jueves, 26 de agosto de 2010

Vamos a la playa.

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Nota: las conversaciones entre las niñas y los personajes sucedieron en italiano y algo de español. En el texto están traducidas para evitar el tedio. 

Ane tenía doce años y era una niña caprichuda. Alice tenía once años y era una niña caprichuda, pero a diferencia de Ane, sabía lo que quería. Es decir, que Ane era caprichuda e idiota, y Alice, simplemente sabía lo que quería y lo exigía, y no se detenía ante nada para lograrlo. Ambas llegaron en un vuelo directo a México, Distrito Federal, y luego en un taxi del aeropuerto, directo a mi casa. Eran sobrinas del Sr. Pinciotti. Ane era hija del hermano mayor de mi padre, y Alice, de la hermana mayor de ambos. O sea que eran primas y yo era su tía-prima o algo. El Sr. Pinciotti quedó de recogerlas en el aeropuerto pero se atravesó una junta importantísima, de esas que siempre son oportunas para eludir alguna obligación moral. Y como buen padre, me ordenó que fuera yo por ellas. Lo malo es que a mí se me atravesó un deseo ardiente de no ir. Las habían enviado desde La Bota para conocer México. Yo no tenía ningún interés en cuidar niñas, así que tomé el teléfono y marqué al móvil de Ane, y le dije: hola, habla tu tía Verónica, apunta esta dirección. ¿Dónde está tu padre?, debió haber llegado hace un cuarto de hora, dijo Ane con voz de mando. No podrá ir, así que anota está dirección. Tardó en contestar, ¿cuál dirección? Dicté mi dirección y luego dijo, ¿y ahora qué? Ahora cojan un taxi, dije. No se lo esperaba la pobre. ¡QUÉ! Coge un taxi, prima, acá te espero. Mira, me dijo, lo único que sabemos es que el suelo que pisamos ahora se llama México, sería bueno que… Corté la llamada. Ane estuvo llamando más de quince veces pero no contesté. Luego dejé pasar veinte minutos y llamé: prima, ¿dónde estás? Cogimos el taxi, dijo. Perfecto, dije, si algo sale mal me avisas. ¡Plats!

 Llegaron y lo primero que hicieron fue amenazarme: te acusaremos con nuestros padres y el tuyo. Hagan lo que quieran, dije. ¿Y bien?, ¿dónde nos instalamos?, preguntó Alice. Pedí a la sirvienta las instalara en habitaciones desocupadas y me largué. Esperen al tío Pinciotti, llegará cerca de las diez. ¿Y a dónde vas tú?, preguntó Ane. A dar una vuelta, desempaquen y hagan lo que quieran, me voy. Me largué en busca de un café para pasar el rato. No hice gran cosa, fue un día aburrido. Sin nada que valga la pena mencionar. 

 Regresé a casa a eso de las once y mi padre me recibió furioso: ¡Verónica!, ¡cómo se te ocurre hacerlas venir en taxi! ¡Y cómo se te ocurre dejarlas solas! Ellas nunca están solas, padre, son dos. No pueden estar solas. Son dos… ¡Cuándo vas a entender el significado de RESPONSABILIDAD! Me llevó aparte y me dijo: ¿sabes cómo se llaman? Ni idea, dije. ¡No eres capaz ni de presentarte! ¡Son las hijas de mis HERMANOS! ¡Quiero que las trates EXCELENTE! ¡Te harás cargo de ellas todo el tiempo que estén aquí! Maldición, dije. La pelirroja se llama Ane, dijo, la castaña Alice. Toma esto (me dio algo de plata), llévalas a algún lugar bonito mañana temprano. Vaya, dije, ahora haré de niñera. Se educada, trátalas bien, muéstrale México, y por sobre todas las cosas: que no se lleven una mala impresión de ti. No quiero que mis hermanos hablen mal de nosotros. Se refería a una impresión de zorra. Lo que más le jodía al Sr. Pinciotti era que la familia dijera Verónica es una zorra interesada. Yo no tenía ningún problema con ello, lo era. Y lo soy. Y lo seré hasta el último aliento. Pero a mi padre le partía escuchar rumores. Vivía en un mundo donde sólo importa el dinero, y el qué dirán. Sin embargo, me había vendido al mejor postor. Me refiero a Scott. Mi prometido. Me casaría con él porque mi padre sabe lo conveniente del asunto. Y la verdad es que yo también lo sé. Así que de alguna manera mi padre fomenta lo zorra interesada que llevo dentro. Es una máscara el hombre. 

