viernes, 2 de julio de 2010

De la infancia.

 AudioTexto.




"La infancia es a veces un paraíso perdido. Pero otras veces es un infierno de mierda."

A los ocho años la mayor parte del tiempo lo pasaba inventado cosas. Quería ser inventor. Y volverme millonario con el mejor de los inventos: La Carriola para Perros. O sea una carriola normal, de esas para críos, pero para perros. ¡Estaba adelantado a mi época! Ahora todo mundo cuida a sus perros como si fueran hermanos o hijos o algo. En mi época los perros eran de guardia y protección o para callar los chillidos de un niñato encaprichado. Luego se lo platiqué a Garrison y la cosa se salió de control. Nuestro comercial (porque escribimos un puto comercial) decía: “sí usted ser cree perro…” Y allí fue donde todo se echó a perder. En nuestra época nadie se creía perro, mierda. Así que lo dejamos. 

 Tuve muchas pasiones en la infancia. Aunque la primera fue Marisol. Marisol era una niña guapa, tan guapa como se puede ser a los siete años, que de alguna manera me enamoró. También enamoró a Garrison. Claro que yo no sabía que estaba enamorado. Yo sólo sabía que quería pasar todo el tiempo con ella. No recuerdo si era interesante, aunque, vamos, a lo siete años seguro no hablaba de Proust. Como sea ella era todo mi mundo. Íbamos en el mismo kindergarten. Yo la esperaba antes de entrar al salón. La esperaba al finalizar las clases, y, como vivía con su madre en la misma unidad habitacional que yo (y que Garrison), la esperaba después de comer en los columpios del fraccionamiento. No siempre iba. A veces yo tenía que ir por ella. Iba hasta su ventana y la golpeaba hasta que salía. A la venta, claro. Abría la ventana y asomaba su cara que era un Sol para mí y con sus ojos hermosos me miraba. No decía nada. Sólo me miraba. Y sonreía. Sonreía como sabiendo algo que yo no. Y es que puede ser que ella lo supiera. Es posible que Marisol supiera, a sus siete años, que yo estaba enamorado de ella. Aunque yo no lo sabía muy bien. Como sea recuerdo que pasábamos mucho tiempo juntos. En ocasiones estaba Garrison también. Pero sospecho que él tampoco sabía muy bien por dónde iba la cosa. Es decir, que estábamos condenadamente enamorados pero no lo sabíamos. Ahora lo sabemos. Pero ya es demasiado tarde. Yo no sentía celos de que Garrison jugara con nosotros. Me daba igual mientras Marisol estuviera allí, sentada a mi lado, con sus pantalones cortos y sus piernas sucias de jugar en la tierra. Me bastaba que estuviera allí, a mi lado, cortando hojas de las plantas o echándose por la resbaladilla o me pidiera que la empujara en el columpio. Aquello me bastaba. ¡Eso es estar enamorado, maldición! No como cuando creces y todo es tetas y culos y sexo. No recuerdo haberle mirado el culo a Marisol. No así, ya se sabe.  

 Luego del Kindergarten me mudé a un colegio católico de varones. Un buen colegio. Mi padre hacía importaciones de maquinaria o algo y pude ir a un puñetero buen colegio. Pero era un colegio de hombres así que me perdí todo el amor apache de la primaria. Yo veía a las mujeres como seres de otro planeta. Las miraba en la calle o en la T.V. y no sabía de dónde o cómo les salían las tetas. Recuerdo una discusión con algunos compañeros del colegio. Uno decía: a la mujer se le mete el pito por atrás. Pensaba que se le metía por el ano. Otro decía: A la mujer se le mete el pito por un agujero especial que tienen para eso, por adelante. Esta hipótesis era interesante. Las mujeres tienen tres hoyos: uno para cagar, otro para orinar y uno para coger. Así lo pensábamos. Aunque no sabíamos muy bien por cual agujero paren pero sospechábamos que por el de coger. Entonces anduve por la vida preguntándome cómo coños se coge a una mujer. Y sucedió que llegó a mis manos la primera película pornográfica de mi vida. La robamos unos amigos de la unidad habitacional y yo. Ya no estaba Garrison. Mi familia se mudó  y dejé de frecuentarlo un tiempo. El caso es, robamos la película de un estante de la caseta de vigilancia del fraccionamiento. O sea que era del vigilante de la entrada. La robamos cuando fue a mear o algo. La cogió Héctor y la vimos en casa de Juan. Fue impactante. Los tíos tomaban a las mujeres y les daban por detrás. El tío que dijo “a la mujer se le mete el pito por atrás”, ¡tenía razón! Entonces llegué al colegio y les dije: sí, es por atrás. Pero el tío que formuló la hipótesis de la triada de hoyos dijo NO, mi tío es médico y le pregunté y dijo que es por delante. Yo dije: tú tío no sabe nada, yo vi una película y es por atrás. Y a veces hasta se cagan, dije. El tío se echó a llorar. Era sensible o algo. Dejó de hablarme y yo también. 

