lunes, 23 de agosto de 2010

Nissan.

AudioTexto 

¿Ya viste?, me dijo Ricardo codeándome. Íbamos en la camioneta de la empresa y una rubia de tetazas atravesaba la acera. Ricardo se refería  a la rubia. Sí, tío, ya la vi, dije. El semáforo se puso en verde y seguimos. ¿Ya viste?, me dijo Ricardo en el siguiente semáforo. Una pelirroja cruzaba la acera. Listo, tío, ya la vi, contesté. Luz verde y seguimos nuestro viaje. 

 En cada parada Ricardo localizaba alguna tía buena y me decía: ¿ya viste? Invariablemente le respondía: sí, ya vi. Ricardo era un radar de tías buenas. En serio. Yo nunca había mirado tantas mujeres hasta que le conocí a él. No quiero decir que Ricardo fuese bueno con las mujeres. Sólo las localizaba, avisaba al que estuviera más cerca de él, y le informaba: ¿ya viste? Eso era todo. Claro que si le preguntabas a Ricardo, te diría soy un tigre en la cama. Pero los tíos que presumen esas cosas siempre son acomplejados. Ricardo era el jefe del departamento de ventas al que yo pertenecía. Era un clásico acomplejado. De esos que se echan el bote de loción encima. De los que saben hablar en doble sentido. De los que dicen a las mujeres mamita, linda, guapa, y cosas. Era un completo gilipollas. Cargaba una colección de culos y tetas en su teléfono móvil. Y me las presumía. A mí me daba igual. Docenas de veces lo miré tomar las fotografías. Lo hacía a lo paparazzi. O sea que tenía muchas fotos pero ningún polvo. 

