jueves, 12 de agosto de 2010

Te amo.

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Me leía los libros de tanto escritor y todos parecían ir más allá del decir algo. Es decir, todos quería decir algo y también, de paso, que algo se dijera de ellos; por sus formas literarias, sus trampas, sus malabarismos y retórica. Me gustaba leerme esas cosas y luego me preguntaba por qué yo no hacía lo mismo. Una vez lo intenté pero no pude. No puedo evitar ir al grano. Tampoco tengo gran imaginación y sobretodo, conozco pocas cosas. Yo no sé nada de bibliotecas hexagonales ni espejos, de historia de mayo, de ficción, de todo eso. Yo me limito a tener algo que decir. E incluso en eso soy malo. Mi vida es muy aburrida. O eso pensé. Imaginaba la vida de otros, con millones de dólares en cuentas bancarias y yates y noches de juerga ilimitada. Con poder. Entonces pensaba que mi vida era patética. Siempre mendigando unos pesos, siempre en busca de un poquito de sexo con alguna cualquiera. Nunca con Natalie Portman o Scarlett Johanson. Luego descubrí que había personas más jodidas que yo. Fue en un bar. Era temprano, la una o dos de la tarde. Me senté a una mesa y escribí cosas en el cuaderno. No recuerdo qué precisamente. Llevaba una hora, poco más, escribiendo y dos tíos se acercaron a mí. Uno de los tíos era tía. No sé porque en los plurales el masculino domina al género, como en todo. Se sentaron conmigo y el tío dijo: te hemos observado durante una hora y no has parado un sólo momento. Era verdad. Mi vaso estaba lleno y no había parado de escribir aquel relato. Eso lo sé porque nunca paro al escribir algo. De principio a fin, no paro. Aproveché la interrupción para beber mi vaso al hilo. Tenía cerveza de barril. La tía me pidió mirar lo escrito. Se lo mostré. Leyó. Rió. Leyó en voz alta para que escuchara su novio. Supe que era su novio porque luego platicamos y me contaron eso y otras pavadas. El novio también rió al escuchar mi texto y ambos reían y yo pensé qué diablos, no escribo chistes, es mi vida, no se rían de mi vida. Y se los dije: esa cosa es mi vida. Dijeron que no reían de mi vida o si lo hacían, no era en tono de burla sino de sorpresa. Estaban asombrados. El tío no podía creer que todo eso fuera real y que yo sufriera tanto y al mismo tiempo llevara una vida que a él le pareció maravillosa porque follaba a mi novia. Le gustaban las partes donde follaba a mi novia. ¿Qué tu no follas a la tuya?, pregunté maliciosamente y miré a la chica. Se sonrojaron y ya no dijeron nada. La novia también estaba encantada con mi modo de hacer el sexo. No lo dijo así pero preguntaba mucho cosas como: ¿enserio ella goza cuando la sodomizas? Y yo lo aseguraba y lo juraba en nombre de todos los dioses. Ella quedó enganchada. Necesitaba un maestro en las artes amatorias. Yo no era un maestro pero era mejor que su novio que ni siquiera había pensado en meterle el palo por el ano. Le dije qué están tomando y dijeron cerveza. Yo también, dije, pidan una jarra de oscura. El tío lo hizo y yo lanzaba miradas a la chica y ella las contestaba. Me hicieron una suerte de preguntas. Me sentía entrevistado por la BBC. Poco a poco nos pusimos sabrosos. El tío pedía jarras y jarras de cerveza. Les dije que no tenía pasta y lo creyeron. Acababan de leerlo en la libreta. La chica me acariciaba la mano y me sonreía abiertamente. El chico no decía nada, seguía pagando jarras y haciendo chistes y preguntas. Preguntas idiotas como ¿cuántas chicas has follado? Yo decía, no sé, algunas. Y se reía como imbécil varios minutos. Andaba muy borracho. La tía era más cuidadosa y no se emborrachaba. Yo no estaba borracho aún pero sabía que lo estaría pronto. 

