domingo, 1 de agosto de 2010

La fotógrafa.

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Con la pasta de la pintora en mano llamé a mi novia, le dije: nena, te invito a comer. Ella dijo, ya enserio. Enserio, dije, te invito yo solito. Le dio gusto oír aquello y llegó puntual a casa. La recibí con una sonrisa y un abrazo cariñoso. Y bien, dijo, ¿adónde iremos? Fue allí donde me entró el demonio. Pensaba: ella o yo. Si me gasto el resto del dinero adiós whisky. Pero no puedo hacerle esto, mierda, sería un gran animal. Ya la he invitado y ahora no puedo salir con algo. Entonces decidí matar dos pájaros de un tiro y la llevé  una cantina en el Centro. En las cantinas dan botana, pensé. 
  Entramos a la cantina. Era un sitio a medio iluminar. Ella dijo, mejor vamos a un restaurante. Esto es un restaurante, dije. Ella no estaba convencida pero entramos igual y me pedí un whisky en las rocas. Ella ordenó una cerveza y pedí botana. La botana era buena, en una charola teníamos todo tipo de cacahuates y dije, bueno, dale, comamos. Esto no es comida, dijo, pensé que iríamos a comer carne o pasta o mínimo tacos. El cacahuate es una fuente riquísima de proteínas, dije, cómo no va a ser comida. Bebí mi whisky de un trago y ordené otro. Ella comenzaba a enfadarse. No sé porque se enfada siempre. Dijo: ya no soporto tu forma de beber y tu patanería constante. Nena, dije, no soy rico, esto es lo que te puedo ofrecer, anda, estos enchilados están buenísimos, dije tomando un cacahuate enchilado. Ella comió cacahuates y no habló el resto de la velada. A mí no me importó, yo seguí ordenando whisky. A las diez de la noche nos corrieron y pensé, qué mierda, esto es imposible, es una cantina. Pero era muy posible y le dije a mi novia, ya ves, esto es un restaurante, por eso cierran a las diez. Ahora sí vamos a un bar. Se negó, se excusó so pretexto de la madre y nos despedimos en el Zócalo. Me dejó allí en medio de la noche. Aunque después se quejó de que YO LA HABÍA DEJADO A ELLA EN MEDIO DE LA NOCHE. Cuestión de perspectivas, le dije. Pero se puso necia y ya no dije nada. 

  El caso es que se fue. Ya, me dije, no sé qué haces con ella, es una niña. Caminé por las calles en busca de un bar abierto. Encontré uno en la calle de ¿Donceles? No recuerdo. Entré y tomé asiento en la barra. Sólo vendían cerveza. Había mucha gente, muchos jóvenes de camisa y zapatos, de esos presumidos que andan más rotos que yo pero no lo aceptan. No hablé con nadie. Odio a la gente. Las horas pasaron y el bar iba desalojándose. Al final quedé yo solo y un par de chicas ebrias. Eran lesbianas creo, se estaban besando. Me acerqué a ellas, dije: buenas, señoritas, ¿por qué tan solas? Ellas dijeron ya, payaso, siéntate aquí y dinos cómo te llamas. Les dije y platicamos un rato. Una era fotógrafa y la otra no hacía nada. La lesbiana era la que no hacía nada, me enteré después, y la fotógrafa no era lesbiana pero caía en las redes de la otra cuando estaba ebria. Todo eso no me lo contaron pero uno podía darse cuenta. La conversación ibas sobre el típico a qué te dedicas. Todo mundo pregunta eso. Como si de ello dependiera todo. Yo desviaba la conversación hacia el vamos a follar. Pero ellas insistían en cómo es eso de ser escritor. ¿Qué escribes?, decían. Yo no quería hablar de aquello. Me cansa. En serio. Y más cuando lo estoy pasando bien. Estuvimos así hasta que el bar cerró. Los tres andábamos calientes y con ganas de seguir la fiesta. Me invitaron a su departamento. Fuimos en el auto de la que no era fotógrafa ni nada. Vivía en la Del Valle, en la calle de Fresas, en un departamento pequeño pero agradable. 

  ¿Se puede fumar?, pregunté a la dueña de la casa. Llegamos en quince minutos. Se vuela en la ciudad cuando es de madrugada. No, dijo. Encendí un cigarrillo de todos modos. Oye, hombre, dije que no, dijo. Ya, dije, no pasa nada. La fotógrafa era chévere y me defendió, dijo: sí, Caro, ya, no pasa nada, yo también quiero uno. Le ofrecí uno y fumamos. Yo echaba el humo a la jeta de la lesbiana como señal de inconformidad con su apatía hacia el tabaco. La fotógrafa me miraba y dijo algo sobre echar el humo en la cara de las personas. Significa que te gusta, dijo. Coño, dije, no, ella es lesbiana. La lesbiana frunció el entrecejo y dijo, oye, ¿cómo sabes? Soy adivino, dije. Payaso, dijo la homosexual y la otra dijo: ¿enserio? Y yo pensé: cojones, no seas idiota. Sí, dije, también soy quiromántico. En eso no mentía, yo había leído buena cosa de aquello. ¿Me lees la mano?, preguntó. Claro, nena, dije. Me entusiasmé porque muchas veces la lectura de la mano es el primer paso para acostarse con mujeres. Tomé la palma de su mano y empecé: le dije tú eres sensual, sexy, caliente. Te gusta el sexo y no le temes y eres una gran mujer, libre y bella, hermosa, candente y librepensadora; una gacela. No, una gatita preciosa, egoísta, hedonista… La lesbiana me miraba celosa porque esta tía ya estaba cayendo redonda. Ya le estaba acariciando los antebrazos y los brazos y hombros y la cintura. Era una buena chica, maniquea y decidida. 

