miércoles, 4 de agosto de 2010

La niña de los tres lustros.

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Había salido de una noche mala para entrar en otra peor. Conocí a la niña de los tres lustros cuando realizábamos un concierto mediocre pero efectivo, pues las ventas iban muy bien y todo parecía indicar un día tranquilo. En esa ocasión yo estaba, como todas las veces, sin ninguna ocupación en mi trabajo, e inventaba labores rápidas y poco cansadas para pasar el tiempo y parecer una persona trabajadora. Una de esas actividades, ideada por mi aburrimiento, fue salir a la fila de fanáticos a pedir sus e mails para organizar la rifa de unos posters existentes y un parche de batería el cual nunca existió. Salí a pedir correos electrónicos con mucha pereza y pocas ganas, pero salí, pues de lo contrario hubiera tenido la obligación de escuchar la prueba de sonido, y eso no era alentador para mis instintos.

Cargado con una hoja en blanco y una pluma prestada pedí correos electrónicos por más de una hora hasta hastiarme, pero la gracia divina siempre es fructífera y fue así como después de cientos de personas, el destino me guió a la mujer que cambió mi visión del amor. Recuerdo haberla visto con tres acompañantes más, dos hombres y una mujer, e inmediatamente resumí a esos cuatro antes en dos parejas amorosas. Yo me caracterizo por ser tímido, pero en ese momento pude acercarme tranquilo porque sólo buscaba pedir datos para una rifa inútil, pues ya tenía un ganador. Me junté con ellos sigilosamente y con una cara inocente, pedí sus datos y la contemplé como se contempla un cuadro de Seurat: a una distancia considerable para poder apreciar todos los puntos que sintetizan la obra. Afortunadamente habló y bromeó conmigo, mientras ella decía un chiste yo me fijaba en su caligrafía para después reconocer su mail y así otorgarle el premio personalmente. Me fui pocos segundos después y dejé de cumplir con mi trabajo: había encontrado un motivo para no morir fastidiado.

El resto del concierto maté el tiempo buscándola y encontrándola en cada mirada, la vi besándose con su novio y no me importó, pues pocas veces los sueños duran sólo un día. A cada paso que daba la encontraba y la perdía, aún recuerdo su blusa roja y los pantalones verdes como el poema de García Lorca. Desgraciadamente el concierto terminó pronto, la vi desaparecer fundida en un abrazo eterno junto con su novio y los otros dos compañeros. Debo reconocer que no me deprimí, pues había conseguido la presea máxima que un cobarde del siglo XXI puede ostentar: el correo electrónico de una bella dama.

La rifa se hizo la mañana siguiente, mi sombra fungió como único testigo del acontecimiento. Naturalmente el primer premio se lo di a la mujer del día anterior, los otros los otorgué al azar, señalando con el dedo mails entre las hojas borrosas. Di la noticia mediante un correo, y para mi sorpresa, la niña de los tres lustros fue la primera en contestar ilusionada por su premio. Esa misma tarde hice una cita con ella para verla un viernes y entregarle el poster. Pasamos toda la semana conociéndonos a fondo por la computadora.

La cita del viernes a las 4:00 PM pasó como debía haber pasado. Yo iba solo con mi poster y los nervios, ella acompañada por una vieja amiga. Fue en el primer momento de ese encuentro en el cual tomé conciencia de su edad, no tanto por ella, sino por su amiga. A pesar de haber hablado toda la semana por una computadora jamás mencionamos nuestras edades.

Pasado el espanto por ver a dos niñas pequeñas ante mis ojos, entregué el poster y las hice ir a una librería. Por la cara con la que recibieron la noticia pude percatarme de su nulo gusto por los libros. Un poco incómodo por el secuestro literario tomé rápido un libro de Virginia Woolf y salimos del lugar dejando atrás millones de páginas con secretos. El resto del viaje fue sólo para llevarlas a reunirse con sus madres. En el carro se hablaba poco y se escuchaba mucho, las dos niñas iban en el asiento trasero y yo me sentí como un chofer desgraciado, pues manejaba un carro pequeño.

Llegamos a nuestro destino y nos despedimos con un cálido beso en la mejilla y la promesa, profética, de un próximo encuentro. En el momento en que ellas se bajaron yo me condené, pues quedé perdidamente enamorado. Decidí acabar con la farsa musical, quité el disco y puse La traviata para trinar junto con Renata Tebaldi. El tráfico me pareció glorioso, pus podía pensar en lo inexistente. Llegué a mi casa, prendí el estero, sonó Vivaldi y me dispuse a soñar. De lo acontecido en ese sueño se habla el resto del relato.

