sábado, 14 de agosto de 2010

Primeras invenciones de Gabriel.




Texto por: Leonel Pérez M.



Vivo en una cerrada, es angosta y hermosa. Algunas casas tienen patio abierto, y otras un jardín trasero. Vista desde el frente, mi casa es la primera de la derecha, se reconoce por sus tejas de madera falsa que le dan un aspecto inglés, también falso. Por la tarde mi cuarto recibe  cantidades muy nutritivas de sol… no sé qué más decir; creo que hablo de mi casa como lo haría un vulgar vendedor de bienes raíces. Debería escribir de mí, pero yo no soy nadie. Podría escribir las cosas que pienso, pero no pienso casi nada ¿qué es todo esto, entonces? El producto de una idea ajena, la de mi terapeuta. Durante la segunda sesión me dijo: ya que te gusta tanto leer, deberías escribir algo ¿por qué no empiezas un diario?, lo miré sin parpadear y le dije: no se ofenda, doc, pero me parece una idea muy estúpida. En realidad me pareció una idea excelente, pero dije lo contrario por su bien: hacerlo sentir satisfecho mataría su reducida –quizá única- partícula de voluntad. Es mejor que crea que sus técnicas iniciales han sido inútiles conmigo, y que debe esforzarse un poco más.

Mi terapeuta inspira de inmediato una lástima endémica. Su personalidad apagada desmotiva cualquier conversación, cualquier contacto. Es del tipo de personas que finges no reconocer en la calle aunque sea tu vecino; cuando leo una novela donde aparece gente mediocre, irremediablemente acudo a su rostro. A veces pienso que los actos más heroicos de su vida han sido cumplir con sus obligaciones fiscales o devolver un maletín olvidado en un taxi. Quizá esta mañana ayudó a una anciana a subir al colectivo, y sonrió todo el día pensando en el sentido de la vida.

Deberían prohibir el estudio de la psicología a las personalidades débiles: no sólo desfavorecen al gremio, también  invitan a otros palurdos a imitarlos.

A veces, cuando nota que me aburro, abandona su estrategia de psicoanalista amigable: endurece el gesto y se porta frío, arrogante; dueño de la situación. Trata de hacerse el misterioso. Es difícil no sentir lástima por él. Todo el mundo sabe que en el juego del policía malo y el policía bueno jamás deben intercambiarse los papeles.

Pero no todo es tan malo: durante las sesiones me deja fumar. Él dice que no fuma pero es evidente que lo hace a escondidas. Cree que permitirme fumar reforzará entre nosotros un círculo de confianza, y que eso será útil para el tratamiento (antes evitaba la palabra “tratamiento”; ahora sé que sólo es una palabra, y que las palabras no existen) desde el principio detesté que fuera tan cristalino como una ventana asquerosamente limpia; es imposible fijar la atención en él siendo tan transparente; y es que uno mira las cosas buscando algo, aunque no sepamos qué se busca realmente, pero buscamos, y en el caso de la gente demasiado transparente… no imagino qué interés puede haber en mirar algo o alguien donde es imposible reposar los ojos. Cuando estamos en sesión, termino atravesándolo como a un vidrio recién pulido, es irremediable que eso suceda. Entonces me distraigo releyendo las cursis dedicatorias de sus diplomas bien colgados de la pared, o admirando la piel estriada de su sillón de psicoanalista, ¿escuchaste lo que dije? Me pregunta. Sí, le digo; es que su conocimiento de la mente humana me sorprende tanto, que prefiero guardar silencio. Presiento un poco de sarcasmo en lo que dices. No, doc, para nada; bueno sí, un poco ¿ya ve? Descubrió mi sarcasmo al instante; es usted todo un profesional. 

Ser demasiado transparente implica también ser muy predecible. Cuando le dije que escribir un diario era una idea estúpida, de inmediato cambió el tema, fingiendo que no era importante. Para ese momento ya lo había atravesado varias veces, con todo y sillón, hasta concentrar la mirada en el nuevo cuadro de su pared del honor. El cuadro era “Mano con globo”, el autorretrato de Escher. 

