domingo, 29 de agosto de 2010

La vida es intolerable cuando sabes exactamente qué va a pasar.

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La vida es intolerable cuando sabes exactamente qué va a pasar. Yo no lo soportaba. Entraba a algún bar y jamás sabía lo que se avecinaba. Puede que me liara con alguna mujer, o terminara la noche con un grupo de gilipollas. Y algunas veces no pasaba nada. Entraba solo, salía solo, y no pasaba nada. Absolutamente nada. La incertidumbre de no saber qué ocurrirá, eso, me hacía entrar y sentarme a beber sin parar. Paraba cuando se me iba la pasta, o cuando sabía (saber es intolerable), que no ocurriría nada. En esos casos me iba a otro sitio en busca de alguna cosa que valiera la pena contar. Incluso así había veces que terminaba en casa, echado en el sofá, sabroso, escuchando Bach y fumando un cigarrillo. Es decir, sin hacer nada. 

 De las noches que sí pasó algo recuerdo una donde me fui a un bar del centro de Tlalpan. El centro de Tlalpan era mi territorio. Sin embargo, aquella tarde entré a un bar al que jamás había entrado. Era nuevo. Lo habían montado sobre un viejo billar. Ya no había mesas de carambola ni nada. Ahora era un condenado bar. Era un lugar casi elegante y tenía un enorme anuncio que decía: Terraza para fumar. En aquel entonces se aprobó una puta ley que prohibía fumar en lugares públicos cerrados. Era una mierda de ley para los que fumamos enserio, así que aquellas letras impresas en una manta de cinco por cuatro metros, era un oasis. La cerveza estaba a treinta pavos el tercio de litro. Era un lugar caro. Podías pagara hasta quince pavos el tercio en otros sitios.  Recién había cobrado un par de cheques atrasados de Nissan así que no importaba demasiado. Yo era un tío dispuesto a gastarlo todo. Y cuando estás dispuesto a gastarlo todo, la gente lo huele. Así que entré allí con actitud de papi chulo y las meseras se desvivían por atenderme.  Le dije a la de recepción me acomodara en la terraza. Lo hizo y una mesera se acercó. Era una mesera como todas las meseras. Sin nada interesante. ¿Desea ordenar, señor?, preguntó. Sí, tía, dije, quiero tres cervezas. ¿Tres cervezas?, preguntó incrédula. Sí, contesté, tres cervezas. ¿Espera a alguien más?, preguntó. No, dije estoicamente. Venía solo y un hombre solo nuca en la vida de esta jeba le había ordenado más de una cerveza a la vez. ¿Tres cervezas entonces?, insistió. Sí, dije, TRES cabronas cervezas. Sí, señor, dijo y se fue a por las birras. Regresó con lo pedido. Puso la primera cerveza sobre la mesa y la cogí. La bebí al hilo. La tía apenas colocaba la última botella, yo había terminado con la primera. Me echó unos ojos de búho. Cogí la segunda y la bebí hasta la mitad. ¿Desea ordenar algo de comer?, preguntó. No, contesté tajante. Verá, dijo, únicamente puedo servir bebidas alcohólicas acompañadas de alimentos, no tengo permitido… No sé porqué no lo dijo desde el principio. Quizá se lo pensó dos veces al verme beber de ese modo. Verás tú, dije, deseo BEBER, no comer, y vacié la segunda mitad de la segunda cerveza en mí. Tendrá que hablar con el encargado, contestó la tía un tanto molesta. Trae al encargado, Dios, dije. Encendí un cigarrillo. La chica desapareció entre la primer nube de humo. Luego apareció con el cabrón encargado. Me echó  el rollo de beber y comer. Mira, tío, dije sacando veintiséis billetes de a cien pavos cada uno: pienso beberme hasta el último centavo. ¿Tú piensas sacarme hasta el último centavo, o dejaras ir a estos bebés a la cantina de al lado? Perfecto, señor, dijo y se largó. Me dejó en santa paz. Ordené una cerveza más. Aún me quedaba una botella en la mesa y la mesera preguntó: ¿no desea terminar primero con lo que tiene? Yo sé bien lo que deseo, respondí: otra condenada cerveza, por favor. Y movió el culo la jeba. Cuando regresó yo había terminado con todo. 

