jueves, 8 de julio de 2010

Del feminismo.

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Nota: este texto alude a una experiencia PARTICULAR, y no generalizada de un grupo feminista. Es un ángulo SUBJETIVO de vista. 

"Es absolutamente imposible encarar problema humano alguno con una mente carente de prejuicios."

A la edad de veinte años se me vino la ola del feminismo. Debo aclara que yo no soy feminista. Todo esto salió porque de alguna manera había chicas que pensaban que yo lo era. Por mi manera de ser. Quizá por mi manera de tratar a los hombres. O algo. En la universidad, Joana, una chica feminista me preguntó si yo era feminista y le dije que no. Entonces me invitó a unirme a su club feminista y le dije que no. No le di las gracias porque no le agradecía en lo mínimo que me invitara o me tomara en cuenta. Pero Joana estuvo jodiendo y acepté. Lo hice porque quería saber de qué iba todo ese rollo y pensé que quizá me sentara bien. Así, me convertí la miembro más pasiva y antipática del club feminista. Se reunían… NOS REUNÍAMOS, en casa de alguna miembro y debatíamos un montón de tonterías. Los temas eran propuestos por la presidenta. Uno de sus favoritos era la cuestión del arreglo personal. Decía que una debe usar pantalones y camisas y no faldas cortas. Yo por mi parte prefería las faldas cortas aunque la mayoría estaba a favor de los pantalones. Decían que no sólo el hombre puede usarlos. A mí se me hacía algo pasado de moda ese tema y poco importante pero Joana decía que era indispensable que lo hiciéramos notar. Que la falda era un instrumento del macho para rebajar a la mujer a calidad de objeto sexual. ¿Qué hay de malo en que un hombre te desee?, preguntaba yo. La presidenta enloquecía y me gritaba que por mujeres como yo, el hombre domina al mundo. Yo no lo entendía muy bien pero ella estaba convencida. También discutían sobre el empleo. Se quejaban de que los puestos altos siempre están ocupados por varones. Decían varones. Algunas sentíanse superiores en los trabajos y lo enfatizaban ante sus jefes, pero ni así conseguían ascender. Y se quejaban de que fulana de tal ascendió dando las nalgas. Y yo decía, pues claro; y es más fácil. Entonces la presidenta comenzó a odiarme y a preguntar quién demonios me había traído al grupo. Yo me defendía diciendo: ¿por qué pelear para que la mujer tenga que sufrir trabajando?, ¡que trabajen los hombres! ¿Y porqué luchar para que fulana de tal no pueda ascender ni dando el culo? ¿No es acaso eso ser más inteligente que el imbécil que la ascendió? Todas se me quedaban viendo con cara de interrogación pero la presidenta vociferaba y entonces ellas también lo hacían. Joana me defendía todo lo que podía pero no era suficiente, yo las hacía rabiar más y más. La presidenta explicaba qué hacer en caso de acoso sexual. Pregonaba cómo defendernos y cómo llevar al cretino tras las rejas. Yo decía: NO, ESTÁN MAL, si alguien te acosa sexualmente, tienes a un hombre bajo tus pies. Además eso de ser acosada es una exageración; si alguien me ve las tetas, ¡lo tengo bajo mi control! Es cuestión de pedir y todo será dado. ¿Por qué mandar tras las rejas al genio de la lámpara? Definitivamente yo no encajaba en ese grupo. Sin embargo Joana dijo que cuando me diera cuenta de cómo es el mundo apoyaría al feminismo sin dudarlo. Le di la oportunidad de demostrarme lo terrible que es el mundo pero ella se confundía y lo que realmente quería decir era: lo horrible que es el hombre. No el macho. Una feminista empedernida como Joana ya no distingue entre el hombre y el macho. Todo le parece abominable. 

