miércoles, 25 de agosto de 2010

Oswaldo.



AudioTexto



 Oswaldo, mirando el rectángulo de cielo que era la ventana sin cortinas, abierta de par en par, del cuarto de toda su vida, pensaba. Sentado en la silla de vieja madera corriente, justo frente al cielo interrumpido por las paredes decadentes, pensaba. Sus pensamientos se extendían hasta el horizonte sacándolo de aquella vida vegetativa; hasta tierras lejanas donde Oswaldo jamás había puesto pie. De hecho, Oswaldo no había puesto pie más allá de donde ahora estaba. Todo su mundo le entraba por la ventana y se reducía a una porción de la calle Platas. En aquellas tierras, que forzosamente debían ser lejanas, pues sólo en lejanas tierras uno puede dar libertad a la fantasmagórica vida que se desea, Oswaldo no era el paralítico parásito de mamá; sino un hombre hecho y derecho. Sus ensoñaciones se conformaban en mostrarlo con un empleo de oficina como el de aquel vecino suyo que llegaba trajeado todas las siete en punto. O conduciendo un auto promedio como el vecino de la paletería. Oswaldo, inmóvil en su vieja silla, imaginaba tener una casa, un perro y un sombrero. La casa para descansar después del trabajo, el perro alegre para hacerse compañía, el sombrero para colgarlo en el perchero (también deseaba un perchero). Por horas se perdía Oswaldo, sentado en la silla frente a la ventana donde lo sentaba todas las mañanas su madre, con ayuda de Carlos, el joven que llegaba a las nueve antes de ir a la fábrica y a las nueve, después de la fábrica. En ocasiones le gustaba imaginarse con una mujer en vez del perro, pero dudaba, y unos anteojos en vez de sombrero; para colocarlos en el buró junto la cama (el buró en vez del perchero) antes de recostarse con ella que sería hermosa y dormiría tranquila, pues Oswaldo nada sabía de los juegos del himeneo ni de las noches conyugales. 

 La madre de Oswaldo, que no era bella, lamentaba terriblemente aquella noche de pasión en que sembró en su vientre la semilla maldita; hijo único, pues los hombres no aman a las mujeres como Rosalía, y cuando lo hacen, no lo hacen dos veces. Sentada junto al ”niño”, tejiendo al infinito manteles y carpetas, pasaba los días echando la mirada lejos, por la misma ventana que su hijo, a otros mundos distantes donde era una bella dama de posición social, casada con un hombre apuesto y honorable que la quiere mucho y le regala perlas y joyas. Sin hijos, sin estambre, con senos firmes y vagina húmeda. De vez en vez voltea la vista para mirar a Oswaldo, taciturno, hipnotizado, puesto el suéter café que le tejió hace cinco años y los pantalones verde botella que heredó de su padre, perdido hace tanto tiempo ya. Oswaldo tenía treinta y dos años. ¡Treinta y dos años mirando por la ventana la calle Platas!; los países lejanos donde la vida es otra cosa que mirar la ventana y comer lentejas monótonamente una vez al día (a las trece horas), todos los días. Rosalía lo culpaba casi injustamente por los últimos treinta y dos años de tejer y soñar, de cuidar a un paralítico de mente deficiente que le ha arrancado la juventud y la vida. Oswaldo por su parte, sin saber por qué, en ocasiones imaginaba a su madre muerta, metida en el ataúd y sepultada tres metros bajo tierra. Y allí estaba él, con su perro o su mujer, con su sombrero, que no se quitaba ni por educación, o sus anteojos que dejaba en la cara para verla bien muerta y regresar a su casa, al perchero o al buró. Ambos, madre e hijo, sentían odio mutuo, inexpresado, culpándose el uno al otro por lo deprimente de su existencia. 
 En la noche llegó Carlos. Tocó suavemente la azul puerta descarapelada de metal del cuartito donde vivía Rosalía y su hijo idiota. Había ido a colocar a Oswaldo sobre la dura cama de cemento donde pasaba las noches en interminables pesadillas. Sudaba de fiebre y escupía sonidos inteligibles que privaban de descanso a Rosalía y le hacían la vida peor. Todas las noches lo mismo, y por las mañanas, antes de la fábrica, Carlos y Rosalía lo regresaban a la silla frente la ventana; y Oswaldo retomaba su enteléquica vida de casa y perro, más allá del horizonte. Entrambos movieron la masa que era Oswaldo y lo recostaron en la cama; Rosalía sudando del esfuerzo y Carlos también pero sonriente. Esta incómoda escena se repetía todas las noches, excepto los viernes, cuando Carlos pasaba a la cantina y se convertía en un bulto más estorboso que Oswaldo. Entonces Rosalía sufría mucho por la carga. Tan pesada era que algunos viernes, no completando el trayecto, lo dejaba tirado a medio camino y Oswaldo pasaba las noches en el suelo. Si se sentía muy cansada lo dejaba en la silla, pero Oswaldo terminaba bajo ella por los ataques nocturnos. La vida de Rosalía era un infierno, condenada a cuidar al longevo idiota, viviendo únicamente de la parca venta de manteles y carpetas, comiendo siempre opacas lentejas y cargando el peso de su desdicha todas las noches y todas las mañanas en interminable castigo por un pecado que no había cometido (o tal vez sí, nunca lo supo). 

