toda palabra era inspirada en su mirada, en su cabello, su aliento. Todo movimiento de Sebastián estaba destinado a convertirse en caricia, todo su mundo giraba en torno a su primer amor. Benjamín solía espiar a Rebeca, según instrucciones precisas de Sebastián para recopilar información útil, que extendiera el tiempo de su noviazgo. Benjamín, como siempre, hizo una magnífica tarea. La observaba día y noche. Llegó a conocer su postura favorita para dormir, su gusto por las novelas principescas, se enteró de su más grande secreto: le temía a los gatos. Miró sus verdes y hermosos ojos, su cabello rubio, que la acariciaba a cada voltear el rostro. Comprendió que Rebeca era en verdad bella, y que Sebastián la amaría por sobre todas las cosas; incluso por encima de su amistad. 

 Con el pasar del tiempo, Sebastián, obsesionado de Rebeca, no dejó de ser un solitario; contagió a Rebeca la soledad. Se les veía juntos en la plaza, en el parque, el club, en las calles, siempre juntos, solo ambos. Rebeca estaba enamorada de su hombre, jamás se quejó de nada, aceptó la gradual desaparición de amigos, compañeros, e incluso primos y hasta de su madre, que antes de Sebastián, era su mejor amiga. Sacrificó a todos. Sebastián no tenía mucho que perder, pero también lo entregó todo: a Benjamín. Día a día, se alejó de ese ente incorpóreo que tan fiel le fue en la infancia. Ya no le pedía ayuda, no escuchaba sus consejos, no lo miraba, no le prestaba atención, no lo solicitaba, hasta que el imaginario compañero, lentamente, desapareció. 

 Sebastián y Rebeca crecieron. Rebeca Le exigió un hogar, un trabajo, un coche, un hijo. Sebastián, enamorado como estaba, no se negó a nada, de todo corazón se propuso hacer feliz al amor de su vida. Ya tenía diecinueve años y era todo un hombre. Se compró un traje, un portafolio y salió en busca de los ideales de su amada. Lo contrataron en una fábrica de cajas de cartón. La paga era buena en un principio; rentaron un cuartito, compraron un televisor, una cama, un frigobar. Rebeca decoró las cuatro paredes con bonitos cuadros de paisajes, un florero en la esquina, una linda cortina en la única ventana de la habitación. Su vida era maravillosa hasta que llegó el bebé. El dinero no era suficiente, la renta subía cada año, los alimentos también, el médico, los pañales. La fábrica ya no era la mejor opción. Una mañana, en que Rebeca se quejaba del niño, Sebastián se puso el traje, tomó el viejo portafolio y salió en busca de un nuevo empleo. No lo consiguió el primer día, no el segundo, y al tercero no sólo no lo consiguió, sino que estaba despedido de la fábrica. 

 La desesperación atormentaba al buen Sebastián; los lamentos de su mujer eran continuos, ni que decir de los llantos del bebé, o los furiosos golpes del arrendatario que pasaba en las madrugadas a cobrar la renta atrasada. Su suerte cambiaba lentamente, ya no era el chico afortunado que fue en su infancia. Rebeca ya no era tan bella, luego del parto, su vientre fofo y pálido ya no lo sumergía en las libidinosas ensoñaciones de cuando joven. Los senos hinchados de leche le parecían repugnantes, y el cabello de Rebeca llenaba el pequeño cuarto, sobre el colchón, en el cepillo, ¡en la sopa! Su odio se expandía a todo el mundo, a los otros jóvenes que no tenían esposa, a sus padres, que nunca lo ayudaron en nada, a los padres de Rebeca, que la habían olvidado; a las secretarias que lo hacían esperar, a los empleadores, que no lo empleaban, a los perros, que se interponían en su camino, a los pájaros que lo despertaban a las siete de la mañana; a su estrella, que lo había abandonado. Se sentía solo, esta vez, se sentía solo, se sentía desfallecer. 

 Llamó a Benjamín para que lo ayudara. Éste no aparecía. Sebastián gritaba en lo más profundo de su ser, se adentraba en su consciencia, en su pre-consciencia, en su inconsciente y en todos esos lugares que alguna vez, algún psicólogo nombró parte del sistema anímico. Si no aparecía el imaginario, lo maldeciría para siempre. A punto estaba de hacerlo cuándo lo vio en la acera de enfrente, recargado en un árbol. Portaba una bata blanca y su aspecto era deprimente: barba descuidada y cabello largo. Se acercó a él y le suplicó: -Ayúdame, amigo. Me ha ido mal sin ti- Benjamín lo miró serio, sin expresión, como quien se propone dar una decepcionante noticia, y le dijo: -¿por qué?- Sebastián dio cientos de respuestas, unas agradables, unas no tanto, pero no atinó a la verdadera pregunta: -¿Por qué me abandonaste?- Preguntó Benjamín.  Sebastián trató de calmarlo y lo invitó a caminar por el parque y tomar un café. Le explicó la situación y le pidió perdón con lágrimas en los ojos. Benjamín estaba realmente sentido y ofendido por el desprecio que le mostró su amigo, pero al fin, lo perdonó. No fue fácil, le condiciono la ayuda: -Te ayudaré, pero debes prometer que no volverás a despreciarme por ella.- Sebastián aceptó de inmediato. –Para probarlo, debes matarla.- Sebastián escupió el café, se puso amarillo, casi se desmaya. Sin embargo, finalmente aceptó. El pacto estaba hecho, Sebastián debía matar a Rebeca esa misma noche y a cambio, Benjamín regresaría con él. Juntos, conquistarían el mundo. 

