lunes, 12 de julio de 2010

Eder.

AudioTexto.


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Observo a la gente. Parecen muy felices siempre y pienso que deben llevar vidas felices. Yo también debo llevar una vida feliz, pienso, pero sé que no. Quizá ellos tampoco porque siempre están los problemas de la renta, las mujeres, del tedio rutinario; sólo cambian los caseros, las mujeres y las rutinas. Mi rutina era no tener rutina. Eso me propuse. Trataba siempre de hacer algo distinto, cambiar de actividad constantemente. Tomé clases de pintura gratuitas. Las daban en una casona en Coyoacan, un maestro loco como todos los maestros de arte. Asistían mayoritariamente viejas ricachonas sin qué hacer y el maestro vivía de los donativos de estás señoronas. Era un buen negocio. Incluso sospecho que a veces las cogía. Se las folla el viejo hijoputa. 

  Allí conocí una joven con un culazo; más o menos de mi edad. Solíamos fumar en el descanso en la terraza. Ella estudiaba diseño gráfico y era una perrita de casa. Su madre pasaba por ella y se iban en un coche último modelo y comían todos los días en Sanborns, etc. Yo le decía amo el arte y gilipolleces para agradarle y hacerle creer que yo era un artista nato y podía enseñarle mucho. Ella pintaba de pena y tenía la desfachatez de preguntarme qué te parece y obligarme a decir una suerte de mentiras piadosas. Primero no me gustaba mentir y deseaba gritarle ¡esto es una mierda!, pero descubrí: sí la alagaba podía acercarme a ella y arrimar mi cuerpo contra su culo y mientras más cosas bonitas decía de su cuadro más se apretaba ella contra mí y entonces dije: ¡Eres la Velázquez! Ese día fuimos a comer. 

  Me llevó a un restaurante Argentino en Tlalpan. Había muchas carnes y mucho mesero y mucha pompa, como si fuese el gran lugar. Y vinos y servilletas en las piernas. Ordené lo más caro para ver si Eder, así se llama ella, era de verdad como decía ser o pura fachada. Ella no decía nada, claro, no decía soy rica ni nada, mis complejos me lo hacían creer. El caso es que ordené lo más caro y ella ordenó alguna cosa, no recuerdo. Pedí una botella de vino. Esa me la bebí rápido y pedí otra y ella decía es vino de mesa, para acompañar y otras sandeces y yo contestaba, la carne es de mesa, para acompañar mi vino. Ya estaba ebrio. Hablé de arte. Dije: nena, el arte no sirve para nada. Ella decía: sirve para expresar emociones y para… Ya, ya, la interrumpí, niñerías, el arte es un monstruo, te jode la vida y no sirve para nada, pídete otra botella. Dijo no pediré otra botella. La pido yo entonces, dije. ¡No!, gritó. Un mesero se acercó. ¿Todo bien, señorita?, preguntó. Sí, gracias, contestó Eder. Vamos a otro lado, dije. Sí, dijo, acábate eso y nos vamos. Ya vámonos, dije, a la mierda con esto y aventé el tenedor al plato. Levantó la mano y ordenó la cuenta. Pagó y nos fuimos. 

  Subimos a su auto francés del año y dijo: ¿dónde vives? Dije: vete todo derecho y da vuelta en u cómo y cuándo puedas. Así lo hizo y en Periférico le indiqué y llegamos a casa. En el camino no hablamos. Iba molesta. Pensaba dejarme en casa y desaparecerme de su vida. Llegando botó los seguros del auto y dijo: bien, adiós. Yo venía pensando en su trasero y lo bien que lucía en todo momento. Sobretodo hoy, pensé, con esa falda larga amarilla y azul. Llevaba una falda estilo hippie. Bien, dije, porque no pasas, tengo algo de ron, tabaco y también tengo un cuadro que quiero mostrarte y unos textos… Ella dudó un segundo. Como yo la había convencido en clases de mi talento artístico no resistió la tentación de echar un vistazo al cuadro. Es decir que ella comenzaba a creer que yo era uno de esos genios locos del arte. Bueno, dijo, veré tu cuadro si prometes no sobrepasarte conmigo. Coño, nena, dije, ¿me crees un malandrín? Hizo una mueca y dijo sí. Ya, pasa de todos modos, no prometo nada. Rió y entró a mirar el cuadro.  