Al día siguiente llamaron a la puerta de mi habitación. Eras las niñas. Insistieron tanto que tuve que salir. Tu padre dice que nos lleves a pasear. Bostezando dije: si no se largan de aquí las MANDARÉ A PASEAR. Tú padre dijo, me gritó Ane. Habían visto el regaño que me puso el Sr. Pinciotti y ahora se creían con el control de mi vida. Dame una hora, dije, mientras ordena una pizza. No como pizza, dijo Alice. Bueno, ordena comida china. No como eso, dijo Ane, está crudo. Bueno entonces ordena algo, maldición. Apúrate, dijo Ane, queremos ir a la playa. Ja, dije, sí cómo no. Dame una hora, maldita sea. No digas groserías, dijo Alice, te acusaré con tu padre. Va, dije, y azoté la puerta. Tuve que alistarme para un paseo con dos niñas malcriadas. No es que no me importaran, es que simplemente eran dos desconocidas para mí. Nunca he creado lazos fuertes con la familia. Si no te veo no te conozco, así de sencillo. Y no por ser las hijas de los hermanos de mi padre sentía por ellas algo especial. Sentía lo mismo que por cualquier par de menores de edad: repulsión absoluta. Era una lata. Me convertiría en la niñera de un par de pequeñas amazonas. Y eso, definitivamente no me emocionaba. Estuve lista contra toda mi voluntad y pregunté a dónde diablos quieren ir, verán que en México no hay nada interesante antes de las diez de la noche. Queremos ir a la playa. Lo decían enserio. Mira, Ane, mira Alice, en el Distrito Federal, NO HAY PLAYA. Hemos visto en las guías turísticas que México tiene playas hermosas, dijo Alice, así que deseamos ir. Verás, querida, esas playas están en orto estado de México, lejos, muy lejos y no podemos ir. Enchuecaron la boca y luego dijeron: no importa, vamos. Qué no, dije. Mejor vamos por un café, anden. ¿Por un café?, dijo Alice, ¿crees que hemos venido desde Italia, sólo por un café? No sé a qué hayan venido, dije, y no me interesa, yo voy por un café, ¿vienen o se quedan? Finalmente fueron. Al abrir el auto comenzaron a reñir. Ambas querían ir delante. Encendí el coche y dije, si a la cuenta de tres no han arreglado el asunto, arrancaré y no me interesa si algunas de las dos sale herida o se queda o… Las dos corrieron a la parte trasera y dejaron la puerta del copiloto abierta. Maldición, dije, y me estiré a cerrar la puerta. Más vale que se mantengan calladas, niñas, no me agradan las voces agudas. 

 En el trayecto llamó Scott. Hola, amor, ¿cómo estás?... Insistió en verme y esta vez me pareció buena idea. De todos modos mi día estaba jodido con las dos niñas. Así que nos citamos en el centro comercial y llegó puntualísimo. Llegó antes que yo y eso que venía de más lejos. No sé cómo lo hace, siempre es puntual. Hola, amor, te presento a Ana y a Alberta. Me llamo ANE, dijo Ane. Y yo ALICIA, dijo Alicia. Sí, mira que bonitas son, ¿no te parece? Scott las saludó emocionado y les preguntó un montón de cosas. ¿De dónde son?, ¿cuántos años tienen?, ¿qué les gusta hacer?, y todo eso. Quería hacer de novio ideal y quedar bien con las niñas. Nos llevó a comer y luego preguntó: ¿qué les gustaría hacer? Ir a la playa, dijeron al unísono. ¿A la playa?, preguntó Scott como pensando, como ideando un plan. NO, interrumpí, aquí no hay playa, Scott, y eso queda muy lejos. No si vamos en avión, dijo Scott. A Alice le brillaron los ojos. No puedo Scott, tengo cosas qué hacer. Cosas IMPORTANTES. Alice notó que existía una posibilidad de cumplir su sueño y no la dejaría ir. Lo supe. Reconozco la mirada de las personas como Alice. Es astuta y persistente. Yo no estaba de acuerdo en ir a la playa sólo porque no me daba la gana ir a mí. Es decir, no era una cosa que hubiese salido de mí, así que no iríamos a la condenada playa. No es que tuviera algo qué hacer. El egoísmo es un deporte.