Había caminado dos horas buscando figuritas en las paredes, la expectativa del encuentro me hacía vislumbrar dragones peleando contra más dragones y soledades peleando contra más soledades. La cita estaba programada en el Museo de Antropología e Historia. A decir verdad ella era fanática de todo menos de los museos, pero sólo pude pensar en ese lugar. La cita era sencilla, iba posar para uno de mis torpes y absurdos cuadros.

Naturalmente yo llegué una hora antes a la cita por aquella peculiaridad que tengo de ser un hombre desesperado, entre más caminaba más dragones y soledades encontraba. La niña llegó, como todo buen mexicano, con un retraso considerable, y a mi ese tiempo se me hizo como treinta horas en un espacio atemporal. Sin embargo llegó vestida con un pantalón brinca charcos azul marino y una blusa blanca que dejaba ver sus pequeños senos bien formados. Llevaba en la cabeza una balerina blanca con azul y un peinado casi despeinado, pues sólo cepilló presurosamente su larga y poco abundante cabellera lacia.  Mi primera reacción al acercarme a ella fue buscar su mirada perdida en unos ojos inocentes y por lo tanto bellos. Sus ojos veían con una mirada amorosa y compasiva; seguramente observaba detenidamente las arrugas de mi rostro, las cuales separaban nuestra edad por una grieta inconmensurable. No sé por qué, al observarla fijamente, pensaba en una virgen pintada por Caravaggio, y el sólo hecho de compararla con ella me hacía sentir un pintor importante a punto de realizar una obra maestra.

Bajé la mirada lentamente de los ojos a una pequeña cicatriz posicionada en su pómulo derecho, después la vista rodó, automáticamente, a unos labios carnosos pero poco abundantes. En ese momento hubiera cambiado el Picasso, el cual no tengo, por el contacto de nuestras epidermis. Una vez terminadas mis cavilaciones faciales la saludé tan torpemente como lo hubiera hecho un enamorado novato, ella respondió el saludo y únicamente intercambiamos unas pocas palabras. Caminamos distraídamente por las calles aledañas al museo, nuestra conversación fue torpe, pero no tanto como nuestras suaves caricias.

En el trayecto yo iba pensando en los pintores impresionistas y en la forma en la cual la plasmaría en el lienzo. Recuerdo haberle prometido una obra maestra digna de la inmortalidad, pero la verdad es que yo soy un pintor muy mediocre, y las expectativas para realizar dicha obra eran prácticamente nulas. A pesar de eso lo único importante era el momento, nosotros caminando lentamente por una calle con fuentes brotantes y las expectativas de un futuro próximo expuesto a la inmortalidad.

Poco a poco nos acercamos a mi Argos marca Volkswagen, yo podía escuchar el ruido de nuestras pisadas y los roces momentáneos. La conversación seguía siendo muy pobre, creo haber sacado a colación sus lindos ojos grandes e inocentes como de gato pardo, y ella sonreía frugalmente ante la ametralladora de mis piropos. Unos pasos después, mientras la conversación giraba en torno a la nada, llegamos al auto, lo abordamos y nos dirigimos, rápidamente, hacia mi estudio pictórico ubicado en la delegación Tlalpan.

El trabajo lo recuerdo ahora con cierta nostalgia y mucha alegría, pues ha sido el momento más importante, inusual y mágico por el que he pasado. Vislumbro claramente todos nuestros movimientos, deseos, tics y palabras. Escribirlas aquí sería difícil, pues me vería en la necesidad de describir todo un baile erótico, así que dejo casi todo en el olvido y únicamente transcribiré lo más importante.

Llegamos al estudio con unos nervios sorprendentes, afortunadamente el lugar cuenta con pocos muebles y no tropezamos con todo lo que encontramos a cada paso. En el estudio hay un viejo sillón donde han posado varias mujeres, un colchón para satisfacer todas las necesidades, dos caballetes puestos simétricamente, y muchas telas con imágenes dispersas por el piso. En las paredes sólo hay rayas que representan la belleza, y la firma, como constancia, de todas mis aventuras.

Me dispuse a bailar con su carne pero fui muy precavido para no caer en un juego sexual sin salida, mientras ella se cambiaba en el baño yo arreglaba los óleos y buscaba colores precisos para convertir su cuerpo en figura. Decidí mezclar el rojo con el rosa para crear un color carne pasional, utilicé más rojo que rosa y el resultado fue satisfactorio. Ella en ese momento dejó la niñez y se convirtió en una campesina francesa del siglo XIX. El fondo ya estaba hecho. Tenía un paisaje muy parecido al de algunas pinturas de Van Gogh, aunadas a mi limitada imaginación francesa y la descripción sobre los campos de Arles hecha por una amiga. La pintura ya tenía una choza, muchos girasoles y un pozo donde la campesina iba a depositar el agua mediante una cubeta. A mi pintura únicamente le faltaba la simetría de la campesina que en ese momento se encontraba en el baño dejando a un lado su mexicanidad para convertirse en francesa y transpolar la humanidad. El humilde secreto de la pintura. 

