domingo, 25 de julio de 2010

La verdadera cruz.

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En el puerto de Veracruz siempre es de noche. Apenas comienza a aclarar el día cuando la luz es sustituida, irremediablemente, por una oscuridad que no conoce la inmensidad del mar. Todo pasa tan rápido como un bello reflejo de crepúsculo. Es precisamente ese misterio, contraste entre luz y oscuridad, el que me trae el recuerdo en bandeja de plata para contar esta historia. Una historia con amores y nostalgias, pero sobre todo llena de olvidos, pues es a través de este fenómeno mental por el cual uno llega a recordar lo irrecordable, o al menos, lo que ha quedado en el inconsciente y basta un bello objeto, una palabra o la soledad, para regresar al recuerdo olvidado y hacerlo parte del presente utópico.

Era época de vacaciones y yo en uno de mis arrebatos de locura y soledad fui a Veracruz. Arribé, como es de suponerse, en la noche. El aroma y sabor del puerto ya llegaba hasta mí combinado con el smog del autobús y del cigarrillo que fumaba. Era curioso observar cómo en la parte en la cual más se me notaba el mar fue el cabello, apenas llevaba dos minutos allí y ya mi cabeza parecía una piña caribeña. En ese momento pensé que si alguna vez fuera piña, me gustaría ser del puerto de Veracruz, porque ellas deben ser las más exitosas y vendidas. No pensaba eso porque yo en mi vida de humano tuviera algún fracaso o sufriera todo tipo de anomalías, simplemente creo en la felicidad y dicha de las piñas.

Cuando mi cuerpo estuvo adaptado al clima y a la nueva ciudad, decidí emprender el camino hacia la casa de mis abuelos, una casa pequeña pero confortable, adquirida con muchos esfuerzos y pocas esperanzas, poblada por insectos y soledades. Pero evidentemente yo aún no sabía nada de eso. Antes de abordar el autobús con destino a mi destino, me aprovisioné cual soldado en guerra de los artefactos necesarios para sobrevivir a mi odisea, es decir: una botella de vino, tres cajetillas de cigarros y un cereal para engañar al hambre. Encontrar un lugar para abastecerme fue más difícil de lo que debió haber sido para los arqueólogos europeos hallar las ruinas prehispánicas, todas ellas debajo de cerros llenos de vida verde. Sin embargo, bastó ponerme el sombrero y las botas para encontrar un lugar en donde el vino más viejo era del año pasado y los cigarrillos lights eran todo un fenómeno desconocido. Bienvenido al puerto, me dije.

Cargado con mis provisiones yo caminaba por los barrios más insalubres de la ciudad, mi objetivo era encontrar un autobús para irme de allí y llegar a mi casa. Bastaron únicamente cuarenta y cinco minutos  para encontrarlo, y llegó justo cuando empezaba a ver imágenes bellas en los objetos. Lamenté no poder conversar con el letrero de un hotel de mala muerte, el cual me llamó la atención por su color púrpura y por la forma, casi milagrosa, en que se mantenía aun sujeto a una pared que de seguro no se derrumbaba gracias al mismo letrero. Era una lucha constante por la supervivencia, gracias al letrero sobrevivía la pared, y la pared sostenía la poca vida del letrero. El trabajo en equipo le ofrecía estabilidad física al hotel. En Veracruz la gente también vive así.