 Durante los tres primero días estuvieron jodiendo con ir a la playa. Se lo dijeron a mi padre pero el Sr. Pinciotti tampoco estuvo de acuerdo. Se excusó por el trabajo y dijo que no permitiría que tía Verónica las llevase porque es algo especial. Siempre me tiraba indirectas. Sí, dije, soy especial, puedo acabar en la cama con un descono… Mi padre me echó una mirada aviesa y callé. Con un descontrol de presión. Padezco de la presión, compuse.  Estoy mal de la presión y eso me tumba en cama y puede ser peligroso. Las niñas insistieron. Eran condenadamente caprichudas así que mi padre me siguió lo de la presión. Su tía está enferma y necesita descansar, no le hagan la vida difícil, pueden ir a un parque acuático, o algo y… ¡QUEREMOS PLAYA! El mágico teléfono del Sr. Pinciotti sonó en el paroxismo de la conversación. Cuando las niñas comenzaron a amenazar con llamar a sus padres. Ese teléfono siempre suena en los momentos más oportunos. Lo mismo que las juntas importantísimas de negocio se programan siempre para salvar a mi padre de toda situación. A dormir mocosas, mañana será otro día, dije. Subí a mi habitación. Lo último que escuché fue un: te voy a acusar con mi padre… Se referían a lo de mocosas. La verdad es que no lo eran. Estaban bastante crecidas. Ane ya mostraba un par de senos a medio desarrollar. Y Alice tenía la mente muy despierta. Hasta entonces no lo había notado. Lo noté en casa de Garrison…

 Las niñas jodían con ir a algún lado y yo estaba sin ánimos de salir. Quería encerrarme a leer el Ulises de Joyce y olvidarme de la vida. Pero jodían y jodían. Me tomaron de los brazos y me arrastraron al coche. Esta vez no pelearon por ir delante. Alice tomó el lugar de copiloto y Ane no dijo nada. Creo que se pusieron de acuerdo desde anoche. Yo me hacía la lenta. Me subí al auto pero no lo encendí. Conduce, me dijo Ane en voz alta. Encendí el auto pero no lo moví. Conduce, conduce, conduce, decían las dos. Va, dije, y arranqué. Aprendí a no preguntar a dónde quieren ir, y conduje por la ciudad. Esto se llama Insurgentes, les decía. Y esa cosa de allá es el Bosque de Tlalpan. Las dos miraban todo como verdaderas turistas. No me creía que me estuvieran creyendo todo ese rollo. Es decir, que se entretuvieran viendo las avenidas y las cosas. Entonces pensé que eso, justo eso, es todo lo que hace un touribus y te cobra. Esto es avenida San Fernando, dije, miren, allá hay un velatorio… y aquí encierran a LOS NIÑOS MAL PORTADOS, dije cuando pasamos por el reformatorio de menores. Órale, dijo Alice. Fue una expresión sincera, realmente les entretenía todo eso. Así que decidí dar unas vueltas más. No las estaba llevando a ningún sitio realmente importante o atractivo, pero maldición, eran un par de niñatas crédulas. No necesitaba hacer el recorrido por Reforma. Miren, eso es la delegación… allí hay un kiosco… eso de allá es un convento, de monjas… Claro, dijo Ane. Sí, dije, y eso de allá es el mercado. ¿Podemos bajar?, preguntó Alice. En el centro de Tlalpan había muchos puestos y un payaso callejero haciendo chistes con un micrófono. No, dije. Anda, anda, decía Alice, quiero ver al payaso. Ya se va, dije, siempre se va a esta hora. Increíble pero me lo creyó. No refunfuño. Sólo dijo: ¡ah! Y eso fue todo. Seguí dando vueltas por la zona hasta que se me ocurrió. Me pasé a casa de Garrison. ¿A dónde vamos? Preguntó Ane. A casa de un amigo. Eso no les agradó para nada. 

