martes, 31 de agosto de 2010

De los hijos.

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Tenía trece años y pregunté a mi padre por qué decidieron tener una hija. Dijo porque tu madre y yo nos amamos y deseamos compartir nuestro amor contigo. Pero pasados cuatro años de aquella pregunta, mi madre abandonó a mi padre. Se divorciaron. Entonces comprendí que todo el rollo aquel del amor pudo ser verdad para el Sr. Pinciotti, que es en general un hombre bueno y sincero, pero no para mi madre. Cosa que siempre mostró. Todos los días me demostraba que no me deseó jamás. Llegué a pensar que fui un accidente. No un accidente taxativamente hablando, sino un accidente planeado por la Sra. V., mi madre, para atar a mi padre. Para casarse, sacar algo de plata, y sólo eso. Luego dejé de pensarlo como una hipótesis y me resigné a que era verdad. La única verdad detrás del espermatozoide que alguna vez fui. No entristecí. Para nada. A los trece años yo era tan fría como un filósofo o un científico. Y como ellos me puse a investigar. Preguntaba a mis compañeros de colegio por la situación familiar de sus hogares. Los sondeaba hasta el grado de hacerlos llorar. Les metía poco a poco la idea de que sus padres definitivamente no habían planeado nada al respecto de sus nacimientos, y les convencía que todo eso era una basura. Un truco de la naturaleza para no extinguirse. El sexo es un truco de la naturaleza para no extinguirse, decía citando a Nietzsche. Nuestros padres han caído en la trampa. Más de uno vino al mundo por un descuido en el sexo. Lo decía con cara de pequeña Merlina y algunas chicas dejaban escurrir alguna lágrima. Lo he pensado y tienes razón, decían. Yo no sé si en verdad la tenía pero me encantaba hablar de eso. Sobre todo con las niñas idiotas que se creían princesas de papá. Les desmoronaba las ilusiones y les sacaba algo del serrín que llevaban por cerebro. Aunque sacarle el serrín a alguien que lo lleva por cerebro no ayuda demasiado; al final terminan con el cráneo vacío.

