domingo, 8 de agosto de 2010

La juventud robada.

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La mujer de Anthony estaba hecha una fiera. Yo había asistido al juicio porque el Sr. Pinciotti me obligó. Anthony era un buen amigo de mi padre y su mujer le había demandado. Buena parte de la plata de Anthony estaba en juego y mi padre y todos sus amigos siempre se toman bastante enserio ese tipo de cosas. Mi padre, que ya había pasado por un carísimo divorcio le decía a Anthony que no se dejará sacar un sólo centavo por una mujer. Nunca lo había escuchado hablar así. Creo que la separación de mi madre le afectó más de lo que él mismo piensa. Y eso que piensa que le afectó bastante. Me obligó a ir porque no deseaba parecer un viejo amargado. ¿Eso qué tiene que ver?, pregunté. Dijo: una mujer joven siempre transmite juventud a un hombre viejo, como yo. El Sr. Pinciotti no es para nada un viejo amargado. Es más bien alegre y optimista. Me asusté un poco al escucharle decir aquello, y fui. Y de eso va todo este lío. El juicio fue sobre la misma línea: la juventud. Cuando mi padre lo supo, enmudeció. Apenándose de sus palabras. Él quería que yo le pasara algo de esa magia de juventud. Una cursilería, claro, pero una cursilería por la que Anthony estaba a punto de perder una fortuna. ¿Cómo? Así: 

 Samantha, la mujer de Anthony, no era en realidad su mujer. Habían vivido juntos por mucho tiempo y Anthony siempre mantenía la promesa de un futuro matrimonio. O sea que Samantha deseaba, por sobre todas las cosas, casarse con el bueno de Anthony. Pero él, no parecía tener prisa por hacerlo. Vivían en un lujoso apartamento en la calle Ibsen, donde Samantha pasaba gran parte del día mientras Anthony dedicábase a comprar empresas en banca rota y hacer algo con ellas que yo no entiendo, pero que le reportaba cuantiosas utilidades. Samantha era una buena mujer, o eso expresó ante la corte, y no hacía otra cosa que amar a su prometido. Se dio a entender que no era una zorra, ni una víbora, ni ningún otro animal. Era una mujer feliz y esperanzada. Así se pintó ante el público. Contrario a lo que todos pensamos, Anthony no la desmintió. No hizo nada para refutar que en efecto, Samantha era una buena mujer. Entonces quedó claro que lo era. Y una sonrisa se dibujo en el angelical rostro de la víctima.  

 Por su parte, Anthony dijo no amar a Samantha. Lo dijo públicamente y la pobre se deshizo en su asiento. Sin embargo no era algo nuevo para ella. Ya se lo había dicho mucho tiempo antes y por eso estaban aquí, en el tribunal de justicia. Mi padre apuntó: ¿ya ves?, por eso no es bueno que tú salgas con mayores.  Hice una mueca y ya no dije nada. Se refería a mis correrías con hombres de cuarenta o más años. A diferencia de Samantha, yo jamás cometía la tontería de enamorarme. Yo sabía perfecto cómo tratar a ese tipo de hombres. Pero el Sr. Pinciotti no entendía eso. Para él estaba mal, mal, terriblemente mal. Y punto. Bueno, dije. Y comenzó a tirarme un rollo místico de cómo un hombre mayor puede robar la energía de una joven. Yo no podía creer que hablara enserio. Pero lo hacía. Decía que a los mayores les gusta salir con jóvenes porque se sienten menos viejos y recuperan la frescura de años pasados. Frescura que literalmente roban de ellas. La roban de sus sonrisas, decía, de sus maneras y de sus besos. ¿Enserio?, dije, yo pensé que les gustaban las jóvenes sólo por el sexo. Ya sabes, la carne se afloja y sus esposas no son eternas. También por eso, dijo el Sr. Pinciotti tosiendo ligeramente, y luego dijo: pero sobre todo, por lo primero. Claro, dije. Ya no deseaba discutir con mi padre. No sé a dónde quería llegar pero no importaba, no iba a ser a nada que a mí me conviniera. Así que lo dejé en paz y presté atención al desarrollo del juicio: Samantha era quince años menor a Anthony. Se conocieron en un bar, donde Samantha solía cantar baladas, hace once años. Se enamoraron (o eso pensó Samantha) de inmediato y se juntaron a los dos meses de salir. Se hicieron novios y vivieron en el departamento de la calle Ibsen durante once largos años. De 1998 al 2009. Fue por el 2003 cuando Samantha comenzó a joder con eso del matrimonio. Anthony dijo no estar seguro pero no la manó al diablo. Le estuvo dando largas por seis años. Yo no entiendo cómo alguien puede someterse a eso. ¿Cómo alguien puede estar perdidamente enamorada de un hombre, al grado de pensar que una boda es un premio y anhelarla con el alma, y esperar seis años enteros? Pero Samantha era de las que entregan el corazón. Esas mujeres siempre acaban sufriendo, pensé. No importa cómo, siempre acaban con el alma deshecha. Pero ahora, Samantha iba por la plata. Demandaba a Anthony por varios millones de pesos. Es lo malo de este mundo: que si no eres una cabrona, terminas siéndolo. El Sr. Pinciotti se retorcía en su asiento. Anthony no hacía nada por defenderse. Daba la impresión de querer perder el juicio. Está arruinado, decía mi padre. El pobre Anthony, arruinado. Arruinado quiere decir que seguiría siendo rico, pero no tanto. Realmente no había mucha diferencia. 