 ¿De dónde las sacaste?, me dijo Garrison. Llegaron solas, dije, y expliqué el rollo sobre los hermanos de mi padre y sus intenciones de mandarlas a conocer orto país. Entiendo dijo, y dejó de darle importancia al asunto. Nos sentamos en el comedor y me empezó a contar de un autor que acabó de descubrir, dijo, es muy bueno, se llama… y me lo dijo pero ya no lo recuerdo. No podía concentrarme con la mirada de las niñas clavada en mí. Tenían el aburrimiento impreso en las caras. Y Garrison seguía contándome y yo realmente quería prestarle atención pero sus miradas eran cuchillos. No me importaba, cierto, pero poco a poco las cosas se van acomodando. Quiero decir que poco a poco y por más que yo me resistiera, comencé a tomarles cariño. Ahora me sentí culpable de verlas allí, sentadas en la sala y sin mover un dedo. Les estás arruinando las vacaciones de su vida, me dije. Entonces las invité a unirse a la conversación. Garrison no las trataba ni mal ni bien. Se sentaron a la mesa, junto a nosotros y les ofreció algo de beber. No gracias, dijeron ambas. Les ofreció algo de comer. No, gracias, dijeron ambas. Les ofreció ir a su habitación a probar con los videojuegos. No, gracias, dijeron ambas. ¿Entonces que quieren?, dijo Garrison un tanto molesto. ¡IR A LA PLAYA! ¿A la playa?, aquí no hay playa, dijo. Exacto, dije, ¿lo ven?, ya se los había yo dicho, la playa está LEJOS. No tanto, dijo Garrison ingenuamente, Acapulco queda a cuatro horas o menos. La cara de Alice otra vez se iluminó. ¿Podemos ir?, preguntó Ane. Garrison me miró. No, dije, no, no, no. ¿Por qué no?, dijo Garrison, ¿vinieron desde Europa para estar en la sala de mi casa? Eso me dolió, sabía que él tenía razón. No puedo llevarlas, Garrison, ¡me da flojera! Como quieras, dijo, y continuó contándome del autor maravilloso. 

Garrison hablaba y hablaba y yo de verdad intenté entender un poco lo que decía pero los piececillos de Alice se columpiaban en la silla. Era una señal inconfundible de tedio. Tengo hambre, dijo Ane. Garrison dijo pidamos una pizza. No come pizza, dije. ¿Qué quieres comer?, le preguntó Garrison. Yo si como Pizza, dijo Ane, Alice es la que no come pizza. Bueno, ¿entonces qué quieren comer? Pizza, dijo Ane. Maldición, dije, pero Alice no la come, tú lo has dicho. Yo no soy Alice, dijo. Garrison dijo, estoy con ella, yo quiero pizza. Y cogió el teléfono y ordenó un par de Pizzas grandes. ¿Y tú, Alice?, dije cariñosamente. Está bien la Pizza, dijo con cara de tristeza. Eso me hizo pedazos. Ya no dije nada pero me sentí muy mal. Estás pobres niñas no tiene la culpa que yo sea una bruja. Mañana lo compensaré, me dije. Y llegó la Pizza. Alice tomó una rebanada, le quitó todos los ingredientes, las expurgó minuciosamente, y luego apenas mordisqueó lo quedó de ella. Pobre, me repetía. Mañana lo compensaré. 

