domingo, 15 de agosto de 2010

Carolina.

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El resultado de un error puede ser la felicidad. Enserio. Carolina me llegó como un condenado error. Un error de ella, por supuesto. Yo sabía que la pobre se aventaba al vacio irremediablemente. Dejó a su novio y se mudó a vivir conmigo. Yo tenía una reputación de cabrón. Es decir, que yo siempre salía mal con las mujeres. Nunca he dejado a una mujer. Todas, tarde o temprano, me abandonan. Y nunca me ha interesado recuperar alguna. Las mujeres van y vienen, me decía. No significa que tuviese demasiadas mujeres. Aunque había gente que lo creía, yo en realidad no pasaba de una semana o dos con una chica, y entonces te creías que era un Don Juan porque seguido cambiaba el modelo. Sin embargo, no había nada más equivocado que aquello. La verdad es que con algunas no llegaba ni a segunda base. Yo ni siquiera les rogaba demasiado. A Caro, por ejemplo, jamás le bajé el Sol y las Estrellas. No entiendo porqué se enamoró de mí. Y no me interesaba entenderlo. Me dijo: te amo y quiero vivir contigo. Me lo  pensé y le dije las cosas directo: no tengo empleo. No tengo pasta. No tengo nada. Eres escritor, me dijo. Sí, nena, eso soy. Ella creía más en mí que yo mismo. ¿Tienes pensado algo?, le pregunté. Caro era una mujer metódica. Tenía todo bajo control. Si a Caro se le metía en la cabeza la idea de hacer algo, lo hacía. No importa cuán difícil sea, todo se puede lograr, me decía Caro. Y su plan era el siguiente: tú escribes y yo trabajo. Trabajaré para llenar esa nevera que llamas refrigerador, dijo. Y te ayudaré a colocar tus textos en alguna revista o algo. Es un buen plan, dije, dando una bocanada a un cigarrillo. Yo estaba sentado en el sofá de mi casa y ella daba vueltas por la estancia mientras me contaba lo maravilloso que puede ser la vida si me entrego un poco. Iba y venía y agitaba los brazos. Decía: verás que en menos de seis años serás famoso. Yo reía. En verdad esta tía está loca, pensaba. Pero de alguna manera me contagió de energía. Me levanté del sofá y la alcé en brazos. ¡Te amo!, dije. 