  El tío me contó su vida. Era una vida terrible, según él. Trabajaba todos los días en una oficina, encerrado por un sueldo que era mucho más de lo que yo podía aspirar. Y se quejaba. Yo le dije que si ganara ese dinero me iría a Cuba. Una vez fui a Cuba y regresaría si pudiera hacerlo. ÉL no podía. se lo impedía el crédito de un automóvil. También estaba el crédito de la casa. Restando todo eso no le quedaba gran cosa de sueldo. De lunes a sábado trabaja diez o doce horas en la oficina. Así no le daba tiempo de templar mucho. Algún polvo saldrá en la oficina, dije, en las oficinas siempre hay buena carne. Miró a su novia. Lo entendí. Ella era la buena carne de la oficina. No era fea. El error estaba en hacerse novio de una mujer de la oficina. Así perdía a todas las demás y no había mucho tiempo para el sexo. Los domingos caía rendido en cama y se olvidaba de todo. No quería saber de nada. Eso incluía a su novia. No lo dijo así pero él y yo lo entendimos. Ella también lo entendió y no dijo nada. 

  Me levanté. Fui al sanitario. Entré y no había nadie. Eché una buena meada y salí. Cuando salí estaba ella, la novia del tío aquel. Quiero decir que estaba justo en la puerta del sanitario. Me detuvo y me dio un papel. En el papel estaba su número y su nombre: Caro. Luego entró al sanitario de mujeres y yo regresé a la mesa. Ya no estuve mucho tiempo. Me dolía la cabeza.

  Cuando la novia regresó me despedí. El chico me abrazó y me dio las gracias. No sé de qué pero lo hizo. La tía se despidió con una sonrisa y me dijo al oído: llámame. Lo haré dije, y me largué. Había logrado emborracharme gratis. Llamé a mi novia pero no podía venir, la madre, ya se sabe, es muy tarde y esas cosas. Lo malo de las menores de edad. Tuve que masturbarme pensando en Mónica Bellucci y Uma Thruman teniendo sexo entre sí. 

2

  La lluvia era terrible. Hace mucho no llovía así. No podía salir de casa y en casa no había ni una gota de alcohol ni un sólo cigarrillo, ni una mujer. Tampoco tenía mucha pasta, apenas unos pesos para un litro de whisky y una caja de Delicados. Es suficiente. La falta de mujer la podía resolver llamando a mi novia. Pero la lluvia era condenadamente fuerte y no vendría; madre no la dejaría salir con esa tormenta porque los resfriados y la pulmonía y quién lava la ropa. Tomé la chaqueta y salí a comprar cigarros y whisky. Llegué a la tienda empapado. Compré lo mío y saliendo, como ya estaba mojado no me importó: caminé al teléfono público y llamé a la novia del chico del bar. No escuchaba nada. HABLA MÁS FUERTE, le gritaba. Y ella gritaba: ¿QUIÉN ES? Le dije que era yo y preguntó ¿QUIÉN YO? Entonces le dije que era el tío del bar, el escritor, y que la invitaba a beberse una botella de whisky en mi casa, pero que la botella la tendría que traer ella porque acá está lloviendo a mares y no puedo salir. Dijo que sí. Le di la dirección y encargué trajera cigarrillos también.  

  Cuando llegó dijo que había estado esperando mi llamada. Había pasado más de un mes. Le dije, sí, perdón, andaba ocupado. Traje whisky, cigarros, una película, crema batida…, dijo. A la tía se le metió en la cabeza que yo era una especie de súper-amante, de gigoló, o algo así. La película era erótica, el whisky era bueno y los cigarros eran Delicados. ¿Cómo supiste?, pregunté. Te miré fumar, dijo. Ya, dije, qué lista. 

  Yo estaba húmedo así que tomé una ducha de dos minutos y salí recién limpio. Mientras tanto ella preparó carne tártara. También traje carne tártara, dijo. Ya, dije, qué bien. Abrí el whisky que compré. El otro lo guardaría para mejor ocasión porque era un buen whisky. Entonces dijo, ¿y mi botella? Y yo dije, primero tomemos ésta, para guardar lo tuyo. Estuvo de acuerdo. Serví dos whisky en las rocas. Encendí un cigarrillo que saqué de la cajetilla que trajo ella. La mía la guardaría para mejor ocasión. Le ofrecí un cigarrillo pero ahora estaba preparando no sé qué coños y prefirió esperar. Me senté en el sofá a mirarla. Era bonita. Iba y venía por la sala y la cocina, apurada. Su novio también es guapo, pensé, es una idiota al estar conmigo, su novio es más guapo y tiene más dinero. Allá ella. 