 Luego de vivir siete años en relativa armonía, Anthony comenzó a beber. A beber frecuentemente. Se desinteresó por completo de Samantha y coqueteaba con cualquiera. Se ausentaba de casa por más de tres o cuatro días bajo el pretexto de viajes de negocio, cosa que desmintió Samantha con fotografías de Anthony en buenas farras. La angelical Samantha había contratado un profesional para aquello. Anthony estaba acabado. Se le veía allí, en el banquillo de los acusados, a un viejo lobo de mar, resignado. Contaba sesentaitres años de edad y estaba acabado. Todos nos preguntábamos lo mismo: ¿por qué demonios no hace nada para defenderse? El abogado de Samantha y Samantha tenían el brillo de la juventud en todo su rostro. Sabían que la cosa estaba de su lado. El abogado de Anthony, amigo de mi padre, no se rendía. Y mi padre estaba furioso. No voy a permitir que esa bruja gane el juicio, me decía al oído con la ira de un fanático. Creo que realmente, para el Sr. Pinciotti, este era SU JUICIO; el que tuvo allá en el 2001 para separarse de mi madre, lo perdió. Como ahora lo estaba perdiendo Anthony. Esta era la segunda oportunidad de mi padre. La segunda oportunidad para no dejar que la mujer se salga con la suya. Los hombres son así. Están unidos. Todas las malas mujeres son para ellos la misma mujer. ¿Y qué harás?, pregunté al Sr. Pinciotti. Lo que tenga hacer, dijo con expresión dura. Supe a lo que se refería y me pregunté cuál sería el precio del Sr. Juez, Alfonso Gutiérrez Zavala.   

2

 La cosa terminó bastante mal. Me refiero a mal para los de nuestro lado. Yo no estaba del lado de nadie pero claro que prefería apoyar a mi padre, que apoyaba a Anthony. El juicio continuaría  la semana siguiente. Toda la semana yo olvidé el asunto. Continuaba con mi vida diaria que consistía en no hacer nada que no me procurar placer. Y con placer no quiero decir sexo. Quiero decir sexo y muchas cosas más. Por ejemplo leer. O escuchar Chopin. Cosas así. Pero el Sr. Pinciotti me veía y no paraba de decir: jamás le entregues tu juventud a nadie, hija. Yo no entendía muy bien. ¿A nadie?, preguntaba. Bueno, a nadie mayor. ¿Y a Scott? Dudaba unos segundos y decía: sí, eso está bien, es un chico de tu edad. Que dudara de Scott me confirmaba que tanto mi padre como el padre de Scott, habíanse puesto de acuerdo para casarnos. Mi futuro matrimonio era un convenio en todos los sentidos. Aprendí a no quejarme porque después de todo, me conviene bastante. O sea que el único que no sabe que todo es una farsa es el pobre de Scott. Su papi le compró a la mujer que quiso: yo. Y mi padre me vendió al mejor postor. Me alegro de tener un padre inteligente. 