La campesina salió del baño cuando plasmaba un color ocre en el reflejo del cielo, llegó con aire decidido y practicando su nueva identidad. Yo la voltee a contemplar como se contempla a una campesina francesa y le dedique bellos versos en su nuevo idioma. Mientras esto pasaba el aire dibujaba con su color invisible bellos trazos hechos con amor.

Fui hacia ella y la coloqué en el pozo imaginario, la agaché de tal forma que su silueta describiera un arco y la forcé a permanecer en esa posición por tres horas. Ella no dijo nada pero todo lo expresó con un gesto. El tiempo para mí pasó rápido y a ella se le hizo eterno, ¡qué curiosa es la perspectiva del tiempo! Cuando en el cuadro ya estaba la campesina vertiendo el agua dejé los pinceles en el caballete y  me dediqué a observar fijamente su posición por veinte minutos, hasta que se dio cuenta y se enderezó para lanzarme una serie de improperios divertidos.

Yo caminé lentamente hacia ella viendo sus grandes ojos cafés y pensando en el futuro próximo. Ahora el tiempo para mí fue eterno. Cuando llegué le quité la cofia para ver sus largos cabellos, el delantal para vislumbrar sus pequeños senos, y la falda para intoxicarme. La niña no dijo nada y me dejó ser su cómplice virginal. La amé lentamente, con suaves caricias, mis manos pintaron en ella leves líneas color carne. Aunque el tiempo fue mucho, para los dos pasó muy rápido, en dos horas ella ya no tenía virginidad y yo era el hombre más feliz del mundo. La campesina ahora tenía forma inerte y se encontraba en el piso, sin silueta y desdibujada.

Descansamos cinco minutos en los cuales yo fumé un cigarro con sabor a sexo y a recuerdos. Poco tiempo después la niña se levantó  apresurada dejando un cuadro impresionista en el piso del estudio. Me miró fijamente y me dio un beso serio y tranquilo, pronunció unas cuantas palabras y se dirigió al baño para regresar al siglo XXI. Yo la esperé sentado, sin vestirme, fumando otro cigarro y viendo marcharse a la virginidad. 

Cuando regresó la vi con su pequeña balerina y pensé en su edad. Me levanté, tomé mi ropa, la utilicé, corrí hacia ella y la abracé plácidamente como se abraza a una sombra. Dos minutos después salimos virginalmente del estudio.

Ya en el carro conversamos animadamente como dos viejos amantes, viajamos a un parque de la colonia Taxqueña para caminar entre niños jugando pelota y parejas besándose desaforadamente. Fue en ese momento cuando me dijo que no quería volverme a ver. No dio razones y se alejó a la par del crepúsculo. Ni siquiera mis intentos desaforados por mantenerla a mi lado tuvieron éxito, pues esas eran sus últimas palabras.

La vi alejarse lentamente y perderse con el sol y mi vida. En ese momento no pude comprender lo que había pasado y aún, en este instante, sigo sin entenderlo. El amor sincero es el más fugaz e incomprensible. Dejé el parque a un lado, me dirigí al auto y marché hacia el estudio. Cuando llegué todo me recordó a la niña: la campesina informe en el piso, el caballete con la tela recién terminada y el baño como máquina del tiempo.

Ahora no puedo evitar derramar millones de lágrimas por lo mucho que perdí, me acerco lentamente al cuadro, veo a la campesina y le pinto lágrimas rojas. Dejo la tela en el caballete y la firmo. Me siento a empezar a escribir desde el principio esta historia. He terminado y ahora me encuentro en el momento presente con una pistola en la mano y el final del absurdo en mi mente. Cargo el gatillo, acomodo las hojas en un lugar seguro y posiciono la pistola en mi sien mientras termino de escribir estas líneas. El sueño se ha acabado. He decidido despertar…



5 comentarios:

  1. Hola Garrison, he seguido tus cuentos y tengo la duda de si son cuentos o realidades fantasiosas...

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  2. Me transportaste hasta tu estudio aunque ya no tengo quince años jejejej jijiij

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  3. Y, al despertar, la primera imagen fue de un amanecer entre la guerra, entre la muerte...

    Me gustó mucho el párrafo donde realizas la descripción de los cabellos de la chica. Pero, más allá de si es ficción o no, creo que el relato apunta al vacío existencial que recae en el ser humano cuando ´pierde.

    Sería esperanzador, pues, no resignarnos ante lo perdido.

    Saludos, me agrada tu forma de narrar.

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  4. La vision de un hombre después de un encuentro con una chica virginal... no esperaba que fuera esa, sobre todo cuando lo transfieres y es uno el que juega el papel de la niña...

    !Excelente narración!

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  5. Me gustaría amarte un poco más... me gustaría tanto sin arruinarme...

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