 En el fraccionamiento seguimos robando películas. Las robábamos y las veíamos en casa de alguno. Menos en la mía, yo nunca la prestaba para eso porque si mis padres me cachaban podían matarme. Así se los decía: mi padre es capaz de matarme. Y los idiotas se lo creían. Hasta inventaban chismes de mi padre; que era un ogro y cosas. Entonces las veíamos en casa de Juan o de otros cuyo nombre no recuerdo. Apagábamos la luz, nos sentábamos en el suelo, con una chaqueta sobre las piernas, y algunos se masturbaban. Yo me ponía la chaqueta de todos modos pero no me masturbaba. Eso lo guardaba para llegando a mi casa. Me sentía incómodo de sacarme el pito allí en casa de Juan. O de quien sea. Cada película era un mundo nuevo. Descubrí que estaba en un error. A la mujer también se le mete el pito por delante. Y por la boca. Y por todos lados, coño. También aprendí que hay gente que se toma los meados. Era asqueroso y fascinante. Entonces íbamos con las niñas del fraccionamiento y les decíamos: ¡tómate mis meados, zorra! O sea, ¡nos estábamos pervirtiendo a lo grande! Pero las niñas eran curiosas. Una de ellas, Pamela, me preguntó que porqué le dije eso. Y le dije porque eso hacen las mujeres, que probablemente su mamá se bebía los meados de su papá. Esto era ilógico (aunque podía ser cierto), pero así lo pensaba yo, que todo mundo hacía aquellas coas. Imaginaba a mi madre chupándole el pito a mi padre y tragándose la meada. Pamela no me lo creyó y me hizo mostrarle la cinta donde aquellas cosas pasan de lo más normal. Lo hice. Generalmente era yo quien se quedaba las películas. Las guardaba en una caja fuerte que me trajo Santoclos así que me fui a casa por una de ellas y la reproduje en la video-casetera de Pamela. Cuando lo vio se quedó pasmada. Un tío se sacaba el pito y orinaba en la boca de una mujer. Lo hacía en la calle. Luego la llevaba a su departamento y le metía la verga por todos lados. Pamela no lo podía creer. Le dije que me explicara eso de un hoyo para cada cosa. Los tíos de esas películas no parecían respetar aquello, lo metían por todos lados, y eso me intrigaba. Entonces me dijo: las mujeres tenemos un hoyito y por allí el hombre mete su semilla. Ahora que lo pienso me da risa. A esa edad cada uno tiene su teoría. Le dije a Pamela no te creo. Y dijo: sí, enserio, y adentro tenemos agua, añadió. Y dijo que el otro hoyo era el ano y que por allí hacía popó. Pero nunca se le ocurriría dejarse hacer el amor por allí. Ella decía hacer el amor. Yo decía coger. Pero le dije no te creo. Y ella estaba duro y dale con que sí. Hasta que le dije: ¡a ver! Dudó un poco pero le ganó el orgullo. Se bajó los calzones, se alzó la falda y se abrió de piernas. Tenía un coñito blanco y pelón. Le toqué y dijo que no, que su madre dice que jamás nadie te debe tocar allí. Yo puse de ejemplo los tíos de la película. Le dije: esos tíos se lo pasan la mar de bien. Dudó. Bueno, tantito, dijo. Y le toqué. No sabía cómo hacerlo. Me dijo: mira, mete el dedo para que veas que si tenemos agua. Y lo metí. Me dio un poco de asco. Estaba húmedo. Entonces el instinto me guió. Me saqué el pene. Le dije: vas. ¿Cómo?, dijo. Que te toca tocarme, dije. Dudó. Siempre dudaba pero acababa haciendo todo lo que le pedía. Me tocó mucho. Ella quería dejar de hacerlo pero yo le decía no, otro poquito. Luego escuchamos un ruido en la casa y metimos nuestros órganos sexuales a sus respectivos calzones. No era nada pero