domingo, 18 de julio de 2010

De los amigos.

AudioTexto.


Aunque desde los doce años me volví popular en los colegios, jamás tuve amigos de verdad. La gente se acercaba a mí por dos cosas: mis senos. O mis ideas. Lo de los senos queda claro. Con las ideas me refiero a mis ideas de mujer libre y dominadora. A los trece años yo sabía bien cómo funciona la cosa con los hombres, y cómo, una puede hacer con ellos lo que quiera. Entonces algunas chicas me seguían, me idealizaban, y me envidiaban. Y los chicos se desvivían por meterme mano. Yo no permitía que los hombres cumplieran su sueño, ni permitía que las mujeres supieran todos mis secretos. Nadie se acercó a mí jamás por interés verdadero. Interés en mí, quiero decir. Puede sonar triste pero en realidad yo me protegía bastante de que nadie supiera quién soy en el fondo. O sea que no me importaba no tener amigos. Lo evitaba. Todos se me antojaban lentos. Yo iba siempre un paso adelante. Salía con hombres mayores; los de mi edad me aburrían demasiado. A ellos los utilizaba para divertirme sanamente. Sin sexo. Pero con los mayores era una diabla. En sí, lo que quiero decir es que yo no tenía amigos. Ningún amigo. De ningún género. Y no los necesitaba. Sabía cómo pasarlo bien sola. Ni tan sola, vamos. A la fecha de mis cumpleaños mi padre organizaba grandes fiestas para nadie. Nadie iba. Si organizaba una fiesta en casa, la casa se quedaba vacía. Lo mismo si rentaba algún restaurante o algo. Vacía de chicos de mi edad. El Sr. Pinciotti, a sabiendas de esto, invitaba algunos amigos del trabajo y terminaba siendo fiesta de ellos. Aunque yo me las arreglaba para robarme la noche. Coqueteaba con los viejos lobos de mar, amigos de mi padre, y secretamente era yo quien perduraba en sus lujuriosas mentes. Entonces en mis cumpleaños iban bastantes hombres de la empresa de mi padre. Y yo no me aburría del todo. El Sr. Pinciotti era lo más cercano a un amigo que yo tenía. Pero a los trece años me cansó. Ya no podía verlo del mismo modo. Ni él a mí. Nos convertimos en presa y celador. Para todo me pedía cuentas. ¿Dónde estabas? ¿A dónde vas? ¿Con quién? ¿A qué hora llegas? Y eso no está bien. No hace que la amistad florezca. Todo lo contrario. Al diablo con el Sr. Pinciotti, pensaba yo. Y me largaba a la calle sin sujetador. Cómo le molía aquello. Pegaba el grito en el cielo y mirándome a los ojos decía: ¿quién te enseña eso? Y yo decía nadie. Y en verdad nadie lo hacía. Era yo la que ensañaba aquello a otras chicas. A mí esas cosas me venían solas. Lo traigo en las venas. Mi padre sólo movía la cabeza de un lado a otro y decía, ¡esta juventud, esta juventud! Y yo decía: ya, calma, no pasa nada. ¡Pero si llevas todas las…, de fuera! Me echaba a reír y le decía, claro que no, no están fuera. No lo estaban, claro. Sólo que casi lo estaban porque usaba blusas blancas y todo se traslucía. Pero lo hacía elegantemente. Era provocador e intimidante al mismo tiempo. Contrario a lo que podía pensarse, nadie me intentaba ligar. Sólo me miraban. Pero se intimidaban y nadie me intentaba ligar. Hasta cierto punto, una va más protegida así. Y claro, mis deseos eran órdenes. No había quien me negara algo vestida así. No importa si me deseo era un simple capricho. Ningún hombre va a decirte que no a nada mientras te mira los pezones a través de la blusa. Pero eso sí, ¡tienes que tener unas buenas peras! Si no, puedes ser objeto de burla. 