 Entré a trabajar a Nissan por una equivocación. Iba caminando por Tlalpan Centro en busca de algún bar que no fuera ninguno de los que pone música de moda y donde asisten imbéciles que platican de soccer. Y sobre todo, un lugar abierto. Iba pensando en mis amigos: GarrisonRey y Verónica. Me preguntaba qué coños estarían haciendo. Era martes a eso de las once de la mañana. A veces me gusta madrugar. No tenía plata y me paré a llamar a Verónica de un traga-monedas. Ya, Pinciotti, ¿cómo estás?... Ya, y ¿dónde estás?... Ya, tía, mira, estoy en Tlalpan Centro y… Ajá… Sí, mira, estoy aquí y pensé que sería bueno que trajeras tu tremendo culo, ya sabes, para echar un trago y… Ajá… Entiendo… Verás, tengo una depresión terrible, me gustaría hablar con alguien y… Bien, el caso es que estoy aquí, tía, solo, y me gustaría que vinieras y… Ya… Entiendo… ¡Dios!... Ajá… Bueno. No entendí muy bien lo que dijo pero entendí perfectamente que no vendría. Llamé a Rey a su trabajo: ¿Bueno?, Ya, me comunica con Rey por fa…. Rey Hernández, tía, es reportero o algo y… Ya… Sí… Muy bien, gracias. Rey Hernández no estaba en la oficina. Ya, me dije, llamemos a Garrison. Eso hice. Contestó su esposa. Dijo estar trabajando. Claro, dije, eso es, pásame el número de su trabajo. Me lo pasó y marqué: ¿Sí?, comuníqueme con Mr. Garrison, es una emergencia… Es profesor de… No, no, es profesor de literatura… ¿De qué grado?, Dios, no lo sé, es el profesor de literatura de ese colegio… Ya, ¿más de cien profesores?... Pues bien, localice al que se llama Mr. Garrison, es el que me interesa, es una emergencia, su madre sufrió un terrible accidente y convalece en… sí, G-a-r-r-i-s-o-n, eso es… Espero… ¿Bueno?, ¿Garrison?, ¿cómo te va?, tío, mira que estoy aquí… ¿Tu madre?... Va, olvida eso, tu madre está perfecto, verás, lo que sucede es que estoy solo, tío, en Tlalpan Centro y se me ocurrió que podríamos echar un trago en algún sitio y… No, tío, tu madre está bien… ¿Trabajando?... ¿No puedes?... Salte del curro, tío, no pasará nada si lo haces una vez… Te juro que tu madre está sana como ninguna… Ya, bueno, ¿por qué no sales y te espero en… ¿Muy importante?... Veras, te necesito, enserio, estoy solo y tengo una depresión enorme y… Ya… sí… ¿A las ocho de la noche?, a esa hora podría estar muerto, es demasiado… No, no, tu madre no convalece en ningún lado, eso me lo inventé para que el gilipollas de… Sí… Bueno... ¿A las ocho?... ¿Seguro?... Te veo allí, hombre… éxito, tío. Ninguno de los tres estuvo aquella vez y yo de verdad tenía una depresión encima. Al menos Garrison me citó a las ocho en su casa. Pero aún tenía que sobrevivir nueve horas. Caminé en busca de algún sitio y pensaba y pensaba en todas esas cosas que se piensan cuando te coge la depresión. Caminaba con la cabeza gacha y a paso lento. Pateando piedrecillas y latas de refresco tiradas. Caminé más de la cuenta. No lo noté. Había llegado hasta el pueblo de San Pedro Mártir. O sea que subí por la carretera federal a Cuernavaca. No era un gran tramo en automóvil pero era un gran tramo para hacerlo en mis viejos zapatos. Me vi en un pueblo y pensé: aquí debe haber alguna cantina. Estuve rodeando el mercado y el kiosco pero no encontré nada. Estaba desesperado. Enserio. Cansado, deprimido y seco. No sé cuándo doblé en la calle Diligencias y di con el letrero: Se solicita vendedor. Sólo decía eso. No decía nada de experiencia ni edad ni papeles. Eché un vistazo a la Agencia. La Agencia era de Nissan, ya se sabe, los coches japoneses, y dentro había un sofá y una máquina de sodas. Entré y me senté en el sofá. Era fresco el lugar, justo lo que yo necesitaba. Estuve allí sentado mirando la máquina de sodas por mucho tiempo. No me decidía a meterle unas monedas porque si encontraba algún bar podrían hacerme falta. Preferí guardarlas para una cerveza. En todo caso, pensé, puedo comprar algunas latas de Tecate y beberlas en el kiosco. Yo estaba en todo eso cuando una tía bajó de unas escaleras y me dijo: ¿vienes a recursos humanos? Ya, dije, pues sí. La tía no estaba buena pero era bastante flaca y me gustan las mujeres muy flacas así que dije aquello para que me entrevistara. Pasa conmigo, por favor, dijo y la seguí. Eran un par de aplanadas nalgas que se movían bajo un traje sastre. No era un buen espectáculo, pero insisto, me gusta meter la cosa en ese tipo de mujeres. 