cuando andas en lo prohibido cualquier cosa te saca un susto. Ese día ya no pasó nada pero después Pamela me decía que si iba a su casa. Entonces yo iba y siempre me agarraba la pinga. Una vez logré correrme. No me corrí, llegué al orgasmo, quiero decir. No me salió semen ni nada, sólo se me contorsionaba el pene y yo sentía muy bien. Ella se reía y decía: ¿qué te pasa? Y lo le contestaba se siente riquísimo. Cada día las sesiones eran más y más frecuentes y más y más largas. Su madre trabajaba todo el día y su padre había muerto o las había abandonado o algo y teníamos tiempo de sobra. Me buscaba y me decía anda, vamos a hacer cositas. Así lo decía: hacer cositas. Yo luego les contaba a los demás tíos todo lo que le hacía a Pamela y se morían de envidia. Pero les hacía prometer que no le dirían a ella. Y lo prometieron.  Pamela me tocaba y yo la tocaba a ella. Me gusta que me toques esta bolita, dijo. Se refería al clítoris. Y yo le tocaba esa bolita y se moría de placer. Creo que también llegaba al orgasmo. Entonces un día me dijo: me quiero tomar tu pipí. Yo no estaba muy seguro. No creía que eso fuera del todo sano. Como sea, le dije que sí. Se tiró al suelo como la mujer de la película y abrió la boca. Graaaande. Y decía Ahhhhh y sacaba la lengua todo lo que da. Yo puse mi pilín a unos centímetros de su boca pero estaba muy angustiado y no pude. No tengo ganas de orinar, le dije. Ash, dijo. Y luego ya nunca me pidió que lo hiciera. Aunque una vez estuvo a punto de darme una mamada. Veíamos muchas películas así que teníamos de dónde sacar ideas. Me acostó en el suelo de la cocina y sacó salsa de tomate. Me la echó en el pito y lo probó. Pero creo que no le gustó. A penas se terminó la salsa dejó de hacerlo y me llevó a su cuarto. Aunque yo era el hombre y el que tenía las cintas porno, ella era la que me utilizaba a su antojo. Yo nunca hacía nada que ella no quisiera. En cambio yo siempre hacía lo que ella pedía. Me dijo que le chupara el coño y lo hice. Tampoco me gustó, sabía amargo y no olía muy bien pero lo hice. Ella me agarraba de los cabellos y no me dejaba despegar. Yo movía la lengua como los tíos de las películas y le metía el dedo al ano como ellos. La primera vez que le metí el dedo al ano se asustó mucho. De hecho fue la única vez. Me dijo: ¡eso no! Y ese día paramos la sesión. Tardó mucho en venir la siguiente. Y en adelante siempre me decía, acuérdate que eso no. No decía qué, sólo decía acuérdate que eso no. Nunca la follé realmente. Primer porque yo no sabía muy bien cómo, la vagina me parecía un ser vivo y un montón de cosas abigarradas. Tenía pellejos, una bolita, un hoyo, algunos pelillos que recién crecían, y hacía movimientos extraños cuando le metía los dedos, como si me los quisiera comer. Y en parte porque ella también me detuvo. Cuando al fin me decidí se lo dije. Le dije: ¿y si te meto el pito? Dudó. Pero al fin dijo no porque mi mamá dice que me puedo embarazar. ¿Le has contado a tu mamá?, pregunté. Dijo que no, pero yo sospechaba. Es decir, me la imaginaba preguntando estúpidamente: mamá, ¿si un niño me mete el pene qué pasa? O: ¿si Martin me mete el pene qué pasa? Entonces lo supe. ¡Su mamá podía matarme! Si se llegaba a enterar alguien, me matarían. ¡Los papás de las mujeres siempre matan a los novios por esas cosas! Aunque no éramos novios, podían matarme. Y aunque Pamela no tenía papá, su mamá podía matarme. Así que dejé de ir a su casa.     
  