 Continuaron pasando los años y el patrón de conducta era el mismo. No podía hacerme un solo amigo. No lo deseaba, no, pero incluso cuando lo deseaba, que era a ratos, no lo lograba. Todos me parecían idiotas. Hablando de dos cosas: autos y mujeres. Los hombres de mi edad parecían tener sólo esas cosas cosas en la cabeza. Y yo desde los catorce leía Blake. Simplemente no encajábamos. Creo que por eso preferí darles otro uso a los hombres. ¿Para qué más iban a servirme? Incluso los mayores se lo pasaban hablando de autos y mujeres. O de inversiones. Cosas que en realidad a mí no me importaban. Y así pasó hasta que llegaron ellos: Petrozza, Garrison y Rey. Aunque llegaron ya pasados los veinte años. Más vale tarde que nunca. Al primero lo conocí en un bar. Al segundo lo conocí formalmente en su casa, cuando Petrozza me lo presentó. Y al tercero lo conocí en casa de Garrison cuando me lo presentaron ambos. Lo miré y supe que era un mustio cabrón. O sea un pervertido que se hacía el bien portado. Se lo leí en la mirada. Esa mirada que cubre tras anteojos de intelectual. De inmediato supimos que nos llevaríamos bien. Los cuatro, me refiero. Aunque somos polos opuestos, nuestra pasión por la literatura nos une fuerte. Todo se resume así: Petrozza es un bohemio por excelencia. Un cabrón que le importa un carajo todo en la vida. Todo excepto la literatura. Sería capaz de escribir un texto bajo la lluvia. O de leer un libro en un incendio. Garrison es un apasionado de la literatura. Es profesor de literatura, hacedor de literatura y estudioso de la literatura. Rey es un frustrado periodista de nota roja que arroja todas sus esperanzas a la literatura. Si no fuera por la literatura, ya me hubiera suicidado, dice. Y Petrozza dice: yo no me he suicidado nomás porque me da hueva. Garrison no habla de suicidio, es más centrado. Y yo soy una zorra interesada. Pero una zorra interesada, CON LITERATURA. Y la literatura es lo único que le da sentido a mi vida. Una vida manchada de apariencias. En un mundo lleno de hipocresías y de presunciones, la literatura es lo único que tengo. El sexo para el cuerpo y la literatura para el alma. 

 En ellos he encontrado la amistad sincera. A Petrozza le importa poco todo así que en verdad no tiene interés en mí cuerpo o en otras cosas. Claro que me propone sexo siempre pero es distinto. En el fondo le da igual. Cuando se pone serio sabe que todo queda a lado, y que lo único importante es mi persona. Lo mismo Garrison. No trata de impresionarme con un auto de lujo. Porque no lo tiene, y porque no es así lo nuestro. Y Rey ha de guardarse todo lo que por su mente pasa cuando me ve, y está bien. Es un sacrificio que hace en nombre de nuestra amistad. Y lo pasamos en grande. Los que no están convencidos de mi amistad con ellos son el Sr. Pinciotti y Scott. En cuanto a mi padre me preocupa pero no lo suficiente. No está de acuerdo porque cuando le presenté a Petrozza, éste dijo: debería educar mejor a su hija, ¡es una bruja! Y claro que eso no le agradó al Sr. Pinciotti. Aunque yo me reí bastante. Cuando mi padre preguntó porqué asustado, Petrozza respondió: no se acuesta con uno si no nada en plata. Aunque mi padre me reprendió después por todo eso, lo pasé bien. El encuentro Sr. Pinciotti-Garrison también fue brusco. Le dije  a mi padre: Garrison es profesor de literatura y contestó qué bien, tú qué sabes de eso, ¿qué opinas de Coehlo?, y le extendió una copia de El alquimista. Garrison tosió y no pudo evitarlo. Noté que intentó evitarlo pero no pudo. Dijo: le recomiendo que lo entierre en estiércol. El Sr. Pinciotti tosió también y dijo, vaya, pensé que era bueno. Garrison tosió otra vez y dijo: No, es pésimo. Y ya no dijo nada ninguno de los dos. Con Rey fue distinto. Es mustio. Así que no cayó mal a mi padre. 

