sábado, 10 de julio de 2010

La encomienda cósmica.

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Busqué a Oscar el día del cometa. Más bien, lo busqué días antes de que se avistara en la bóveda celeste. Lo había conocido en el trabajo. Fue un encuentro clásico. Nos dijimos hola. O fue que él me dijo hola Alberto, te vi la otra vez en El Hades –un antro pseudo hippie para pseudo intelectuales-, ¿por qué no bailaste? No, no me va esa música, contesté. Ese encuentro predecible, ubicado en las antípodas de toda tragedia, humana o divina, aconteció en el pasillo que conduce a la oficina del jefe. Ese día amanecí con amargura. Tiempos difíciles. Debía la renta, y el jefe parte del sueldo. Y había roto con Soraya, además. Mi falta de billetes la tenía irritada, pero el sexo nos solazaba. El sexo… Pero no quiero hablar mucho porque Paty, Eduardo o Neri podrían sentirse mal. Bueno, qué diablos, que les sienta como les plazca: nunca sentí nada por ellos. Pero conté con que el cometa me ayudara a revelar la verdad. La verdad oculta de tras de Oscar y yo.

Cierto día, creo que fue cuando rompí con Paty, disculpen, estos días post apocalípticos aún no me recupero del todo y no recuerdo bien, decía que salí del trabajo echando maldiciones a los limosneros que se acodan fuera del edificio. Tomé un camión de transporte urbano hacia la morada de Gio, quien me daría a mostrar no se qué textos extraños.

Desde entonces Gio se dedica a exhumar los restos literarios de algunos escritores cuasi olvidados, por ello no me extrañó que al abrirme lo encontrara desaliñado como siempre y con un fajo de amarillentas hojas sostenidas en una afable mano. En la otra sostenía una taza con restos de café.

No desperdicias ni la última gota.

Tiempos de crisis, contestó.

Tomé con una de mis manazas el ramillete de hojas. Lamenté que tuviera cierto dolor de córneas en ese momento. O tal vez fue cierta envidia. (Me explico brevemente: por un error estudié ingeniería, una carrera que detesto; luego descubrí que siempre quise ser narrador y que desde niño me inventaba toda clase de historias inverosímiles; y más tarde me encontré con que era demasiado tarde; entonces conocí a Gio, escritor y crítico literario y por consecuencia descubrí también que mi prematura vejez reducía mis aspiraciones a los celos profesionales. ¡En fin!) Semana atrás ya me había confiado otro de sus hallazgos en las catacumbas de la Universidad donde trabaja. Me habló de no sé qué historias bizarras, de esas que tanto nos divertían. Así que, entusiasmado, leí en la primera foja, que podríamos contar como portada: De cómo no murió Ayaan al-’Aziz. Pero, ¡oh!, no eran estos los antiquísimos folios de los que me había hablado, sino vulgares copias fotostáticas manchadas de café.

¿Para comer aquí o para llevar?, dije.

Habíamos estado platicando en la sala de su casa rodeado de su envidiable biblioteca. Bebíamos vino tinto barato.

No hay para llevar, querida, contestó.

Entonces leí lo que abajo refiero en resumidas cuentas.

El monarca contaba ya con diez esposas fieles y a su total servicio. Ninguna le había dado un digno heredero, ora niños nacidos con malformaciones, ora niñas que el sultán no quería. Por lo que Muhammad Alí Pasa estaba molesto. Un día, sin el previo y sabio aviso de los profetas, un cometa errante se acercó a la Tierra y cimbró sus pilares: de pronto, parejas de personas que mantenían contacto íntimo comenzaron a levitar por todo el sultanato. Descubrieron rápido que sólo las parejas de amantes levitaban y entre más amor más alto levantaban el vuelo. Un anciano y una mujer joven escaparon del reino abrasados y fueron a caer a la desconocida India, donde los tomaron por dioses. Por lo que el sultán, como es natural, enfureció más: por primera vez en toda su vida había algo que no podía controlar, gente volando aquí y en todas partes. Así que prohibió el contacto íntimo. Impuso radicales costumbres: satanizó el saludo, el roce, y el acto sexual. Pero otros murieron cuando el sultán vio estupefacto cómo miembros de su varonil ejército levitaban al más leve de los roces. Abominación, profería el monarca. Así que mandó matar a todos aquellos hombres del imperio que experimentaran entre sí los influjos del cometa. Mermó la mitad de su ejército, una cuarta parte de sus artesanos, sabios y sacerdotes. Después dos mujeres llegaron volando hasta el balcón de su aposento. Abominación, profirió de nuevo el sultán, por lo que mandó matar a cuanta mujer experimentara con otra los influjos del cometa. ¡Cuánta gente murió tan sólo porque el sultán descubrió un día el temor de no ser amado por ninguna de sus esposas! En cuanto los sacerdotes y sabios que quedaban a su servicio resolvían el enigma, el sultán evitó todo contacto con ellas; es más, no tocó a nadie, so pena de descubrir la verdad: que nadie lo amara a él, amo y señor de Arabia. Pero Hussain Abbas, consejero e ilustre oráculo, aconsejó al sultán: que era una irrefutable muestra de la omnipresencia de Alá, pues el profeta había intercedido para que él buscará así la mujer adecuada que le daría al heredero. Muhammad Alí Pasa celebró una ceremonia: cada una de sus esposas debía pasar a tocarle la mano izquierda, las que no causarían el efecto morirían. Entonces había matado a todas hasta que Ayaan al-’Aziz, famosa por sus imposibles ojos azules, de divino rostro, tentación de secuestradores, otra Helena de Troya, pasó a tocarlo. Levitaron ante la mirada atónita de los presentes: los cadáveres acéfalos de las nueves esposas, los vástagos despreciados de éstas, la consorte y demás gente al servicio del monarca. Así no murió Ayaan al-’Aziz, progenitora del heredero. Varios días después el cometa se alejó lo suficiente y su efecto dejó de sentirse en los territorios conocidos hasta que fue olvidado con el tiempo.