2

 Después de eso llegué a la secundaria y era un nido de gilipollas. Quiero decir que allí nacían los gilipollas que luego serían unos cabrones abusivos toda su vida. Aunque cursé en un colegio privado, que generalmente garantiza cierta decencia, en particular me tocó entrar a una jungla. Me parece que el individuo, desde que nace hasta que es adulto, recrea las etapas evolutivas en este corto tiempo; pasa por el cromañón, el homo-sapiens, etc., y en la secundaria se es una especie de cavernícola luchando por sobrevivir. Era un lugar lleno de tíos duros. Yo tenía que endurecerme o morir. Las peleas se gestaban por cualquier cosa. Había dos maneras de ganarse el respeto: o ser bueno con los puños, o ser bueno con las mujeres. Mi experiencia con Pamela me sirvió para abrirme camino. En la secundaria yo era de los poquísimos que de verdad habían metido mano a una mujer. Claro que esto no me libró de algunas riñas. Y más de una vez terminé con el ojo amoratado. 

 De todas las peleas recuerdo una con viveza. Por ese entonces yo ya tenía principios y uno de ellos era la lealtad. Yo no tenía muchos amigos pero tenía uno en particular, Manuel, que era un chico cohibido. Mis amigos siempre fueron los raros y yo siempre los defendí hasta el cansancio. Aunque eso me hacía raro a mí también, me importaba poco. Yo sólo quería un mundo justo. Era un gilipollas a mi modo. Manuel era un traumado de los videjuegos al igual que yo  así que pasábamos el tiempo hablando de videjuegos o yendo a su casa o a la mía a jugar. Todo eso estaba muy bien pero Manuel era demasiado tímido y los otros tíos no lo soportaban. El pez chico se come al grande y Manuel era un pequeñísimo pez. Pues bien, había uno de esos chicos gordos y abusivos que nunca faltan en los colegios y se dedicaba a hacer la vida de Manuel un infierno. A veces las bromas que le jugaba eran buenas y yo terminaba riéndome pero en general me jodía que lo moliera todo el tiempo. A mí no me jodían porque aunque era blando yo siempre respondía a las miradas y a los insultos. Siempre parecía dispuesto a dar el primer golpe aunque por dentro me temblara el alma. En realidad yo era un buenísimo actor. Por fuera parecía un tío duro. Si te metías conmigo me ponía gritar un montón de amenazas: ¡no sabes con quién te metes! O: ¡si me tocas te arrepientes, cabrón! Te lo decía lleno de coraje y con los ojos rojos y me lo creías. La mayoría de broncas que evité fue por la intimidación y no por nada real y concreto. Generaba miedo. Muchos no se atrevían a soltarme un golpe porque temían que lo que les decía fuese verdad. Les metía la idea de que se arrepentirían, aunque de eso, nada. Es decir que yo nunca había partido una cara pero tú me creías que sí. Un montón de caras. También me tenían por un demente. Llegaba a gritar: ¡te voy a sacar los ojos, mierda! Y tomaba un lápiz y te amenazaba. La fama se me vino drásticamente cuando aventé una botella de cristal a la cabeza de uno. Lo hice sin querer. Aventé la botella y calló justo en la cabeza de alguno. No era mi intención, vamos. Lo hice en el receso y el patio del colegio estaba lleno de tíos andando de aquí para allá y era improbable que no cayera a alguien pero yo no pensé en eso. No recuerdo qué pensé. Sólo lancé la puta botella y descalabré a un tío. Había sangre por todos lados y la gente corría y gritaba y yo no me había enterado del asunto. Lo hice cuando el hermano del afectado me pateó el culo. Literalmente me pateó el culo. Llegó por detrás y me pateó. Estaba lleno de rabia el pobre. Todo mundo pensó que el botellazo fue a propósito y que yo estaba rematadamente loco. El rollo se hizo más y más grande.  Como el hermano de la víctima me creía un duro, se hizo de algunos amigos e iban a buscarme para darme una paliza. ¡Con palos y todo! Una verdadera paliza. La cosa es que yo realmente me moría de miedo. Todos los días en el colegio le veía a este cabrón y me amenazaba. Yo le respondía que podía buscarme cuando sea y el muy cabrón llegó a buscarme hasta mi casa. Llegó un auto lleno de tíos y me eché a correr. Yo estaba paseando por la calle o algo y gritó: ¡es ese! Y corrí, corrí, corrí hasta que el corazón parecía salirse de mi pecho. En adelante yo ya no salía de casa. Para nada. Sin embargo a veces mis padres me pedían algún mandado y tenía que salir. Entonces lo hacía sigilosamente. Jamás doblaba una calle si asomar primero la cabeza despacio, muy despacio. No podía decirle a mi padre que andaba metido en un rollo así porque era capaz de decirme no seas maricón y de hacerme enfrentarlos. Y me darían una paliza en frente de mi padre. Y si hay algo peor que una paliza, es una paliza enfrente de tu padre. Así que durante un mes me anduve con cuidado, mucho cuidado. Luego la cosa se arregló sola. Se le pasó el coraje o algo y dejaron de buscarme y de amenazarme. Así es el odio adolescente: volátil. 

