viernes, 16 de julio de 2010

Simetría.

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Vino a la ciudad a matar a una mujer a la que ni siquiera recordaba. Caminaba tranquilo entre colillas de cigarro y hojas caídas de los árboles; él mismo prendió un pitillo para unirlo a la colección expuesta en la acera, y pisaba hojas secas para hacerlas moronitas. Hojas entre las hojas. No podía acordarse del rostro de la mujer pero tenía una imagen clara, como pintura de Caravaggio, del acontecimiento que lo había llevado hasta ese viejo lugar. En vano intentaba extraer de la memoria una fotografía amarillenta, poco visible, con alguna pista sobre su cara. Recordaba sus bellos y largos caireles, el cabello chino que tanto le gustaba tocar mientras hacían el amor. Tenía los senos y tocaba el cabello, poseía las largas piernas y seguía tocando el cabello, alguna vez acariciaba los pies, nada más para no discriminarlos. Regresaba al cuello trazando una ligera línea con el dedo, y esa triste línea desembocaba  en algún cairel donde se transformaba en curva.

    El hombre pensaba en eso mientras encendía un nuevo cigarrillo y buscaba en la guía blanca su destino. No fue difícil encontrarlo, pues en este país pocas personas pueden apellidarse Capdevilla. En cuanto la encontró, rápidamente tiró la colilla al piso y decidió ir despacio para perfeccionar su plan maquiavélico. Caminaba y pensaba.

    En un viejo departamento una mujer se encontraba sentada en su mecedora favorita con la gata Camille Claudel entre las piernas; bebía Whisky y su vestido rojo contrastaba con el tapete negro. Camille Claudel era amarilla, persa, y parecía una perfecta mancha en el vestido rojo carmesí. Llevaban ya tres horas sin levantar sus cuerpos de la mecedora. Camille comenzaba a fatigarse y a pensar en el ovillo escondido debajo de la mesa de centro, pero su dueña estaba petrificada y sin mover las piernas, y ella no lograba comprenderlo. Su mirada pasaba de la mesa de centro a las piernas cubiertas por el rojo carmesí y pronto regresaba al primer destino, pero no se movía en parte por pereza y en parte porque no había razón para hacerlo.

    El hombre llegó al departamento a las tres en punto, hora idónea para matar personas. Subió los tres pisos por las escaleras, pues no quería ser víctima del elevador. Una vez en la puerta decidió tocar y esperó. Nadie atendía su llamado. A Camille Claudel le pareció escuchar ese sonido recurrente que tanto le molestaba pero siguió inmóvil en su lugar. Ya no pensaba  en el ovillo sino en aquella resonancia rítmica y constante, y no sabía cómo definirla. La mujer, absorta en su lectura, no escuchó el sonido y continuó petrificada con el vaso vacío depositado en la mesa de centro.

Con ayuda de la suerte el hombre logró abrir la puerta porque no estaba puesto el seguro; sacó la pistola y cargó el gatillo. Entró. A lo lejos alcanzó a vislumbrar una pequeña mesa con un hilo desbordándose por una esquina. A la derecha vio un vestido carmesí con una mancha amarilla a la altura de las piernas. Había un vaso sin líquido sobre la mesa.

La gata Camille Claudel fue la primera en levantarse rápidamente con un aspecto alegre, ingenuo, saciada por horas somnolientas. El hombre alcanzó a ver cómo la mujer se movía y dejaba algo en el tablero. La mujer, atraída por el sonido del tostador, dejó el libro sobre la mesa, al hombre: la novela;  y se dispuso a servir un sándwich y otro vaso de Whisky mientras Camille Claudel jugaba con el ovillo a un lado del sillón.


4 comentarios:

  1. ya que lo entiendes esta muy padre jajajajaja

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  2. Continuidad de los... parques?

    Me gustó,

    Saludines,

    G.

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  3. Si, tiene algo de continuidad de los parques, el asesinato planeado, el juego de realidades, pero aquí es más sutil, me parece, igual lo interprete mal, no sé, pero el hecho de que ella cierre el libro agrega algo distinto a continuidad de los parques, una incognita de qué paso con el hombre que la vio, si si se fue con el libro o no. Digo, es mi forma de interpetarlo

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  4. Ustedes sí saben! es bueno saber que los que nos leen también leen a Cortázar, ja. Y es cierto lo que dice Franco, a mí también me dio una impresión medio rara. Creo que logra bien la impresion del Plaf! al cerrar el libro. Todo va en suspenso y de pronto: plaf! sencillo.

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