Pocos dibujos me han parecido tan hermosos como ese, no por el dibujo en sí mismo –“en sí mismo” que frase más filosófica- sino por la sensación de infinitud que produce. Contemplarlo siempre me remite al Aleph de Borges. Estoy convencido que Escher no es el tema principal, sino un pretexto visual para hablar del universo. El dibujo –todo el mundo lo conoce, lo venden por docenas en el Centro Histórico- es una esfera que refleja a Escher y a la habitación donde se encuentra. Si no existiera su habitación, lo reflejaría a él y a los árboles y al cielo, y si no hubiera árboles ni cielo, lo reflejaría a él y al universo; es decir, ese globo lo refleja todo. Pero no es allí donde termina: Escher se dibuja a sí mismo viendo esa esfera, con la certeza de que sus ojos reflejaran lo reflejado en el globo y viceversa,  y ping pan pum plas, y así hasta el infinito.

Es un cuadro muy hermoso, lástima que visto a través de mi psicoanalista, se haya impregnado irremediablemente de una oscura mediocridad, de una mugre anímica. Yo estaba en todo eso cuando el psicoanalista me pregunto con voz pro-fun-dí-si- ma ¿En qué piensas en este momento? (estaba en su faceta de hombre misterioso, y no quería hacerlo sentir mal), pensaba en su propuesta de escribir un diario, doc; a pesar de ser una idea estúpida, creo que intentaré escribirlo. Se mostró complacido y cambiamos de tema, muy de prisa, porque apenas quedaban ocho minutos para terminar la sesión y había que dar paso a la conversación de cierre, como lo marca el protocolo.

 Pobre hombre, sería más fácil si me dijera que faltan ocho minutos y que los podemos emplear en fumar el último cigarrillo escuchando a Bach, o contemplando a Escher, o ambas cosas. Por el dinero que mi padre le paga para que me repare, debería ser sincero al menos consigo mismo. Yo trato de serlo con él, pero no siento que lo aproveche. En más de una ocasión le he propuesto que traslademos la terapia a la cantina de enfrente; acomodarnos en la barra al fragor de la música popular, tamborileando los dedos con gusto, esperando ansiosos la llegada de unos tragos refrescantes. Entonces podríamos conversar con franqueza. Estoy seguro que un tratamiento así daría resultados. Si los psicólogos supieran cuántas verdades son reveladas en una mesa de cantina, sabrían que su mayor competencia profesional no se educó en prestigiadas universidades, sino entre mingitorios apestosos, limpiando mesas y sirviendo tragos a hombres mediocres. Pero es inútil. La gente ordinaria, como la gente mala, no cambia nunca. El tipo seguirá siendo tan transparente que puedo saber cómo se comportará en las siguientes sesiones: fingirá que ha olvidado lo del diario, luego esperará que yo lo mencione, aunque sea de paso, y hablaremos sobre él; incluso se atreverá a pedirme que lea en voz alta algunos fragmentos, que comentemos y reflexionemos sobre ellos, que me “autoexplore” a través de mi escritura, como si eso nos ayudara a… ¡qué tipo más ordinario! mejor le diré que he cambiado de opinión y que no escribí nada.

Considerar la escritura como parte de una terapia es también una idea ordinaria. Creer que el placer de leer libros nos inducirá tarde o temprano a escribirlos es una idea lógica, pero no correcta. Lo correcto sería que una buena lectura nos invite ¡nos obligue! a abandonar ese despropósito, la vana ilusión, o la banal ilusoria, de que cualquier idiota con dos dedos de frente tiene la capacidad de robarle algunos renglones a la eternidad. Habría que leer al menos dos mil libros, todos buenos, antes de plantearse la posibilidad de escribir lo que sea. Pero en la práctica no sucede, y por eso las librerías están forradas de fracasos espectaculares en ediciones de lujo, hermosas pompas de jabón con pasta dura.

Cuando pienso en esto me pregunto con morbo: ¿cuántos ingenuos no se han partido la cabeza al arrojarse desde el precipicio de sus pretensiones románticas, buscando la codiciada obra? es una pregunta ociosa, lo sé, porque la historia sólo da cuenta de los victoriosos, los demás no existen. Aun así no descarto que, en algún punto del mundo, exista otro ocioso como yo que se haya preguntado qué ocurre con los escritores que fracasan,  los que vivieron y murieron pudriéndose en sus buhardillas, creyendo que pulían la gran obra, y luego alguien –un ladrón, un vecino- descubre la presunta gran obra y se da cuenta que no vale ni el papel reciclado en que está impreso. Puedo imaginar el rostro de esa persona –del ladrón,  o el vecino- sosteniendo los legajos con lástima, tratando de suponer los terribles desatinos que llevaron a un ser humano a dedicar su vida a una idiotez.