 La cosa con Manuel era que yo me estaba cansando más que el propio Manuel de verle ser insultado y menospreciado y humillado por aquel gordo de mierda. Yo le decía a mi amigo que le pusiera un alto pero Manuel era tímido hasta el hartazgo y decía, déjalo, y yo: coño, cómo déjalo si te ha puesto la cara como un jamón. Es que Manuel era pálido como vampiro y el gordo aquel jugaba a darle bofetadas leves pero terriblemente molestas y que le enrojecían la jeta. Total que me cansé y le dije al gordo que si se metía con Manuel, se metía con migo. Durante un tiempo esto funcionó. El gordo sabía que yo estaba loco y me temía.  Pero un día se cansó él también porque yo empecé a abusar de su miedo y nos citamos a la salida del colegio para pelear. Yo iba muy seguro de mí porque tenía el arte de la intimidación bien trabajado y porque el gordo era cobarde en el fondo. Nos vimos a la hora y lugar acordados. De mi lado no iba mucha gente pero del lado del gordo iba media escuela y todos le gritaban que me acabara. De mi lado sólo iba Manuel que no gritaba nada y que estaba muerto de miedo, y algunos raros que esperaban que algún día alguien le diera una buena revolcada al gordo abusón. A lo mucho eran cinco. O sea que yo, el maestro de la intimidación, me intimidé de ver cómo más de medio colegio estaba dispuesto y deseoso de verme caer. Hijos de puta, pensé. El gordo tenía reputación de agarrarte del cuello, con la ventaja de su peso, y de ahorcarte. Tenía su técnica. Y le dije: no se vale agarrar, a puño limpio. Se lo dije como si supiera algo de puño limpio. Y dijo que sí. Nos pusimos en guardia uno frente al otro y yo no dejaba de verle los ojos. Quería encontrarle el miedo pero lucía muy confiado. Giramos en círculo mucho tiempo. Ninguno quería arriesgar. La gente gritaba que ya comenzáramos, estaba ávida de acción.  Le solté una patada a la cintura. Fue una buena patada, el público hizo ¡oh! Entonces el godo se hizo para atrás y yo me acerqué para darle un golpe pero en ese momento justo, brincó, se me lanzó y me agarró del cuello. Se hizo para atrás, y luego saltó; como un resorte. ¡Hijoputa de mierda!, grité. Me tiró al suelo, cosa fácil pues yo era un palo y se me subió y me soltó un golpe en la cara. Y otro, y otro, y otro… Alguien dijo, ¡ya déjalo! Y nos separaron. Yo estaba ensangrentado y lleno de rabia así que cuando estuve en pie me lancé sobre él pero ya no me dejaron. Es suficiente, decían. Pero yo no tenía suficiente aún. El gordo vio que yo estaba hecho una furia y me decía: ya, ya te gané, ya. Y yo estaba terco y logré zafarme de los que me detenían y me fui sobre el gordo. El gordo corrió unos pasos pero lo alcancé y me subí a su espalda. Le agarré del cuello y no sé cómo lo tiré le pateé el estómago y el pecho y la cara. Yo había enloquecido de verdad. Pero luego los amigos de este cabronazo se me fueron encima y terminé hecho polvo. El marica de Manuel se quedó mirando cómo me acababan. Cuando terminaron conmigo se abalanzaron sobre mi amigo y terminamos los dos tirados en la banqueta llenos de golpes. Como pude me levanté y le dije: puto cabrón, ¿por qué no me ayudaste? No decía nada. Sentí un gran coraje por él y comencé a putearlo más. Ya no le hice gran cosa porque me dolían todos los huesos. Se echó a llorar y decía: ya, ya, ya. Luego de aquello dejé de ser su amigo. 