Una vez sentado en uno de los camiones más viejos del mundo encendí mi reproductor musical y sintonicé una canción. No fue difícil decidirme por alguna, pues el mar me hacía pensar en el Caribe y mis recuerdos en un amor imposible. Ante la mezcla de estos dos pensamientos la canción ideal fue “Mediterraneo” del cantautor catalán Joan Manuel Serrat. Sonaron los primeros acordes musicales al mismo tiempo en que el camión abría sus puertas para dejar salir a una mujer tan gorda que me hizo pensar en una vaca. Esa vaca, por supuesto, tenía cualidades humanas como para viajar en camión, llevar una bolsa en las patas y oler a perfume barato. Cuando sus pies tocaban los escalones del camión, yo me preocupaba por mi seguridad y la del transporte, ya prácticamente podía verme en la primera plana del periódico al día siguiente  con un encabezado parecido al siguiente: “Vaca viajera destruye un camión con cincuenta años de uso, no hubo sobrevivientes”. Al final no existió el encabezado, la vaca bajó del camión, y nosotros pudimos seguir viajando. Pasaron treinta minutos y yo aún no llegaba a mi destino, para entretenerme fui viendo por la ventana, reconociendo lugares irreconocibles y creando figuras en la mente para después tener recuerdos del camino a casa. Lo captado por mis ojos fue lo siguiente: un centro comercial, casas, bares de dudosa procedencia e integridad moral, letreros anunciando lo glorioso del puerto, algunas palmeras, y casas y más casas, ¿Ya mencioné las casas? Diez minutos después de los treinta antes mencionados por fin llegué a mi destino, una casa aparentemente mía pero que en realidad pertenecía a los insectos y demás animales rastreros.

No hay nada más triste en este mundo que una casa poblada por insectos. El ejército de cucarachas y lagartijas (albinas), me dio la bienvenida casi con melancolía, parecía no sorprenderles en absoluto mi llegada, pero yo no estaba dispuesto a dejar andar a sus anchas a los enemigos más acérrimos del hombre, por eso tomé un insecticida y realicé todo un genocidio del cual aún no me he arrepentido. Ya libre de insectos y con la conciencia tranquila me fui a la cama para esperar el nuevo día lleno de mar y acontecimientos inesperados.

Llegué a las 12:00 P.M. al malecón del puerto, por primera vez en muchos años sonreí ante la inmensidad del mar, verlo tan grande me pareció una burla de las buenas, el mar tan grande y nosotros tan pequeños. Las olas me hacían pensar en unos náufragos luchando por llegar a la superficie terrestre. Era curioso ver a esas olas convertidas en humanos desesperados debatiéndose constantemente por llegar a la arena firme, pero era aún más sorprendente ver cómo una vez que arribaban, el regreso al mar era inminente, como si no les hubiera costado ningún trabajo llegar a la orilla. Nunca he entendido el proceso y viaje de las olas, el por qué llegan a la orilla si de un momento a otro regresarán a perderse en el mar y dejarán de ser olas para convertirse en agua camuflajeada en la inmensidad. Yo pensaba en todo eso mientras fumaba un cigarrillo y comía una de esas nieves veracruzanas famosas por su sabor y por los cientos de moscas que habitan en las heladerías. Las neverías veracruzanas, si tienen algún secreto, este debe ser los huevecillos de las moscas depositados en los contenedores del helado. Inminente receta para elaborar buenas nieves.

Cuando me acabé la nieve caminé por el malecón como un viejo explorador lo hubiera hecho en una isla desconocida, buscando animales extraños y frutos curativos, lástima que en Veracruz lo único nuevo era la contaminación camuflajeada con el olor del mar. En cierto momento pasé por una marisquería llamada “Scorpion’s”, yo me pregunté qué tenían que ver los escorpiones con los alimentos marítimos, y peor aún, por qué el nombre estaba escrito en inglés, pero poco tiempo después mis meditaciones se vieron interrumpidas por el paso de una mulata despampanante, la cual movía sus grandes y anchas caderas como una bailarina profesional de merengue. Mis ojos pasaron del letrero al gran culo mulato, inmediatamente quedé hipnotizado por el movimiento de sus caderas, pues pocas veces se tiene una visión tan bella  en este mundo frívolo y hostil. El culo de la mulata era toda una obra de arte, pensé que si se creara un museo de culos, este tendría un lugar tan especial como La Monalisa en el Louvre. Justo cuando estaba llegando al éxtasis artístico, ese orgasmo que produce en la gente una gran obra, mis pensamientos me jugaron una mala broma y mandaron a mi mente el recuerdo de la mujer amada. En ese instante me deprimí, primero por evocar el recuerdo de un amor imposible, y segundo porque mi obra de arte había desaparecido por las calles aledañas al puerto. A partir de ese momento me impuse como único objetivo llevar una de esas bellas piezas artísticas a la comodidad de mi cama. Me convertí en un cazador furtivo de culos veracruzanos, dispuesto a hacer todo lo posible por encontrar la mejor obra y restaurarla a mi gusto, para poder moldear sus formas con mis manos y así dejarla exactamente como me agrada.