Bien, pues Caro se mudo algún día. No soy de los que recuerda fechas. Enserio. A veces ni siquiera recuerdo que mi cumpleaños fue la semana pasada. No me interesa demasiado eso de cumplir años. El caso es que Carolina llegó a mí en forma de salvavidas. Sólo tenía un problema: mi novia de diecisiete años. Es cierto que la cosa ya no iba my bien con ella. Siempre discutíamos por todo: por mi forma de beber, la madre, mi desinterés ante la vida social, la comida, porque yo no era capaz de citarla a una hora, y llegar a esa hora. Por un montón de cosas. Y cada vez nos veíamos menos. Ella siempre sacaba el pretexto de la madre, y yo siempre sacaba el pretexto de la resaca. Madre no me deja salir a esa hora, decía ella. Son las dos de la tarde, nena, tengo resaca, te veo a las nueve, decía yo. Y ella regresaba a lo de la madre. Era un círculo vicioso. Así que me armé de valor y la cité en el Café La Selva. Ella llegó puntual y yo como siempre, no. No sé qué se trae la gente con eso de la puntualidad. Es igual. El caso es verse con alguien. Pero ni mi novia ni muchas otras mujeres entendieron eso jamás. ¿Y bien, dijo mi novia, de qué quieres hablar? Encendí un cigarrillo y en medio de una nube de humo lo escupí: no nos veremos más. Ella tartamudeó y me pidió explicaciones. Creo que lo nuestro no va a ninguna parte, dije, tienes diecisiete años, linda, y yo necesito una mujer de tiempo completo. Se mordía los labios. Se puso roja. Creí que iba a soltarse en llanto. En serio. Pero sólo dijo: ¿quién es ella? ¿Quién es quién?, pregunté haciéndome el inocente. Tienes otra mujer, ¿no?, una de TIEMPO COMPLETO, dijo. Ya dije, mirá piba, te quiero, maja, pero necesito más tiempo para mí. Le hablé en argentino porque así le gustaba. ¿Ya no me quieres?, preguntó. Te quiero, linda, enserio, pero tengo necesidades y… Ya dijo, entiendo. Me sentí bastante mal. Llegué a creer que yo no amaría a nadie y que los sentimientos no se me daban bien pero dejarla me rompió el corazón. De verdad. Hice cuentas de todos los momentos juntos. Como un condenado gilipollas, recapitulé en mi mente la vez que me ayudó a cuidar al hijo de la amiga de Sharon. Aquel día me dejó. Luego regresamos pero casi me deja de nuevo. No le agradó verme comprar cerveza. O cuando le propuse cogerse a un negro, al negro Jefferson. Cuando la acompañé a comprar la litografía para madre. Cuando se volvió loca por la filosofía zen. Todo eso, ya se sabe, inevitablemente le pega a uno. ¿Me quieres?, repetía. Sí, sí, te quiero, es sólo que… No sabía qué decir así que dije: ya sé, vamos por un trago y allá te explico. Enfureció. Entonces recordé su afán de convertirme abstemio y me envalentoné. Tú nunca quieres hacer nada de lo que a mí me gusta, dije. ¡Es qué a ti sólo te gusta beber!, gritó. Pues ya ves, ¡no te gusta!, dije. Se calmó. Sí me gusta, dijo, pero no todos los días, también hay otras cosas en la vida. ¿A sí?, dije, ¿cómo cuáles? Podemos ir al cine, contestó. El cine es una mierda, dije, enserio. Supongamos que voy al cine contigo, ¿qué película veríamos? Comenzó a pensar.  Podría ser alguna de acción, dijo, o una comedia, o… ¿Qué película que no sea una MIERDA, veríamos?, la paré. Ese es tu problema, dijo, que todo te parece una mierda. Pues todo es una mierda, dije: el cine, los antros, los autos, un empleo, luchar en la vida, todo es una puta mierda. Ella enmudeció. Yo encendí un cigarrillo. ¿Y bien?, dije, ¿eso es todo? Me miró por un par de segundos y dijo: vamos por un trago pues. Así se habla, dije, mueve ese culo. Pagó la cuenta de los cafés y nos fuimos a mi bar favorito: La Puerta Negra. Es mi bar favorito porque en las mañanas no hay gente. No hay una sola alma. Y si la hay, es un alma destrozada, como la mía. Y además, no hay música. Así que puedo sentarme a beber una cerveza y escribir imparablemente. Aunque para mi novia era el peor de todos los bares. No te gusta precisamente por todo lo que a mí me agrada, le dije. ¿Por qué no hay música?, dijo, ¡es un bar! No, nena, no es un bar cualquiera. Es el mejor bar, dije. Y no hay música porque yo no sé de dónde coños sacas que debe haberla. Es mejor así. Puedes estar solo contigo mismo. Como en el Zen. Hizo una mueca y ya no se quejó. 