  No me sirvió de mucho asistir periódicamente a las sesiones feministas. Yo continuaba vistiéndome para provocar y saliendo con hombres forrados de pasta. Me importaba poco si eso era darle poder al macho. No lo creía. Y en todo caso era darle un poder falso. El verdadero poder lo tenía yo. No era Alder quién decidía cuándo ni en dónde. Era yo. No era Alder quien me enamoraba. Yo ni siquiera me enamoraba. Alder en cambio se apasionaba por mis ojos o por mis piernas y me pagaba buenas farras en buenos lugares y yo pensaba: una feminista jamás tendrá nada de esto. Una feminista estará en este momento masturbándose y pensando que no necesita un hombre. O en el día que le den la Dirección de alguna organización y tenga que matarse trabajando para mantener a sus peces y a sus tortugas y sus gatos. Lo pensaba pero no se los decía, ya me tenían bastante en la mira. 

II

Scott estaba en casa. Era un jueves a las nueve de la noche. Yo esperaba que se fuera pronto. No habíamos salido a ningún lado. Se lo pasó hablando de lo mucho que me necesita y lo mucho que me quiere y lo mucho que le gusto. Pero eso lo hace siempre. No es interesante ni me motiva. Yo todos los jueves, desde las cinco, esperaba a que dieran las nueve y media y se largara. Siempre lo hacía a las nueve y media exactas. Yo esta vez esperaba con ansias. Saldría con Alder a las  diez. Lo había citado a las diez en el centro comercial. Dieron las nueve con treinta. Scott miró su reloj y dijo, bueno amor, me voy. Y se fue. Entonces corrí a mi habitación, me mudé de ropa y me metí al coche. Aunque yo vivía a menos de cinco minutos del centro comercial, me di prisa porque la idea de Alder me emocionaba. Lo había citado en la entrada del cine y cuando llegué, allí estaba. Nunca fallaba  con eso. Era puntual. Pero no era un maldito reloj como Scott; era más bien puntual a lo príncipe azul. Alder y yo lo pasábamos de maravilla. Era diez años mayor que yo y dueño de cuatro franquicias. Íbamos a todos lados: al cine, a comer, a cenar, a bailar, a beber. Y claro, lo hacíamos siempre que podíamos. Alder era caballeroso, guapo, adinerado y con sentido del humor. La primera vez que lo hicimos fue en su departamento de soltero. O sea que era casado. A sus treintaipocos años era casado y tenía un hijo llamado Alder Jr. De verdad. Le puso Alder Jr. Para mí eso era cosa de risa pero él se lo tomaba muy enserio y después de todo no era mi hijo así que me importaba poco. Vivía en una casa grande cerca de la mía con su mujer y su hijo pero tenía un departamento en La Roma. Llegamos luego de haber bebido unas copas en un bar atiborrado de gente y lo hicimos en el sofá. Era la primera vez que le dejaba hacerlo. Habíamos salido un par de ocasiones antes pero me hice la decente y lo detuve en sus primeros intentos. Sin embargo ya no me aguantaba las ganas. Las mujeres siempre tenemos tantas ganas como los hombres pero por cuestiones culturales, poco prácticas, que no alcanzo a comprender, nos hacemos las sensatas. Porque el hombre domina el mundo, diría Joana. Eso no evita que por dentro se nos vaya la sensatez y deseemos con todo: ¡coger! Y aquel día ya no pude más y lo tiré al sofá y me subí la falda. El primer polvo fue algo desesperado pero luego agarramos buen ritmo. Alder se acoplaba muy bien a mis deseos. Se anticipaba. Era un hombre experimentado y en verdad lo hacía muy bien. Luego de hacerlo una vez lo hicimos otra vez y luego otra, y luego ya no recuerdo, caímos rendidos. 