Pasé el resto de la tarde viendo el ir y venir de las olas, al atardecer yo comenzaba a aburrirme de la monotonía del mar. Si uno lo piensa bien, el mar es el ser más monótono y cotidiano de la tierra, siempre hace lo mismo y nunca llega a ningún lado. Es como un pequeño canario encerrado en su jaula que intenta volar y se estrella en el techo, límite de sus ilusiones. El mar es un canario encerrado y yo no tenía porque seguir viendo ese espectáculo tan desolador. 

 En la noche entré a un bar dispuesto a regresar a la casa con una bella mulata. Mi técnica de conquista consistió en caminar decididamente como buen samaritano, pedir un Whisky en las rocas y fumar una cajetilla entera de esos cigarrillos que según la publicidad reafirman el porte masculino. Pasaron tres, cuatro, cinco whiskies y yo seguía tan solo como todos los clientes. Un bar puede estar atestado de gente conversando amenamente mientras se escucha a lo lejos los pésimos acordes de un piano tímido y poco elegante, pero siempre va a caracterizarse por el hecho de ser el lugar más solo del mundo, todos los visitantes llegan al lugar por la necesidad de compañía, y al final únicamente los resguarda el Silencio. Cuando terminó la velada ya era tan amigo de la soledad que no me molestó llevármela a la cama, sustituí, irremediablemente, a una buena mulata por la austeridad de sus facciones. Hicimos el amor durante horas. Después sólo quedó esperar la llegada de la mañana cargada con nuevas esperanzas.

A las cinco de la tarde del día siguiente, cansado de llevar a la Esperanza sobre mis hombros y tan derrotado como la selección mexicana de fútbol en un mundial, aún no tenía en mi poder a ninguna mujer. Para olvidar esa peripecia yo me entretenía jugando con mis cabellos y los insectos lo hacían picando mis pobres piernas tan expuestas a la intemperie. De un momento a otro llegué a ver a las piernas como un panal de abejas sin su miel, pero mis panales en vez de albergar a esos bellos insectos amarillos con negro, llevaban consigo un ejército de moscos dispuestos a comerme vivo.

Había pasado toda la mañana yendo y viniendo sobre el malecón, más que humano parecía una bella ola llegando a la orilla y regresando derrotada al mar. En el transcurso de esos viajes sin regreso ni destino, yo posé mi vista en el oficio tan curioso de lanzarse por una moneda al profundo mar en calma. La gente que se dedica  a este bello oficio marino lo ejerce en el estacionamiento destinado a los barcos cargueros, y muchas veces se ven expuestos al petróleo derramado por tan grandes bestias marinas. Víctima de una curiosidad extrema me senté a observar detenidamente el oficio en una pequeña banca que más bien era un feo e incómodo barandal, el cual me hacía jorobar la espalda a tal grado de alcanzar las proporciones del Arco del Triunfo, pero sin el porte romano. Lo que más me llamó la atención de aquellas personas fueron sus pies, siempre tan descalzos y grandes. Al verlos me imaginaba dos viejas lanchas marinas del Ejército Mexicano. Entre más tiempo pasaba más repulsión sentía por esas lanchas expuestas tanto a la tierra como al agua, todas estaban moldeadas por el mismo escultor, llegué a pensar que para ser parte de esa comunidad nadadora el primer requisito era tener los pies grandes, gruesos y llenos de todos los hongos posibles. Sentí pena por ellos y desde mi cómodo lugar lancé una moneda de cinco pesos a un par de pies que tardaron más tiempo en sumergirse al agua que en sacar el alimento del día. 