Dejé de hacer mío el sentimiento del absurdo del nacimiento de las personas. Y de lo falso del amor por los hijos. Se les quiere conforme el feto se gesta pero eso de planearlos, creo que muy poca, pero poquísima gente, lo hace. Estuve un par de años analizando todas las situaciones, todos los nacimientos en que yo había estado cerca. Recuerdo por ejemplo, el nacimiento de Georgy, el hijo de una amiga de mi padre. Margarte, que era la madre de Georgy se embarazó a los veintiún años y cuando yo la conocí, no hacía otra cosa que mal-hablar de su ex esposo. No creo que haya tenido intenciones de algo con mi padre, simplemente se quejaba por costumbre y placer. Aunque era demasiado joven para ser amiga del Sr. Pinciotti. Se casó a los veintidós y se divorció a los veinticuatro. La miraba pasearse en la sala de mi casa con Georgy en brazos y pujando una canción de cuna. Cuando lograba dormir al nene se iba a donde el Sr. Pinciotti. Yo la seguía y escuchaba sus conversaciones: ya no aguanto, el bebé me está matando. La historia de esta mujer era la siguiente: todo se salió de control. Tenía veinte años y era una zorra, se daba la buena vida y sus padres le advirtieron. Pero no hizo caso. Se acostó con algunas docenas de chicos y finalmente pasó: Georgy se manifestó en un cólico agudo que llegó como un trueno en plena noche de antro. Margarte se dobló del ardor en el abdomen. Joseph, nombre que inventaré para llamar al hombre que la acompañaba aquella noche (lo invento porque ella no lo recordaba), la sacó de tanto bullicio y la llevó hasta casa, donde la dejó. Cancelaron lo del antro y lo que Jospeh pensó era su oportunidad. Era la primera vez que salían juntos. Margaret pensó no era algo grave, gajes del oficio, se dijo, y adjudicó el asunto a un exceso en el consumo de alcohol y tabaco. Pero las noches de antro continuaron frustrándose por retortijones certeros, como toques de la mano de Dios. No dijo nada a nadie. Ni a sus padres, ni a ninguno de sus amantes. Era demasiado descuidada, lo confiesa; era de las que dicen: no es lo mismo con condón. Incluso noches de pasión se vieron afectadas por cólicos y mareos. No es posible, se repetía Margarte mientras se miraba el vientre al espejo una mañana de enero. Es totalmente posible, dijo el médico de cabecera. Finalmente se decidió por la opinión de un experto. Demonios, dijo, Margaret. ¡Santo cielo!, dijo la madre de Margaret. ¡Puta!, dijo el padre de Margaret. Y el padre de Georgy no dijo nada. No lo dijo porque Margaret ni siquiera sabía quién diablos era el padre. Cómo que no sabes, ¡puta de mierda!, gritó el padre de Margaret. Eso gritó textualmente, según contó al Sr. Pinciotti. Escucha, hija, para que aprendas, me decía a mí, que contaba la edad de doce o trece años. No iba a imaginarse que yo acabaría siendo tan zorra como Margaret. Mi padre solía repetirme: copia lo bueno de las personas, no lo malo. Y eso hice. Copié lo bueno y no lo malo. Es decir que copié lo libertina y deseché lo idiota. Tanto que a los veintidós años, cuando tomé pleno control de mi vida sexual, se convirtió en un ritual la protección contra el embarazo. Lo hice casi religiosamente. Obsesivamente. Me atemorizaba procrear al grado de la desesperación. Soy capaz de diez abortos antes que parir un niño no deseado. No lo hago por el niño, lo hago por mí… Pero la cosa con Margaret siguió: su padre, más calmado, le advirtió que encontrara al progenitor antes del alumbramiento. Margaret, de ser la princesa de la noche de antro, la musa encantadora y de futuro prometedor, terminó siendo una paria. Nadie quiere a una madre soltera por guapa que sea. Una madre no es divertida. Y menos a la edad de veintiún años. Y si es soltera significa que fue una zorra sin cerebro. O una mujer demasiado lenta para creer en las promesas de un príncipe azul, o para creer en el amor. Hay otros casos, justificables, pero en general son los anteriores. Todo eso me pensaba y por ningún motivo deseaba estar en alguno de aquellos casos. 

Margaret se propuso buscar un salvador. Y lo hizo. Literalmente consiguió enamorar a un hombre llamado Salvador. De verdad. ¿Cómo lo hizo?, muy fácil. Salvador fue engañado. Fue seducido por una falsa mujer sumisa, tierna, adorable, de fuertes principios morales. Esto último es importante. Le dijo a Salvador: mi amor, ¿de quién más va a ser hijo si yo sólo te amo a ti, y sólo tú me has tenido? Claro que Salvador no era tan estúpido. Lo dudó por más de tres meses. Pero dije: no era TAN estúpido, pero a fin de cuentas era lo suficiente. Margaret logró hacerle creer el cuento. Y se casaron en la iglesia del sagrado corazón de Jesús de no sé qué basura. En un pueblo. Salvador era un hombre de origen pueblerino, cuyo padre estaba forrado de pasta por la venta de ganado exportado a Estados Unidos. Salvador vino al Distrito a estudiar Economía en el Tecnológico de Monterrey. Pudo hacerlo en Monterrey pero algunos se creen que la ciudad de México es la gran cosa, y lo hizo en el campus Ciudad de México. Era un joven de botas y sombrero. Llegó a la boda en un Mustang pura sangre al que llamaba El mesteño Georgy. Era un caballo precioso que heredó de un tío abuelo y con el que se encariñó sobremanera. Lo amaba. Llevaba la foto del mesteño Georgy en la billetera y te la presumía cuando la cerveza se le subía a la cabeza. ¡No me digas que tu hijo se llama así por el caballo!, dijo asombrado el Sr. Pinciotti. Así es, contestó Margaret asintiendo con la cabeza exageradamente, como diciendo: por esa reverenda tontería… O sea que la pobre estaba jodida enserio. Tenía un hijo al que no deseaba,  con un nombre ridículo. No por el nombre, sino por lo del caballo. ¿Y luego?, dijo mi padre que estaba interesado en la historia. Nos casamos, dijo Margaret, y mi padre pudo salvar su honor de la deshonra. Mi madre jamás me perdonó. Trataba bien a Salvador y nunca dijo nada pero dejó de hablarme. No de dirigirme la palabra, eso sí lo hacía, para ordenarme cosas o para reclamarme hasta el hartazgo, pero dejó de hablarme como a una hija. A eso me refiero. Ajá, dijo el Sr. Pinciotti, entiendo… Y si ocultó lo del apócrifo embarazo no fue por gusto. Lo hizo porque mi padre la amenazó de abandono si soltaba una sola palabra. No voy a vivir en una familia disfuncional, decía. Prefiero abandonarlos a todos e irme a una isla antes que vivir con una familia manchada por la lujuria y el pecado. 