 En cuanto a Scott, los odia a todos y a muerte. Scott jodía con que quería conocer a mis amigos. Yo le advertí que no se llevarían bien pero insistió. Le dio por interesarse en mis cosas. Me preguntaba todo. Sobre lo que leo, lo que escribo y lo que hago cuando él no está conmigo. Por supuesto no se lo conté todo. No le conté que me enrollo con desconocidos en bares de treintañeros, etc. Pero con lo de los amigos insistió en conocerlos. Tengo derecho, decía. Yo no le negaba el derecho, no me interesaba eso, simplemente quise evitarle el coraje. Yo sabía que conocer a Petrozza le provocaría cólicos. Pero él se lo buscó. Me dijo: invítalos a cenar. ¿A dónde?, pregunté. Propuso un restaurante en Polanco. Le dije: Petrozza jamás entraría allí, tendríamos que meterlo arrastras. ¿Por qué no entraría?, preguntó Scott. Sé que a ti te cuesta trabajo concebirlo, dije, pero hay gente que no es feliz yendo a esos lugares sino todo lo contrario. Y efectivamente Scott no entendí un rábano. La verdad yo tampoco lo entendía hasta que conocí a Martin. Finalmente decidimos invitarlos a mi casa. Ellos ya sabían llegar y no dirían que no. La cita era a las ocho en mi casa. Sencillo. El Sr. Pinciotti había salido de viaje y no estaría. Así no tendría que enfrentarme a sus reclamos por meter  gente rara a casa. Así se refería a ellos, como gente rara. O sea que no los despreciaba del todo pero tampoco le agradaban y cómo no sabía definir qué sentía hacia ellos, los llamaba gente rara. No podía quejarse de Garrison porque fue al mismo colegio que yo. Pero tampoco lo admiraba. Era un caso raro. Rey era periodista así que no podía menospreciarlo, no podía llamarlo vago o algo. Sin embargo, cuando supo que era periodista de nota roja, algo cambió. Era raro. Y Petrozza es raro en toda la extensión de la palabra. 

 Scott llegó puntualísimo a las siete. Quedó de llegar antes para recibirlos. Venía vestido muy elegante y era casi un honor para él todo esto. Yo le dije que no se lo tomara muy enserio. Que mis amigos no eran como los suyos. Pero no me creyó. Pensó que llegarían cuatro chicos adinerados y presumidos. Pensó qué llegarían en Audis o BMW´s. Pero a las ocho no llegó nadie. Scott estaba consternado. ¿A qué hora les dijiste que llegaran?, me preguntó. A las ocho, dije. Y miraba su reloj como no creyendo que dieran las ocho y aún no llegara nadie. Deberías llamarles, quizá ocurrió un accidente, dijo Scott. Me reí. Qué va, dije, ya llegarán cuando les dé la gana. ¿Cuándo les dé la gana?, ¿no les avisaste que a las ocho?, dijo. Sí, Scott, dije, pero así son ellos. ¿Pues qué clase de amigos tienes?, yo jamás llegaría tarde si una amiga me invita a cenar, dijo. Pero tú eres único, mi amor, dije sarcásticamente. A las ocho con cuarenta llegaron Garrison y Rey. Venían juntos. En el pez espada de Garrison. Así llamamos a su auto. Es plateado. Lo llamaos así porqué él mismo lo llamó así en un cuento. Garrison dijo: qué hay, se nos hizo un poco tarde porque Rey no llegaba a mi casa. Rey había quedado de llegar a casa de Garrison, y de allí, vendrían ambos. Rey se excusó: ¡había un montón de tráfico, lo siento¡ Los pasé y saludaron a Scott. No lo hicieron formalmente como ama Scott saludar a la gente. Sólo dijeron ¡qué hay! Garrison sí le extendió la mano pero fue un saludo indiferente. Se aplastaron en el sofá y Rey dijo: Verónica luces estupenda, tú siempre tan guapa, o algo así. Entonces se lo dije. Le dije: Rey, Scott es mi novio. Lo volteó a ver y dijo, sí, ya sé. Scott pasó saliva y comenzó a hablar de economía. Garrison y Rey tenían ganas de que se callara pero no dijeron nada. El ambiente era tenso y aburrido. Pregunté por Petrozza y Garrison me dijo: quedó de llegar a mi casa también. Pero no llegó. ¿No llegó?, ¿no vendrá?, pregunté. No sé, dijo, deja le llamo. Y le llamó. No contesta dijo. Petrozza nunca contesta el móvil. Enserio. Es una lata dar con él. Yo estaba preocupada porque en verdad quería que viniera. Le había comprado whisky y sabía lo mucho que le gusta aquello. No quería que se lo perdiera. Me puse a marcarle sin parar. Le marqué a su móvil y a su casa aunque marcar a su casa no tiene sentido. Nunca está en casa. No pude comunicarme con él y pensé, ni modo.   