Inmediatamente después de ese acontecimiento, ya siendo de noche, caminé por el lugar donde venden todo tipo de artesanías veracruzanas, las cuales son curiosas por el cierto parecido que presentan con las artesanías de todo México. Había camisas con mensajes insulsos, barcos de madera en botellas y pulseras caracterizadas por su poca originalidad. 

De ese paseo recuerdo con nostalgia a las personas. En Veracruz no hay veracruzanos, o al menos la gente aparenta no serlo. Vi lugareños caminando con porte de ser extranjeros o fingiendo ser de la capital, también había capitaleños aparentando ser gringos o europeos y las mulatas se enorgullecían de su porte cubano. Algunos gringos intentaban pasar por ingleses y algunos africanos por puertorriqueños. Veracruz es un plato de absurdas apariencias. Como yo sabía hablar italiano y otras lenguas, en algunos momentos me divertía fingiendo no entender las conversaciones en mi entorno, y preguntando precios en un torpe y difícil español, mezclando palabras italianas en mis diálogos para darle mayor veracidad a la actuación. El juego duró poco, pues es difícil mantener una farsa tan grande en tan poco tiempo, y además, porque apareció ante mis ojos una bella mujer, y con ella regresaron mis raíces mexicanas junto con su lindo y abundante idioma. Naturalmente esta mujer de grandes caderas, cabello chino y pechos como melones tampoco me hizo caso, y la vi pasar tan rápido como al día, por esa razón mis recuerdos actuaron rápido y regresó a la mente la mujer amada con todo y sus formas. Este hecho me deprimió tanto que decidí ir a la casa compartida con los insectos para ahogarme en el vino argentino de la cosecha del 2006.

Hablaré un poco sobre la mujer amada. Vive en la capital, contra todo pronóstico en cuanto a mis gustos es morena pero delgada, lleva el cabello lacio y muy largo, y sus pies son casi tan feos como el Taj Mahal. Su nombre empieza con la letra “D” y contiene cinco letras condenadas al olvido. Me gusta por su ingenua conversación sobre pintura y por la manera en cómo sobrellevaban sus pies el peso de su esbelto cuerpo, además de contar con una cara parecida a la de los ángeles pintados en el Renacimiento. Ella es lo más celestial que mis ojos han visto sobre la tierra y su figura me ocasiona el goce de estar triste. Desgraciadamente ella no estaba ahí y no lo estaría nunca, al menos conmigo.

Yo iba pensando en ella, imaginando situaciones absurdas, eróticas e imposibles: la llama doble del amor, cuando de pronto mis ojos me llevaron hacia la silueta de una señora que bailaba danzón al compás del silencio. Esta nueva mujer era fea y carecía de gracia, al menos para las condiciones del puerto. Llevaba su largo cabello amarillo amarrado en una más larga cola de caballo, y sus piernas con pocas nalgas iban cubiertas por unos jeans al parecer muy finos. Yo hubiera seguido de largo si ella no me hubiera llamado con la vista para acompañarla en su baile, el llamado fue tan hipnótico que avancé rápidamente. Mientras me acercaba yo iba pensando en Luisa Valenzuela y su frase acerca del baile: “No baila el que no sufre, quien no convierte su lucha en movimiento”. En ese momento decidí luchar mediante el arma llamada danza para conquistar a esa mujer elegante, tan mulata como yo oriental. Hay ocasiones en que una persona encuentra el amor con una mujer no esperada y mucho menos deseada, pero que al final del día es la única que te invita a bailar con ella.