 En alguna hora de la madrugada sonó el timbre del teléfono. Era un timbre elegante. Hacía un sonido perfecto para timbre de teléfono. Quiero decir que no era el típico timbre del ¡riiing! Sino algo más sutil y convincente. Sonó durante mucho tiempo. Yo lo escuché pero no hice nada porque no era mi casa y no quise despertar a Alder porque la baba se le salía de la boca y cuando eso pasa, nunca se debe despertar a alguien. Interrumpir el sueño ajeno por una nimiedad, ¡es pecado! El sueño de una persona es sagrado. Y más si te ha follado estupendamente. Déjalo dormir, por Dios, ¡no seas feminista! Pero el teléfono siguió dando timbrazos elegantísimos. Además tenía un sistema que gradualmente aumentaba el volumen del sonido. Como despertador barato. Me tenía hasta la coronilla así que me levanté y pensé en coger el maldito auricular. Pero me detuve. Podía ser la histérica de Amy, la esposa de Alder. Yo no la conocía personalmente pero Alder me hablaba mucho de ella. Los hombres casados no pueden evitar hablar de su mujer. Lo hacen de dos maneras: tirándoles mierda, o maravillosamente. Claro que si lo hacen maravillosamente, una se pregunta y qué diablos haces conmigo, ¡cabrón de mierda! Pero la cosa va por el lado de: es una maravilla como amiga, como madre, como cocinera. No como amante. O: es una maravilla ¡pero es terriblemente fea! Amy en particular era una maravilla para administrar el negocio. O sea que Amy era la que llevaba los negocios de Alder y Alder se lo pasaba en grande bebiendo y follándome. Amy era demasiado estricta. Ese era su defecto. Eso era por lo que Alder prefería salir conmigo y no escuchar todo lo perfecto que no es. Y todo lo perfecta que es Amy. La perfección es un tipo de histeria y yo le decía: tu mujer es una histérica. Pero Alder también tenía su grado de locura y decía: no, no, es maravillosa, es un ángel. Sólo que me estresa. En el fondo Alder era un buen tipo. La culpa del adulterio era de Amy, por supuesto. Pero una feminista me hubiese cortado la lengua al declarar esto. Amy lo alejaba de sí. Amy sólo vivía para el negocio. Administraba las franquicias con meticulosidad absoluta y no se permitía un descanso. Y tampoco permitía a Alder un descanso. Así que él se los tomaba por sí mismo, en contra de la voluntad de su mujer. Y mientras tanto yo me encariñaba con él. No me enamoraba. Pero le tomaba gran cariño. 

    El condenado sonar telefónico no se detuvo así que no resistí más y pateé el muslo de Alder que caía desde el sofá. No se levantó. Golpeé más duro. Y más y más hasta que gruñendo dijo: aaaumhagh, queeeé… aaauhhm. El teléfono, dije, lleva sonando más de diez minutos. Lo tomó y entre bostezos dijo tener dolor de cabeza y llama más tarde, gracias, y colgó. Yo me quedé pasmada.  ¿Tanto para eso? Alder dijo: dolor de cabeza, llama más tarde y ¡plast! Colgó el teléfono. Luego se fue a la habitación y yo lo seguí. Nos metimos en la cama y me disponía a dormir pero comenzó a acariciarme los senos. Yo en verdad tenía mucho sueño. Pero comenzó a acariciarme la vulva. Y luego yo comencé a acariciarlo a él en aquel sitio. Y terminamos haciéndolo. O empezamos haciéndolo. Ya amanecía. Tenía unas manos sensualísimas y en de verdad me encariñaba más y más. 

