miércoles, 21 de julio de 2010

La clínica 3

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Todos los que vienen aquí tienen el alma quebrada, y la vida. Muchos tuvieron un sueño que no alcanzaron. Otros nunca han tenido sueños. Como yo. Yo había llegado aquí por azares del destino. Aunque a decir verdad, no creo en el destino. Pienso que uno se forja el destino paso a paso. O sea que no llegué aquí por casualidad. Cada error me trajo poco a poco. A los diecisiete años me subí al barco del fracaso. ¡Qué digo barco, a la balsa! Y hay otros como yo. 

2

 Trozos de arroz escapaban de la boca de Forman. Masticaba rápido, como si tuviera prisa. Lo hacía nerviosamente y con mucho ruido. Comía como un verdadero cerdo. Estaba frente a mí. Yo comía muy despacio. Entonces eras vendedor, dije. Un trozo de arroz saltó a mi brazo. Ajá, dijo Forman, DE TRACTO CAMIONES. Decía tractocamiones como si fuera la gran cosa. Como si vender tractocamiones fuera la gran cosa. Quizá lo sea pero me molestaba su manera de remarcarlo. No me limpié el brazo. Me quedé viendo al pequeño arroz. Parecía un gusano anaranjado. ¿Y luego…?, pregunté. ¿Y luego qué?, respondió Forman. Eras vendedor, ¿y luego…?, dije. La boca de Forman hacía un clash, plast, clats, y entre todo eso dijo: yo era el mejor vendedor de la marca. Y continuó con el ruido al masticar. ¿Y luego?, dije. ¿Y luego qué?, preguntó Forman. Eras el mejor vendedor de la marca, ¿y luego…? Se concentraba en comer. Creo que le molestaba tanta pregunta. Comía a gran velocidad. Yo seguía con el arroz y él ya iba con el pollo. Presionaba durísimo el cuchillo de plástico al partir el pollo. Lo hacía como si estuviera cortando hierro. En el noveintaicuatro la empresa me echó. Ya, dije. Continuamos hablando cerca de una hora. Me lo contó: Ernest Forman era un ex vendedor de tractocamiones exitoso en Arizona. No hacía otra cosa que vender puñeteros tractocamiones y era bueno. Era capaz de venderte un Freightliner Century Class lo necesitases o no. Trabajaba para Tractocamiones USA International Truck & Engie Corporation y las comisiones eran la hostia. Vivía en un apartamento de lujo con Wendy, su mujer, y Brandon, su hijo de cuatro años. Todo iba muy bien por 1982. 

 Forman quería un limón para su pollo. Pero no había limón. Eso le estresó bastante. Le dijo a la enfermera que si no le daban un maldito limón interrumpiría el estudio. La enfermera fue con el médico a cargo y éste le dijo a Forman que si lo hacía, no recibiría un solo centavo. Forman se calmó. Y siguió contándome: Fue por el 85. Eran vísperas de Navidad y Jack, un viejo cliente de Tractocamiones USA, a quien Ernest solía atender, le regaló un libro. Ernest solía recibir obsequios. Era un vendedor estupendo. Los clientes quedaban agradecidos con su servicio y obsequiaban cosas a Ernest en Navidad y año nuevo. Jack era un cliente importante para Tractocamiones USA. Reportaba el 12% de sus ventas totales. Jack era dueño de una constructora en Los Angeles y estaba forrado. A Ernest le pareció una pichicatería recibir un libro de semejante tío. Por esos tiempos Ernest era un hombre honorable y de principios. Así que envió una tarjeta a Jack hasta Los Angeles agradeciendo el detalle. Era tremendo vendedor. Y se olvidó del libro hasta 1988. Mientras tanto continuó vendiendo tractocamiones como chicles. ¡Tracto camiones como chicles!, repitió Forman llevándose un pedazo de pollo a la bocaza. Abrió grande la boca y se metió media pechuga de pollo. Luego la masticó como sin ello se le fuera la vida. Lanzaba bufidos por la nariz y sudaba a mares. Yo no podía pasar del arroz. 

