martes, 10 de agosto de 2010

Las cosas simples son complejas.

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Uno puede gozar de la vida con cosas complejas como un auto último modelo, un corvete amarillo; o una lujosa casa de tres pisos y uno de esos mayordomos que contestan siempre el teléfono muy acartonados con cara de perros y acento inglés. También puede gozarse la vida con cosas simples, un atardecer, la sonrisa de una bella dama después de alguna galantería atrevida, el dibujo en el refrigerador de los hijos, o un helado de chocolate con bizcochito. Ya sea complejo ya sea simple, uno siempre puede ser feliz. Yo en cambio no soy complejo pero tampoco simple y gozo con un buen vals Emperador, una Séptima de Beethoven, un libro de Cortázar, una película de Kubrick, o un cuadro de Leonardo. Soy simple porque simplemente gozo y no me detengo a recrear la obra, no pretendo pintar, componer o cantar. Si escribo el día de hoy no es por complejo, sino por simple; me ha pasado algo que no puedo dejar dentro mí, y lo más sencillo que se me ha ocurrió es escribir; no puedo procurarme un psicólogo porque no creo en ellos y hacer un esfuerzo sería muy complejo para un hombre simple como yo. No he querido contarlo a algún amigo porque sé que hacerlo les privaría del divertimento rutinario de sus vidas sencillas; dejarían una ida al cine, o no comprarían el último libro de sus tetralogías; y aunque les pagaría gustoso un café con leche lo agriaría con mis lamentos. Entonces me quedo escribiendo como niño encerrado tras las puertas de su hogar en un tarde lluviosa mientras la humanidad sigue su curso acelerado, los centros comerciales llenos, las bibliotecas vacías, los museos con sus entradas gratis.

Hasta ahora he dicho que soy un hombre sencillo. He mentido. Soy tan complejo para ella que me he de considerar así, como ella me ve, porque yo la quiero y ella intenta quererme pero no me comprende por mi complejidad y yo aquí diciendo que soy simple cuando sé que no lo soy. Tampoco faltará aquel que después de leerme diga que no soy difícil, todo lo contrario, que me ha comprendido a la perfección y que mi mente cabe en la suya como cabe en la mía la de ella que no me quiere, pero me querrá. Y si no me quiere es porque no comprende cómo un hombre tan laberíntico como yo no puede hacer cosas tan pueriles como ella.

Quiero contarles lo que me sucedió aquella noche de fiesta en el salón del cuál no recuerdo el nombre, ya sea por una defensa de mi mente o porque de verdad no lo recuerdo. Era una fiesta de disfraces y yo iba muy David Lynch, copete alzado, ojos de loco que no está loco, que sólo quiere un poco de atención. Me había invitado un amigo de esos que siempre tienen fiesta y con los cuales nunca he platicado porque siempre estamos abrasados para la foto, alzando el vaso en brindis y llamando a una cadena interminable de mujeres que nunca vienen a las reuniones porque no sé qué cosas. Llegué puntual y estaba allí Luis Buñuel con sus ojos saltones y apariencia de vasco encabronado con la vida. Platicaba mientras compartía un puro tremendo con La Tigresa sentados en una copia del famoso sofá-labios-de-mujer de Salvador Dalí. Mi amigo estaba disfrazado de lo que él pudo imaginar Caronte y nos recibía gustoso en las puertas del salón, haciéndonos pasar por el pasillo, que decía era parte del Estigia.

Una vez comenzada la fiesta, decidí dar un paseo por el lugar. Me encontré con un pequeño librero de aspecto fascinante en el cual reposaban libros esotéricos que al principio creí parte de la escenografía. Los tomé y hojeé uno que otro pero el interés desapareció pronto, pues algo más había captado mi atención: una cajita de madera oscura totalmente lisa pero muy atractiva. La abrí y encontré dentro un mazo de cartas envueltas en seda negra. No pude evitar ponerlas una a una frente a mis ojos, emblemáticas figuras de hombres, animales y astros u objetos; copas, espadas, oros y bastos.

Sin saberlo, a la distancia una mujer me observaba. Su mirada seguía el curso de mis manos barajando las cartas y sacando una al azar que luego metía de nuevo al mazo sin haberla descifrado. Se acercó y me tocó por el hombro; mis ojos debieron abrirse mucho y mi copete debió haber saltado pues una risa se dibujó en el bello rostro de la mujer. Porque era bella, lo cual noté de inmediato y le invité a tomar una copa. Fuimos a refugiarnos en la comodidad de un sillón aterciopelado. Ella iba disfrazada de Dalila y dejaba al alcance de mis ojos y simplona mente lujuriosa sus bellos tobillos marmóreos que danzaban al ir y venir de sus piernas las cuáles cruzaba una sobre la otra y la otra sobre la una en un vaivén que deduje nerviosismo. Platicamos primero de mi descubrimiento, pues al contrario de lo que yo bien pude imaginar, no se acercó por mi atractivo físico, no por mi disfraz o mi vaivén de hombre simple e inconforme que busca siempre algo más. Me preguntó lo inevitable y le contesté que sí; que sí sabía leer el Tarot.