 Le platiqué a Alder del grupo feminista y dijo ¡va!, eso es para viejas cuarentonas, no para ti, amor. El comentario me pareció ofensivo pero no dije nada, no apoyaba a las feministas más que Alder. Me dijo que una vez Amy entró a un grupo de esos y allí le metieron la idea de que ella podía hacerse cargo del negocio tan bien o mejor que él. Al principio lo tomó con gusto. Ahora Amy se preocupaba por ganar pasta y no sólo por gastarla. Pero las cosa se saliero de control. Poco a poco Amy desplazó al mismo Alder e incluso los empleados le tenían más respeto a ella que a él. Y no solo eso. El mismo Alder quedó disminuido a calidad de empleado. Ni siquiera de socio, decía Alder. Amy se dedicaba a gritar órdenes y cuando Alder le decía: ya, amor, no te tomes las cosas tan enserio, Amy respondía: ¿crees que porque soy mujer no puedo navegar el barco? Alder jamás quiso decir aquello, simplemente quería decir: no te tomes las cosas tan enserio. Pero Amy era terca. Se hizo terca y dura. El feminismo el arrebato toda la feminidad. En la cama incluso. Ya no permitía ciertas cosas que el grupo feminista de Amy consideraba sexistas o machistas. Comenzó a dejar las faldas y se convirtió en un sargento. Sólo le faltaba el bigote, decía Alder. Ya no era cariñosa, tierna, bonita. ¡Ya no era mujer!, decía. Yo le dije que a mí no me pasaría eso, que yo ni siquiera estaba de acuerdo con la presidenta. Qué bueno, dijo Alder, eso espero. Y seguimos saliendo. Estuvimos así por unos seis meses y el cariño que le tomé comenzó a manifestarse de algún modo. Le llamaba con frecuencia y siempre platicábamos telefónicamente por más de una hora. Le contaba absolutamente todo lo que me pasaba, lo que sentía (aunque aquí me guardaba mis cosas), y lo que quería de “nosotros”. Alder escuchaba con paciencia y siempre tenías las palabras perfectas para dejarme con una sonrisa, o roja de ansias. Era un hombre como pocos. Si estaba aburrida o atrapada en casa, no tardaba más de treinta minutos en rescatarme del Sr. Pinciotti. Siempre tenía tiempo para mí. No importa si lo llamaba a las tres de la madrugada, siempre me contestaba y jamás, por ningún motivo, me cortaba la conversación. Si estaba acostado con su mujer me decía: espera, la sargento me ha echado de la habitación. Y salía a la terraza o algo y jamás me cortaba la conversación.   

 Por el otro lado, el teléfono de Alder sonaba muy seguido. Pero era un buen chico. Siempre que andaba conmigo contestaba desinteresado y decía llama luego o así. Y yo me sentía importante. Sentirse importante es primordial para una mujer. Incluso para las feministas, pensaba yo. La presidenta es un hígado y sabe que tiene algún poder para con las demás. Y lo disfruta. No importa si ella dice que no. Estuviéramos donde estuviéramos Alder siempre me ponía a mí en primer lugar. A veces eran asuntos de negocio, de lo poco que aún le permitía Amy manejar, e incluso con ellos decía llama luego. He conocido pocos hombres de negocio que prefieran mandar al carajo un asunto importante, que quedar bien con la mujer. Y por sobre todas las cosas, tenía una frase: dolor de cabeza, llama luego. Era la frase exclusiva para el sexo. Siempre que lo estábamos haciendo (y lo hacíamos casi todo el tiempo), contestaba el móvil o lo que sea y decía: dolor de cabeza, llama luego, y ¡plast! No permitía que le dijeran nada. No daba más explicaciones. Colgaba en el acto. Le conté de eso a Joana y dijo que lo correcto era que no contestara. Aunque lo mejor sería que yo no saliera con un tipo así. Los príncipes azules son machistas, dijo. Fomentan el concepto de la mujer que no puede hacer nada por sí misma. Pero follan que te mueres, dije. Joana hizo una mueca y se calló. ¿Alguna vez lo has hecho?, le pregunté. Sí, respondió tímidamente. Joana era una chica regordeta que siempre andaba de mezclilla. Pero no de esos pantalones sexy de mezclilla. Sino de esos pantalones que parecen de obrero. Y los combinaba con unas horribles botas negras, también de aspecto fabril. Y camisas a cuadros. Y el cabello lo llevaba corto. O sea que dudaba que no fuera virgen. A menos claro que haya perdido la virginidad con un palo. 

III

 Scott, al respecto del feminismo, decía todo estaba muy bien. Pero le notaba la mentira. Le dije me metí a un grupo feminista y dijo: qué bien, todo eso está muy bien. Lo mismo diría si le decía que me metí a Greenpeace o a lo que sea. Le pedí que me dijera la verdad al respecto. Qué te parece todo eso, enserio. Dijo que lo que yo decidiera estaba bien. Al diablo con Scott, pensé, no sirve para un carajo. Y continué yendo al grupo. El grupo se llamaba: Feministas Unidas de México. Era un nombre poco original pero una sabía de qué va la cosa con sólo escuchar el nombre. Un día me tocó ser la anfitriona de la reunión. O sea que tenía que meter a todas esas locas a mi casa. Se lo comenté al Sr. Pinciotti y se alegró. No lo esperaba. Me da gusto que tomes parte en algo, dijo. Y lo dijo enserio. Entonces no tuve más remedio que permitirles entrar. Yo me temía que llegara el momento de aquello pero no pensé que sería tan pronto. Joana me había propuesto. La maldije en silencio. 