 Llegamos al lugar. La puerta estaba cerrada. Era literalmente una puerta negra y no era un bar. Era una casa. En el patio habían colocado algunas mesas y te lo podías pasar allí todo el día y toda la noche sin ser molestado. Era un bar clandestino en una colonia perdida así que no llegaban muchos. Mi novia dijo qué bueno, está cerrado. Reí. No, amor, sabes que no. Ella lo sabía perfecto pero quería joderme un poco. Por el interciso del zaguán salía un cordón. Jalando el cordón se accionaba la chapa y se abría la puerta. ¡Ábrete Sésamo!, dije y jalé el cordón. Entramos. Estaba vacío y silencioso. Como el viejo oeste. Nos sentamos en una mesa y una señora gorda y morena tardó varios minutos en acercarse. Dos cervezas, dije. No contestó. Se llevó toda su gordura a por las cervezas. También trajo limones y sal. Excelente, dije. Mi novia comenzó: ¿y bien?, ¿ya no me quieres de verdad? Yo había dejado toda la melancolía y toda la culpa en el Café así que le dije: no, nena, ya no. No más. Y di un largo trago a mi botella. No te creo, dijo. Bueno, dije, no me sorprende, nunca me has creído nada. Yo te quiero mucho, dijo, no me imagino sin ti. No seas cursi, Dios, dije. Te lo juro, dijo. Todo lo decía en un tono apagado. Como muy tranquila. Como ocultando la histeria. Y en ese tono le seguí la conversación. En catorce días cumplimos un año ocho meses, dijo. Dios, dije, ¿tanto me has aguantado? Sí, dijo, y te pienso aguantar mucho más, TODA LA VIDA. No sabes lo que dices, contesté, eres una niña. Aquí se molestó bastante pero se contuvo. Mantuvo el tono indiferente. ¿Y si soy una niña porqué andas conmigo? Todo lo decía en presente. Como olvidando que, prácticamente, en ese momento yo la había dejado. Verás, un tiempo me gustaron las niñas, ya sabes, las menores de edad son tentación. Yo todo lo decía en pretérito, dando a entender que lo nuestro se había acabado. O sea que sólo ANDAS conmigo porque soy una menor y me quieres coger, dijo. No, dije, yo TE QUISE realmente, no sólo por eso. Eso me alegra, que me QUIERAS. Verás que todo irá mejor. Sí, dije dando un trago a la cerveza, todo nos irá mejor. Sí, NOS IRÁ MEJOR, dijo. Sí, dije, yo estorbo demasiado y te irá mejor sin mí. Aquí calló. ¿Hay alguien más?, preguntó. Dime la verdad. No, nena, no es eso. He pensado en todo lo que me dices y tienes razón. Yo sólo soy un borracho de mierda, no te merezco. Movía los ojos rápido. Sabía que ella me había gritado mil veces: borracho de mierda. Pero lo decía en broma, dijo, yo te quiero. Y yo a ti, pero no me parece justo joderte la vida, dije. No me la jodes, me haces feliz, contestó. No mientas, dije, no tiene caso. Y así estuvimos unas cuantas horas. En el estira y afloja. Yo me pedí más y más cervezas y ella también. No solía hacerlo. Generalmente yo me pedía cuatro cervezas por cada una de ella. Acabamos sabrosos y me prendí. Dejamos de hablar del tema un rato y ya estábamos riendo. Nos divertíamos recordando cosas.  ¿Recuerdas cuando madre nos miró haciéndolo en mi cuarto?, dijo. Sí, dije, aún me duele el brazo. La bruja me sacón a golpes. Y reíamos sin parar. Algo pasó, se encendió la magia o algo. Vamos a tu casa, dijo, quiero hacértelo en el viejo sofá. Vamos, dije. Pagó las cervezas y salimos. Pero justo saliendo lo recordé. Me vino de golpe: las cosas de Caro están justo en ese sofá. Vayamos a otro lado, dije, ya me cansó el viejo sofá. ¿A dónde quieres ir, nene?, me dijo. Andaba en plan de complacerme. A donde sea menos allí, dije. 

 Terminamos en un parque de C.U. No era un parque. Era más bien un área verde. Hicimos el amor bajo árboles y arbustos y dormimos hasta la media noche. Hacía un frío del infierno. Entonces despertó histérica y dijo tengo que irme, madre me matará. Dios, dije, está bien, adiós. ¿Adiós?, preguntó. Ya, dije, hasta luego, te quiero. Yo estaba perdido en mi sueño. ¿Me acompañas?, dijo. ¿Mierda, a dónde?, pregunté. A tomar un taxi, o algo, tengo que irme y está muy oscuro. No pasa nada, linda, vete con cuidado eso sí, dije. ACOMPÁÑAME, decía. Yo realmente no quería levantarme. Luego de discutir media hora se fue. Lo último que dijo fue: ¡borracho de mierda! La escuché gritar a la distancia. Yo me quedé unas horas más tirado en la Tierra. 

