martes, 20 de julio de 2010

La caja mágica / PARTE IV

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 Todo era claro. Quinientos pesos y el sí de Cecilia no eran algo que se lograra en semana y media así como así. Carlos daba saltos de alegría y ya nada le preocupaba, no importa que necesitara siempre estaría ese último cigarro en la caja. No pasaron ni dos días cuando necesitaba ayuda. Se enteró, por medio de Carolina que Jaime le partiría la cara. Jaime era más fuerte, más alto, y con más experiencia en romper caras que Carlos. Sólo un milagro podría salvarlo. Rápido fui a la tienda y pidió una de Marlboro Light. La abrió y volteando un cigarro pidió salvarse del problemón. 

 Aun con deseo pedido y todo, apurándose a fumar los diecinueve cigarros restantes, aquella noche no pudo dormir. Sabía que sus días estaban contados y por momentos dudaba del poder de ese último cigarro en la caja. Antes de dormir fumo el cigarro diecinueve y dieciocho. Por la mañana, desayunó una torta de jamón que había dejado su madre y encendió el tabaco número diecisiete. Llegando a la preparatoria entró al salón y pasó todas las clases preocupado por su integridad. En el descanso tuvo que esconderse en el baño para fumar el cigarro dieciséis, quince, catorce y apresuradamente llegó al trece. Estaba harto de tanto fumar pero lo hacía por su bien. Ese día no sostuvo conversaciones con nadie, ni con Carolina ni con Cecilia; se dedicó exclusivamente a fumar. Entre clases solicitaba permiso de ir al baño a cada cambio de profesor y así logró llegar hasta el noveno cigarro. A la salida, tan temida en estos casos de partir caras, se escondió en el área de limpieza de las preparatoria y fumó acompañado de tanto producto inflamable: ocho, siete, seis, cinco y paró por culpa de unas terribles nauseas. Corrió desesperadamente para llegar a casa y no se sintió a salvo hasta encerrarse en su recámara con cerrojo echado y ventanas bien tapadas. Sacó el cuarto cigarillo y lo encendió. Este lo fumo despacio y ya estaba tranquilo cuando escuchó la terrible voz de Jaime que lo retaba a salir. Se asomó cuidadosamente por el interciso entre la cortina y la ventana. Allí estaba el grandulón con su séquito de golpeadores por placer. Temblando sacó el tercero y antes incluso que se apagará totalmente la colilla, el segundo. Ya casi, ya casi. Pasaron quince minutos y todo parecía en calma, ya no escuchaba los gritos de la jauría. Por fin, el último cigarro, el de la suerte. Lo encendió lentamente y se concentró en el deseo. Siete minutos fumándolo y todo de maravilla; se terminó el cigarro y de Jaime nada. Se asomó por la ventana y nada, se habían ido, esfumado como el humo de ese mágico cigarro. Se acostó en cama y durmió tranquilo y nauseabundo con la boca seca, blanca y encima una sonrisa.






1 comentario:

  1. L. Macrozabeth Moncada Uribe20 de julio de 2010, 11:26

    Qué mágica... por qué tan ausente abdul!?

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