 De tanto escucharlo comencé a meditar. Eso de entregar la juventud. Samantha era quince años menor al hombre de su vida. O a lo que ella pensaba que era o podía ser, el hombre de su vida. Tomó la decisión de seguirle hasta el final. Claro, ella tenía en mente otro final. Se aventuró a lo que para muchas era un rotundo fracaso. Y lo fue. Pero no quiere decir que todos los casos sean así. Sólo la mayoría. ¿Qué esperaba Samantha? Creo que para hacer lo que hizo hay que estar realmente enamorada. Que es como estar realmente idiota. Sabía perfectamente que un día, inevitablemente, la diferencia de edad sería una marca profunda en su relación. ¡Anthony envejecería quince años más rápido que ella! Esto no es cualquier cosa. Es importante. No sólo por la parte de hacer el amor, sino por la parte psicológica, sexual, social, intelectual. No tengo una opinión respecto a qué es lo mejor. Creo que todo va bien mientras no pierdas la cabeza. Mientras no te enamores. Pienso firmemente que los matrimonios que funcionan son aquellos donde ninguno de los dos está realmente enamorado. Entonces ven la realidad. Y con funcionar me refiero a que no terminan. Siempre que una de las partes se enamora, idealiza. Y al hacerlo, tarde o temprano te estampas con pared. Quizá algún día Scott se entere que yo no lo amo. Quizá algún día sepa que no soy lo que cree. No soy la mujer más bella del universo, ni la que lo quiere más. Y le va a doler. El que se enamora pierde. Duro pero justo. La pobre de Samantha estuvo todo este tiempo enamorada, pero el bueno de Anthony, no. Está harto. Estuvo harto desde hace mucho tiempo. Por el enamoramiento, Samantha no fue capaz de verlo. O de aceptarlo. Se aferró a una ilusión. Donde se veía casada, con hijos, y dichosa. Como si casarse y tener hijos fuera la dicha. Era una mujer común. Deseaba lo que desean todas las mujeres comunes. Pero se tropezó con los sentimientos. Estaba desesperada por formar un hogar. Sus padres y sus amigos debieron haberle dicho que una debe formar un hogar antes de los treinta. Y la desgraciada sentía que se le escapaba el tiempo. Y tomó el último vuelo a la felicidad. La felicidad de los otros. La felicidad del qué dirán. Dejó de preocuparse por ella, por lo que ella realmente quiere y siente, y le importó más no parecer una solterona. De tanto pensar comencé a ponerme realmente de parte de Anthony. Samantha era una imbécil. Ella se había buscado todo esto. Anthony no la amaba, por supuesto, ¿quién iba a amar a una histérica del matrimonio? Quizá algún neurótico del matrimonio. Pero Anthony era antes que nada, un viejo lobo. Los viejos lobo no tienen corazón, es bien sabido. Ellos se casan contigo porque les conviene económicamente, políticamente, socialmente, etc. No por amor, Cristo, en el mundo del dinero no hay sentimientos. Y Samantha… la historia de Samantha era la historia de una cantante de bar. ¿Cómo pudo imaginar que un día, por lejano que fuera, un hombre como Anthony podía amarla? Supongo que es el sueño de todas las cantantes de bar: encontrar un hombre con plata y casarse. Pero Samantha perdió el control. Si alguna vez su intención iba por el lado de la plata, perdió el control. 