Yo llegué a eso de las cinco de la tarde y el lugar estaba vacío.  No había gente, ni música, y eso me agradó bastante. Lo de la música, quiero decir, pero de repente pusieron la trasmisión de un partido de soccer. Odio el soccer. Estaba solo, bebiendo mis cervezas, y los locutores del partido aullaban a todo volumen por una bocina que colocaron justo a dos metros de mí. Paciencia me dije. Pero no la tuve. La terraza era un espacio en la azotea del lugar. Tenías que subir dos pisos y allí estaba. Y la mesera tenía que bajar dos pisos y luego subirlos para traer las cosas pero se quedaba cerca por si yo la necesitaba. Entonces la llamé y ordené una cerveza más. Aproveché el tiempo que le tomaría aquello. Me subí a un banco y desconecté la bocina. ¡Dios, la paz me vino! Aunque no duró demasiado. Cuando la mesera trajo la cerveza dijo qué pasó con la bocina y yo dije no sé, la vida es un puto misterio. Llamó al encargado y la conectaron. ¡Coño!, pensé. Otra vez los locutores diciendo un montón de cosas que no me interesan en absoluto. Y los silbatazos, Dios, la cosa era insoportable. La desconecté otra vez cuando se fueron. Al rato la chica regresó a ver si todo iba bien conmigo y preguntó por la puta bocina. Mira, le dije, no sé qué ocurre pero está bien. ¿Cómo?, dijo ella. Sí, dije, está bien. Prefiero el silencio. Los ojos de búho saltaron otra vez. ¿Cómo?... Sí, tía, dije, quiero beberme mi alcohol en silencio. Ajá, dijo y se fue. Pero regresó con el encargado. Conectaron la bocina. Luego él se acercó a mí y dijo: Señor, ¿usted ha desconectado la bocina todo este tiempo? La jeba había corrido el chisme de mis preferencias. No pude mentir. No sé mentir. Sí, dije, me jode el ruido. El tío se cabreó y me pidió de la manera más atenta. Así lo dijo: le pido de la manera más atenta que… Al menos podrías poner algo de John Lee Hocker, dije al cabronazo pero no tenía ni idea. ¿Cómo?, dijo. Ya sabes, dije, el negrazo del blues. ¿Cómo?... Olvídalo, dije, sólo apaga la bocina. Lo siento, contestó, pero no puedo, por políticas de… y se echó un rollo de eso. A fin de cuentas dejaron el partido de soccer. Yo argumenté que yo era la única persona en el lugar, no hay nadie más que posiblemente deseara escucharlo. Yo era el único, y no quería escucharlo. Pero no hicieron caso. Era importantísimo que esa cabrona bocina bufara a más de cincuenta decibeles la trasmisión del partido. Importante. El soccer es importante. Es un imán de gilipollas. 

2

Yo iba solo pero no estaba realmente solo. Llevaba conmigo un libro de Paul Auster: La invención de la soledad, y mi vieja libreta. Me puse a escribir. Escribía de la vez que un par de policías me subieron al coche patrulla por encontrarme sospechoso. Nunca dijeron sospechoso de qué. Caminaba por Calzada de Tlalpan en la madrugada y les parecí sospechoso. Iba bebido y de allí se agarraron. Querían sacarme un quinto pero yo andaba sin blanca así que no lo lograron.  Yo argumenté que un tío bebido no es delito. Pero ellos insistían… El caso es que escribía todo eso cuando entraron dos tías de treinta años o más y se sentaron a la mesa, junto a mí. No le di importancia y continué con lo mío. No pasó un cuarto de hora cuando una de ellas me invitó a unirme a su mesa. Eran tías regordetas y tetonas. Mujeres fáciles. Solteras y ávidas de sexo con cualquiera. Se pidieron una jarra de cerveza oscura de barril por ciento sesenta pavos. Me fui a donde ellas y me dijeron de dónde vienes o qué. Del curro, dije. ¿De dónde?, preguntaron extrañadas. Yo hablaba con palabras españolas. No lo hacía por que quisiera ser un puto español ni nada. Lo hacía, sencillamente, porque la mayoría de los libros que me leía eran traducciones españolas y se me quedaban las palabras. Del trabajo, corregí. Ya, dijeron ellas, ¿en dónde trabajas? Les dije en Nissan y preguntaron ¿qué haces allí? Vendo coches, dije y se vinieron sobre mí con un montón de preguntas sobre TIIDAS, SENTRAS Y ALTIMAS. Las tuve que parar. Tías, les dije, vengo del curro… ¿De dónde?... De trabajar, mierda, y vengo hasta el copete de todo eso. Si piensan adquirir un automóvil, vayan a VolksWagen, son tremendos autos. Rieron y dejaron el rollo de los coches. Eso no significa que dejaran de joder el palo. Me interrogaron por el libro y la libreta. ¿Por qué traes eso a un bar? Hacían bromas entre ellas. Se cagaban de la risa diciendo que venía a hacer mi tarea. Que era un fósil de la secundaria y cosas. Me hartaron enserio. Sin embargo me quedé con ellas porque me pidieron un tarro y bebí de su cerveza. ¿De dónde vienen ustedes?, me aventuré a preguntar aunque me importaba un carajo de dónde vinieran. A veces las conversaciones te van llevando de la mano. Tenía que preguntarles aquello. Es como un juego eso de conversar con las personas. Un juego monótono y muy gastado. Yo tenía que devolver la pregunta. ¿Y ustedes de dónde vienen? Pero no me importaba. Del curro, dijo una y se mearon de la risa. Ya, dije ¿y dónde laboran? Tenía que hacerlo, mierda, devolver las preguntas. Así es la puta vida. Aquí rieron otra vez extrañadas. Laborar no era una palabra precisamente española como curro o birra pero se rieron. Poseían un parco vocabulario. Me contaron eran secretarias del hospital psiquiátrico que estaba a unas calles de allí. Entonces les devolví las bromas. Construí frases que aludían a la locura, su trabajo, y ellas. Frases que ligaban todo eso en enunciados sarcásticos e irónicos. Se molestaron y querían decirme para de eso, tío, pero no paré. Las hice trizas. Hasta que dijeron: nos vamos. Y se fueron. Supongo que se cambiaron de lugar. En el centro de Tlalpan hay más de cinco bares para elegir y todos están uno junto al otro. Así que supongo que sólo se cambiaron de bar. A la mierda, me dije. 