 A las siete de la noche llegó Petrozza. A casa de Garrison. Las niñas dormitaban en el sofá. Ya, Pinciotti, ¿de dónde sacaste a estás jebitas? Las niñas se asustaron un poco al verlo llegar. Venía muy acelerado, estuve en La Puerta Negra, dijo, vine a ver si tenías algo de comer, Garrison. Le acerqué media pizza que sobró. Yo no comí más de dos rebanadas y Garrison cuatro o cinco. Alice dos y Ane no termino una sola. Así que había bastante. Petrozza tomó la caja y yo pensé que se serviría en un plato pero se llevó la caja completa al sofá y comenzó a comer. No tardó más de treinta minutos en terminar con todo. ¿Y de dónde las sacaste, pues?, me dijo con la boca llena. Le expliqué desde el principio. Ya, dijo, la pelirroja me pone. Garrison rió y dijo: es una niña, cabrón, ¿cuántos años tienes?, le preguntó a Ane. Contestó doce y Petrozza le dijo: ¿sabes qué es el viejo mete-saca? Ane dijo que no. Es cuando… Petrozza iba a comenzar con la explicación pero lo callé. No la perviertas, dije. Entonces Alice dijo: ¿es hacer el amor? Garrison rió. De pronto las niñas pasaron de ser un cosa allí arrumbada, al centro de atención. ¿Dónde aprendiste eso?, tía, preguntó Petrozza. En la escuela dijo. Ya, dijo Petrozza, las escuelas europeas van muy adelantadas, ¿sabes qué es el sesentainueve? Sí, dijo tímidamente Alice. Coño, dijo Petrozza, está tía ya está lista para el prau-prau. Ane comenzó a contarnos que Alice tenía un novio en su país. Eran primas y amigas del alma. Iban al mismo colegio y todo. Ane también tuvo un novio pero lo dejó por otro, más guapo, dijo. Las niñas platicaban con soltura, Petrozza rompió la línea niño-adulto que existía entres ellas y nosotros. Les hacía preguntas de adulto y sorprendentemente, contestaban como un adulto. ¿Lo has hecho con tu nuevo novio?, preguntó Petrozza a Ane. No, contestó ella, aún no estoy lista, pero cuando lo esté no será con él. ¿Por qué?, preguntó Garrison. Ya lo voy a dejar, dijo Ane. Dios, dijo Petrozza, eres toda una femme fatale, ¿por qué lo dejarás? No sabe besar, dijo. Garrison rió de nuevo, es increíble, dijo. ¿Y tú, Alice, qué pasó con tu novio?, me aventuré a preguntar yo. Era pobre, dijo, y Ane se burlaba de mí. Eres una pilla, Ane, te pareces a tu tía Verónica, dijo Petrozza. Cállate, dije, no es cierto. Es tan cierto como que… ¡YA!, dije. Petrozza se calló. Oye Garrison, saca el whisky, dijo Petrozza. Ya no me queda nada, dijo Garrison, ¡te lo has terminado tú! Ya, dijo Petrozza, no te preocupes, Vero, saca el whisky, tía. Cabrón de mierda dije, pero estaba dispuesta a comprarlo. Sólo hay un problema, apuntó Garrison: ¿quién irá por él? Sabía que somos un trío de huevones. Nadie querría ir. Dios, dijo Petrozza, pues ustedes tienen auto, pueden ir a sesenta u ochenta kilómetros por hora, no me vean a mí, mi viejos zapatos no alcanzan ni los veinte por hora… Ya, dije, yo iré. Les encargo a las niñas y… Lo pensé dos veces. Las niñas vienen conmigo, dije. Las subí al auto forzadamente. No querían. Petrozza les cayó bien. No las trataba con regaños ni como a un par de estorbos. Al contrario, le decía a Ane, tienes un cabello precioso, linda. Y se sonrojaba. Entonces recordé que yo, a mis doce años, no era realmente una niña tonta, como estaba tratando a Ane, sino una pequeña en busca de acción. En busca de respuestas. En busca de tantas cosas. Verónica, me dije, quítate el papel de niñera y hazlas tus amigas. No seas cruel con ellas. Todo eso me dije mientras fui por un par de botellas. Sabía que con Petrozza allí, no bastaría con una, e incluso dos era de dudarse. 

Regresé con el whisky. Garrison había sacado sillas al jardín y acomodado todo. O sea que había puesto un par de ceniceros sobre la mesa y tres vasos. Pero luego Petrozza puso dos vasos más. Los tomó de la alacena, como si nada, y los colocó allí, en la mesa. ¿Para qué sacas más vasos?, preguntó Garrison. Somos cinco, contestó Petrozza. Garrison me miró. No, dije, ellas no beben. Claro que beben, dijo Petrozza, luego preguntó a Ane: ¿bebes? Ane respondió que únicamente tinto. ¿Y tú, Alice?, preguntó a Alice. Lo mismo, respondió la niña. ¿Lo ven?, dijo Petrozza. No es lo mismo, dije, el vino lo beben para acompañar la comida, es normal, pero esto es whisky… Es lo mismo, dijo Petrozza sirviendo los cinco vasos. No lo hacía cuidadosamente, pasaba de un vaso a otro sin voltear la botella, con el chorro de whisky goteando y mojó toda la mesa. Siempre sirve así el patán. Garrison dijo: lo estás tirando todo, cabrón, ¡como siempre! Petrozza no se alteró. No siquiera contestó. Terminó de servir los vasos y tomó dos, que entregó a cada una de las niñas. Beban el elixir de los dioses, dijo. Payaso, dije yo. Ane dio un pequeñísimo sorbo. No le gustó pero dijo que sí. Lo mismo Alice. Ya está, dijo Petrozza encendiendo un cigarrillo, una o dos copas más y a la cama. Garrison y yo lo miramos extrañados. No sabíamos si quería decir que les dejaría beber una o dos copas y luego a dormir, o si después de una o dos copas, se irían a la cama, con él. Claro que esto último yo no lo permitiría jamás. Pero había que tener cuidado. No creo que se atreva a follarlas, pensé, pero hay que tener cuidado, quizá se atreva a pervertirlas.