 Un día Ernest cogió una buena borrachera. Era 4 de julio en Arizona. No solía hacerlo así que llamó al trabajo y le dieron el día. Quiero decir, llamó al día siguiente de la farra y le dieron el día para curar la resaca sin problemas. Wendy preparó café y colocó sábanas y almohadas en el sofá. Así Ernest podría descansar y mirar televisión. Y eso hizo Ernest. Se echó al sofá y encendió el televisor. Pero al poco rato se cansó y buscó algo qué hacer. Ernest era un tío activo y trabajador. Decidió escombrar el estudio. El estudio era la habitación donde almacenaba todos los objetos inútiles que por alguna razón no tiraba. Se lo dijo a su mujer y Wendy trajo cajas de cartón y una escobilla.  Entrambos recogieron el estudio. Metieron muchas cosas a las cajas. Las cajas irían al basurero, así que debían ser cuidadosos. Sin embargo pronto llenaron las cajas y algunas bolsas más. Wendy tomó el libro y se lo pasó a Ernest. El libro regalo de Jack. Tuvo que pensar si echarlo a la caja o no. Finalmente lo dejó en la repisa y continuó con los viejos manuales del VHS. Nunca ocuparon los manuales. Ernest entendía muy bien cómo usar el VHS. Picas reproducir para echarlo a andar y listo. Ernest no era de los que retroceden o adelantan la cinta o graban. Era un hombre bastante simple y feliz. Terminaron con el estudio. Sólo faltaba colocar el libro en su sitio. Pero el libro no tenía sitio porque no había más libros. Ni Ernest ni Wendy eran de los que leen. Más bien eran de los que no leen. Y a Ernest le molestaba dejarlo en la repisa junto a los trofeos de venta de tractocamiones. Cada año Ernest ganaba el nombramiento de mejor vendedor del año. Y cada lustro el de mejor vendedor de lustro. Y cada década el de mejor vendedor de década. Llevaba catorce años en el negocio. Entonces tomó el libro y se lo llevó consigo al sofá. 

 Aquí Forman hizo una pausa a la comida. La aprovechó para respirar y contarme: estaba aquí solo. Su mujer le abandonó hace cuatro años en Arizona. Vino a México a escribir una novela y no tenía pasta. Antes era un tío forrado. Pero ahora tenía que venir a la clínica para no fallecer de hambre. Le pregunté si lo de Wendy le había afectado pero no, dijo, eso no me interesa. Ya, dije. Comencé a partir mi pechuga de pollo. Yo lo hacía suave. Forman esperaba algo más de comer. No hay nada más de comer, dije. Era su primera vez. ¿Cómo que no hay nada más?, dijo, apenas me he llenado. Gritó a la enfermera y cuando vino dijo que le sirvieran de nuevo. No haya nada, más, dijo la enfermera. Ya sé, dijo Forman. Quiero que me sirvan lo mismo, no importa, ¡pero otra vez! La enfermera le dijo que no. Las raciones están contadas y, NO HAY NADA MÁS. La enfermera se fue enseguida. Forman hizo como que se desinflaba y cruzó los brazos. ¿Y luego…?, dije mientras me llevaba el pollo a la boca lento y él lo miraba con ganas de arrancármelo. Me llevé el libro al sofá y lo puse sobre mis piernas, dijo. Y siguió: estaba recostado en el sofá. Se olvidó del libro hasta que movió las piernas y se cayó. Entonces lo recogió y lo puso en la mesa del teléfono. No le gustaba verlo allí así que lo tomó y lo puso sobre su estómago. Tampoco quedó satisfecho porque sabía que no podía dejarlo allí para siempre. Entonces lo tomó y comenzó a leerlo. Era un libro de filosofía existencialista. Trataba del absurdo. Al principió creyó que no terminaría. Pensaba darle sólo una hojeada. Pero una frase le impactó. Decía: “no hay nada más que un problema filosófico serio: el suicidio.” Ernest jamás había pensado en suicidarse. Ernest no pensaba en casi nada. Su vida era vender tractocamiones. Se preguntó porqué alguien daría tanta importancia a quitarse la vida. Y continuó leyendo. No entendió mucho pero cada frase del libro se quedó grabada en su mente. Y en su alma. No concebía que un hombre dedicara su vida a escribir de ese modo. No entendía que un hombre dedicara su vida a escribir de cualquier modo. Para Ernest todos los hombres se dedicaban a vender. No importaba a qué se dedicasen realmente. Todo en el mundo es una venta, pensaba Ernest. 