Me vi solo una vez más y cogí el libro. Me ordené otra cerveza y esperé. Esperaba la aventura. Tenía fe. Algo bueno sucederá, me repetía. Sólo ten fe. Algo gordo. Quizá follaría con un par de mujeres buenazas o un grupo de ebrios pagaría mi cuenta. No lo sé. No lo sé. 

3

Llegaron tres tíos y dos mujeres. Esta es mi oportunidad, pensé. Yo seguía escribiendo: los policías me llevaron a pasear. Me dieron vueltas por la colonia y finalmente me botaron lejos de casa. Caminé hasta mi viejo cuarto. Llegué hecho un trapo y me fui sobre el sofá. Al otro día tenía una resaca brutal. Era miércoles en Nissan y yo era el único con resaca. Todos iban bien despiertos, eran unos verdaderos guerreros en busca de ventas. Yo era un guerrero derrotado. Cogí las llaves de la camioneta y me dispuse a irme por un trago para calmar la jaqueca. Pero Victor, Ignacio y Marcos se subieron en la parte de atrás y dijeron ¿A dónde vamos? Por un trago, dije, vengo muerto. Ignacio se molestó con eso. Quería trabajar. Quería hacer el esfuerzo por vender algo. Déjame en algún sitio y llévate la camioneta, dije. Eso hizo. Me dejó en La Puerta Negra y se largaron…

Tomé mi botella y me acerqué a la mesa del grupo aquel. Venga, tíos, ¿cómo están?, dije a todos. Se portaron hostiles. Era un grupo de amargados. Venían en plan de beber un trago o dos y no más. Regresé a mi mesa. No me aceptaron. Se creían demasiado buenos para aceptarme. Coño, pensé, qué gente. Como sea vienen a beber moderadamente, me dije, y eso a mí, no me va. 

 Ordené un par de cervezas más. ¿Juntas?, preguntó la mesera. Sí, contesté, y me trajo un par de hermosas cervezas frías. Estaba bebiendo así, de a dos o tres cervezas a la vez porque podía hacerlo. Sólo por eso. Porque tenía pasta suficiente para hacerlo. Pero me cansé de las cervezas. A la otra me pido un whisky, me dije. La gente comenzó a llegar. Venían en grupos de tres o siete personas y todos querían ser acomodados en la terraza. Yo no entendía la ley. Si todos fuman, ¿por qué prohibir que fumen? Mejor deberían reducir los espacios de no fumadores, son pocos. Siempre son menos. Pero hacen todo al revés, Dios. Me guardé el libro y la libreta. Anocheció. Ahora había suficientes personas para buscarme alguna aventura. Me quedé viendo a una rubita preciosa que venía con un tipo de aspecto alemán o algo. Ella no me devolvió las miradas. Allí no hay nada, me dije. Entonces me quedé viendo al alemán retadoramente. Quizá sea bueno empezar con un pleito y acabar como hermanos, me dije. Pero tampoco le importó que lo mirara. Probé con dos tías escotadas. No tenían las peras del mundo pero usaban los escotes del mundo. Un tercio de teta salía por ellos. Tienen muy abajo el pezón, me dije. Comencé pensar en eso. Para todo lo que sale, tienen el pezón hasta abajo, Dios. No puede ser, me dije, quizá hay algún truco en todo eso. Las mujeres siempre tienen trucos. Hay unas que se ponen pezones de plástico para que siempre den la impresión de tenerlos levantados. Y hay otras que se ponen parches o algo para que jamás se los mires levantados. Dios, es un mundo de locos. La mesera se acercó a mí: ¿todo bien? No, dije, necesito que me traigas un whisky en las rocas. En seguida, dijo. Dio unos pasos y luego volteó hacía mí y preguntó: ¿uno solo?, por supuesto, dije. Ahora se extrañó de eso. No se les da gusto con nada a las mujeres. 