No veo nada de malo en morir como un idiota, lo que sí me aterraría, sería morir sin haberme enterado.

Como sea,  si es que existe en algún lado una especie de historiógrafo de fracasos, un catalogador de pésimos escritores, en caso de que existiera, sus resoluciones serían irrelevantes. Una golondrina sorda intentando hacer verano.

Dejaré estas obsesiones para los días de terapia, pero algo está claro: negarme a escribir no es negar el mundo sino aceptarlo. Intentar escribir, con mi esencia y mis condiciones, sería un atentado contra la aceptación del mundo. Lo que quiero decir es sencillo, pero vuelvo a enredarlo todo; esta y es una de las tantas razones por las que no escribo: en mi cabeza la idea es perfecta, pero al forrarla de palabras se vuelve un signo muerto, y cae al suelo como un pájaro petrificado. 

Aun así  trataré de volver al punto, a la idea de que esto que  intento explicar es sencillo, porque en realidad lo es: basta con leer a Kafka o Montaigne para saber que no eran tipos equivocados, no eran palurdos como mi pedestre psicoanalista.  Luego de leer a esos monstruos ¿a quién le pueden quedar ganas de escribir algo? luego de leer a Withman o Rulfo ¿Qué corazón tan pequeño y miope abrigaría la esperanza de escribir un jodido verso? Es un acto de perfidia, una ingratitud contra los buenos libros, esos objetos tan nobles y generosos.
Tras varias horas de lectura, y contrario a lo que pueda pensarse, mi cabeza no se llena de ideas sino de silencios. Es difícil explicarlo, porque tampoco sé explicar gran cosa, pero la lectura de un buen libro no fomenta en mí la reflexión, sino la aceptación del mundo como cosa que es, tan igual por dentro como por afuera, sin flequillos de cuestionamientos absurdos.

Sé que hay personas que leen para recordar, para imaginar y exaltarse, o para llenarse de información que -según ellos- algún día será útil en sus vidas. Envidio esa posición de lectura, porque nunca he leído algo que me pueda ser útil. Quiero decir que ningún libro me ha servido para mejorar mis relaciones con los otros. Leer no me ha hecho una mejor persona, y mucho menos inteligente. Pero mi psicoanalista me pide escribir un diario, para que después lo lea y descubra cosas de mí que no sabía ¿cómo voy a descubrir cosas de mí a través de algo que está dentro de mí?  Habla de mi presunto problema como estuviera incubando una bestia que pronto me devorará por dentro.

Recuerdo que luego de varios años recluido en un manicomio, le preguntaron Robert Walser por qué no dedicaba algunos momentos de ocio a escribir, ¡ay! lo que yo daría por haber visto el rostro del señor Walser al contestar que no había ingresado al manicomio para escribir, sino para estar loco. 

Bueno, yo no he ingresado al mudo para escribir, sino a leer, a ser un mayordomo del mundo con algunos permisos para hojear los libros. He venido a mirar las cosas en silencio y a estar, sencillamente estar. A comer cuando tenga hambre, y dormir cuando tenga sueños, a vivir cuando… en fin, que ya se entiende concepto. 

Si los demás quieren que esté loco, y les complace tener esa certeza, entonces estaré loco; y quizá estoy verdaderamente loco, porque hay veces que un libro me toca, y ya no soy humano, sino un diapasón que vibra y vibra. Luego cierro el libro y dejo de vibrar, y reconozco mis manos y mis piernas, y vuelvo a ser un hombre arraigado en la tierra, sin la mínima sensación de ser mejor o de haber aprendido algo, después de todo ¿qué importancia puede tener el conocimiento luego de haber vibrado?




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4 comentarios:

  1. "No veo nada de malo en morir como un idiota, lo que sí me aterraría, sería morir sin haberme enterado." ¡Buen texto, tío!

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  2. Con este texto le doy un buen inicio a mi fin de semana. Aunque bastante áspero y sarcástico el texto no es más que una empapada de la realidad...

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  3. Gracias, y felicidades por su espacio

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  4. conozco esa clase de trabajo solo te explotan y es muy estresante!

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