La entrevista siguió la línea que usualmente siguen las entrevistas de trabajo. Yo había asistido a cientos de ellas pero nunca cogía los empleos porque al final prefería no hacer nada. ¿Cuándo fue la última vez que trabajó?, preguntó la entrevistadora. Ya, dije, no recuerdo pero no hace mucho, serán nueve o diez meses ha… Cuénteme de su último trabajo. Ya, bueno, trabajé para una revista nicaragüense… ¿Qué hacía allí?... Envié docenas de textos, ¿sabes?, y al final tomaron un par o dos y… ¿Cómo? Quiero decir que soy escritor y escribí para esa revista hace nueve o diez meses y… ¿No trabajaba en la revista?... Sí, lo hacía, mandando textos para que ellos tuvieran algo que publicar… ¿Pero no estaba CONTRATADO? Ya, pues no, no de ese modo, verá, un escritor manda textos a muchas revistas, todas las que pueda, y al final si cogen un par de textos está bien… ¿Ha trabajado anteriormente bajo un contrato? Sí, dije tajante. ¿Dónde?, preguntó la lombriz. Hice algunas muecas y me inventé algo: he trabajo para otras agencias de autos… ¿Cuáles? Para los autos alemanes… ¿Los autos alemanes? Sí, ya sabes, los alemanes: Volkswagen… ¿Cuánto tiempo estuvo laborando ahí? Tres cuartos de año… ¿Cuánto? Tres cuartos de año, nueve meses, verás, un año tiene doce meses, y un cuarto son tres y… Sí, perdón, rió la jeba. ¿Por qué salió de Volkswagen? Ya, estuve grave del hígado… En eso no mentía, realmente estuve grave del hígado. O de los riñones, no recuerdo. Entiendo, dijo ella, ¿Y por qué le interesa trabajar con nosotros? No me interesa… ¿Cómo? Quiero decir que sí me interesa, corregí. De pronto sentí ganas de trabajar. Enserio. De ponerme un traje y todo eso. Fue por la depresión. Desee tener un traje y un empleo y decirle a Garrison: lo siento tío, estoy trabajando, no puedo ir a donde tú. Me interesa trabajar con ustedes porque creo firmemente en los valores orientales… ¿Cómo? En los valores orientales, ya sabes, Japón y todo eso y… Sí, dijo. Pero no sabía un carajo. Yo sí lo sabía. No creo en los valores orientales. Repudio todo el oriente y casi me arrepiento por eso. Pensé: si vas a vender autos no vendas para esos orientales de mierda. Pero ya estaba ahí. Y al final resultó que al dueño de la agencia le fascinaban los valores orientales. La tía flaca tomó todos mis datos y me hizo pasar con el dueño. ¿Por qué no viste formal para una entrevista de trabajo? Fue lo primero que me preguntó aquel cabronazo. Verá, dije, no estaba preparado, yo sólo andaba en busca de otra cosa cuando miré el anuncio y… ¿Qué buscaba? Dudé pero no pude mentir: algún bar, señor… ¿Un bar?, ¿a esta hora? ¿Es usted alcohólico? No, señor, verá, tengo una depresión encima y quería beber un trago, no más. Me miró con ojos de juez. Luego pasamos a las mismas preguntas de hace unos minutos. Le expliqué lo de ser escritor y pareció gustarle. ¿Le gusta leer? Sí, dije, amo leer. Resultó ser fanático de Mario Vargas Llosa. Ya, dije, es un buen tío, Llosa. Me hizo prometer que le mandaría algún texto mío. En serio. Luego le dije lo de la filosofía oriental y quedó encantado. Preséntese el lunes, dijo, a primera hora. ¿A primera hora?, dije. Sí, dijo, y vestido formalmente. Ya, señor, está bien, dije y regresé con la tía de recursos humanos. Necesito su comprobante de domicilio, identificación oficial, carta de recomendación de Volkswagen, carta de recomendación de algún conocido, dos fotografías tamaño infantil, currículo, solicitud de empleo previamente llena, alta en hacienda como comisionista y facturas. ¡Dios!, dije, ¿lo puede apuntar en algún lado?... Toma, dijo extendiéndome un papel donde venía impreso todo ese rollo. Ya, dije, bueno, gracias… Gracias a usted y bienvenido. Me echó una sonrisa díscola. La tía no estaba muy convencida de contratarme. Lástima, tía, pensé: el dueño esta de mi lado. Y salí de allí con una sonrisa y nuevos ánimos. 

 Regresé caminando hasta el Café La Selva pero no entré. Compre seis latas de Tecate en Ultramarinos (que anteriormente era La Manchega), y me fui al Kiosco. Allí me las bebí hasta que dieron las ocho. Entonces me fui a casa de Garrison. ¿Qué hay?, me dijo. Nada, respondí, ya estoy mejor. No le dije nada del empleo. 