Estuve así más de dos horas. Observando el panorama. No había ninguna oportunidad. Era un lugar de gente tranquila. Moderada. Un lugar donde lo último que buscan es emborracharse. Todo mundo se pedía alguna cosa de comer. Por lo de la regla aquella. Comían y bebían un par de cervezas o dos y ya. Creo que estás en el lugar equivocado, Petrozza, me dije. Las tías eran de esas que no se dejan follar. De esas que creen en lo sagrado del sexo y en no hacerlo con cualquiera. Una lata de tías. Entonces me levanté y salí de la terraza. Iba con mi whisky en la surda y un cigarrillo en la diestra. Atravesé la puerta y nadie dijo nada. Seguí hasta las escaleras y bajé. Nadie parecía notar que iba fumando. En el piso de abajo una banda tocaba música salsa. Es increíble que el ruido no llegué hasta arriba, pensé. La cosa estaba muy sudada. Quiero decir que había parejas bailando salsa y sudando entre humo de hielo seco. Odio la música salsa así que bajé aún más, a la planta baja. Allí la cosa era distinta, había poquísima gente y era gente más acartonada que allá arriba. Me metí al baño. Tiré el cigarrillo a medio consumir en el excusado y puse el vaso de whisky en el lavabo. Entonces me saqué el asunto y eché una buena meada. No había orinado hasta el momento así que fue una larga, abundante y calientísima meada. Como se disfruta, pensé y al final sentí un calambre en el hombro derecho. Un calambre que siempre siento luego de una meada de a diez. Y un escalofrío. Salí del sanitario y caminé hacia la puerta principal. No estaba la tía que me recibió en la tarde así que salí. Sin planearlo, poco a poco y sin mucho escándalo, me vi afuera, con un vaso de whisky y libre de la cuenta. No me lo podía creer. No era mi intención. Enserio. Incluso caminé despacio. Muy despacio. Esperando que alguien me llamara para decir, sí, no hay problema, sólo vine por algo de aire fresco, ya voy a saldar mi cuenta. Pero llegué hasta la tienda Ultramarinos a paso lento y nadie dijo nada. Nada de nada. Así que doblé en la esquina de Miguel Hidalgo y seguí y seguí y no paré hasta Calzada de Tlalpan. Dios, dije, qué cosas. Hasta le estampé los billetes en la cara al encargado y el pobre no tendrá uno solo. Me terminé el whisky de un trago, el último trago, y aventé el vaso al aire. Cayó encima de un auto. No era mi intención. Yo sólo lo aventé al aire. La alarma del coche sonó. Creo que se lastimó el cofre. Me acerqué a revisar. Sí, el cofre estaba algo descarapelado pero no era grave. Pasé el dedo por la fisura y no era nada profundo. Los pedazos de vidrio estaban allí, en el cofre y daba la impresión de un gran golpe. Como si el parabrisas se hubiera roto o algo. Pero no era nada. Entonces llegó una patrulla. Dios, pensé, otra vez no. ¿Qué ha pasado?, pregunto el oficial desde la ventanilla del coche patrulla. No lo sé, dije, venía por aquí y este cabronazo lleva sonando más de media hora. Una mujer policía bajó del lado del copiloto y echó la luz de su lámpara sobre el cofre del coche. Luego la echó sobre mí cara. Me puse la mano en la frente, de visera. Me hace daño, murmure. ¿Cómo?, dijo la oficial. Que me lastima con eso, Dios. Desvió la luz y me preguntó si venía ebrio. Claro, dije, vengo de un bar, y siempre suelo salir ebrio de los bares así que es muy probable que lo esté. ¿No sabe si lo está o no?, preguntó. Ya, dije, no lo sé con exactitud, puede ser que yo esté verdaderamente ebrio o puede ser que sólo sea mi imaginación. A veces pasa. Enserio. El tío conductor bajó y me pidió una identificación. Saqué la cartera y los billetes salían como pececillos comiendo migajas en la superficie. Al oficial le brillaron los ojos. No vi que le brillaran los ojos pero lo supe. Saqué mi identificación y se la mostré. Permítamela, dijo. Lo siento, oficial pero no puedo. ¿Por qué no?, dijo el oficial. Verá, dije, leí recientemente en el periódico que un civil no está obligado a dar sus identificaciones, sólo a mostrarlas, porque de lo contrario usted se la puede quedar, cosa prohibidísima si no he delinquido, y amenazarme con ello. Ya sabe, sacarme pasta para que yo recupere la