Bailamos alrededor de una hora en el pequeño zócalo del puerto, en los primeros minutos de nuestro baile yo sentí una vergüenza desmesurada debido a la poca gracia con la que cuentan mis movimientos. Durante los primeros diez minutos llegué a pensar en la retirada de la mujer, ya veía llegar el primer pretexto, el cual, según mi mente, consistía en un esposo esperando su llegada, o simplemente su cansancio invitándome a tomar asiento para después irse sin pronunciar ninguna palabra. Ese pretexto jamás llegó. Poco tiempo después las parejas mayores y los jóvenes inexpertos como yo llegaron a la plaza y dejé de sentir pena por mí, pero sobre todo por mi acompañante. Mientras pasaba el tiempo y seguíamos bailando tangos de Gardel (el danzón había sido sustituido), yo pensaba en los restaurantes de hamburguesas gringas del puerto. Era triste encontrar muchos más restaurantes de éstos que marisquerías. El famoso restaurante de las hamburguesas con su payaso más terrorífico que amigable invadía todas las calles del centro, mientras las marisquerías se perdían en la decadencia de sus paredes derruidas, sus puertas de cantina barata y su tocadiscos con canciones antañas. Pasaron sesenta minutos y ya comenzaba a cansarme, pero mi pareja norteamericana (me dijo su nacionalidad en medio de la canción “El día que me quieras”), no mostraba muestras de cansancio, y peor aún, no se notaba para nada aburrida. Fue así como me di cuenta de su torpeza en el baile. Por fortuna las glorias del tercer mundo me ayudaron, y justo cuando iba a comenzar otra canción, portadora de mi desgracia, se fue la luz y no quedó más remedio que irnos a caminar por las viejas y coloniales calles del centro.

Cuando mi pareja y yo dábamos un paseo ameno y callado por la calle en donde se encuentra la antigua casa del poeta Salvador Díaz Mirón, yo me di cuenta de su silencio absoluto, llevábamos más de un ahora juntos y sólo habíamos intercambiado unas cuantas palabras. A pesar de esto seguimos caminando sin rumbo fijo hasta llegar al viejo camión, el cual serviría de Cupido y nos llevaría hasta mi casa para juntar nuestros cuerpos con el amor. Naturalmente la mujer no dijo nada en el trayecto a nuestro destino, se limitó a viajar con aire ausente pero con pequeñas muestras de felicidad en el rostro, y yo lejos de sentir cierta pena me alegré por el hecho de no tener que hablar en inglés, ni la necesidad de improvisar una plática poco profunda y sin fundamentos. 

Para no aburrirme en el camino tuve la penosa necesidad de cambiar la figura de mi acompañante por la espléndida mujer amada, en ese momento la rubia de ojos verdes y cabello lacio mayor a los treinta años pasó a ser una joven adulta de veinticuatro, morena y con una silueta perfecta, estudiante de ciencia política (quizá), y con una torpe conversación de pintura en la cual yo la hacía de emisor y receptor a la vez. Como afortunadamente la mujer morena, en realidad rubia, aún no me había dicho su nombre (y jamás lo haría), yo decidí llamarla G en todas las conversaciones sostenidas en mi mente.

Llegamos a la casa después de viajar durante una hora. Tanto ella como yo estábamos hambrientos de sexo, y así pasamos la primera noche haciendo el amor en la cocina, la sala, el baño, el comedor, las escaleras, y por último, en la recámara. Durante el sexo salvaje únicamente se escucharon los ruidos del amor característicos de las mujeres gringas, y después reinó un silencio espectral hasta el siguiente día en el cual misteriosamente, y contra toda lógica, seguimos juntos.