2

Conocí a esta tía en línea y resultó ser una verdadera joya. Enserio. Quiero decir que era a la mar de inteligente. O sea que pensaba. No como la mayoría de las tías. Era una tía buenaza de ojos verdes y acento norteño. Era del norte. Yo la había visto una sola vez en la vida porque vino al Distrito Federal y bastó para saber que en realidad era otro tipo de mujer. La cosa con ella no iba por el lado de follar. Tampoco iba por el lado del amor. Iba, más bien, por el lado de compartir mi soledad con alguien que no tuviera mierda en la cabeza. Así de sencillo. Alguien con quien se puede hablar de cualquier tema sin espantarse, sin ser juzgado, y con la completa seguridad de saber que ella entiende todo lo que quiero decir. No todos entienden lo que quiero decir. Pero ella lo hace perfecto y es por eso que valoraba su amistad por sobre todas las cosas. Sólo tenía un defecto este asunto: era del norte y yo no. Nunca la había visto sino una vez, aunque platicábamos frecuentemente por Interne. Bien, pues resulta que yo tenía un viaje planeado a su estado, y había juntado algo de plata. Un tercio de la plata necesaria. El otro tercio lo pensaba pedir prestado a Mónica. Mónica era una tía con la que salí un par de semanas. No llegamos a nada y no vale la pena hablar de ella a excepción que la cabrona no me prestó un quinto. La mandé a la mierda. De todos modos no era el gran culo del mundo y tuve que hacer otra cosa: ir a la clínica. No era mi lugar favorito pero en verdad deseaba visitar a la norteña. Me interné un par de semanas y obtuve lo necesario para largarme de la ciudad. Guardé la pasta en algún lugar de mi viejo cuarto y me olvidé del asunto hasta fin de mes. Había quedado con ella de visitarla a fin de mes. ¿A qué va todo esto? A que el lunes era fin de mes. Es decir, el condenado lunes en que yo debía presentarme al curro. Toda la semana estuve lamentándome por aquello. Deseaba con toda el alma ver a la norteña. Sin embargo, mi deseo de decirle a Garrison: no puedo verte, tío, estoy TRABAJANDO, era enorme. Tuve que decidir y me incliné por Nissan. Dejé pasar la oportunidad de mi vida y todo para encontrarme con un grupo de gilipollas que sólo piensan en soccer y lo terrible que es la vida a lado de sus cerdas esposas. Y con Ricardo. Que representa todo lo que odio en la puta vida: la presunción, la lucha por la pasta, el macho, el bueno para relacionarse en sociedad, el cromañón, el hijoputa.

3

 La camioneta de la empresa llevaba los vidrios polarizados. Ricardo la aparcaba en la salida de una preparatoria y se metía a ella. A la camioneta, quiero decir. Desde dentro fotografiaba jebas de dieciséis, dieciocho, diecinueve años. Luego me pasaba el móvil y me decía: ve esto. Yo lo veía pero no me emocionaba. No tiene sentido tomar fotos, tío, ¿qué harás con ellas? No contestaba. ¿Te vas a masturbar?, le decía. Petrozza, Petrozza, ¿cuándo llega tu pago?, me decía él. El hijoputa era mi jefe directo y le molestaba escuchar que yo no me emocionase con sus gilipolleces. Todos los demás le aplaudían aquellas fotografías e incluso le pedían las pasara a sus móviles. Eran la sociedad de los paparazzi. Yo me aburría mortalmente. Pero la especialidad de Ricardo era el doble sentido. No importaba lo que dijeras, siempre conseguía hacerte quedar como un idiota. Yo generalmente caía en sus juegos porque nunca me gustó el doble sentido. En una ocasión me mostró un reporte que elaboró y decía: Indicar aquí datos. Entonces lo leí y dije, esto es un anacoluto. Pensé en voz alta. Yo me refería a la figura retórica anacoluto. Ese día, todo el maldito día, Ricardo se lo pasó haciendo juegos de palabras que me involucraban a mí, y al anacoluto. Yo ni siquiera me reía de sus chistes. Pero todos los demás no paraban de reír. Era un tío con personalidad. Todos lo seguían. Pero si hay algo que yo no sé hacer es lamer culos. Así que yo decía lo que pensaba. Y me amenazaba semana tras semana: Petrozza, ¿cuándo llega tu pago? El viernes, Ricardo. Y de alguna manera se encargaba de ello: mi cheque no llegó ningún viernes. Lo atrasaba hasta por dos semanas. A mí no me importaba demasiado, yo sabía arreglarme hasta sin empleo. Pero Ricardo pensaba que me jodía la existencia. 