identificación que tendrá en sus manazas, como si usted tuviera derecho a eso. Se cabreó enserio. Si te sigues haciendo el cómico te voy a llevar a la delegación y allá les explicas todo lo que leíste en el periódico, dijo, anda, dame la identificación. No, dije. El oficial volteó a ver a la oficial y ésta dijo, está bien, sólo saca todo lo que traigas en tus bolsas y ponlo sobre el cofre de la patrulla, no lo tocaremos. Si no lo tocaran no tiene sentido, dije, ¿por qué habría de hacerlo? Sólo caminaba por aquí y esa cosa sonó, yo no tengo nada qué ver. Obedece, dijo la oficial. Entonces saqué lo que tenía en mis bolsillos. No era mucho. Una caja de cerillos. Un encendedor sin gas. Llaves de mi viejo cuarto. Un ticket de la compra de un par de cajetillas de cigarros. La envoltura de un dulce. Puse también mi libro y la libreta. Eso también, dijo la oficial, por eso lo hice. La oficial pasaba la luz de la lámpara por todas mis pertenencias. Ahora la billetera, dijo el oficial. Este tío quiere mi pasta, me dije, pero no la tendrá. Bien, dije e hice como que la iba colocar pero en eso tomé el libro, la libreta, y la caja de cerillos. Y corrí como condenado cabrón. Corrí, corrí, corrí como nunca en mi vida. Los policías tardaron en reaccionar. El hombre era viejo y tenía una panza del tamaño de trillizos. Y la mujer era chaparra, horrible y fofa. Corrí en sentido contrario del flujo de los carros. O sea que la patrulla tuvo que hacer una lentísima maniobra, o salir por la otra calle. Pero ya no me quedé a investigar. Corrí hasta el centro de Tlalpan y me escondí entre los puestos recogidos de una feria que había en aquellos días. Sobraban espacios para esconderse. Será una tarea difícil encontrarme, pensé. Carbones de mierda. Me quedé allí más de veinte minutos y no pasó nada. Quizá se olvidaron del asunto, me dije. Salí discretamente del puesto donde estaba escondido y caminé hacia mi casa. En eso vi la luz de la patrulla. Hizo sonar la sirena. Gilipollas, pensé, ahora me has avisado que debo huir. Yo creía que era otra patrulla, alguna que no sabía de lo sucedido y estaba dispuesto a pasar junto a ella como si nada. Cosa que hubiese sido una estupidez mía. Pero la sirena me hizo saber que debía correr. Me interné en el estacionamiento, por el la librería del Fondo de Cultura Económica. Es un espacio suficientemente grande para poder perderse. Escapar de la policía es sencillo, pensé. La ciudad es un laberinto cuando te conviertes en la rata. Ese espacio tiene dos entradas y una de ellas da a la calle siguiente así que salí por allí. En el camino pensé: no salgas por allí, es totalmente predecible. Luego me dije: no son detectives, son un par de neandertales uniformados. Y lo eran. Salí caminando a la mar de tranquilo por el otro lado y llegué hasta mi casa. 

Entonces me di cuenta: me había dejado las llaves. ¡MIERDA!




8 comentarios:

  1. Excelente relato! me ha fascinado como lo cuentas todo, al final no paso nada jajajaja es genial!!

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  2. Pero a v ececes es mejor saberlo para poder saber tolerarlo

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  3. es increible la manera en que atrapas y cuentas algo tan cotidiano o tan simple y lo hacer maravilloso, es la primera vez que leo tu blog pero me encanto... gracias

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  4. Sabes que va pasar cuando te mueves por los mismos contextos lo emocionante es romper con lo cotidiano :D

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  5. Cuando Nidia Sanchez se toma un whisky, se le abre la vagina, pa recibir a cuanta verga se le arrime, es la puta mas cachonda que habeis visto, jugosa como ella no hay mas en la U.D.F.J.C de Bogota

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  6. Quién me conoceis tan bién para mamarselo ??

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  7. Genial. Me encanta tu narrativa. Además de que también suelo frecuentar el centro de Tlalpan y también en aras de la embriaguez total, jajajaja. Mago.

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