  Por fin estuvo todo listo: el whisky, la carne tártara, los cigarrillos… Quiso poner la película pero era un DVD y yo únicamente tenía una vieja casetera. No importa dije, no hará falta. Pero era necia. Era de esas mujeres que cuando se les mete una idea en la cabeza no la dejan y ella tenía una idea metida en la cabeza y forzosamente deseaba ver la película. Entonces dije ya, tengo unas viejas cintas. Fui a por una vieja cinta y la metí a la casetera. Ella prendió el televisor y la cinta comenzó. Era sobre una rubia y cinco tíos. Los tíos le metían la verga por todos lados y ella gozaba como loca. Los tíos se rotaban los orificios y las manos; había uno que incluso se la metía por los pies. Le daban con fuerza pero ella aguantaba todo. Las vergas de los tíos eran realmente grandes y gordas y ella no se cansaba, era una buena tía. Miramos un rato la película y comimos carne y tártara y fumamos y bebimos. A ella no le gustó mucho la cinta y pidió que la quitara. Espera, nena, viene la mejor parte, todos se dejaran venir en la jeta de la jeba y verás que la cubren toda; es divertido. Apagó el televisor ella misma. Trae tus relatos, dijo. 

  Leí un relato sobre un chimpancé que bebe café y lee. Era un cuento fantástico que escribí para una revista. La revista lo rechazó y me olvidé del cuento. A mí me gustaba mucho y pensé que le gustaría a ella. No le gustó. Ya, dije, me gusta de todos modos. Leí otro relato, sobre un niño atrapado en el tiempo. Un camión lo arrolla y muere. La muerte para él es quedar atrapado en el día del accidente, lo vive una y otra vez… tampoco le gustó. Ya, dije, tengo otro, quizá te guste, es sobre un tío que no sabe bailar y pierde al amor de su vida por ello y… No, dijo, léeme alguno de tu libreta. Claro, pensé, qué idiota. Ella lo que quiere es sexo. Traje la libreta y leí la vez que follé con la tía pintora. Quedó encantada con eso. Cuando terminé comenzó a besarme. Ya habíamos bebido lo suficiente y andábamos en el punto exacto entre la sobriedad y la ebriedad. 

  Le saqué las tetas. Sobre las tetas se alzaban los pezones más grandes que había visto. Y no me refiero a las aureolas, sino a los pezones. Eran como deditos de bebé. Vaya, dije, son hermosos y rió de placer. Toqué uno con el índice, despacio, con cariño. Lo forzaba hacia abajo, lo soltaba y botaba juguetón. Eran realmente divertidos y me hipnotizaron un buen rato. Los besé y los mordí y me puse terriblemente deseoso. Ella me sacaba la pinga mientras tanto y la jalaba despacio. Yo me ocupaba de los gemelos. Todo fue muy despacio. Cuando estuvimos completamente desnudos metí la cabeza éntrelas piernas de la tía y le di a chupar la polla, en una especie de sesentainueve. El clítoris también era enorme. Era como un pequeño pene y lo mordí y chupé. Disfruté mucho con sus enormes detalles. Ella la chupaba bastante bien. Estaba a punto de venirme y le dije, allá voy pero dijo, no, no, espera, espera. Esperé. Entonces dijo, ya, ya, ya, y me corrí. Ella se corrió también y me tragué todo y seguí lamiendo el clítoris y ella gemía y yo realmente lo gozaba. Disfruté vaciarme su garganta. 

  Nos levantamos satisfechos. Sirvió dos vasos con whisky y dijo salud y dije salud y bebimos y recomenzamos las caricias. Hicimos el amor un par de veces. Lo hicimos lento, suave, como si nos amaramos. Me gustó estar con ella y le pedí se quedara pero al amanecer debía trabajar y era mejor irse. La dejé ir. Me quedé con la crema batida y todo eso. No lo usamos. Ya la usaré con mi novia, a ella le gustará eso, pensé. 