¿Y bien? Me preguntó Gio al ver que depositaba las hojas sobre la mesa.

Pues… no podría juzgar la rigurosidad histórica, pero sí, me gustó…

Gio, siempre tan condescendiente, ya había notado mi nula formación literaria y mi incapacidad para valorar una obra: me convertí en una cucaracha oficinista, cliente consentido de los antros y practicante de la cacería de amantes. Es decir, un perdedor.

Al salir de la casa de Gio recorrí un antro, o un par de ellos, y en alguno conocí a Eduardo. Durante dos semanas nos gustó el sexo y una semana después terminamos. Después creí haberme enamora de Neri, un antiguo amante de Gio, que resultó ser amigo de una novia de un compañero del trabajo. Y duré con Neri hasta que un día me descubrió Soraya bajar de un espectacular automóvil –el jefe de los contadores me había llevado a mi casa-. Creyó que era mío el coche. Por ello me sedujo con sus amazónicas tretas… Soraya, así como resuena su nombre se mueven sus carnes. Soraya, tres sílabas, cual Lolita.

He dicho que el día del cometa busqué a Oscar. Así que me apresuro a contar mi historia. Fue un viernes. Desperté con mi apatía clásica. Me bañé a duras penas y con disimulada alegría saludé a mi casera. Recordé la plática que mantuve con él anteanoche y también desprecié el televisor: craso error. Luego subí a la azotea de la casa. Me había atrevido a hablarle para pedirle otra prórroga, pero no la encontré allí tendiendo mantas y toallas para secar, pero… ¡Volaba Soraya! ¡Acompañada de un anciano! ¡Abrazados! ¡Un anciano que olía a orines! Es decir, qué sí debía estar loco como siempre lo había sospechado, ya que Soraya misma me lo confirmó suspendida en el aire:

¡No sabes! ¡El cometa! ¡El cometa!

Después se alejaron levitando hacia un indeterminado punto en el cielo. Corrí a encender el televisor. Alguien parloteaba en el noticiero. Cambié canal: casi lo mismo, parloteo e imágenes de levitados, abrazados, sostenido uno de otro, siempre abrazados y levitando. Por no darme muchos detalles, le cambié al noticiero internacional. Pero sólo pasaban imágenes de gente volando en Sudáfrica, Helsinki, Bagdad, Sídney, Río de Janeiro, Los Ángeles, Buenos Aires, Moscú, Pekín, Seúl, Nueva Delhi, Casablanca, etc., diciendo lo mismo, y que ya estaba listo un experto de… para explicar el fenómeno. Sonó mi celular:

¿Cómo estás? Era Óscar.

Bien, ¿y tú? Oye, qué es eso que dicen…

¡Oye! Qué locura eh. Pero, bueno…

¿Qué pasa?

Nada...

¿O...? ¿Dónde estás? Okey, salgo para allá.

Pero recibí una llamada del jefe:

Pero…, le dije.

¿Qué?, rebatió.

Nada. Ya llego, contesté y me fui a la oficina sin remedio.

Mi trabajo en la oficina era emocionante y la emoción se repartía entre actividades diversas que iban desde contestar el teléfono, organizar citas, corregir textos, falsificar firmas, alterar facturas y conducir la camioneta del jefe para llevarlo a este u otro lugar. Ese día no fue la excepción a la regla ni por la jugarreta astrológica. Tal pareciera que el edifico entero era el último reducto de compostura y civilización. Nada a lo que vi camino al trabajo. Dentro de ese edificio la secretaria limaba sus uñas, el portero leía comic de vaqueros, en recursos humanos se encendía el odio, el contador jugaba póker y el jefe al teléfono. Apenas me acomodé el jefe sin dudarlo dijo Alberto agarra las llaves que nos vamos. Óscar, pensé.