 Pero en lo de la juventud, ¿realmente un hombre mayor puede robar la juventud de una mujer? Hablar de todo eso me da calofrío. Es como hablar de brujería. Si es cierto, he entregado bastante juventud. Lo que no significa que envejezca antes. ¿O sí? Por supuesto no creo tal cosa. La que sí lo creía era Samantha. Al menos ese era su argumento más mordaz. Era por lo que acusaba a Anthony. Nadie lo podía cree hasta que se abrió el juicio. La corte aceptó prestar atención al caso. Y lo anunciaron así: Anthony B., demandado por robar la juventud de una mujer. Así fue como se corrió el rumor por la empresa de mi padre y por el club. Cuando me enteré me reí. Pensé: qué estupidez. Pero ahora tengo duda. ¿Cómo pueden ponerse a discutir si efectivamente se robó la juventud a Samantha? ¿Y a qué se refieren exactamente? Bien, pues se refieren a que por entregar los años mozos a Anthony, quien ahora la abandona como a una cosa, ya no puede re-hacer su vida. Es demasiado vieja. Interesante. O sea que hasta cierto punto, la bruja tiene razón. Anthony le robó la juventud. La mantuvo a base de mentiras y promesas. ¿Para qué la mantuvo tanto tiempo si al final no la quería? Sencillo: Anthony disfrutaba follarla. ¡Era quince años menor a él! Y aunque había muchas mujeres menores, Samantha tenía algo especial. O eso dijo Anthony en la corte. Y debe ser cierto. Es decir que Anthony quería a Samantha pero no estaba enamorado de ella. Era un crabrón. No podía esperarse otra cosa. Y si antes dije que Samantha era una imbécil, retiro lo dicho. Fue una imbécil. Pero en algún momento le salió lo cabrona también y llevó el caso hasta el tribunal de justicia. Y exigía el matrimonio o la mitad de la fortuna de Anthony. O sea que lo imbécil no se le quitaba del todo. Guardaba aún la esperanza del casamiento. Si Anthony decidía casarse con ella, le perdonaría todo. Hay mujeres que nunca aterrizan. 

 3

 A la segunda sesión del caso, Anthony recobró la energía. Yo pensé: se folló alguna lolita por ahí y ahora viene con todo. El abogado de Samantha y Samantha, no se sentían tan seguros ahora. Mi padre se emocionaba bastante. Parecía que miraba un encuentro de box. La mayoría de las mujeres estaban de lado de Samantha. La apoyaban porque eran igual de crédulas sobre aquello de la juventud, y de la soltería a cierta edad. La mayoría de los hombres, que eran casi todos de la edad de mi padre, apoyaban a Anthony. Algunos de ellos, si no todos, habían pasado en algún momento por eso: defender su dinero de alguna mujer. Algunos incluso habían pasado más de cuatro veces por eso. Es una pelea que tarde o temprano tienes que pelear, escuché a uno decir. También escuché comentarios como: mi tercera mujer fue una tormenta. Arrasó con todas mis propiedades de Chicago. O: Siempre hay que tener una reserva de bienes para estos casos. Es mejor entregarlos antes de llegar al juicio. Todos estaban acostumbrados a las arpías. 

Anthony se levantó y dijo:

Samantha me acusa de robarle la juventud. Enserio. Esta mujer me acusa abiertamente de robarle su puñetera juventud. Hizo una pausa. Una de esas pausas que hacen los hombres de más de sesenta años. Como si le cansara hablar. Luego dijo: cuando le conocí, ella tenía 37 años. ¿Cuál juventud? Pero dice que yo le robé el último aliento de su vida joven. ¿Cómo lo hice?: Follándola. Follándola y follándola. Aunque en aquel entonces se mostraba muy dispuesta, ahora dice que por culpa mía, por haberla yo follado tanto, se le escapó la vida. Y para pagar por ello, me exige matrimonio. Dios. ¡Digo que no! Samantha se puso blanquísima. En su lógica creía que no había otra posibilidad. Que Anthony preferiría no perder sus bienes. Que se casaría con ella por la fuerza, pero se casaría. Su ambición era social. No quería la plata. Era necia. Pensaba casarse a toda costa. Esta era su última oportunidad y se le estaba escurriendo de las manos. Anthony lo repitió. Así de sencillo: NO. Y allí estalló la cosa, Samantha gritó histéricamente: ¡te has robado los mejores años de mi vida, cabrón de mierda! Lo que me molesta es que me llame ladrón, siguió Anthony.  Y sobre todo que piense que yo, puede estar interesado en su postrera pubescencia. En su sórdida frescura. Lo único que me interesa siempre es el coño. Aquí hubo otra pausa. Luego: si es el coño de una niña, o el coño de una histérica, me da igual. Y se lo dije y me demandó. Pelea una pensión alimenticia, so pretexto de concubinato y no sé qué mierda. El Juez le pidió hablar con cuidado. Continuó: se me acusa de abandono injustificado, de abuso sexual, de maltrato psicológico, y de alcoholismo. Me declaro culpable de ser alcohólico, dijo, pero todo lo demás es una mierda. La sala quedó en silencio. El abogado de Anthony le hacía señales. Señales para que parara de una buena vez o todo se acabaría. Con esa actitud, Anthony se estaba declarando culpable. ¿Tiene algo más que decir en su defensa?, preguntó el juez. Nada, dijo Anthony. ¿Entonces se declara usted culpable?, dijo el juez. Jesús, no, dijo Anthony. Sólo que no tengo nada que decir. Estoy impresionado. No me creo que las noches de pasión con esta bruja se consideren abuso sexual. No, tomando en cuenta que ella era siempre la que empezaba. Lo de maltrato psicológico, no veo cuándo ni dónde. Enserio. Eso del abandono injustificado... ¿No le parece suficiente buena razón alejarse de una mujer que le demanda a uno así nomás? Y lo del alcoholismo, bueno, en eso sí tiene razón, dijo. Pero no soy un borracho violento ni nada. Soy más bien un borracho bastante tranquilo. Sólo leo y bebo; bebo y leo. No bebo y golpeo, ni nada de aquello. Sólo bebo, y leo. Leo, y bebo. Y a veces no leo, sólo bebo. Pero nada más. ¿Y qué lee usted, Señor Anthony?, dijo el juez. El diario, contestó. La sección de finanzas. No hago otra cosa que eso. El abogado de Anthony objetó. La objeción fue a lugar.