 Scott dijo: ¿has visto las momias de Egipto? No sé cómo llegaron a ese tema. Garrison contestó: No en Egipto. Scott: son espeluznante. Garrison: sí, deben serlo. Scott: lo son. Garrison: ajá. Aquí interrumpe Rey: ¿sabes qué es espeluznante? Yo pienso: No, Dios, no lo digas. Scott (ingenuamente), ¿qué? Garrison hace muecas, sabe lo que se avecina. Rey: esto es espeluznante. Ofrece a Scott un sobre que saca de su chaqueta. Scott lo recibe y lo abre lento. Todos nos callamos. Scott: ¡Dios mío! Rey ríe gustoso. Las tomé yo, dice. No son para el periódico, son para mi colección personal. Yo: Rey es periodista de nota roja, amor. Scott (pasando una a una las fotografías): ¡Dios mío! Rey: son hermosas, ¿no es cierto? Yo: claro que no, Rey. Garrison: estás enfermo, cabrón. Scott (para mi sorpresa y la de todos): lo son. Dejó de impresionarse y volvió a pasar las fotografías una por una ante sus ojos. Dijo: ¿cómo llegaron los intestinos hasta el cuello? Las aspas de la podadora los botaron hasta allá, dijo Rey. No fueron más lejos porque los detuvo la barbilla, ¿ya viste cómo parece que se las está comiendo? Vaya, dice Scott, es cierto, y ríe. Mira la que sigue, dice Rey, es maravillosa: la cuchilla parte desde la ingle hasta la garganta, ¡eso es una buena rajada! Impresionante comenta Scott. Y la de la niña, continúa Rey, obsérvala bien. Le destrozaron el pecho, se lo abrieron como una flor, ¡y sonríe! Scott se acercó la fotografía a la cara y dijo: ¡Dios, es verdad! A ver, dijo Garrison. Luego dijo: ¡cierto! Yo dije a ver y me pasó la foto. Era una niña como de diez años con el pecho destrozado. Se lo había molido enserio. ¿Cómo quedó así?, pregunté. Rey dijo que no sabía, eso estaban investigando. Era increíble. Había vísceras y sangre por todos lados. Y pedazos de hueso molido. Eran trocitos blancos salpicados por el suelo. Y de verdad, la niña estaba sonriendo. No lo podía creer. Sentí ganas de vomitar. Rey dijo: no hay de qué sorprenderse. Nadie entendió el comentario.

 Garrison iba a decir algo pero sonó el timbre. Será Petrozza, dije. La sirvienta abrió la puerta. Pensé que vendría con Petrozza pero vino sola. Dijo: Señorita, hay un hombre borracho que dice que usted lo invitó a cenar. Pero tiene muy mal aspecto. Garrison, Rey y yo dijimos al unísono: ¡Petrozza! Magdalena, la sirvienta, era nueva y no le conocía. Hazlo pasar, dije. Petrozza llegó y dijo: es increíble que le niegues el acceso a tu papi chulo. Y encendió un cigarrillo. No dijo hola, buenas noches, cómo están, nada. Dijo aquello y encendió un cigarrillo. Nadie puede fumar en el interior de mi casa. El Sr. Pinciotti odia el olor a cigarrillo. Nadie excepto Petrozza. De alguna manera logró romper esa regla. Cuando viene a casa le dice al Sr. Pinciotti: ¿puedo?, mientas enciende un cigarrillo. O sea que pide permiso pero no espera la respuesta. No le importa. Y mi padre sólo hace una mueca y se va. No sé cómo lo logra pero Petrozza hace que mi padre se quede sin palabras y se vaya. No enojado. Más bien resignado. Sospecho que en el fondo le cae bien pero no lo acepta. Scott enmudeció. Por lo del cigarrillo, el también odia el humo de tabaco, pero sobre todo, por lo de papi chulo. Me dijo al oído: ¿quién éste y porqué dejas que te hable así? Es mi mejor amigo, dije. No lo puedo creer, dijo. Petrozza se echó en el sofá individual. Tenía los ojos rojos y aliento alcohólico. Eran las diez y media de la noche. Y dijo: ¿y bien, dónde está el whisky? Yo dije: mira él es Scott, mi novio. Ya, dijo. Scott se levantó y extendió la mano. Petrozza no hizo nada. Dijo, ya, e insistió: ¿dónde está el whisky? Garrison, un poco harto de todo le apoyó y preguntó por el whisky. Rey miraba detenidamente las fotografías. Se las pasó a Petrozza. Las miró pero no dijo nada. Alzó los hombros y enchuecó los labios. No le interesaba. ¿Te gustan?, preguntó Rey. Es bueno saber que por dentro somos más que espíritu, dijo. Y eso fue todo. Me gusta el color purpureo de estos intestinos, son unos buenos intestinos. Y se las regresó. Lo dijo desinteresado, no le importaba, no le asombraba y sobre todo, no es de los que alimentan el morbo o la pasión de otros. Aunque en el fondo le impresionaran, no lo diría porque eso es trabajo de Rey y no suyo. Petrozza encendió otro cigarrillo y lo supe: ya no pararía de encender condenados cigarrillos. Garrison y Rey dijeron yo también quiero fumar, Pinciotti. Scott amablemente apuntó que podíamos mudarnos al jardín y eso hicimos. Salimos al jardín y nos instalamos en la mesa de afuera. Le pedí a Magdalena trajera una botella de whisky y cinco vasos. Hielos también, agregué. 