Amanecí solo en la cama, lo cual no se me hizo raro pues pensé que la mujer había huido de mi lado a la primera luz del alba. Bajé cómoda y tranquilamente, desnudo, por un poco de agua, y en la pequeña cocina se encontraba la mujer improvisando un desayuno para ambos con los pocos ingredientes del refrigerador. Afortunadamente ella también seguía desnuda y así no sentí ningún tipo de pudor. Gracias a la luz del día pude apreciar la perfección de su silueta, de sus senos y piernas largas, sonreí con una sonrisa irónica, pues esa mujer madura en otro momento y circunstancia hubiera sido una conquista perfecta, pero desgraciadamente en Veracruz no era así, pues uno va a la playa para conquistar culos grandes y mulatos, mezcla de indígenas, negros y hasta de españoles. Me quedé parado en el umbral de la cocina viéndola guisar, ella hacía como si yo no estuviera ahí y pude contemplarla a mi gusto. La observé tan detenidamente como se observa un Manet en el museo de Orsay, y poco a poco fui calentándome a tal punto que fue necesario terminar con esa excitación acercándome a ella y volviéndole a hacer el amor en la cocina, entre la estufa y el refrigerador. Ella se limitó a aceptarme con energía, pero sin pronunciar ninguna palabra ni gesto de placer.

Después de tres orgasmos de ella y uno mío terminamos desayunando un cereal con leche agria y el poco vino que sobraba. Una vez concluido nuestro desayuno le propuse la idea de vestirnos y de ir a caminar por el malecón, la mujer aceptó encantada y cumplimos con mi designio.

Ya a la orilla del mar, sentados frente al estacionamiento de los barcos, manteníamos una conversación en la cual las palabras se podían contar, fue así como me enteré de su edad, cuarenta años, de su estado civil, divorciada, y de su propósito en el puerto, el cual consistía en conquistar a un alto y moreno pescador para hacer el amor durante semanas. Ante tales revelaciones no tuve más remedio que decirle mi verdad y ambos reímos de la ironía de la vida, pues ella parecía mi madre y yo no era moreno, alto ni mucho menos pescador. Después de conocer nuestras verdades caminamos por el malecón y descubrimos una pequeña lancha que llevaba hasta el castillo de San Juan de Ulúa, decidimos tomar el tour, en primera porque nunca nos habíamos subido a un barco, ni siquiera a una lancha, y en segunda porque no había otra cosa que hacer.

Llegamos al castillo entre mareos e incomodidades en el viaje, exploramos la isla como dos atentos turistas y hasta hicimos el amor en una de las celdas en donde años atrás habían pasado a mejor vida los delincuentes, herejes y opositores del gobierno. De nuestro tour me quedaron como recuerdos tres cosas: la primera de ellas fue el significado de la palabra “naco”, que según una guía de turista significa corazoncito en totonaca. Como segundo recuerdo se impregnó en mí la inverosímil leyenda de Chucho el Roto, y por último, quedó la incomodidad de hacer el amor en una cueva llena de estalactitas en el techo y piedras húmedas en el piso. La exploración del castillo duró aproximadamente dos horas, después regresamos al puerto en la misma lancha sobrecargada y sufriendo los mismos síntomas que en el viaje de ida. Una vez acomodados en la seguridad del malecón, agradecimos a Dios por no tirarnos al mar y después continuamos nuestro camino en un puerto que ya a esas horas comenzaba a oscurecer.

Cuando llegó la noche la mujer volvió a dejar de ser rubia y se convirtió en mi G, seguramente yo para ella también dejé de ser blanco y me convertí en su pescador. Nos metimos a un viejo bar y bebimos más whisky que un escocés en invierno. Nuestra conversación para ese entonces era un poco menos tímida y por eso hablamos del mar, del amor perdido y del futuro que no íbamos a compartir. Yo le conté mi deseo de viajar a Europa para estudiar un doctorado en arte, y ella me comentó su idea de regresar a Estados Unidos para seguir vendiendo cremas y joyas por catálogo, viviendo de las pocas ganancias de su negocio y de la pensión enviada por su ex marido. Como una conversación entre dos personas pierde todo sentido  cuando no se va a compartir el futuro, decidimos callarnos y nos limitamos a pagar la cuenta para regresar a la casa, hacer el amor y olvidar todas nuestras desgracias, aunque sólo fuera por una noche más.