Aquí es dónde comienza lo complejo de la historia, aquí es dónde un atardecer o un chocolate caliente no bastan para hacer feliz a una mujer. Me pidió que le echara las cartas pues tenía que saber si dejar o no a su novio. Como el hombre simple que pretendo ser me vino a la mente lo primero que le vendría a cualquier otro en mi lugar. Comencé a barajar con manos torpes, cosa que no alertó a la bella Dalila sobre mi mentira. Luego de tres veces de revolver las cartas, las coloqué sobre una mesa que ella misma había acercado a nosotros. Destapó uno a uno los tres cartones que revelarían la verdad. Salió primero un Sol y se emocionó pues al parecer relacionaba la calidez de esos rayos cayendo sobre los infantes con felicidad. No queriendo decepcionarla le comenté que eso significaba un bello pasado en su relación; lo cual asintió con firmeza. Ya creía en mí. La segunda carta la dejó intranquila, y a decir verdad a mí también, pues ignorando los secretos de tan bello arte, supuse que se moriría allí, entre mis brazos, ¡y yo sin haberla amado! La muerte asomaba lúgubre cortando manos, pies y cabezas. Le dije, según mi objetivo, que aquello significaba un cambio, su romance estaba por morir: ¡debía dejarlo! Ella entristeció pero finalmente apareció una carta bella: Los Amantes. La suerte estaba de mi lado, pues ella misma le dio significado y me dijo que el amor estaba cerca.

Pero no crea lector, que Dalila era una mujer fácil sólo porque la había timado con un viejo truco de Don Juan. Hablamos de mí y le conté sobre mis gustos y pasiones; le platiqué sobre la belleza de un Rembrandt o de una pieza de Handel y sobre mi adicción al teatro. La invité a más de una puesta en escena y ella aceptó gustosa. Me contó que ella creía en la numerología y le dije que yo amaba las matemáticas y la cábala. Notando por dónde iban sus intereses le hablé también de psicomagia, psicogenealogía, los astros y el zodiaco. Quedó fascinada ante la diversidad de temas que podría aprender conmigo y de la complejidad de un hombre como yo que sabe tanto; pues me creía complejo, cuando soy más simple que ella.

No hablamos de su novio, que ya a estas horas, él sin saberlo, era un ex, pero se me antojó un bobo pues no podía hacer feliz a una bella dama que creía en la luna y las estrellas, en unos numeritos pintarrajeados en una servilleta o en la suma de su fecha de nacimiento. Una mujer a la que bastaba vaticinarle felicidad para mantenerla cerca de uno. Y así, simple ella, complejo yo, poco a poco gané su corazón. Cantamos y bebimos, jamás nos integramos a la fiesta pues la fiesta era nuestra y no había nadie más como pasa en las películas de amor. Yo miraba a todos desde mi trono: allá estaba lo que no sabía si era Picasso en sus viejos tiempos o el tío Lucas, por acá figuraba Jim Carrey y más allá una linda Leonora Carrington que reconocí por sus pantalones blancos y sus botas de equitación. Así pasaron las horas; Dalila era casi mía. Todo iba a pedir de boca hasta que un invitado sin disfraz entró alterado. ¡Es mi novio!, dijo mi amada y se quedó quieta a mi lado, pues no era yo quien le decía que le convenía estar conmigo sino los arcanos mayores de un mazo de cartas que ni ella ni yo comprendíamos pero al cual no se le puede desobedecer.

Como ya dije, Dalila era simple; me pidió que siguiera el juego, cosa conveniente para mí, pues fingiríamos ser recién ennoviados. Nos acercamos y el uno al otro cada vez más; el olor corpóreo de Dalila era seductor y enajenante; ahora comprendía al hombre sin disfraz que venía en busca de su elixir mágico y sin el cual, seguramente moriría. El joven era común y sencillo y quiso jugar a los celos también. Se sentó junto a un par de gemelas Olsen y “muy divertido” nos miraba desde contra-esquina. Nosotros hacíamos lo nuestro y nos hablábamos al oído; ella cosas ya sin sentido por el simple hecho de aparentar; yo no quise perder oportunidad y le recité frases en francés, el lenguaje del amor. Capté de nuevo su atención, ahora intermitente entre su nuevo y viejo amor. Todo iba de maravilla repito, y apunto estaba de hacer jaque mate, derribar al rey y quedarme con la reina del vencido. Así hubiese sido de no ser porque al idiota de mi amigo Caronte le pareció buena idea cambiar la música. Hasta ahora habíamos escuchado piezas para deleitar el oído o cantar gustosos.