Al día siguiente Rosalía recordó gracias al calendario de la taquería “Los Plateros”, que en una semana sería el cumpleaños de Oswaldo. Aterrada de los treinta y tres años de tedio decidió no soportar más. ¡Qué diferencia cuando nació el bebé!, conmovida por la carita de aquel recién  nacido que no mostraba los signos de su enfermedad, se prometió cuidarlo el tiempo que tuviese vida (doce años por mucho, dijeron los médicos); ¡pero treinta y tres años! Era más de lo que podía soportar. Los días siguientes se dejó de vidas quiméricas y pensó en la óptima manera de acabar con Oswaldo y poner fin a su tormento. Pensó que lo que sentía por aquel bastardo no era precisamente odio, sino amor propio; no podía dejar que la vida se le fuera tras la ventana junto al monstruo salido de sus entrañas. “Al menos Oswaldo no sabe nada de la vida consiente”, pensaba Rosalía, “no extraña una agitada juventud ni tiene esperanza alguna de rehacer su vida”. 

 Aquella tarde Rosalía compró veneno para ratas, que pensaba colocar en el plato de lentejas de su hijo, y se sintió más tranquila al saber que finalmente dejaría el catre, la calle Platas y al engendro. Por un psiquismo religioso, algún auto-sabotaje psicológico, culpas, remordimientos y una gran casualidad, esperó los cuatro días que faltaban para el cumpleaños de Oswaldo. 

 El martes llegó Carlos como todas las mañanas a colocar al “niño” en la silla. Sabía que era el cumpleaños de Oswaldo y se había tomado la libertad de llevarle a Rosalía un pequeño panqué para festejar. Conociendo la austeridad en que vivían madre e hijo, llevó también un par de platos, cubiertos y un cuchillo para partir el pan. Oswaldo los miraba desde la cama y aún sin conciencia sentía un vehemente odio por su madre. Sabía que algo extraordinario pasaba. No hacía ruido alguno y tanto Carlos como Rosalía se olvidaron de él mientras comían. Al finalizar, Carlos ayudó a la madre y colocaron rutinariamente al muchacho sobre la silla y se fue para regresar al anochecer. Cuando se vieron solos, frente a la ventana, la madre y el hijo miraban al cielo conmovidos por el futuro próximo. A las trece horas Rosalía acercó la mesita y sirvió los platos de lentejas, uno preparado especialmente para Oswaldo, por su cumpleaños, que no sabía que justo hoy cumplía treinta y tres largos años de lo mismo. La madre lo miraba comer lentamente, sonriendo y babeando. El veneno tardaría una o dos horas en hacerse efectivo, según había escuchado decir por ahí Rosalía. Se paseaba feliz por la estancia, recogiendo las bolas de estambre regadas por todo el cuarto y arrojándolas por la ventana bajo el estado de embriaguez que provoca la felicidad. ¡Su vida recomenzaba!

 Oswaldo miraba ir y venir cuidadosamente a su madre. Media cada movimiento, como cazador que observa su presa, y haciendo un tremendo esfuerzo mental, logró, de un ágil lanzar de brazo, sujetarla por la mañeca y acercarla a sí. Con la otra mano, hábilmente y mostrando inteligencia, clavó el cuchillo en el corazón de Rosalía dejando en su pecho moronas de panqué ensangrentadas. Acto seguido, cayó sobre su madre. A los treinta minutos murió sobre ella de angustiosos cólicos. 




1 comentario:

Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com