  A mi novia no le gustó. Es decir, tampoco le desagradó, le daba igual. Me la puso y me chupó. Me viene como siempre y la crema no fue gran cosa. Luego se fue porque tenía que ir a la escuela. 

  El fin se semana llamé a la chica de nuevo. Vino y otra vez follamos. Se lo metí al ano. Era su primera vez por el ano y costó algo de trabajo pero lo logramos y todo salió bien y a ella le gustó mucho y a mí más. Luego le llamé la siguiente semana y estuvimos así mes y medio. Venía, traía víveres, fornicábamos, y luego se iba y regresaba cada cuatro o siete días. Comencé a tomarle cariño. Con mi novia me comportaba hostil y casi no lo tocaba. Ella lo notó y dije no tengo nada, es tu imaginación. Y ella tampoco dijo nada más. Me daba igual.  

3

Fui al bar y allí estaba él, el novio de la chica. El bar se llamaba MR. Taco. Enserio. Y estaba en Calzada del Hueso. Me saludó amable y me invitó una copa. Dijo estar contento. A mí me daba igual si estaba contento. Parecía demasiado contento. Tanto que inevitablemente tuve que preguntar ¿por qué mierda estás tan jodidamente contento? Pero me daba igual. Respondió porque en dos semanas le propondré matrimonio a Caro. Lo miré a los ojos. Apenas hace unos días aquella mujer lo había hecho conmigo y él le propondría matrimonio. Pensé en evitarlo; decirle la verdad. Luego pensé: va, todas son iguales, da igual, se terminará casando con una puta de cualquier modo. Felicidades, dije. Gracias, dijo, y me invitó otra copa. La bebí y bebí otras más y luego me despedí. Me dio lástima dejarlo tan feliz.

  Fui a casa y llamé a Caro. Le dije tengo que hablar contigo, es importante. Nunca me ha gustado entrometerme pero en este caso ya estaba metido hasta el hoyo. Si puedes, arregla la cosa, pensé. Ella dijo voy para allá y me senté a esperarla. Tenía pensado decirle sobre el matrimonio. Que su novio era un buen hombre y que lo nuestro debía terminar porque yo no era bueno para ella y podía arruinar la felicidad de ambos, de él y ella, y que me dolía mucho pero era lo mejor. Luego, quizá le haría el amor por última vez y no regresaría jamás a aquel puñetero bar de mierda. 

  Llegó y de inmediato se fue sobre mí. Nos besamos. Dejó las cosas sobre la mesa: cerveza, pan, queso, cigarrillos. Me trataba muy bien y yo quizá la quería. Pensé en lo jodido del asunto pero no me importó demasiado porque alguna vez una novia me engañó con un mejor amigo. La mandé al carajo. Me dolió más a mí, lo sé. Por eso luego le dije, ya, no importa, te quiero. Y entonces ella me mandó al coño a mí y no volví a verla. Supuse que algo así pasaría con ellos dos y pensé: nadie se muere por eso, son cosas que pasan. Me quité la culpa; me quité los pantalones y le di duro. Follamos duro. Terminé con la pinga roja. Pero ella siempre quería más. Templamos cuatro veces. Debo confesar que la última yo era casi un cadáver pero se montó en mí. En los intervalos me entretenía con los pezones de sus tetas. Me tenían fascinado. Ella me tenía fascinado. Trajo un reproductor de DVD de su casa. Le gustaba mirar películas eróticas. Nada sucio, todo muy romántico. A veces me traía una buena porno y la mirábamos desde el sofá a la hora de la comida. Comíamos pura botana: queso, salami, salchicha, aceitunas. Bebíamos dos o tres botellas de whisky, ron, vodka, lo que fuera. Follábamos y luego se iba y regresaba. Como oleaje del mar. Lo pasábamos bien juntos. 