 Éramos cinco tíos en total la fuerza de ventas. Nuestro departamento se encargaba exclusivamente de vender autofinanciamiento. ¿Qué es eso?, es el timo más grande del mercado para adquirir un automóvil. Pero claro que eso no se debe decir, decía Ricardo. Sin embargo otro defecto que tengo es no poder mentir. O sea que si un cliente hacía cuentas y me decía, ¡esto es un robo!, yo movía la cabeza asintiendo. Lo es, decía, pero créame, no vendo esta mierda por gusto. Y el cliente se largaba de inmediato. Así que yo no vendía gran cosa. No vendía nada, absolutamente nada. 

Había otro tío allí, se llamaba Marcos y era una especie de galán. Era blanco y bien parecido pero no era un completo gilipollas. Era amable y aunque en general era como todos, hablaba en doble sentido y fotografiaba culos, era un buen tipo. Noble. Era un tío al que podías confiar un problema. Por ejemplo, algún día tuve que ver a mi novia y le dije, tío necesito la camioneta. No puedo dártela, Petrozza, pero te llevaré. Y lo hizo. Fuimos hasta casa de mi novia que no era mi novia sino una tía que saqué de un bar. Dije que era mi novia para dramatizar el asunto. Me dejó en casa de esta jeba y me dijo: paso por ti en cinco horas. Perfecto, dije. Entonces pude hacer lo mío y Ricardo no se enteró de nada. Marcos estuvo puntual cinco horas después y regresamos a la Agencia. Generalmente no hacíamos gran cosa. No trabajábamos, quiero decir. Nos metíamos a la camioneta y nos íbamos a donde sea. Esto siempre y cuando no saliera Ricardo con nosotros. Éramos Marcos, Víctor, Ignacio, Nicolás y yo. Pero Nicolás era una especie de vendedor estrella y no salía frecuentemente. El trabajo duro era la calle. Salir a la calle y venderle a quien se te ponga enfrente. Los turnos para eso se rotaban pero yo siempre salía. Esta es la lista de los que van a calle, decía Ricardo. Invariablemente estaba mi nombre allí: Martin Petrozza: Lunes, Martes, Miércoles, Jueves, Viernes y Sábado. Ricardo se creía que me jodía. Yo lo pasaba en grande. Tomaba la camioneta y me largaba a recorrer los bares de la ciudad. En ocasiones me tocaba ir con alguno del equipo pero era igual. Todos eran fáciles de mal-influenciar. Excepto Nicolás. Ese tío amaba su trabajo. Marcos y yo éramos cómplices de muchas cosas. Nos cubríamos las espaldas. Era un buen empleo. Ganaba mil trescientos pavos a la semana venidera o no, más comisiones. Aunque de esas yo nunca me enteraba. Comencé a beber con mayor frecuencia. Si antes estiraba los últimos pesos y lograba emborracharme, ahora andaba borracho la mayor parte del tiempo. A las seis en punto me largaba del curro y me metía a La Puerta Negra