 La velada continuó dentro de los parámetros de lo normal. Es decir, lo rutinario. Hablamos de literatura apasionadamente mientras Petrozza y Garrison sobrellenaban los ceniceros. Y mientras las botellas se iban quedando vacías. Nos olvidamos de las niñas. Garrison nos contaba de sus alumnos. Es profesor de literatura. Todos son uno tetos, decía, no saben ni escribir su nombre. Petrozza decía: esa pelirroja me pone, me pone. Ya, tío, le decía Garrison, es una niña. Entonces dijo que sí, era una niña y no haría nada, pero cómo le ponía. Ahora que lo dices así, tienes razón, dijo Garrison, cómo pone esa niña. En eso volteamos a verla, para enfatizar los comentarios. Ane y Alice estaban entretenidas con algo. ¿Qué hacen, tías?, preguntó Petrozza. Nada, dijeron, pero tenían algo entre las manos. Me acerqué revisar. Las brujas tenían mi teléfono móvil. No parece algo grave pero lo que pasó a continuación, lo fue: Verónica, queremos ir a la playa, dijo Alice. Qué no, dije, NO HAY PLAYA EN EL D.F., ¿cuándo lo van a entender? Petrozza dijo: ¡vamos a la playa, Pinciotti! No me ayudes, le dije. Entonces Ane me amenazó. Era una bruja enserio. Todo el tiempo fingía no hacer nada pero resulta que estaba enterada de todo. Me amenazó con llamar a Scott y mostrarle los mensajes de mi móvil. Eran mensajes de amantes y flirteos nocturnos. Toma eso, Pinciotti, dijo Petrozza. Cállate, dije. Me habían devuelto el teléfono pero los mensajes los habían guardado en una tarjeta SIM o algo, cosas que sólo ellas sabían hacer. Así que llévanos a la playa. ¿Y cómo piensan que las lleve?, dije. Lo tenían todo bajo control. Las cabronas habían enviado mensajes a Scott desde mi teléfono, haciéndose pasar por mí, y habían acordado un viaje a Cancún. Scott, creyendo que yo finalmente había cedido a sus caprichos, aceptó. Ya tenían el viaje planeado y todo. Yo no podía decirle a Scott que todo era mentira o me acusarían de mis correrías con mayores y todo ese rollo. Soy una idiota, me dije, no sabía que los mensajes se grababan en algún sitio. Garrison dijo: te tienen, Verónica. Me tenían las pequeñas. De verdad me tenían. Petrozza intentó con el miedo. Podemos quitarles el teléfono por la fuerza, la tarjeta o eso, dijo amenazadoramente, como si las fuera a violentar o algo. Ellas no se inmutaron. Si me tocas llamo a la policía. Petrozza río, dijo: estás en México, tía, aquí la policía está del lado del mal. Pero las niñas no se intimidaron. Llamaré a mi padre y te mandaremos golpear, dijo Ane. Coño, dijo Petrozza, mejor vamos a la playa, Vero, será divertido y nadie saldrá golpeado. No te van a hacer nada, dije, eso es imposible. Pero Petrozza no estaba seguro. Lo habían intimidado. Sus padres tienen dinero, Pinciotti, y la gente con dinero lo puede todo. Garrison trató de hablar con ellas. Les dijo: a ver, niñas, ya están grandes como para esos juegos, entréganos el chip con los mensajes y más vale que se vayan calmando, o YO LAS ACUSARÉ con sus padres. Y les van a poner la surra de sus vidas… cállate, dijo Ane, mi padre te va a poner a ti la surra de tu vida. Dios, dijo Petrozza, creo que el whisky las envalentonó. Llama a Scott, sugirió Garrison. Eso hice. Mientras llamaba Alice movía con sus manitas el chip con la evidencia. Lo pasaba frente a mí, amenazándome, como una condenada estafadora. Te tienen, decía Petrozza mientras yo intentaba sondear la cosa con Scott. Scott estaba decidido. Me contestó feliz y dijo: qué bueno que te decidiste, amor, nos caerá bien unas vacaciones. Sí, dije, riendo falsamente. Entonces se me ocurrió: mira que estoy con Garrison y Petrozza, le dije, y a ellos también les vendría bien salir un poco. Las niñas no notaron nada malo en esto, pensaron que yo había perdido. Pero yo lo sabía: Scott odia a mis amigos. ¿Cómo?, dijo Scott. Sí, dije, verás, estamos aquí en casa de Garrison y las niñas se llevan excelente con ellos, con él y con PETROZZA, así que los invité, espero no te moleste, amor. Scott enmudeció. Bien, pensé, lo tengo. Las niñas ya cantaban victoria. Sí, amor, me gustaría tanto que fuéramos todos… Las niñas brincaban celebrando. Claro, cuanto antes mejor, ¿qué tal el próximo fin? Las niñas comenzaron a cantar: vamos a la playa, sí, vamos a la playa, sí… Y Petrozza, que se creía todo el cuento también, se unió: vamos a la playa, sí, vamos a la playa, sí… Garrison estaba meditabundo. No sé si pueda, dijo, el trabajo y eso… Sí, Scott, te quiero mucho, por favor, déjalos que vayan con nosotros… Vamos a la playa, sí, vamos a la playa, sí, bailoteaban las niñas y Petrozza. Terminé la llamada y dije a Ane, bueno, ganaste, dame el chip. Me lo dio. Era una timadora pero una timadora con honor. La pobre se creía que había ganado. Garrison que sabe de esas cosas se ocupó de borrar los mensajes del chip de Ane y del mío, de una vez, dije. Las niñas se fueron a la cama, en la habitación de Garrison, y durmieron como ostras.