  El problema era el siguiente: ¡no tenía cuadro! ¡Ningún cuadro! La senté en el sofá y tomé dos vasos y serví whisky. Le di uno y dijo, no gracias. Bebí el mío de un trago e insistí y dije: para mirar mi cuadro debes estar sabrosa, de lo contrario te parecerá un cuadro cualquiera. Bebió su vaso a fondo y dije: ¿no que no bebías? Y dijo: No bebo pero me interesa ver tu lienzo. Vaya, dije, me honras. Ya, dijo, déjame ver el maldito cuadro. Na, na, dije, otro vaso, no estás servida aún. Le ofrecí otro vaso con whisky y lo bebió. Yo bebí otro también. Ahora el cuadro, dijo. Claro, dije, dame un segundo. Caminé por el cuarto como buscando algo. En realidad pensaba qué diablos hacer. ¿Ya?, decía, ¿ya?, ¿ya?, ¿ya?  Cierra los ojos, dije. A ella le pareció bonito eso de cerrar los ojos. Los cerró. Me planté frente a ella y le dije: ¡ya! Abrió los condenados ojos y yo estaba con cara de imberbe sosteniendo un cuadro imaginario, haciendo de mimo y dije: ¡ta taaaan! Ella no dijo nada. No decía nada. Estaba muda y no sabía qué mierda decir. Puso cara de no soy imbécil. Ya, dije, ya, no tengo cuadro, sólo lo hice para que entraras y pasar más tiempo contigo porque me encantas y te deseo, desde la primera vez que te vi, te deseo, te deseo, te deseo. Ahora puso cara de: vaya, no es lo más galante que me han dicho pero me gusta. Le serví otro vaso con whisky y me serví uno también y le dije, nena eres la cosa más bonita que he visto y soy capaz de hacerlo todo para estar con vos, ¡maca!, ven acá, dame un abrazo, dije, andá, sólo uno pequeño para decir te quiero. Se levantó y nos abrazamos. El whisky había surgido efecto y le costaba andar. Recargó su cabeza sobre mi hombro cariñosamente y le acaricié la espalda. Todo era muy tierno y muy bello hasta que no pude más y le apreté duro las nalgas. Dio un brinquito y dijo, ¡espera! Le abrí la boca con los labios y metí hondo la lengua mientras le masajeaba el culazo. Ella trataba de zafarse pero yo no la dejaba. La tiré al sillón, le jalé la blusa y salieron las tetas. No eran grandes pero eran un par de buenas tetas. Poco a poco cedió y ella sola sacó la verga de mi pantalón y la introdujo. Ladeando las bragas y esquivando la tela de la falda, le dimos duro. Me vine y ella dijo: ¡oh Dios, perdí el control! Ya, dije, no es para tanto, todos somos unos cerdos en el fondo. Casi llora cuando dije eso. Calma, nena, dije, trae tu culo acá y calma. La tomé de la cintura y le quité la falda y acaricié sus nalgas y lamí su ano y le metí uno, dos, tres dedos al hoyo y luego la verga ya ensalivado y bien dilatado. Despacio, despacio y luego fuerte, muy fuerte. Se retorcía y se le escapaba un ¡Oh, Dios, no! De vez en vez y cuando eso pasaba yo le daba nalgadas y la embestía brusco. Eres mi puta, zorra, le gritaba. Eres una puta de mierda. Eres una cosa asquerosa. Y le gritaba otras cosas también. Cuando terminé se dejó caer al sofá y luego al suelo y decía, ¡te amo!, ¡te amo! Y yo decía eres una hijaputa y otras cosas y le tomé la cabeza y acercándola a mi pinga se la di a chupar. No sabía hacerlo muy bien pero tenía potencial. Ya, ya, deja eso, le dije antes de venirme porque nunca me haría venir con esas tímidas mamadas de niña bien. Tenía sueño, estaba cansado y decidí acostarme. Resulta que la jeba quería más. Métemelo otra vez, decía, otra vez, por favor. Le dije que ya no jodiera, es suficiente por hoy, dije. Tuve que darle dos whiskies más para hacerla dormir. 

  Dormimos en el suelo, abrazados. Al despertar me di cuenta que ella seguía allí y pensé, excelente, ya salió el desayuno. Me levanté sin despertarla para llegar a su bolso. Lo abrí. Dentro había mil quinientos pavos. Los dejé en su lugar, no era un ladrón. Cuando despertó tomamos una ducha juntos. Lo asquerosa se le quito en base a sexo porque estoy seguro, antes de follar no hubiese entrado a mi baño. Era muy pequeño y sucio pero no se quejó ni hizo muecas. Lo único que le ineresaba era cogerme la pinga y eso. 

  Me llevó a Perisur. Desayunamos en El Péndulo, la librería-cafetería. Husmeando entre los libros encontramos uno de Pedro Juan Gutiérrez y me lo regaló. Yo dije, gracias, nena, y ya que estamos en esto, mirá que ando roto, piba, no lo tomés a mal pero ando corto de plata y no sé si vos podés… hacerme un préstamo… No me dejó terminar. Sacó ochocientos pesos de su bolso y me los entregó. Bacán, dije, me hacés el día, preciosa, vos los tendrás de regreso en una semana, no más. Recibiré un dinero de unos textos y vos… Otra vez interrumpió. Dijo: no, no, déjalo, y sonrió. Yo sonreí doble y la besé en la frente, le dije: te amo a vos, pequeña, te amo a vos. Luego desayunamos y tuve que hacerme el romántico un par de horas más y finalmente me despidió en casa.

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Martin Petrozza.

8 comentarios:

  1. las mujeres son mustias. Supongo que este es entonces la parte donde la conociste y luego se fueron a vivir juntos. Muy bueno, me ha hecho reir bastante...

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  2. jajajaj muy bueno y divertido
    aproveche para ver el otro y esta muy bueno tambien
    volvere pronto
    felicidades por el blog

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  3. Esa eder es explendida. Te paga, te aloja en su casa. aunque luego te corre! asi es la vida compañero.

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  4. Tienes que decirme donde estan esas clases de pintura en coyoacan, en que parte! van do veces que las mencionas.

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  5. Listo Rebeca, puse una liga en eltexto que te lleva a la página de las casa de cultura. Saludos, gracias por leer.

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  6. Excelente! sigue escribiendo asi y nunca dejare de leer!!

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  7. A decir verdad es el texto de Martín que más me ha gustado, a diferencia de los otros, este me lo creo más tal cual lo escribes, me lo haces creer. En la puerta negra, Diana y los demás siempre hay algo que uno dice no fue asi, pero así pudo haver sido, aquí me lo creo todo. El estilo es muy bueno, sin fabricaciones, directo, rápido. Me gustó mucho

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