  Un día, ya no pude más. Le dije, nena, lo paso de lujo contigo… pero tengo algo que decirte. No me dejó terminar y ya me estaba quitando la ropa. Me besó y entre besos decía, qué, dime, en susurros, entre gemidos; no esperaba que yo le dijera no nos veremos más porque el gilipollas de tu novio se quiere casar. No se lo dije. Ya no recuerdo qué le dije pero no le dije lo importante. Pensé que tal vez no era tan importante, que no era cosa mía, si el tío la quería para esposa, que se lo dijera y que ella decidiera. Si me dejaba, ni modo, podría soportarlo. Había soportado tantos abandonos, que uno más no me dolería. Ya, pensé, deja de pensar y fóllate a esta tía que para eso está. 

  Terminamos de hacerlo y le pregunté por su novio. Dijo que ya estaba cansada de ese tipo, era un aburrido y un adicto al trabajo, siempre pensando en el futuro, ahorrando, cuidándose de los excesos. Ya, dije, debe ser un buen tipo, pensar en el futuro no es tan malo, dije. Lo sé, dijo, pero siempre me ha gustado más la aventura. No me gusta trabajar, si pudiera lo dejaba pero necesito el dinero. Ya dije, como todos. Sí, como todos menos tú, a ti no te importa nada. Coño, dije, no seas así, me importas tú. Ella no sabía de mi novia. O eso pensé pero resultó que sí sabía, no sé cómo, las mujeres saben. Pero no le importaba. Me gusta estar contigo porque es como salirse del tiempo, aquí no hay tiempo, ¿lo has notado?, dijo. ¿Aquí dónde?, pregunté, ¿cómo no hay tiempo? Aquí, dijo, en tu casa, contigo, nunca importa qué hora es ni qué pasa allá fuera. Ya, dije, pues sí, algo así. No tienes un sólo reloj, dijo, en las paredes no hay, ni en tu muñeca, en ningún lado. Bueno, no tengo mucho dinero, dije. No es eso dijo, contigo no hay nada, sólo tú y yo, sólo disfrutar, sin preocupaciones, sin el trabajo… ¿cómo puedes vivir sin trabajo?, enséñame a vivir sin trabajo. Mierda, dije, no sabes lo que dices, sin trabajo no hay pasta y sin pasta no hay nada. Tú tienes todo, dijo. Esta tipa está pirada, pensé, no tengo auto, ropa, cenas en salones, dos pares de zapatos, ¡nada! Y así se lo dije y dijo no te importa, no lo necesitas. ¡No sabes cuánto lo necesito!, dije y me sentí triste. Ella notó que entristecí y dijo: te quiero. Yo pensé, mierda, está realmente loca, tiene allá un tío con plata y empleo, con futuro, que la ama, y ella me quiere a mí, al tío sin nada de nada y que ni siquiera la quiere más de dos horas seguidas. Te amo, dije. Y la abracé. Te amo, dije. Te amo, mierda, ¡cómo te amo!





7 comentarios:

  1. Literatura mata carita y carterita!! jajaja. A huevo!! Me ha pasado.

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  2. Es normal que Caro se haya sentido atraida por ti, estaba llena de la cotidianidad, apuesto que debe ser fascinante para ella "salirse" del mundo, como dice. Y para muchas mujeres tambien. Por ejemplo para mi seria emocionante conocerte ;) te mando un beso!!!!

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  3. Crudo, duro, espontaneo, sincero, al grano. Excelente, buen trabajo. Seguire explorando el blog.

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  4. Me gusta no hay más ...

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  5. Que bella es la juventud. Disfrutala mientras puedas.

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  6. Me encanta... miércoles como uno puede decir te amo? somos seres indescriptibles, no nos entendemos ni nosotros mismos, tenemos el cielo en las manos y preferimos bajar al averno, hablar con Hades y jugar sus juegos, He cometido el error de decir esa palabra dos veces y esas dos veces me ha dolido, sólo espero no volverla a decir más. Martin te fajaste en esta historía y espero ver la continuación porque se le puede sacar más a este relato. Felicitaciones

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  7. Me ha gustado mucho, pero creo que mi error ha sido leer mientras escuchaba la voz un tanto robótica...

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