 Le expliqué la cosa a Petrozza y a Garrison. ¿O sea que no vamos a la playa?, dijo Petrozza incrédulamente. No, Martin, no vamos. Demonios, dijo, me había ilusionado. 

2

Scott canceló el viaje. De verdad. Por ningún motivo estaba dispuesto a compartirlo con Garrison y mucho menos, con Petrozza. Ahora explícales tú a las niñas, amor, las pobres estaban tan emocionadas. Scott habló con ellas. Les dijo un sinfín de mentiras, de excusas, y ellas no paraban de llorar y gritar, anda, tío Scott, por favor, ¡vamos a la playa, vamos a la playa! Y Scott sudando y dando explicaciones a un par de niñatas. Le jalaban de los brazos y no lo dejaban tranquilo. Ayúdame, Vero, me dijo. Es tu problema, querido, yo deseaba ir también…






8 comentarios:

  1. jajajaja pobre Martin ya se había apuntado!

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  2. Me dio algo de lastima por las niñas..... ya se hacian en la playa o.O

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  3. lOS NIÑOS SIEMPRE SON UNA AMENAZA, HAY QUE SABER TRATAR CON ELLOS, PERO POBRES NIÑAS SOLOQUERIAN DIVERTIRSE JAJA BUNO E IR A LA PLAYA PERO NO ERA TAN DIFICIL LLEVARLAS NO?

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  4. porque no iba con garrison jiji ir a la playa con garrison no es muy divertido pero te entretiene jajajajaja

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  5. jajajajaja eran tres niñas caprichosas y no 2

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  6. ‎!!! De acuerdo, en que eran tres niñitas caprichosas, na mas que el pez grande se come al chico, es la ley de la vida, auque les servira en su vida, si tienen capacidad de aprendizaje, jajajajaj !!!

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  7. Michi Panero Blanc27 de agosto de 2010, 21:52

    te topaste con la horma de tu zapato Pinciotti ahora ya sabes como se siente el sr. Pinciotti!?jajaja no te creas Vero ya te dije que me ha encantado tu texto

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  8. ‎!!!! jajajajaj, pobre Sr. Pinciotti, mi pesame, jejjejej, me pasa iwal que a el, tambien tengo hijos, y muy berrichudos, luego te los mando Vero, jajajajajaj !!!!

    !!! aaah, pero los mios se pasan, jajjajajaj, tengo cita con la psiccologa, por los dos pequeñines, jejejeejej, tan lindos !!!!

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