 Eran como veinte miembras. Así teníamos que decir: miembras. Esa palabra no existe, decía, yo. POR ESO, decía la presidenta. No existe porque el jodido macho no lo permite. Bueno, decía yo. El tema fue: los derechos de la mujer. Y me sorprendieron. Esta vez la presidenta no habló de nimiedades como usar falda o pantalón. En realidad decía cosas importantes y alumbradoras. Las otras miembras sin embargo, la interrumpían. No entendían nada. Ellas preferían hablar del acoso sexual. Era su tema favorito. Decían cosas como: hay un chico en el trabajo que me mira los glúteos cada que paso por su lugar. Y yo le contestaba: ¿qué puesto tiene en la empresa?  Y claro, todas se me iban encima. La presidenta pedía tiempo para responder a esos asuntos, primero quería aclarar la cuestión de los derechos de la mujer. Allí yo prestaba atención. Hablaba del sufragio de la mujer. De la liberación de la mujer. Esa parte me interesaba más aunque la presidenta la daba muy por encima.  Mencionó a Simone de Beauvoir y me dio la impresión de que no era una tarada. Que ella realmente creía, vivía y sabía de feminismo. El problema eran las seguidoras que se cargaba. Nadie conocía a  Simone de Beauvoir ni a  Christine de Pizan. La presidenta fue interrumpida cientos de veces para lo que ya mencioné. Yo estaba harta. Y lo dije. La pobre Joana enrojeció y me preguntó: ¿si no te gusta esto por qué entraste? Me reí y se lo grité: POR QUE TÚ ME INSISTISTE HISTÉRICAMENTE, y quise darme la oportunidad de conocer todo este rollo, ¿pero sabes qué pienso al respecto?: Qué la única cabeza que no debería volar de esta sala es la de la presidenta, Y LA MÍA. La presidenta y todas enmudecieron. Continué: la presidenta está hablando de cosas serias que influyeron en la verdadera historia universal y ustedes, TODAS, ¡interrumpen con pendejadas! Que si tal me vio las tetas o que si fulano me mira con deseo. ¿Saben lo que pienso?: Pienso que todo eso es una mentira. Nadie te vería las tetas, Laura, por Dios, las tienes hasta la cintura. A menos que te refieras al que barre el piso. Ese sí que te las ha de ver. Y tu culo, Sofía, ¡es más grande que el mundo! ¿Cómo no iba a verlo alguien? Ahora sí todas enmudecieron enserio. Hubo un silencio largo. Nadie sabía qué decir. Entonces seguí: yo no busco que al género femenino se le respete, o se le valore o lo que sea. El respeto se lo gana una misma como individuo, no como género. Aquí la presidenta me echó una mirada y lo supo: me refería ella, por ejemplo. Continué: no me interesa porque he aprendido muy bien que es un espejismo, y un adorno. Ser feminista es comprarse un bello par de pendientes. Las más de ustedes se lo pasan presumiendo que  son parte del maldito grupo Feministas Unidas de México. Como si a alguien le importara. Además, la única cosa a la que verdaderamente se le respeta a este mundo, es el dinero. “El único dios verdadero” (J. Sabina). Cuando tienes plata, ser feminista o ser cualquier cosa, sobra. La igualdad entre el hombre y la mujer es una reverenda tontería. ¿Cómo igualar a seres tan distintos, con necesidades tan distintas, y psiques? Yo no sé porque pero todas las feminista son feas. En esta parte salió un ¡oh! de las veinte bocas. En serio, dije. Y las que no, lesbianas. Hubo otro ¡Oh! O histéricas. O algo. No es sano fanatizarse con la igualdad de género. Ni como hacen algunas que se pasan de la raya y creen que ser mujer es superior. No voy a dejar que un hombre se aproveche de mí pero tampoco que una mujer, ni nadie. Y no veo porque sobretodo, poner énfasis en no dejar que un hombre me vea las tetas sin acusarlo de acoso. Una mujer que no disfruta ser deseada no es sana. Y una que se deja abusar es pendeja. Así de sencillo. Y la que se enajena en poner tras las rejas a uno que le miró las tetas se me antoja un ser despreciable y de mente retorcida. O sea que a mí me gusta que me vean, lo que no significa que me deje abusar. Repito: yo no soy feminista, HAGO LO QUE ME CONVIENE y lo que no, no. Di un respiro y luego: bien, ahora supongo que un montón de feministas, que son como un montón de gatas salvajes, histéricas, y que pertenecen a una masa, van a echárseme encima porque reconozco que la suerte de otras mujeres me importa tan poco como la suerte de cualquiera que no sea yo. No voy a mover un dedo por un grupo de fanáticas del pleito. Mírense, por encima de todo aman discutir, provocar, y aman ser víctimas del poderío masculino.  Para evidenciarlo, pregonarlo, y sentir, quiméricamente, que cambian al mundo. Lo que deberían cambiar es el alma. Su alma. Limpiarla de rencores que no han sufrido y vivir. Busquen un hombre y ¡FOLLEN!