Dejamos atrás la ciudad. Podría relatarles lo que vi, seguramente lo mismo que ustedes vieron y muchos otros vivieron en carne propia. En nuestro viaje encontramos semáforos inservibles, poco tránsito, azoteas copadas de gente –parejas de enamorados-, al igual que las ramas de los árboles. A dónde se han metido todos era la pregunta que el jefe y yo nos hacíamos, mientras nos dirigíamos al sur del país y observábamos con sorpresa la carretera desértica, aunque por la derecha veía con facilidad la playa y sus enamorados, como delfines alados parlando en sus secretos códigos, dioses griegos, rozando el sol y diciéndole adiós al suelo ingrato: nosotros nos queremos. Amén del espectáculo no dudó el jefe en soltar una ocurrencia:

¿De cuánto tiempo dispones ahora?

Al pie del cañón, dije. Y esa fue mi condena.

Bien Alberto. Te pagaré, verás.

Y todo para ir al rancho de su familia. Encontramos un total desastre. Los campesinos se negaban a trabajar. Uno de los hijos adolescente del jefe se había perdido junto al hijo de un operador de tractores. Mientras todos temían lo peor y mi jefe pensaba ya con qué rifle los haría bajar a tierra a mí me consumía una profunda envidia. Tampoco me era posible hablar por teléfono con Óscar o con mi propia familia. Pasaron los días hasta que la rueda completó una semana entera. Sin mucho qué hacer por las noches me consolaba observar la diabólica estela que el cometa presumía cual faisán en celo. Sin poder humano que hiciera trabajar a los campesinos, dejamos al rancho en iguales condiciones. Al regresar a la ciudad encontramos con que el edificio había perdido su sello particular: también había sido asaltado por parejillas de tortolitos. Apenas terminé mis obligaciones extraordinarias pude hablar con mi familia. Colgué y una llamada de Óscar ya sonaba en mi teléfono.

Le expliqué mi tragedia. Sé que no logré convencerlo. Todo era materia de sospecha, pero sí logramos concertar una cita, en la fuente de Hebe. Me resultó, irónicamente, imposible llegar a tiempo. El transporte no funcionaba bien, y un tramo lo hube de recorrer a pie. El gobierno, siempre tan eficaz, no contaba con ningún plan de contingencia: la ciudad entera había sido tomada por una ola de pánico: desencuentros amorosos, parejas que no podían levitar, y por otra ola de euforia histérica. Caminando sería imposible. Le marqué de nuevo y quedamos de vernos en otro parque, aunque más público que la fuente. ¿A quién podía importarle ya que vieran a dos muchachos tomados de la mano sobre la inmensa rama de un árbol?

La noche nos cubrió. Éramos orugas y el cometa nos traía las alas pedidas, ese momento esperamos por días y lunas y soles enteros. Entonces lo vi llegar.

Óscar, dije.

Él tenía miedo y emoción, se lo noté. Yo tenía más miedo que emoción y lo notó. La cercanía aún no era suficiente y ya me imaginaba, ora en la copa de esos imponentes árboles, ora volando hacia la cúpula de la Catedral, ora atravesando la Universidad. A donde quiera que el viento nos llevara sería bueno para ambos, Alfa y Omega.

Tu mano, dije.

Espera, contestó.

Mantuvimos una insoportable distancia cercana. Él cruzado de brazos y cabizbajo, con erección. Yo cruzado de brazos y cabizbajo, con mi erección. Lo miré. ¿Había lágrimas en su rostro o era un reflejo de la luna? Hasta que intentamos representar la Creación de Adán.

Uno. Dos. Tres. Nada.

Vi sus pies y luego los míos; vi sus ojos y luego la fuente; vi mi reflejo y luego el reloj; vi los árboles, el centro del parque y las cosas como siempre las había visto. Su cara apoyada en mi pecho. Noté su leve llanto. Y quise matarme.

Llegué caminando a la oficina.Hablé con Gio.

¡Oye Alberto! ¡Qué noticia! ¿Cómo te ha ido?

No muy bien. Óscar y yo no levitamos. Óscar y yo no levitamos, repetí abstraído.

Le conté mi tragedia y él me contó su aventura con su profesor francés de francés.

Ayaan al-’Aziz, ¿recuerdas?

No. Él sufrió más que yo, lo noté, dije.

Sí, me imagino. Y debes saber el porqué.

Colgué y subí a la azotea. Amanecía. Se descubrían los cerros y el sol tras de ellos. Se apagaban las luminarias de las calles. Despertaba la gente que había llegado levitando a los pisos superiores de los edificios. Cerca de mí gemían con ronquidos un trío de bellas mujeres. Me subí al pretil. Escuché las ondas sonoras de un radio lejano que me explicó lo no sucedido: el día anterior el cometa de las tragedias remontaba en su regreso, cumpliendo con su cósmica encomienda. Con él se fue su efecto, una hora antes de verme con Óscar, según dijeron los expertos: nunca dieron con el traste, pero supieron que dentro de un milenio volverá y removerá los aires del futuro de nuevo.

Gustavo Méndez Martínez.

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