2

Llegué a casa y allí estaba Carolina. Parada y con una sonrisa enorme. Me vio llegar y corrió hacia mí. No puede ser, pensé, la pobre está viviendo un amor de película. En su cabeza. Corrió hacia mí como en las películas y supongo que deseaba ser cargada y la vuelta y todo eso. Pero yo la esquivé. La esquivé para que no me tirara con la fuerza de su cuerpo, y la tomé entre brazos pero sin energía. Yo venía con resaca y pasto en todo el cuerpo. Frunció el entrecejo y sacó los labios. Dijo: ¿dónde andabas? Por ahí, dije. ¿Dónde?, dijo con las ceja más torcidas aún y los brazos cruzados. Por ahí, mierda, no lo sé. Ande, Sr. Escritor, dígame dónde paso la noche, dijo Caro jugando. ¿A caso no me quiere decir porque es el tema de su próxima novela? Mierda, no es eso, andaba por C.U. Ella jugaba pero yo le contestaba serio. ¿Y cómo es que lo agarró la noche allí? La vida de un escritor es un misterio, dijo. Sí, dije, es un puto misterio la vida de todos. La vida en general es el mayor de los misterios. También es filósofo, Sr. Escritor, dijo Caro. Todo esto lo decía mientras yo abría la puerta de la casa. Era muy temprano. Entramos y me tiré en el sofá. ¿Quiere algo para desayunar el Sr. Escritor?, preguntó Carolina. Dios, no, dije. ¿No?, dijo incrédula. Puedo ir a por una hamburguesa mientras descansa un poco, Sr. Escritor. Mierda, dije, deja de llamarme Sr. Escritor. Se le acabó el entusiasmo. Se sentó a mi lado y me acarició el cabello. ¿Qué tienes?, dijo. Le expliqué que no tenía nada, sólo resaca, simple, sencilla, común y corriente resaca. Insistió en comprar las condenadas hamburguesa y tuve que decir sí quiero para que se largara por ellas y me dejara dormir. 

 Mientras ella fue por aquello yo pensé: no seas un gilipollas, tío, Carolina sólo quiere ser amable. Sí, me dije, tienes razón. Y me levanté. Me di una ducha de tres minutos y puse la mesa. Poner la mesa quiere decir que puse un par de latas de cerveza sobre ella. Cuando Caro regresó todo estaba listo. Me dio mi hamburguesa y ella tomó la suya. Comimos. 

 Parte del maravilloso plan de Carolina era dejar su actual empleo y buscar uno de medio tiempo. Ella también quería gozar de la vida. Con el mínimo de sueldo podríamos vivir tranquilos. En aquel entonces yo no pagaba renta. No es que no me la cobraran, sencillamente no la pagaba. Y no parecía importarle a nadie. Así que con lo mínimo Carolina procuraría alimentos y bebida. No necesitamos nada más, decía ella. Si tú lo dices, decía yo. Otro punto importante de su plan era que yo terminara con mi novia cuanto antes. Cosa en la que fracasé. Y ella dejaría al bueno de su novio. Así que en el desayuno aquel me preguntó: ¿ya la dejaste? Sí, dije mordisqueando la carne que se había salido de entre los panes. ¿Y tú?, pregunté. Tardó unos segundos en responder y lo supe: está tía no ha dejado nada. Pero dijo que sí. No me cabreé. Yo también había mentido. 

3

 La primera semana lo pasamos en grande. Ella dejó el empleo y tomó un tiempo para encontrar otro. No le resultaría complicado, los trabajos de medio tiempo abundan. En esa semana yo vi a mi novia una sola vez. Ya no traté de abandonarla. Ella me trataba de lujo porque sabía que nuestra relación atravesaba una situación crítica. O sea que todo esto me convenía a lo grande. Lo que me preocupaba era Andrés. Así se llamaba el novio de Carolina. Venía a buscarla a mi casa. Carolina se escondía y yo lo recibía. ¿Por qué no sales tú?, le decía yo. Porque está enajenado conmigo, dijo, ya no lo soporto. Oye, Andrés, le pregunté una ocasión de aquellas donde iba a buscar a Carolina, ¿por qué coños vienes a buscarla aquí y cómo sabes dónde vivo? A Andrés le conocí en un bar, junto a Caro, pero jamás lo traje a mi domicilio. Me confesó que había seguido a Carolina y la vio entrar aquí. Ya, dije, pues sí. Andrés no se enojó porque él sabía que ella y yo éramos amigos. ¿Y por qué no la llamas para saber dónde está?, pregunté. No me contesta, dijo, ¿sabes?, creo que quiere acabar lo nuestro. El pobre estaba inconsolable. Andrés tenía planeado casarse con Caro. Estaba a punto de proponérselo cuando aparecí en su vida y Carolina decidió escapar conmigo. Yo antes había escuchado cómo Andrés estaba feliz por la boda. Ahora deseaba aprovechar la ocasión para contarme cómo todo estaba deshecho. Insistió en pasar. Lo pasé y se sentó a la mesa. ¿Quieres una birra?, dije. Sí, dijo. Le acerqué una. Carolina estaba escondida en el baño. Andrés comenzó con un lánguido discurso. Se lamentaba. Carolina ya no me quiere, decía. Lo sé. No tiene que decírmelo. Ha dejado el trabajo para no verme. Carolina y Andrés trabajaban en el mismo sitio: un banco. Eran ejecutivos de cuenta o algo. El rollo continuó por la línea de los lamentos un rato más hasta que Carolina no aguantó y salió. ¡Carolina!, gritó Andrés. Y Carolina fue al grano: se acabó, Andrés, ya no te quiero, lárgate. Hasta ese entonces no había visto a Caro tan cabreada. En dos segundos acabó con él. Y con su vida. Allá tenía un futuro, un empleo, un seguro de auto y un auto. Ahora sólo le quedaba yo y la literatura a la que me aferré como gato montés. 