IV

 Todas salieron huyendo de mi casa y me echaron del grupo. Estuvo bien. 

Luego pasó algo que me dejó pensando. Quizá me haga feminista, pensé. Enserio. Y es que justo cuando se salió la última mujer, llamé a Alder. Tomé mi teléfono móvil pero no tenía batería así que llamé al Sr. Pinciotti. ¿Tan rápido se fueron?, dijo. Sí, dije, no les caí muy bien. El Sr. Pinciotti me abrazó y dijo, no importa. Entonces le pedí me prestara su teléfono móvil para hacer una llamada. Me sentía ofuscada y quería desestresarme con sexo. Me lo dio y salí al jardín. Me senté en la fuente y marqué el número de Alder. Dio como diez timbrazos y luego sonó su voz: dolor de cabeza, llama luego. ¡Y plast! 



23 comentarios:

  1. Vaya, no cabe duda que eres unica. Estas por encima de todo. Creo que tienes razon en la mayoria de las cosas que mencionas, y si no fuera por la nota del principio, te diria que no siempre es asi. Pero la nota lo deja claro. El final es hilarante e ironico. Ahora resulta que tu estas del otro lado! Jajajaja eso nos pasa siempre, la vida es una tombola. El texto muy bueno como siempre, no pude dejar de leer de principio a fin. Sigue asi!

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  2. Esperamos pronto la reseña de cuando le robaste $10,000 dólares al Sr. Pinciotti y te fuiste a Nueva York, Verónica Schmidt. Si no eres o no te pareces, así te imagino.
    ¡Saludos!

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  3. Verónica Pinciotti9 de julio de 2010, 16:17

    Jajajaj no yo no robo, y menos a mi padre. No hay necesidad. =)

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  4. Lo que mencionas sobre el feminismo es muy cierto, la mayoría de las feministas se dejan llevar por cosa que no son importantes y caen en sentirse mejores que las demas mujeres y que los hombres. Aunque no pasa en todos los casos, es cierto.

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  5. es un increible y duro texto. Tomen eso feministas villamelones!!

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  6. excelente Vero, ya te he dicho lo mucho que me gustan tus textos y que soy tu fans jaja y ahora más!!!

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  7. Hoy dia lei el texto DEL FEMINISMO, sin lugar a dudas muy bueno. Pienso que el mundo puede estar a los pies de la mujer si ella tiene la inteligencia para usar sus atributos mentales y fisicos, esto sin tanto ruido, marchas y leyes de igualdad de derechos.

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  8. Take a chill pill, sis.

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  9. Es obvio que esto va dirigido alas que se creen feministas pero no saben nilo que es feminismo. En ese caso, aplausos a este escrito, es real, fuerte, duro y excelente! gracias vero!

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  10. ¡¡¡Absolutamente irónico!!!
    ¿A su edad de 20 años?... ¿Dónde es posible votar por ella si fuese candidata de Feministas Unidas de México? :)
    Siendo la autora. ¡Felicidades!. ¡Linda motivación al género!