 El padre de Margaret era un exagerado. Era un paranoico de las apariencias. Prefería ver a su hija sufrir, y a su esposa, que soportar los rumores de la sociedad. Y Margaret no era distinta, aunque se quejaba de su padre, no era distinta. Al Sr. Pinciotti le contó la verdad porque eran amigos, pero si la mirabas en sociedad, se decía contentísima del regalo de Dios que es su hijo. Y si le preguntas por su esposo te echaba un cuento de lo mucho que lo amaba y todo eso. Su vida era una mentira total. Tenía veintitrés años y era una mujer deshecha por la vida. Y por su ninfomanía. Y ese era el caso de miles de personas que yo analizaba. Casos similares. Te ves a las madres sumergidas en el éxtasis de la felicidad por sus bebés, pero en el fondo, es mera resignación. No digo que no amen a sus hijos. Lo hacen con el tiempo, en el mejor de los casos. Pero eso me parece tan hipócrita como cualquier bajeza. Margaret no pudo más. No amaba a Salvador y no pudo más. Salvador no ofrecía a Margaret absolutamente nada que ella buscara. Era cariñoso y un buen hombre, incluso era bueno en la cama, decía, tenía maneras bruscas, pero saber que no era el hombre de su vida, y sobre todo, saber que había tantos hombres más, la deprimía. Cuando esas ansias de tener más hombres dentro que no fueran el mismo noche tras noche, se manifestó, Salvador sacó todo lo macho y posesivo de su sangre campesina. Era un tirano, dijo Margaret. Todo el teatro de puritana se le cayó a la mustia cuando Salvador la encontró con el pene en la boca. El pene del capataz. Cuando se casaron salvador y Margaret se fueron a vivir a un rancho en Monterrey. Un lugar desolado y aburrido como ninguno, dijo Margaret que había regresado para contar sus penurias. Y como no tenía mucho de dónde escoger… Le pareció buena idea liarse con el capataz. ¡Con el capataz!, gritó Salvador una y otra vez: ¡Con el Capataz! Salvador exigió el divorcio inmediatamente. No sin antes darle la golpiza de su vida a la pobre de Margaret. En esta parte lloró. Estaba contándolo a mi padre, el Sr. Pinciotti, y soltó uos lagrimones. Mi padre la consolaba pero no era suficiente. Yo pensé que ya no contaría el resto pero así como se soltó a llorar: sin preaviso, se soltó con el rollo: regresé a casa de mis padres. Salvador me entregó. Le pedí de favor que no contara lo del capataz pero se negó. Dijo ser un hombre de honor y no iba a permitir que su nombre y apellido se vieran manchados por una mentira. El Sr. Pinciotti tosió en esta parte. Lo que continuó me arrancó una carcajada: Salvador acusó a Margaret de haberlo engañado con Rubén. Entonces Margaret se defendió: yo jamás lo hice con Rubén. Ahora lo niegas, dijo Salvador enfurecido. No, dijo, pero fue con el capataz, no con Rubén, dijo Margaret ingenuamente. Ni su nombre sabía, como siempre. ¿Qué va a importar el nombre del hombre al que te estás tirando? ¡El capataz se llama Rubén!, dijo Salvador. Finalmente la abandonó con todo e hijo. Salvador lloró por Georgy pero apuntó que un niño  siempre está mejor en brazos de su madre. Salvador era un hombre de cojones. Noble, pero de cojones. 