 Entró al cuarto, muy sigilosamente, Rebeca y el niño dormían. La miró allí acostada, con el niño entre sus brazos y sintió repulsión, ellos eran el origen de todas sus desgracias. Además, Benjamín le había prometido aparte de su compañía, grandes riquezas, triunfos, una vida de egocentrismo, vanidad y sueños terréanos. Tomó el cuchillo, el único que tenían, y lo enterró hasta el fondo, sin dudar un segundo, en el pecho del niño, atravesándolo y matando de una sola cuchillada, a Rebeca y  a su hijo, que no tuvo nombre, pues jamás lo decidieron. Rebeca murió con el niño sobre ella.  

 La sangre manchaba todo el suelo, el olor a locura era penetrante. Las manos rojas le recordaban a Sebastián la belleza de Rebeca, la sangre era bella, la sangre de la mujer amada, mezclada con la de su hijo, la prueba de su amor. Alzó el arma y de un golpe la dejo caer sobre su pecho, le urgía reencontrase con su familia y pedir perdón…

II

 La madre de Benjamín lloraba sobre el sillón de terciopelo rojo. Una noche más de lágrimas. La luna, hermosa, caía sobre ella, haciendo brillar el río de sus ojos. Un pájaro, bello, de color azul plata, descansaba en la rama del árbol junto a la ventana por la que se colaba el espectro lunar. El cuadro era perfecto, la mujer triste, la noche triste, la luna grande y el animal majestuoso. Pero ¡qué le importaba a ella todo eso! ¡¿Qué le importaba a una madre que día a día perdía a su hijo, la noche estrellada?! 

 Benjamín siempre había sido un niño solitario, la cosa no era grave, muchos niños lo eran a esa edad. La cosa empeoró cuándo los maestros los expulsaron de la escuela por retraído. Los médicos dijeron autismo; el padre, semilla del mal; las vecinas, castigo de Dios. Lo internaron  a los seis años. No hablaba con nadie, excepto consigo mismo, que era peor que no hablar con nadie, pues demostraba su locura en interminables monólogos de toda la noche o toda la tarde. Lo sometieron a terribles choques eléctricos, a baños de agua helada, pero nada, Benjamín no reaccionaba, vivía fuera de este mundo. Su madre rogaba a todos los dioses por la salud de su hijo; ansiaba verlo jugar a la pelota, enseñarlo a patinar, cantar el abecedario en inglés o “Noche de paz” en el coro infantil. 

 Las enfermeras que velaban los sueños del infante, le escuchaban hablar dormido, e incluso sonreír, como si  en su estado vegetal encontrara un mundo hecho a su media, alegre, y que nadie más comprendía. Todas las frases que escapaban del paciente eran anotadas en libretas blancas: 

1) “No dobles por aquella esquina, detrás, se esconden Eduardo y Javier, quieren robarte el almuerzo” 
2) “Si te ofrecen chicle, no tomes el primero o lo lamentarás” 
3) “Habla con ella” 

 Lo que decía carecía de sentido, nada era profético, no revelaba secretos del más allá o la ecuación de la creación: era como si viviera en sueños, como si su vida fuera totalmente onírica. La madre no soportaba verlo así, deseaba para su hijo una vida real.

 El asunto se agravó el día en que Benjamín enmudeció de plano. -Su hijo está muriendo, señora- Dijeron los médicos. No come, no duerme, no se mueve, ya no habla solo, se desvanece. 

 Los médicos, luego de algunos años de tratamiento sin mejoras, decidieron recortar sus sesiones y la mayor parte del tiempo lo mantenían dopado para que las enfermeras pudieran realizar otras tareas. Así pasó muchos años, en los que antes de cada jeringazo de morfina se le escuchaba decir: “No, no te alejes, no te alejes” como si la droga lo alejara de su vida en el inframundo.

 Un día, uno de esos días que a pesar de ser anhelados, llegan inesperados, Benjamín despertó de su interminable letargo. Se le escuchó renombrar a su amigo imaginario con un ligero brillo en los ojos. Durmió de nuevo y Finalmente despertó. Se levantó de la cama, con veintidós años encima, la barba crecida; como si acabara de nacer, muy lentamente se acercó a su madre. Ésta gritó jubilosa, lo abrazó y dando gracias a Dios, se arrodilló. Así, en cuclillas, tomó las manos de Benjamín y las besó. –Hijo mío, hijito, mi pequeño Benjamín- El joven miró extrañado a la mujer que lloraba frente a él y pasó de largo, diciendo: -Lo siento señora, no soy su hijo, me llamo Sebastián, ¿dónde está Rebeca?-.



2 comentarios:

  1. Abdul tienes un estilo muy bonito me causas mucha ternura!! y ya vi tu foto y se ve que eres super tierno! te puedo agregar al messenger?

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