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  11. ‎"Entonces seguí: yo no busco que al género femenino se le respete, o se le valore o lo que sea. El respeto se lo gana una misma como individuo, no como género. "
    Exacto,clap clap.

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  12. Hola Verónica. Aunque somos incompatibles, creo que nos parecemos en la manera de observar la realidad. A mi me gusta tu estilo y forma de escribir. Y a ti, pienso, te gusta como escribo yo. Me abres la puerta, de nuevo, de fb, para compartir historias, sentimientos y experiencias literarias?. Si?, ok. No?, ok
    (Lei el relato: Del feminismo y me pareció bueno, real y prático. Pienso igual que tu acerca de los tios y de las tias que se enamoran o se encaprichan de alguien?. Saludos.

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  13. Vero, acabas de mostrar una percepción muy aguda de lo que realmente ocurre entre las relaciones de género, desde luego desmitificando al feminismo como un posicionamiento en pro de una igualdad que fin de cuentas no se persigue como tal.

    Si no estoy equivocado del todo creo que una cita del buen Gabo podría condensar el sentido reflejado en tu texto.

    "La concepción que tienen del machismo las llamdas feministas no es la misma en todas ellas...
    Hay feministas que lo que quieren es ser hombres, lo cual las define a su vez como machistas frustradas. Otras reafirman su condición de mujer con una conducta que es más machista que la de cualquier hombre"

    Malacara

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  14. Para variar...solo para variar...genial! Me encanta tu acidez y la amnera incisiva y lo he dicho siempre tu y el sr. petrozza tienen esa manera de escribir q al tiempo q cruda revela las situaciones el trasfondo va mas allá... Y esta no es excepción...y de eso del feminismo a mi se me hace al iwal q a ti una reverenda estupidez eso de iwaldad...no se puede iwalar algo q por naturaleza es completamente distinto...osh este tema da mucho d que hablar ;)

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  15. Guadalupe Espinoza25 de enero de 2011, 19:42

    Excelente. Yo nunca he entendido eso del feminismo....para mi es como negarse una misma de mujer. Y tan rico que es serlo... en fín. Me encantó, sobre todo cuando Verónica les dice sus verdades a las feministas aquellas, genial!!

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  16. Muy bueno, Verónica. Me gustó mucho, gracias.

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  17. Me divirtió que el texto está plagado de majaderías, precarias impresiones individualistas e ideas burlescas. Y sobre todo que el escrito enaltece el sexo fetichista -como una bandera de frenética libertad- por sobre todas las cosas: poniéndo en entredicho el supuesto respeto que las mujeres (en este caso) o las personas (en general) ilusamente creen tenerse.

    Es una oscura visión del mundo en el que la autora, por medio de su propio patetísmo y atrabancadas reflexiones, revela el patetismo de una sociedad tullida, la cual nos ha lesionado a todos.

    Buena lectura, saludos

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  18. claro que no se gana respeto como genero, pero cuando hay vejaciones sociales a determinado genero, no es negativo el hecho de que se asocien para realizar reclamos conjuntos, en reformas especificas.

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  19. Jose Antonio Lopez27 de enero de 2011, 8:59

    El feminismo perjudica a la mujer. Es otra forma de machismo.

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  20. Gracias, muy buen aporte. Finalmente me gustó más la exposición de ideas que el cuento en sí. Pero está resuelto de madera redonda y divertida, ¿no es así? En cuanto a las feministas, parecen machistas con polleras, aun cuando tienen razon. Por supuesto que hay que corregir lo injusto, pero lo más disfrutable que tenemos son nuestrs diferencias, creo.

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  21. Jajajaja... Asi es, basta, no nos traten como seudoespecie y si babeamos mientras dormimos despues de follar de lo lindo por dios no nos despierten, no sean feministas...No lo pudiste haber dicho mejor... Eres genial.

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  22. si esto sule suceder cuando los individuos hombres y/o mujres llebvan todo al extremo por eso la naturaleza tiene una armonia y todo tiene un equilibrio cunado este se altera ocurre una catasrofe y esto ya habando en las ciencias excactas

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