Y la parte sencilla comienza, la parte simple y pueril; el talón de Aquiles de un hombre que domina todos los artes menos uno. Sin avisar, sin dejarme pensar o prepararme para el golpe, me dijo mi hermosa Dalila: ¿Bailas? Nervioso miré a mi contrincante que ya se levantaba a mover los pies con una de las gemelas. Dudé unos segundos, hice cómo que no escuché, pero nada pudo evitar la fatalidad de una repetición: ¿Bailas? Para esto el hombre sin disfraz ya estaba bailando no con una sino con dos, las dos bellas gemelas Olsen se movían al compas de la música guiadas por el bobo que no sabe nada de nada. Di un trago rápido a mi bebida y evitando una tercera replica de la terrible pregunta, pues me hacía temblar, tomé a mi “novia” de la mano y la llevé a la pista. Mi lengua era veloz, elocuente, mi mente ágil, pero mis piernas eran dos pesados rectángulos de yeso. Mis brazos la tomaban torpemente y ella pareció desenamorarse de mí, así como así, solo por no saber bailar. Yo que la había conquistado de la mejor manera, pues apuesto que el no-disfrazado sabía un comino de psicoamor.

No soportamos más ni ella ni yo y me disculpé para ir al sanitario. Me miré en el espejo, copete caído por el sudor de mi cuero cabelludo, todo tembloroso, ya no era David Lynch, sino uno de los tres chiflados: Moe. Regresé a escena un poco más tranquilo pensando que pronto acabaría el baile y todo saldría de maravilla. ¡Sorpresa! Dalila bailando con el bobo y Moe mirándolos de lejos, chiflado.

No esperé más y sin pedir permiso cambié la música por algo de Richard Wagner que encontré en la mesa junto al estéreo. La Cabalgata de Las Valkirias. Cabalgué entonces hasta mi amada. Su traje era de Dalila pero ahora parecía Helena, y aprovechando una distracción del bobo la robé, la llevé en mi barco lo más lejos posible y sin darle explicaciones le besé en la boca apasionadamente como lo haría uno de eso personajes Shakesperianos. Entonces me dijo: ¿cómo un hombre tan interesante no sabe bailar?

Es por eso, lector, que dejé las clases de arte, las de francés y alemán, no leo mucho y visito pocos museos, y me veo en la penosa necesidad de sustituir todo ello con clases intensivas de baile, pues como dice mi amada, hasta un niño puede bailar. Los placeres de la vida me importan poco ya, quiero mover los pies al compás del amor que siento por mi bella Dalila, disfrazados eternamente, y sin que el hombre sin disfraz aparezca en mis sueños.

Así aprendí que las cosas simples, son complejas. Bienaventurados aquellos que se conforman con una mansión en Beverly Hills, un yate último modelo o el placer de un Monet. Pobres de nosotros los que no entendemos una pieza de baile.



11 comentarios:

  1. L. Macrozabeth Oteo Mondaca11 de agosto de 2010, 8:59

    Buenísimo mi querido Kareem :)

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  2. Cuantas mujeres solo piensan en bailar! por mas que les muestres conocimiento, siempre tienen la cabeza llena de tonterias!

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  3. Esa fiesta estuvo genial!!!

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  4. 1.- Bailanban dentro del Estigia, un río que conduce al inframundo griego, un lugar lleno de puros muertos. Hubieras acentuado esa idea si todos los asistentes a la fiesta estuvieran disfrazados de personajes muertos, entonces acentuarías la importancia de tener a Caronte en la puerta de la entrada, el que conducía las almas de los muertos al Orco.

    2.- Por el tono del relato entiendo que el narrador es un hombre muy viejo, por aquello de "mi bella dama", muy meloso y denota a los 50's.

    3.- Sin embargo, creo que al final sí terminas la idea de hacer un contraste entre las cosas simples y complejas, a pesar de una anécdota un tanto usada.

    Saludos!,

    G.

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  5. Uta¡ Me encantó.No quiero decir que me describes por que me robarías mi máscara que con tanto esmero he construido artesanal pero gracias, gracias por escribir y dejarme sentirme.

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  6. LO BUENO DE LA VIDA ES ESO KE LAS KOSAS SIMPLES ES LO KE LA HACE MEJOR Y LAS PERSONAS KE NOS ILUSTRAN KON SUS KUENTOS Y SUS BUENAS OBRAS.
    GRACIAS A TODOS.

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  7. A mi me encanta bailar, pero si un chico me dice o me habla de esa manera q importa el baile, ya habra otros jejeje, en realidad no me gusta mucho el romanticismo, pero esto esta muy bueno, me enamore

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  8. yo escribiría "las cosas sencillas (no simples)......

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  9. Cierto....Sin embargo, como disfrutaría todo eso aún más con una casita... Manque juera de un solo piso, sin alberca, sin jardines, sin cuartos pa' las visitas y pa'l perro, sin room games, sin recibidor, y manque que tuviera un domo no mayor, menor, el chiste es que juera amplia y luminosa ... Jajajajaja. Saludos.

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  10. Noemi Enciso Valencia31 de enero de 2012, 19:23

    Hola queridisimo Martìn espero hayas pasado un buen fin de año en compañia de tus seres queridos, FELICIDADES porque me doy cuenta que escribes muy bien, esa no es mi habilidad, sin embargo admiro a todos lo que la han desarrollado y uno de esos eres tù. Buen comienzo de año y que todo lo que escribes se publique, saludos y abrazos. atte. Noemi Enciso v.

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