Aquí acaba la historia de Margaret y comienza otra. La de mi padre. Los padres de Margaret no la aceptaron en casa. ¡Por puta! Le dijeron a todo mundo que seguía casada allá en el norte. Y vino a pedir asilo al Sr. Pinciotti. 

2

Mi padre, que es un ángel, le concedió dos semanas para buscar un empleo. O sea que no es ángel. El payaso le dijo: consigue un empleo porque en mi casa no viven arrimadas. Y me pagas renta, dijo. Yo lo sabía: quería dar una lección a esta mujer. Margaret se acercó a mí y pude saber qué clase de mujer era. Era una manipuladora. Pero una mala manipuladora. No era amiga de mi padre como me contó al principio, sino que mi padre y el suyo, eran amigos. Y ella nunca habló con el Sr. Pinciotti más allá de un saludo. Y ahora venía a pedir hospedaje. Mi padre prometió a Margaret no decir nada a sus padres siempre y cuando siguiera las reglas de la casa. Las reglas de la casa son más que las reglas religiosas del islam, dije. Por ejemplo, está prohibido meter chicos. Meter animales que suelten pelo por toda la casa. Fumar. Beber. Llegar después de las diez. Dar tu número telefónico a desconocidos… Yo iba seguir pero noté que Margaret no ponía atención. No le importaba. Estaba ideando un plan. Yo lo sabía. Margaret era del tipo de persona que evita toda responsabilidad. De los que jamás hacen nada que alguien les diga o pida o imponga. No lo hacen por rebeldía. Lo hacen en automático. Cuando vas a desobedecer alguna regla, tienes que estar segura que hacerlo te beneficiará en algo. Es como invertir dinero. Si la ganancia por romper la regla o llevar la contraria, no es mayor a la consecuencia, es un mal negocio. Margarte hacía malos negocios todo el tiempo. Con lo del codón, por ejemplo. El precio que pagó es más alto que el placer obtenido. Todas las posibilidades de perder eran suyas. Yo rompía reglas todo el tiempo pero siempre ganaba. No era tan imbécil para ponerme la soga al cuello. Entonces dejé que pasara lo inevitable. Corrieron las dos semanas que mi padre dio a Margaret para arreglar su vida y no lo hizo. Mi padre es muy estricto en eso de hacer tratos. Margaret se excusó por no saber hacer nada. En eso no mentía. No sabía hacer nada. Sólo coger y chupar penes. ¿De qué me voy a emplear si no sé hacer nada? Terminó la preparatoria pero no ingresó a alguna universidad. Se embazó y ya no hubo tiempo. Se caso y el tiempo de estudiar definitivamente se le fue de las manos. Y nunca había trabajado en algo. En cierta forma tenía razón: ¿cómo iba a obtener un empleo? El Sr. Pinciotti entendió aquello y le facilitó aún más la vida. Le dijo, preséntate en mi oficina mañana a las nueve. ¿Usted estará allí?, preguntó Margaret. Claro, dijo, te contrataré para algo, ¿sabes tomar notas? Creo que sí, contestó Margaret. Luego insistió: ¿Usted estará allí? Sí, claro, repitió mi padre. ¿Me puedo ir con usted para llegar puntual?... Margaret se refería a salir de la casa junto con mi padre e ir en su auto. Tenía sentido. Pero mi padre es estricto. No, dijo, tendrás que salir antes si quieres llegar. Así que la pobre Margaret debía levantarse dos horas antes que mi padre y salir en medio de tanto frío y caminar y caminar hasta encontrar algún transporte público. Pide un taxi, le dije y le extendí la tarjeta de los taxis. ¿Cuánto cobran?, dijo. Como trescientos pesos, dije, no creo que más, y eso por el tráfico lento. No puedo pagarlo, dijo. ¿Cómo?, dije. Pensé que Salvador la había abandonado pero no así, sin un quinto. Tenía sólo lo necesario para sobrevivir un mes. O menos. No puedo creer que tus padres te echaran así. Me odian, dijo, de verdad me odian. Toma, dije, dándole quinientos pesos. En el fondo sabía que no volvería a ver mi dinero pero vi una película donde un joven pierde la amistad de un chico por un préstamo, y un hombre sabio le dice: no te preocupes, no era tu amigo y te salió barato. O sea que en todo caso, deshacerme de Margaret me costó quinientos pesos. Una ganga. Eso la obligó a irse. Me debía dinero que no podía pagar. Es increíble pero cierto. Aquella mañana tomó en brazos al pequeño Georgy, tomó el dinero, y se fue… No llegó a donde mi padre. Jamás la volvimos a ver. No estaba dispuesta a pagar el precio de trabajar. Mal negocio. Rompió el trato con mipadre como si eso le conviniera en algo. Era idiota o algo. 