 Serví un vaso con whisky y se lo di a Petrozza. Luego serví los demás y Scott dijo que si cenaríamos primero. Petrozza dijo, sin intención alguna, apuesto: al diablo con la cena, tío, peguémosle al trago a ver si por fin Verónica se embriaga y se saca una teta. Garrison rió y dijo: sabes que eso nunca pasará. Rey dijo: la última vez estuvo a punto. Scott casi se muere. Tuve que hacer un comentario: les recuerdo que está aquí mi novio. Al parecer ninguno lo respetaba. Les importaba un pepino que estuviera allí MI NOVIO. Creo que era por Scott. No es un hombre intimidante ni que se dé a respetar. Y menos por gente que no respeta cuentas bancarias sino personalidades. No importa cuánto dinero tengas en el banco, si eres un imbécil, Petrozza y los demás, te tratarán como a un imbécil. No importó que toda la noche Scott se lo pasara aludiendo a su fortuna. Garrison se soltaba a hablar de literatura y Rey le seguía. Hasta que llegaron al famosísimo debate Isabel Allende. Tuve que interrumpir. Mandé pedir la cena y sólo así se callaron. La cena la había preparado Scott personalmente así que el comentario de dejar la cena aparte, le molestó también. Estaba rojo. Ya no hablaba demasiado y me echaba miradas hostiles. Trataba de incluirse a la charla pero no lo dejaban. Petrozza no hablaba, andaba muy callado, creo que se sentía incómodo con Scott allí. Se limitó a comer y beber. Cuando terminó no halagó la cena. Y Scott está acostumbrado a que se le alague por todo. Por su ropa carísima, por su buen gusto, por sus aciertos financieros, por su comida, por su auto, por sus títulos académicos con honores, por sus padres, por todo. Pero a este trío no le impresionas con esas cosas. Comenzaron a beber enserio y Scott quedó definitivamente fuera de lugar. A mí me incluían con algún comentario sexista o recordaban alguna anécdota que me comprometía, por ejemplo, Rey decía no puedo creer que te acostaras con ese idiota sólo porque es dueño de siete agencias. Scott me miraba y yo decía no me acosté con él, Rey, sólo estaba jugando. Y Petrozza decía: entonces yo quiero jugar contigo, tía. Yo reía y aunque no me importaba mucho lo que Scott pensara, tuve que disimular. Estoy segura que no lo hacían por molestarme a mí, ni a mi novio, simplemente lo hacían porque se les olvidaba que el chico allí presenté se casaría conmigo pronto. De todos modos se aburrieron rápido de eso y Garrison dijo, saca el Maratón o algo. Mandé traer el Maratón y nos pusimos a jugar. 