  Le dije a la degenerada que nos sirviera otra copa. Había traído dos vasos con escocés rojo y le dije que sirviera otros dos. De mala gana fue y yo me quedé con la fotógrafa y le dije eres un encanto, me gustas mucho y te deseo. Ella sonrió como pensando, eres un hijoputa, un hijoputa; ¡y me gustan los hijoputa! La lesbiana regresó con los tragos y bebimos un tanto rápido, para dejarnos de tensiones. Le dije a mi nena al oído: nos deshacemos de esta bruja. Ella contestó, también a mi oído: me levantaré al baño y me alcanas allá. Le cerré un ojo. Nos desjuntamos un poco e invité a la dueña de la casa a unirse a la conversación. Pregunté desde cuándo supiste de tu perversión. Ella dijo no es perversión, así nací. Yo dije vaya excusa, patrañas, eso no existe, no se nace, todo ellos son traumas de la infancia, no siempre acosos sexuales; una imagen que nos impactó, etc. Ella decía no, no, no, y yo pensaba, maldita gente. Ya, dije, no voy a discutir con necios, sírveme otra. Sírvete tú, dijo la machorra. No es mi casa, coño, no sé dónde está la cocina, etc. Se levantó y fue a la cocina. Yo le dije a mí chica: ¡ahora! Nos metimos al cuarto, un cuarto, no sabíamos de quién era pero había una cama y nos encerramos. La lesbiana se quedó allá fuera con el alcohol pero ya no me importaba, había bebido suficiente y con una mujer y una cama, el alcohol puede dejar de importarte, tío.  

  La fotógrafa resulto ser fetichista. Me lamía los pies y tomaba fotos de todo y yo estaba a punto de largarme porque a mí sólo me interesaba meter la polla en el coño o en la boca o el ano o la axila o cualquier orificio o vice-orificio. A ella sólo le importaban las condenadas fotos de mí con su blusa; me hizo ponerme su blusa. De mí con sus aretes y jaladas y dije: mira, nena, yo no soy ese tipo de hombre. Ella no sabía a qué me refería. Yo tampoco. Me quité la blusa y los aretes y la desnudé en un minuto y la cabalgué rudamente. A media correría escuché a la lesbiana tocar la puerta. Los gemidos le contestaron y ya no tocó. Al final me puse boca arriba y ella también. Encendí un cigarrillo y ella tomó la jodida cámara y fotografió el cuarto, a mí en el cuarto, a mí fumando en el cuarto; al cuarto  conmigo dentro fumando y rascándome las pelotas, etc.

  Salí al baño. Me topé con la lesbiana, no sé qué mierda hacía despierta a esa hora. Me dijo: no tienes educación. Yo dije: ¿dónde está el baño? Ella dijo: está bien, me bajaste a esa chica, me robaste mi cuarto, te acabaste mi alcohol y fumaste en mi casa. ¡Es hora de que te vayas! Yo dije: ¿dónde está el baño?, sacándome la pinga y dándole a entender mi indiferencia por encontrarlo, como diciendo, si no me quieres decir dónde está el condenado baño yo no tengo problema con orinarme aquí. Lo entendió. Me llevó al baño a empujones y me encerré. En el baño estaba echando una buena meada cuando escuché gritos afuera. Acabé con lo mío y regresé al cuarto. Estaba cerrado. Dentro discutían las dos mujeres. Coño, pensé, ya no importa. Me fui al sofá. La lesbiana había mentido, no me acabé el alcohol, aún quedaba un cuarto de botella y entonces sí que me lo acabé allí en el sofá y me quedé dormido. No supe cómo terminó la discusión de aquellas dos. A medio día me despertó tímidamente la fotógrafa y dijo: me voy. Yo dije: está bien. ¿Nos volveremos a ver?, preguntó. Yo dije no soy ese tipo de hombre. No entendimos. Sólo no era ese tipo de hombre y no la volvería a ver. 





Martin Petrozza

6 comentarios:

  1. jajajaja eso de llevar a comer a tu novia cacahuates a una cantina es genial, depues de todo si es comida, no???

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  2. Ahora entiendo porque puedes fumar en casa de los Pinciotti, jeje.

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  3. Eh, vamos... no pongas en evidencia a mi intento de profesión.

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  4. Hilarante, crudo, sencillo, al grado, facil de leer y muy bueno, felicidades!

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  5. Claudia Velázquez2 de agosto de 2010, 22:59

    No eres ese tipo de hombre. Eres el hombre macho y cerdo que todas odiamos y queremos al mismo tiempo.

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