 Pregunté a mi padre si haría algo por ella. No, dijo, no es mi hija. O sea que sólo quieres a tu hija, dije. Sí, dijo y me abrazó. Yo a ti jamás te abandonaría, bebé. Y me abrazó más fuerte. Mi padre me quiere con el alma y yo a él. Pero tenía que saberlo y pregunté rompiendo con todo lo bello del momento: dime la verdad, ¿me planeaste? Lo pregunté enserio y el Sr. Pinciotti lo notó. Tuvo que decir la verdad. Dijo: no, pero te amo con todas mis fuerzas y jamás te dejaré sola. Gracias, padre, dije y lo supe: yo tenía razón. Ahora que lo sé no me afecta en lo mínimo. Pero me enferma que la gente mienta con respecto a eso. Yo por ningún motivo deseaba hacer algo así a mi hijo. Es decir, si llegase a tener un hijo, no quisiera que fuese el error de mi vida. O el ya qué de mi vida. Pero preferiría no tener un solo hijo. Soy demasiado egoísta para compartir mi vida con alguien que no sea yo. Prefiero ser egoísta que una hipócrita resignada.  


11 comentarios:

  1. qué niña te escuchas, jaja. no te preocupes, un día de estos, sin querer, madurarás

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  2. No veoporque inmadura al contrario sabe lo que quiere y no se anda con menriras. la gente siempre cree que todos piensan como uno, y cuando descubren que alguien piensa diferente, se asustan o no lopueden creer, piensas que algun dia la otra persona acabara pensando como todos. eso es ser inmaduro.

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  3. Luego luego se nota que es la visión de alguien que no ha experimentado el tema.
    Para escribir literatura, primero tienes que haber vivido lo que escribes, en cierto punto.

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  4. Dos cosas: Ni leí perdí el tiempo leyendo este texto, ni considero que lo que escribes sea literatura. Por principio de cuentas, un escritor —hablo de uno que verdaderamente sea capaz de distinguir una oración subordinada de un intento de coordinación— (me parece), debe considerarse apto como para puntuar correctamente, entre otras cosas...

    Sí, un anónimo que lejos de adularte comenta para que replantees tu sintaxis.

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  5. No tienes que tener un bebe para sber que no quieres tener un bebe, eso estupido y de es lo que planeta el relato. eso es para el que dijo que debe experimentar lo que escribe.

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  6. Y si ni lo leiste ni perdiste tu tiempo, entonces porque opinas! para opinar hay que leer.

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  7. Me encanta como terminas el texto de los hijos " Soy demasiado eg..... Prefiero ser egoísta que una hipócrita resignada. Es una gran rúbrica de honestidad

    Sublime!!!!

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  8. O_O no quisiera hijos no planeados.

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  9. Replica, lupis: No se necesita terminar de leer esto para darse cuenta de lo pobre que resulta el primer párrafo, nomás...

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  10. Muestra un texto tuyo, Anónimo. A ver qué tal.

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  11. en el mismo textomenciona que tenía poca edad!!! no leeen o que!!

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