 A pesar de todo su mundo, Scott era pésimo. No sabía nada. Conocía miles de lugares y países pero no sabía nada de ellos. Es de los que visitan Francia y sólo se toman un café en Francia. No les importa la historia ni la cultura ni el arte. Lo arrasamos feo. Incluso yo que no me tomo muy enserio aquel juego le di una paliza. El primer juego lo ganó Rey. Jugar maratón generalmente es lento pero con ellos es cosa de unas cuantas tiradas. Son tan hábiles que a veces juegan uno a uno y con dos lanzadas de dado. Dicen: el que llegué a la meta en dos lanzadas o menos gana. Si aciertan la pregunta siguen avanzando casillas. Este modo de juego lo inventaron ellos. Garrison estuvo a punto de lograrlo de una tirada. Corrió treintaiocho kilómetros de una tirada. El segundo juego lo ganó Petrozza. Estaba borrachísimo pero contestaba bien. Era gracioso. Se tardaba pensando y se paraba y fumaba desesperadamente. Te hacía pensar que no contestaría pero justo cuando Garrison decía, ya, ya, no sabe, escupía la respuesta y hacía como que anotaba un punto en futbol americano. Lanzaba el dado al suelo por entre sus piernas como si fuera el balón. Rey dijo, no mames no hagas eso, perderás el dado. Pero Petrozza no hacía caso. Garrison también estaba parado y fumando. Lo mismo que Rey. Sólo Scott y yo permanecíamos sentados. Cuando era el turno de Scott y fallaba la respuesta, Garrison se burlaba con algún comentario sarcástico y eso jodía al pobre Scott. El colmo fue cuando preguntaron algo sobre las momias de Egipto. Scott no supo la respuesta así que Garrison la dijo y añadió: y eso que no fui a Egipto. Scott quedó bastante mal porque anteriormente estaba presumiendo que él fue a Egipto y todo eso. Los tres estaban parados, fumando y acalorados. Jugamos como siete juegos. Enserio, jugar con ellos es muy rápido. Contestan una tras otra y no paran. Garrison ganó bastantes partidos y se sentía el As del Maratón. Y lo decía. Decía: soy el As. Rey se molestaba y lo retaba. Finalmente Garrison aceptó el reto. Petrozza seguía bebiendo bastante. Puro whisky en las rocas. Scott estaba terriblemente aburrido y molesto. No le agradaba que esos tres se robaran la noche. Ni que lo dejaran fuera. Pero se entretuvo con el duelo. Incluso se emocionó, aunque lo niegue hasta la fecha. El duelo lo ganó Garrison. Se hacían preguntas uno a uno y  anotaban los puntos, como en un concurso de televisión. Empataron y fueron a muerte súbita pero finalmente ganó Garrison. Rey estaba furioso y alegaba que se hizo trampa. Yo no supe si fue así pero no lo creo. Garrison generalmente gana los juegos. Por otro lado Petrozza se me acercó y comenzó a insistir. Decía: hay que hacer el amor, Vero. Yo decía: ¡está mi novio! Y decía: pues hay que hacer el amor los tres. Scott llegó a escucharlo y le odió. Allí fue cuando verdaderamente le odió. Y cuando le dijo: tío, yo que tu ya me hubiera subido a cogerme a Verónica. Scott se puso rojísimo. Creo que lo que más le afectó es que sabe que si no lo hace, es porque no le dejo. Es decir, que sabe que Petrozza tiene razón, y que si por el mismo Scott fuera, lo estaría haciendo, pero no le dejo. O sea que de alguna manera quedó como un chico lento. Y eso le jodió bastante. Allí odió a abiertamente a Petrozza.    

 Finalmente dejaron el juego y se pusieron beber enserio. Se acabó la botella y tuve que mandar comprar más. Fue difícil a esa hora de la noche pero llegaron tres botellas más. Scott ya estaba cansadísimo. Petrozza no se cansa nunca. Puede beber sin parar por más de treinta horas. Ya llevaba algunas horas antes de llegar a mi casa y seguía en pie, fumado y bebiendo. Garrison se puso contento y comenzó a recitar poemas de Calderón de la Barca. Rey le hacía segunda y abrazados recitaron el fragmento del soliloquio de Segismundo, famosísimo, que empieza así: "¡Ay mísero de mí, y ay, infelice!..." Petrozza luego recitó alguno de Rubén Darío: "Y dijo la paloma: yo soy feliz. Bajo el inmenso cielo (...) ¿Sí?, dijo entonces un gavilán infame, y con furor se la metió en el buche. Y le aplaudimos. Yo recité a Sor Juana Inés: "Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis; si con ansia sin igual solicitáis su desdén, ¿por qué queréis que obren bien si las incitáis al mal? Combatís su resistencia y luego con gravedad, decís que fue liviandad lo que hizo la diligencia..." y a Walt Whitman: "Me celebro y me canto a mí mismo. Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti, porque lo que yo tengo lo tienes tú y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también." 