 Al día siguiente Ernest se presentó al trabajo. ¿Todo bien?, preguntaban los colegas. Sí, decía Ernest. No sospechaba que todo iba mal. Muy mal. Durante el día Ernest vendía tractocamiones, o intentaba hacerlo. Para ser el mejor vendedor debía colocar dos o tres productos al mes. Había quienes pasaban tres o cuatro meses sin una sola venta. Vender tracto camiones es duro. Ernest era a su manera, un tío duro. Y por las noches tomaba el libro. Había decidido dejarlo en el buró junto a la cabecera de su cama. Y leía. Wendy no veía nada malo en que su marido leyera un poco. Pero no pensó lo mismo siete años después cuando Ernest se convirtió en lector asiduo. Porque así fue: Ernest comenzó a pensar. A pensar demasiado. Su mente se llenó de aquellas ideas sobre el absurdo de Camus. Comenzó a mirar la vida desde otra perspectiva. Compró otro libro y otro y fue colocándoles en la repisa del estudio, de donde quitó los trofeos de venta. Ahora esos trofeos se le antojaban ridículos. Sólo metal moldeado a imagen y semejanza de tractocamiones miniatura. Y no sabía dónde meterlos.  Al principio ocupaba sólo unas horas a la lectura; al anochecer, antes de dormir. Ahora ocupaba demasiadas horas. Todas las que podía antes de dormir. Y Por las mañanas antes de ir a Tractocamiones USA. Y durante los tiempos muertos en el trabajo. Claro, los tiempos muertos eran cada vez más. Dejó de vender tantos camiones. No sé amedrentaba. Las comisiones de una a dos ventas al bimestre eran suficientes para vivir dos o tres meses. Lo tenía todo bajo control. Vendería lo suficiente para vivir y dedicaría todo el tiempo restante al estudio de la filosofía. 

 Yo no podía acabar el pollo. Cada vez como menos, pensé. Antes me quejaba de lo poquitero del asunto de la comida en este sitio. Pero me he ido acostumbrando. Forman no dejaba de mirar el movimiento de los cubiertos sobre el pollo. Se lo dije. Le dije: ¿la quieres? Yo realmente no la podía terminar. No dijo que sí. Sencillamente la ensartó con su tenedor. Dio un tremendo golpe. Se llevó la pechuga y el plato de unicel al mismo tiempo. Y se puso a hablar y a escupir pedazos de pollo. Yo le prestaba atención. Conforme lo observaba me daba cuenta de que todo era una ilusión. Quiero decir, la primera impresión que me dio fue la de un tío seguro de sí y con personalidad. Y la tenía, sí, al primer vistazo. Luego te dabas cuenta: Ernest era un tío con miedo. Con mucho miedo. Sus dientes amarillentos hacían juego con las venas hinchadas de sus ojos. Y con las uñas sucias. La camisa a cuadros era fina pero hace tiempo no era lavada. Lo mismo los texanos. Podría ser un excelente estafador, pensé. 

 El caso es que Forman Leía y leía. Y no paraba de leer. Cada vez vendía menos y decía a Wendy que no necesitaban tanto dinero. Brandon podía ir a escuela pública y no requerían aire acondicionado en el apartamento. Ernest podía deshacerse del auto. No lo requería. Era un auto caro y Tractocamiones USA quedaba a diez minutos en transporte público. Wendy no estaba de acuerdo y se lo dijo. Fue paciente. Muy paciente. Incluso se ajustó al nuevo presupuesto sin demasiadas quejas. Brandon era un niño y no entendía lo que pasaba. Y no le importaba demasiado. Pero Ernest no paraba. Iba en picada. Caída libre. Llegó el día en que vendió un camión al trimestre. Se acabó la carne tres veces por semana. Los estilistas de Wendy. El champan en navidad. Se mudaron a un barrio al Este de Arizona. Era un barrio alejado de todo pero era barato y lo pagaría sin problemas. Wendy le era fiel y no le reprochó. Pensaba que así son las ventas; un día todo va bien y al otro nadie quiere un condenado tractocamión. A decir verdad Wendy siempre pensó que nadie quiere un tractocamión. Hasta que conoció a Ernest. Él pensaba que todo mundo requiere uno. Hasta los que no pueden pagarlo lo pasarían mejor con uno, decía. Sin embargo, Ernest pensaba ya como Wendy. Es difícil, se quejaba, ¿Quién coños quiere uno? 

 Mr. Watson, el jefe de Ernest, le mandó llamar un día de 1993. Le habló de su notable decadencia. Le habló de su terrible actitud y le advirtió que si continuaba así, ya no requeriría de sus servicios. Hasta un neófito lo hacía mejor. En ese entonces a Ernest le importaba dos cojones la opinión de Mr. Watson sobre su actitud. Tampoco le aterrorizaban sus amenazas. Había entendido que “el mundo es mental”. 