 4

 Carolina resultó ser un sargento. Obtuvo un empleo de medio tiempo haciendo llamadas de servicio para una empresa. Trabajaba de 2 a 8 de la tarde. De lunes a viernes. Y ganaba realmente poco pero incluso ese poco, se notó en la casa. Cambió algunas cosas y metió floreros y plantas. Llenó la nevera de postres y cerveza. Frutas y verduras no. Siempre me dejaba algo congelado para comer. Trajo un horno de microondas y allí preparaba mi comida cuando ella estaba llamándole a miles de personas para preguntar alguna cosa sobre algún producto. Decía todo mundo me manda al carajo. Y es que al final debía vender a los clientes un seguro de vida o algo. Yo no entendía bien la cosa. Pero al final debía vender algo. 

 Caro se levantaba todos los días a las siete de la mañana. Enserio. Era una lata. Se levantaba y me decía: despierta, flojo. Lo decía cariñosamente. Era demasiado cariñosa. Yo le decía: mierda, no jodas. Y ella: anda, nene, abre los ojitos. Y yo: qué no, tía, ¡qué me pesan las pelotas! Pero luego se ponía dura también y me levantaba forzosamente. ¿Y para qué me quieres despierto, joder? Porque eres escritor y los escritores ESCRIBEN, decía. Sí, pero no cuando ¡DUERMEN!, decía yo. Ella estaba loca enserio. Me hizo un plan de trabajo. De siete a ocho debía levantarme, ducharme y desayunar ligero. Yo no desayuno, le decía a Caro. No desayunas ni comes ni cenas, decía, no sé cómo sobrevives. Luego de ocho a nueve debía hacer ejercicio. Dios, ¡no!, grité. Odio el ejercicio con toda mi alma. Te acostumbrarás y se te hará un hábito, decía.  De nueve a tres debía ponerme a escribir. Sin hacer otra cosa. Únicamente escribir. Ese es tu trabajo, decía. Y de tres a cuatro debía comer. Luego regresar a escribir hasta las seis. Estás loca, le dije, enserio, así no son las cosas. Un escritor escribe cuando le da la gana, no en un horario de oficina, Dios. Pero ella era terca. Decía: eso está bien para los escritores mediocres, tú serás un profesional. Coño, tía, contesté, escribir no es un deporte, no debo tener condición ni ser un profesional. No sirve de nada que escriba como enajenado si no tengo ganas de hacerlo. Pero no entendía. Todas las mañas a las siete en punto era lo mismo: flojo, abre los ojitos. Maldición. Era una pesadilla. Enserio. Me jodía las pelotas sus maneras cariñosas y cursis. ¡No tengo ojitos!, le grité una vez. Son ojos, condenados ojos, OJOS, como los tuyos y los de todos, puñeteros O-JOS, y abría los ojos exageradamente. Luego de ocho a nueve se enfundaba en un ridículo traje de colores. Un traje de aeróbicos. Y me obligaba a brincotear con ella. Nena, me niego rotundamente a brincar de esa manera. Lo hacía abriendo y cerrando los brazos en el aire. Y las piernas. Yo encendía un cigarrillo y me echaba en cama a ver como se le movían las tetas. Tenía su lado bueno. Los enormes pezones de Caro se asomaban y yo me ponía sabroso. En esta parte no era tan estricta conmigo porque me iba sobre ella y le hacía el amor. Pero a las nueve me llevaba de la mano hasta la mesa y me dejaba allí con la libreta. Es hora de escribir, decía. No tengo ganas, mujer, decía yo. Escribe algo, anda. Pero yo en verdad no tenía ganas y no sabía de qué escribir. Se colocaba detrás de mí. Yo estaba en la silla, a la mesa, con la libreta enfrente y ella detrás de mí. Anda, decía, escribe. Se pensaba que escribir es como trabajar en una fábrica. No sé qué escribir, Caro, me quejaba. Escribe lo que sea, decía, ya te vendrá algo a la mente, lo importante es que escribas y pronto se hará un hábito. No necesitarás inspiración. Serás una máquina de escribir. Para ella todo terminaba haciéndose hábito. Y hay que escoger nuestros hábitos, decía. Finalmente yo cogía la pluma y empezaba a escribir. No lo van a creer pero me sirvió muchísimo. Era verdad. Luego de escribir las primeras líneas todo se acomodaba en mi mente y podía escribir con gusto. Pero al principio fue duro. Caro tuvo que adiestrarme. Yo pedía un whisky en las rocas pero me lo negaba. Yo decía: siempre he escrito borracho, sobrio no puedo hacerlo, hazme un whisky en las rocas, por amor a Dios. Carolina decía: no, no, no. Hasta que salgas de trabajar, a las seis, puedes beber todo lo que quieras. ¿Enserio?, preguntaba. Sí, respondía. Entonces me apuraba para que el tiempo se fuera aprisa. Escribía como una verdadera máquina. Hasta la una y media. Hora en que Carolina se iba a trabajar. Nunca llegué hasta las seis de la tarde. A la una y media me tomaba un whisky en las rocas o lo que fuera y ya no paraba. Total, Caro regresaría hasta las ocho y media o nueve. 