 Scott me llamó y dijo quedo: ya que se vayan, me quiero ir. Me reí y dije: ¡pues vete! En serio, dijo, no te voy a dejar con ellos aquí. Me enojé bastante. Es mi casa, dije, y son mis amigos, si te quieres ir, ¡vete! Pero insistió en que era peligroso dejarme allí. Lo estoy pasando bien con ellos, dije, y sinceramente creo que lo pasaríamos mejor si ti, así que por favor, vete. Se le cayó la cara. Se disculpó y prometió que respetaría a mis amigos. No me interesa si te agradan o no, dije, SON MIS AMIGOS, y no eres mejor que ellos. Eso le pegó duro. Se sentó y no hizo nada más en toda la noche. Luego amaneció. Amaneció y Petrozza estaba de pie, bebiendo. No lo puedo creer aunque lo he visto cientos de veces. A veces pienso que se mete coca pero él jura que no, y le creo. No creo que tenga plata para mantener un vicio así.  Garrison y Rey quedaron dormidos en sus sillas. Scott también quedó dormido en su silla. Yo también. Abrí los ojos por la luz del sol y Petrozza dijo: buenos días. Sonreí y me senté con él en la hamaca. Nos sentamos abrazados y le dije que le quería mucho. Él también me lo dijo. Estaba melancólico. Le da por ponerse así a ratos. Dijo: tu noviecito es un gilipollas. Lo sé, dije. ¿Entonces por qué te casarás con él?, preguntó. Ya sabes, contesté. La plata, dijo. Sí, dije. No lo entiendo, dijo, no lo entiendo. Es sencillo, dije: hay dos maneras de vivir dedicada a la literatura: la manera Petrozza (aquí sonrió), que es morirse de hambre (aquí se le acabó la sonrisa), y la manera Pinciotti, que es casarse con Scott. Volvió a sonreír y dijo: ¡eres una hijaputa! Luego añadió: yo haría lo mismo, Vero, si me cargara tremendas tetas. Reí y le dije, lo sé, por eso te quiero. Yo te quiero también, dijo. Y me dio un beso en la frente. Me abrazó fuerte y me besó la frente. A eso me refiero cuando digo que cuando se pone serio, todo queda a lado y sólo importo yo, enserio yo.   



17 comentarios:

  1. Las personas como tu siempre se encuentran solas no porque sean malas, sino porque los demas no las entienden. Sin embargo has encontrado un grupo de amigos raros como los llama tu padre, y eso te hace feliz. Es lo importante. Para que quieres estar llena de amigos? aunque creo que no lo quieres, verdad? gracias por compartirnos una vez mas un poco de ti.

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  2. deberias subir las fotos que les enseño Rey, me gustaria verlas, jejeje

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  3. Este sí me gustó. ¿Quién no se identifica? Menos pretencioso aunque, como es costumbre, le falta un pelín para sonar real. Quizá la frase de que era difícil encontrar alcohol en la noche, para alguien con dinero (Scott o Pinciotti, como sea) hace que uno levante la mirada y suspire. Cerca, pero no. El título también me agradó. La cosa promete ir mejorando, por lo visto. Bien, gracias por los escritos, que sigan fluyendo.

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  4. De acuerdo con Jonathan Alejandro, el escrito, la temática, la ambientación y la narrativa me parecen muy buenas. Posees el arte de atrapar al lector desde la primera palabra. Sin embargo, coincido en que la historia tiene fronteras donde la realidad pretende escaparse de la subjetividad, sin lograr ser totalmente libre.

    Si me lo permites, te recomiendo que cuides mucho la sincronización de los diálogos, pues existen demasiados cambios repentinos de personajes, y las ideas no logran hilvanarse de manera natural como supongo prentendías hacerlo.