 Finalmente, después de soportar tanta mierda llegó el gran día. Era un sábado por la tarde. Yo estaba con Marcos, Víctor e Ignacio recostado en la camioneta. Fumando un cigarrillo. Habíamos aparcado en un parque del Centro de Tlalpan. Tomábamos un descanso. Entonces sonó mi teléfono móvil. ¿Ya?, contesté… ¿Qué hay, Garrison?... Ajá… ¿Ahorita?... Ya… Entiendo… Lo siento, tío, no puedo ayudarte… Enserio… Estoy en el tajo y… De verdad, tío, estoy trabajando… Lo sé, pero cogí un empleo y estoy en mi jornada… ¿No me crees?... Sí… Bien, tío, tienes que creerlo, cogí un puto empleo… No miento, tío… No, no estoy borracho… Maldición, no puedo, tienes que creerme, estoy empleado… Mira tío, estoy a unas cuadras de tu casa, iré hasta allá y verás que… No, enserio, iré hasta allá… A, entiendo, ¿Dónde estás?... Bien, voy para allá, llego en dos minutos y te vas a enterar de una buena vez… Garrison no me creía lo del curro. Llamó para decirme que fuera a la Quinta Ramón. Es un restaurante elegante. La Abuela de un amigo de Garrison es la dueña, así que generalmente nos invita y no hay que pagar gran cosa. Allí estaban Rey y Garrison comiendo. Me llamaron para que los alcanzara. Los cabrones no tuvieron la delicadeza de avisarme que irían y tenían que llamarme cuando ellos ya estaban dando los primeros bocados. Como se creían que yo nunca tengo nada qué hacer y siempre estoy disponible. Pero eso se había acabado. Cogí las llaves de la camioneta y me puse al volante. Marcos entendió todo a la perfección y se puso de copiloto. Los otros dos no acababan de entender por qué tanta desesperación. En minuto y medio llegué a la fonda. Paré la camioneta justo en la entrada. La gente se asustó. Llegué bastante acelerado y les dije: tíos, ¿ven esa cabrona camioneta? Ambos asintieron con la cabeza. ¿Y ven estas puñeteras llaves? Eran las llaves de la camioneta. Las pasé enfrente de sus rostros. ¿Saben por qué tengo yo estas llaves y esa camioneta? ¡PUES PORQUE TRABAJO ALLÍ, COÑO! Dije señalando la etiqueta de Nissan que portaba el vehículo. TRABAJO, allí, y por eso no puedo venir con ustedes a comer, ¡mierda! Entonces me dio un ataque de nervios o algo. Continué: ¿Lo ven? No puedo venir aquí y sentarme (me senté mientras lo decía), y comerme estos putos machitos (tomé machitos y me los comí), porque estoy en el tajo, partiéndome el lomo. Garrison y Rey estaban impactados. Calma, tío, me decía Rey, ya estás aquí. ¿YA ESTOY AQUÍ?, pues no, Señor, no puedo estar aquí. Me levanté de la silla y me largué. Dentro de la camioneta todos estaban asustados. Ya, dije, no es para tanto, vámonos, necesito un trago.   

 Marcos me quitó las llaves y condujo él. Nos llevó a la cantina Jalisciense. A unas cuadras. Yo no podía estar con Garrison, estaba ocupado, tío, OCUPADO.




7 comentarios:

  1. L. Macrozabeth Oteo Mondaca23 de agosto de 2010, 9:34

    Buenísimo tú !!!

    ResponderEliminar
  2. jajajaja increible esta gnial el blog sigan asi

    ResponderEliminar
  3. Petrozza! tiene sun empleo, y carolina te hace escribir con disciplina, te estas haciendo un hombre responsable!!! te felicito!!! pero no dejes de ser tu mismo, me caes taaan bien!! saludos besos abrazos y todo!!!

    ResponderEliminar
  4. Buen final!!! le demostraste a ese garrison!

    ResponderEliminar
  5. El chiste es tener un trabajo aunque no hagas nada? Solo para decirle a garrison que estas trabajando? asi esta de loca la gente!

    ResponderEliminar
  6. Es muy bueno como manejas las ideas esas cosa que dices si pasan, de querer trabajar solop ara decirle a alguien que trabajas y que no puedes salir. eso es gratifiante no poder salir por tener algo "imposante" que hacer.

    ResponderEliminar

Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com