 4

 Mi padre estaba destrozado. ¿Cómo pudiste?, le decía a Anthony. Anthony estaba sentado en un sofá de la sala de mi casa. Anthony dijo: me salió barato. Tengo mucha edad, Pinciotti, y no tengo hijos. Puedo vivir bien con lo que tengo. No necesito a esa mujer a mi lado. Pero mi padre jamás entendió que “a veces un hombre gana, cuando pierde a una mujer”. 

 Volví a ver a Anthony. Mi padre lo acercó a su vida, y a la mía. Desde lo del juicio le admiré. Tuvo el suficiente coraje para mandar a Samantha por un tubo. Un tubo de oro, pero por un tubo. Pagó por su libertad. Y desde aquel día siempre lo miré contento y jovial. Supuse que continuaba robándose juventud de algún lado. Parecía rejuvenecer. Hacía chistes y no paraba de reír. Era como un niño. Como un niño con su blanca cabellera y su sonrisa estampada en la cara. Yo me preguntaba: ¿y si juego a la lolita con Anthony? Pero Anthony me recordaba el cuento de Aura, de Carlos fuentes. Y me contuve. Por primera vez, me contuve. 




8 comentarios:

  1. Como siempre es muy interesante lo que planteas. Creo que en si es cierto que los hombres mayores roban la juventud de las menores pero no es como magia es por medio de que a su lado, se ven mas jovenes tambien.

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  2. vi una pelicula ,nada k recomiende d su trama...hace calor afuera como buen agosto y se me antojo"whisky en las rocas"...le di una probada y seguire hasta ver el final del hielo terminar...Samanta sufre viviendo,terminas d disfrutar lo k la vida t da y sigues,,,s absurdo kedart con la envoltura vacia,ya esta dentro d ti... aca no es cuestion d edad,todo s relativo ...

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  3. Claro que se le puede demandar a alguien por vivir en concubinato y luego abandonarlo todo, como este Anthony. Hizo muy mal en mentir y en ilusionar a Samantha. Es un bello relato de la realidad, como todos tus relatos, Vero. Felicidades de nuevo!!

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  4. Un caso muy común pero con una narracion interesante!

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  5. Estupendo, me hiciste pensar en muchas cosas gracias, tomare la vida desde otra perspectiva.

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  6. si es cuestion de edad, ella ya no tiene otra oportunidad de seguir con su sueño de casarse, Anthony la hizo perder los mejores años de su vida al darle alas de que se iban a casar y al final la abandona. Pero como dice Vero no se podia esperar otra cosa.

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  7. "Los hombres son así. Están unidos. Todas las malas mujeres son para ellos la misma mujer." Siempre escupiendo la verdad, Pinciotti! te amo por eso!

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  8. ¡Carajo! lo que hay que hacer para librarse de una mujer...

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