En ésta, la segunda noche, todo pasó tan rápido que apenas sí me quedan algunos recuerdos vivos, los cuales no contaré aquí por ser banales y poco interesantes. Siempre he pensando que el erotismo termina en cuanto se narra el aburrido acto sexual. Para que éste dure, debe dejar casi todo a la imaginación  y así darle la oportunidad al oyente de adaptarlo a su bella manera de copular, palabra, por cierto, poco elegante y muy repetitiva. 

Desperté una vez más gracias al sol y a los deseos carnales, en ese momento la gringa tampoco se encontraba a mi lado. Basándome en la experiencia anterior bajé las escaleras  con todo cuidado para encontrar a la mujer, tomarla entre mis brazos y fundirnos en la carne. Yo a esas alturas pensaba que me encontraba realmente enamorado de ella. Busqué en todo el piso y la gringa había desaparecido sin dejar rastro de su existencia, no vi ninguna tarjeta, ni la clásica servilleta con un número telefónico, jamás la volví a ver.

Pasé el resto de la mañana, tarde y noche sentado en el sillón aprovisionado con el poco whisky de mi reserva y tres cigarrillos que fueron degustados equitativamente. No hice mucho, sólo reflexioné sobre los hechos ocurridos en el puerto. Recordé, acertadamente, la explicación de la guía en San Juan de Ulúa acerca del origen del nombre del puerto. Veracruz significa en realidad “la verdadera cruz”, simplemente porque los conquistadores habían llegado a ese lugar perdido durante la Semana Santa. También recordé el mar, sus olas luchando por llegar a la orilla, los pies buscando monedas, el mal estado de sus edificios, los barcos de guerra mostrando su ineficiencia mediante la música interpretada por la armada, y llegué a la conclusión de que en Veracruz el mar sí tiene límite, y ese límite se llama decadencia.

Cuando llegó la noche se fueron una vez más todos los recuerdos y llegó D hasta mí. D decodificada en un amor imposible, en mi aventura gringa, en todas las mujeres veracruzanas. D era todas y ninguna, pero siempre en la noche. D era la noche. Sentado en ese sillón rodeado por lagartijas e insectos descubrí que la verdadera cruz es el calvario ocasionado por una mujer. Luché contra ese sentimiento y me levanté con todo y mis recuerdos. Poco a poco guardé las cosas, hice maletas y tiré las pruebas del amor a la basura. Salí a tomar el camión con destino al Distrito Federal. Una vez fuera caminé con nostalgia, a paso lento, como un amante lo hace una vez que tiene la obligación de alejarse del lecho donde se encuentra la mujer amada. Cuando llegué a la estación, antes de subir al autobús, miré hacia atrás y contemplé por última vez la magia del puerto. 

“nadie se mata por el amor de una mujer”, pensé antes de tomar el asiento con destino a mi destino, mientras veía, a lo lejos, cómo el sol ya comenzaba a apoderarse del cielo.





7 comentarios:

  1. A diferencia de Petrozza veo que tu escribes más alivianado, como si no tuvieras preocupasiones o pasion por algo concreto, me recuerdas la levedad del ser. Buen texto.

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  2. Sí, siempre buscamos las gloria y acabamos con una gringa cuarentona, asi es la vida.

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  3. Muy bien narrado. Me parece el escritor más profesional del blog.

    Saludos!

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  4. Rosalinda Esquivel26 de julio de 2010, 21:18

    Muy bello cuento!

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  5. Muy bueno, muy bueno, salu2

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  6. Una historia que deja con ganas de seguir leyendo tus creaciones Garrison.

    Coincido contigo, el erotismo acaba al empezar el acto sexual, lo interesante es cómo se llega al mismo y lo que deja una vez finalizado.

    Me tomo un whisky a tu salud.

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