    En términos generales, me gustó. Inmediatamente se percibe que la originalidad se destila por cada poro de tu piel. Gracias por compartir tu escritura, que sigan fluyendo las ideas y los sentimientos.

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  5. "les recuerdo que está aquí mi novio. Al parecer ninguno lo respetaba. Les importaba un pepino que estuviera allí MI NOVIO. Creo que era por Scott. No es un hombre intimidante ni que se dé a respetar. Y menos por gente que no respeta cuentas bancarias sino personalidades. No importa cuánto dinero tengas en el banco, si eres un imbécil, Petrozza y los demás, te tratarán como a un imbécil."

    Así es como debe ser! el dinero no te hace mejor ni mas inteligente, bien por esos tres!

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  6. No creo que sean vacias, nopodemos juzgar por un texto como seguro has hecho tu. Pero quitando eso, me agrada mucho leerte, es encantador. Sigue haciendo lo que te gusta hacer.

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  8. Leer a Vero me ha dado llenado de placer y de risas en muchas ocasiones. Si es un personaje común, no importa. Creo que ella lo hace único. Los demas también. Sigue así Vero. No hagas caso a comentarios pedantes de gente que no hace nada mas que criticar.

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  9. Claro, Vero, eres unica, no pasa nada. como dice Petrozza, si no les gusta que se vayan a la mierda!!

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  10. Muy bueno este relato, reí muchísimo. Y lo pude entender, yo sé lo que son los amigos ;) ¡Saludos!

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  11. De alguna manera recordé a ratos a Fadanelli y sus fotonovelas alternativas en la revista Moho. También me acordé de "Less than Zero" de Bret Easton Ellis y de algunas anécdotas personales. Tuve un amigo muy parecido a Petrozza, sólo que él ahora es comida de gusanos gracias al cáncer de estómago y a sus adicciones. Lo recordé mucho con las descripciones de sus actitudes.

    De alguna manera, lo que sí reconozco es que hay muchos lugares en los cuales me identifico plenamente. Todos hemos tenido una amiga como Verónica en la vida. Pero lo trsite es que a la larga los Scotts son los que salen ganando.

    Buen relato, con algunos guiños a Palahniuk y a José Agustín. Me atrapó de principio a fin.

    Enhorabuena.

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  12. A mí también me atrapó de principio a fin y hasta leí algunos del links que pones ahi. Eres muy buena narradora, gracias por hacerme pasar buenos momentos. Y me iedentifico contigo mucho! un saludo Vero, que tengas exito en lo que haces!

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  13. Muy interesante el sitio y sus autores. Ya estuve bajando algunos textos que luego imprimiré y leeré, ya que me cuesta un poco leer directamente en el ordenador. Un importante lugar de lectura es el ómnibus cuando viajo a mi lugar de empleo. También gracias a Whisky-en-las-rocas decubrí a un artista plástico, a Bouguerau, por lo cual estoy muy contento, ya que también soy artista y gran parte de mi temática es erótica.

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  14. Excelente escrito, me ha encantado. Ese scott es tonto pero tiene dinero, jaja no se puede tener todo en esta vida.

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  15. Alfonso Alcántara19 de julio de 2010, 19:17

    Esta parte es buena " Petrozza es un bohemio por excelencia. Un cabrón que le importa un carajo todo en la vida. Todo excepto la literatura. Sería capaz de escribir un texto bajo la lluvia. O de leer un libro en un incendio." Me recuerda una parte de los Detectives Salvajes, donde Ulises o Belano, no recuerdo, lee mientras se baña. Bien por Petrozza, es un bohemio a la antigua. Buen texto, buena narración y buenos personajes. Saludos, Los estaré siguiendo.

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  16. Disfruté mucho tu narración. Estuve a punto de dejar de leer. El comienzo (párrafo y medio) se me hizo muy cursi: eso del "interés verdadero", lo que "soy en el fondo", ¡por favor! Sea litetura o un texto científico, me molestan los esencialismos. Eres tus tetas y "tus ideas". Así llegué a tu texto: tus tetas, integradas a tu cuerpecito, las vi en el feisbuc; eso de las ideas fue lo que me llevó a este blog.

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  17. me gusta mucho tu estilo y disfruto leyendote.

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