jueves, 15 de julio de 2010

La flor de papel.

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 –El problema con la delincuencia es– dijo el hombre en el bus, –los rencores en mí cabeza– Presiones sociales, maltratos familiares. Culpaba a todo ello por sus pecados pero juraba frente a los pasajeros arrepentimiento. Recién salido del Reclusorio Oriente su trabajo consistía en dar clases intensivas de origami. Lo primero que hizo al subir fue mostrarnos cómo hacer una bella flor de papel. Dictó el material, ejemplificó las instrucciones. Las palabras penetraban, lo quisiéramos o no, en nuestros oídos. –Una vuelta por aquí– decía –Otra por acá; luego meten el sobrante en la parte de atrás– El hombre no se detenía a mirar quién le prestaba atención y quién no. Por tal motivo todos los individuos dentro nos convertimos en clientes a fortiori.

 Quedé sorprendido por el tacto del hombre; no vendía un bien sino un servicio, cosa nada usual en un bus. No sólo nos mostró cómo hacer el objeto de ornato, también nos aconsejó a quién regalarlo, cuándo, dónde, todo un mundo giraba alrededor de esa pequeña flor de papel. Nos recomendó colores según la ocasión o el motivo: rojo para navidad, azul para un amigo, amarillo para el bebé, rosa para la niña, morado para la pareja gay.

 Dijo venir de una familia disfuncional, haber sufrido golpes y ofensas verbales; y lo manifestaba lanzando de vez en vez groserías que reflejaban su pasado. –Yo creía de niño que todos los padres eran iguales– nos platicaba –y por eso mi odio, señores, a la sociedad– Sus palabras conmovieron a más de una señora o señorita. Únicamente poseía lo que portaba encima y lo enunció: –una playera verde, un pantalón café, uno tennis blancos– Aparte llevaba consigo la bolsa donde guardaba el material necesario para brindar sus servicios. 

 Un discurso – ¡gratis!– dijo de antemano para que no malpensáramos. Debo aceptar que presté atención pues me interesaba saber qué diría tan peculiar hombre. Resumió su primer y único atraco, cómo fue a dar a reclusorio y cómo salió. Pasó allí unos años y hoy está reformado, lee la biblia y trabaja en los buses. Lo demostró citando versículos bíblicos y pidió de favor  no maltratemos a nuestros hijos, hermanos, o menores de edad. Pues de hacerlo, la víctima podría cometer el mismo error que él: delinquir. 

 Todo esto en el transcurso cotidiano de regreso a casa. Todo esto en dos semáforos. La confianza de los pasajeros se la ganó con lamentos y consejos. A todos cayó bien; ya todos preparaban la moneda caritativa... –podrían darme una moneda– dijo –pensando primero en sus pasajes, su comida, su cigarro, y si les sobra, podrían darme una moneda. Les juro señores, que la moneda que ustedes me den, no  me hace rico, ni a ustedes pobres. Pero no vengo a mendigarles un centavo; lo que acabo de enseñar bien vale doscientos pesos, aunque sólo por hoy se lo llevan por cien¬– Todos nos miramos los unos a los otros; no sabíamos cómo tomar las palabras del buen-hombre. 

 Lo entendimos claramente cuando de su bolsa sacó un revólver.   


6 comentarios:

  1. jajaja no esperaba el final!

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  2. Una manera elegante de asaltar, jajajaj e ingeniosa!

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  3. Todo está en la forma de pedir las cosas.

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  4. Curioso relato. Ánimo con la página y un saludo de otro blogger con intereses literarios.

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  5. Hola!
    Encantada de la vida, llevo semanas siguiendo WR y bueno qué digo... es fascinante, son geniales y resulta sumamente exquisito leerles!
    Gracias por lo que hacen!
    Abrazo y linda noche!

    Les seguiré los pasos =)

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