 Así, al trimestre siguiente fue despedido de Tractocamiones USA. Wendy estaba realmente preocupada. Tenían algunos ahorros pero no era suficiente. Ernest debía encontrar empleo inmediatamente. Quizá vendiendo autos. Todo mundo quiere un auto, decía Wendy. Y son menos costosos que los camiones. Si dices que has vendido camiones por diecinueve años seguro te lo dan. Ernest pidió empleo en Ford Company. Se lo negaron. ¿Por qué?, pregunté. Forman miraba a la pared. Como recordando con ganas. Había terminado su comida y la mía. Dijo: porque ya no me importaba. Quería decir que no le dieron empleo porque no tenía interés en obtenerlo. Y lo notaron. Ya no le importaba nada. Todo era un absurdo. Leyó lo suficiente para saberlo. Leyó lo suficiente para desinteresarse de la vida. La literatura acabó con Ernest Forman, el mejor vendedor de tractocamiones del condado. Ahora sólo era Ernest, el desempleado. Wendy no lo soportó más. Lo que le jodía enserio era la depresión de su marido. No hacía lo mínimo por conseguir un puesto. Bebía con frecuencia y leía sin parar pero del tajo nada. Y lo dejó. Se fue con la puta de su madre, dijo Forman con loso ojos cristalinos. Pensé que quería llorar. Ya, dije, no importa, acuérdate: “A veces un hombre gana, cuando pierde a una mujer”. Forman se levantó y se fue. Me dejó allí. Ya, pensé, lo entiendo al cabronazo. La literatura también acabó con mi puñetera vida.
   
3

¿Y de qué va tu novela, Forman? Ernest vino a México a escribir una novela. Se le metió el gusano de la literatura y dejó todo lo que tenía (o todo lo que le quedaba) en Arizona. Era el día siguiente y estábamos comiendo otra vez. Arroz y pollo. Ernest continuaba escupiendo todo el arroz en mis brazos. Parecían gusanos anaranjados. Ya lo dije pero de verdad, parecían gusanos anaranjados y eso me divertía. Aún no lo sé, dijo. ¿Cómo que aún no lo sabes?, pregunté. Estoy indeciso, dijo. ¿Indeciso entre qué?, pregunté. Entre escribir una novela o no. Dios, ¿pues que no has venido a eso?, dije. Sí, contestó Forman, pero pensé que quizá podría escribir una obra de teatro para Broadway. ¿Y de qué iría la obra?, dije. No estoy seguro, dijo, pienso que podría ser de una mujer. ¿De una mujer?, ¿sólo eso?, pregunté. De una mujer que se enamora, dijo. Ya, dije. Se enamora de un hombre rico, añadió. Ya, dije. Bebió de su vaso de agua y se le escurrió todo. El caso es que la mujer es pobre, y se enamora de un hombre rico, apuntó. Déjame adivinar, dije, poco a poco lo conquista y el hombre se enamora también, pero como pertenecen a clases sociales distintas, es un lío y de eso va la obra hasta que al final se casan, ¿no? No, dijo Forman, no es así. ¿Entonces cómo?, pregunté.  Pues la mujer se enamora perdidamente, dijo, pero el hombre no le hace caso nunca, porque es de otra clase social, y ella se desvive por llamar su atención pero fracasa. ¿Y al final?, dije, se casan, ¿no? No, dijo Forman, al final no pasa nada. Dios, dije, ¿por qué? Porque así es la vida, dijo Forman, así es la jodida vida. Los ricos con los ricos y los pobres con los pobres. Así es la vida. Dios mío, dije, ¡será una gran obra! En verdad lo pensaba. ¡Forman tenía toda la razón! ¡Así es la vida! 


Martin Petrozza

6 comentarios:

  1. Buen relato, un poco distinto a lo que has estado haciendo pero muy bueno. La idea de que la literatura acabe con la vida de las personas es muy cierta, te aisla y te hace ser un desadaptado social, lo entiendo perfectamente, Forman descubrio la verdad, que el mundo es una basura!

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  2. La literatura es poderosa!!!!

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  3. increible relato de Ernest, me gustó mucho!

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  4. Así es la vida!!!!!!!!! Excelente!

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  5. Literatura, amada literatura, por ella se deja de vivir. Que bacano leer a Camus y saborearlo; la Peste es una de las mejores y aunque la que nombran "el teatro del absurdo" no he tenido la oportunidad de leerla (me hace recordar malos momentos) se que es muy buena... eso hace parte de la fiesta de Camus lo absurdo, lo impredesible, lo inimaginable, lo probable.

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  6. Maravilloso, este me gusto mucho, la literatura acaba con nuestras vidas.

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