 Oye Caro, le dije una ocasión a las siete de la mañana. Ya no me costaba tanto levantarme a esa hora. ¿Sí?, dijo. Se supone que te mudaste conmigo porque amas la libertad y no trabajar, y salir del tiempo y todo eso… Sí, dijo pero ahora quiero que tú y yo tengamos un futuro. Quiero ser la esposa de un escritor, dijo. Entonces lo supe: de eso iba todo. Sólo quería ser la esposa de un condenado escritor. Se le metió en la cabeza y lo cumpliría. No importa si tenía que construirse a ese escritor. Lo haría. Ya, dije, eso está bien. Y me fui a la ducha. Luego me puse mi traje de aérobicos. Me lo regaló cuando cumplimos un mes. Uno, dos… Uno, dos… Uno, dos… Uno, dos… Coff, coff, coff. 


9 comentarios:

  1. Excelente relato, me gusto mucho sobretodo el final, jajajaja me hizo reir. Al fin te cambiaron Petrozza!!!!!!!!???? jajajaja

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  2. Jajajaja naaa petrozzaaa!!!!!!! todo lo que haces por sobrevivir!!!!!!!!! jajajaja vividor!!

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  3. Muy bueno y divertido, felicidades por el blog

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  4. Borracho de mierda!!!!!!!!

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  5. SaludO3s desde el Sur de España, muy entretenido :)

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  6. Bueno Martin, gracias me lo esperaba, aunque lo leí tarde pero este texto es muy bueno....y deja ese gran interrogante ¿seríamos capaces de perder nuestra libertad? joder tío es dificil decidir y más cuando uno ha hecho el nudo de su propia soga para ser colgado al amanecer, nudo que lleva por nombre amor.

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  7. Gracias Iván, como siempre lees más allá de lo superficial...

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  8. gracias... siempre se intenta llegar a eso pues como lo dice Aristóteles " el fin del hombre es la felicidad a través de los placeres y mi placer es la lectura" espero seguir contando siempre con tus relatos, son muy buenos.

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  9. ya sé que lo dije antes.. pero amoo a Carolina!!!

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