De mi infancia tengo pocos recuerdos. De hecho, creo que yo no tuve infancia. Quiero decir que me cuesta trabajo pensar en aquel niñato de la calle Aerolito, y en este tío que soy ahora, como la misma cosa. No sé exactamente cómo pasó que me convertí en esto. Cuando niño yo tenía sueños. Quería ser un abogado forrado de pasta. Como mi padre. Que estudió derecho pero terminó siendo comerciante. O sea que yo quería hacer aquello que él no pudo. Pero yo tampoco pude. Ahora ya no me importa. De niño iba a buenos colegios y mis ambiciones eran enormes. La gente me preguntaba, niño, ¿qué vas a ser cuando seas grande? Y mientras los otros críos decían bombero o zapatero o puñetas de esas, yo contestaba: millonario, señor. Y la gente sonreía y creía que de verdad yo algún día sería millonario. Te lo decía con mi cara de niño serio, bien peinadito y con el uniforme de una buen colegio. No podías menos que creerlo. Era un niño tímido. Pero no de esos niños tímidos idiotas, sino que más bien, me gustaba guardarme en mis pensamientos. No hablaba mucho. Y cuando lo hacía te soltaba alguna verdad que no querías escuchar y me largabas. Pero en general era un niño bien portado. 

 No sé en qué momento se me metió el demonio. Mi futuro se cayó como un tronco. ¿Has visto un troco caer?, pues bien, así, se cayó mi futuro. Una de las frases célebres de Freud reza: “el niño es el padre del adulto”. El hombre occidental vive con eso, y es cierto. En mi caso, a ese niño-padre-del-adulto se le descarrió el tren. No fui un buen padre de mí mismo. Aunque tampoco fue del todo mi culpa. Aunque yo era un niño dentro de los estándares de lo normal, ya en el fondo me sospechaba diferente. No quiero decir que soy verdaderamente distinto porque no es cierto. Quiero decir que pertenezco a una clase de hombre diferente, pero no soy el único. Soy del tipo de hombre idealista e inconforme. Este género de la humanidad cree poseer una verdad. Una verdad única e inquebrantable que vas más o menos así: la vida es una mierda y nada tiene sentido. Esta verdad es revelada tan sólo a unos cuantos y es un infierno. Te das cuenta de que todo es absurdo y no vale la pena luchar por nada. Y dejas de luchar. Es difícil lidiar con esta realidad. Sobre todo si ya no eres un niño. También es cierto que hay otras verdades. Los hay quienes no encuentran sentido en otra cosa que no sea el dinero. Y son millonarios. Todo mundo quisiera pudrirse en dinero pero hay una gran diferencia entre el hombre que realmente se pudre en dinero, y el que sólo quisiera hacerlo. Todos nos vamos a pudrir algún día y ha de ser mejor pudrirse en dinero que entre la mierda. Aunque habrá quien diga que el dinero y la mierda es la misma cosa. ¡Qué error! Sin embargo yo no soy de los que luchan por dinero. Yo no lucho por plata y entonces podría pesarse que no lucho por nada, digo, ahora que el dinero parece serlo todo. Hasta cierto punto es verdad. Todo siempre es hasta cierto punto. Sería un mentiroso si digo que no lucho por nada. Lucho por expresarme. Desde que yo era niño sospechaba el tremendo poder de un pensamiento bien expresado. Ideas como “libertad, fraternidad e igualdad” han cambiado al mundo. Yo no aspiro a tanto. No deseo para nada cambiar al mundo. Me da igual si el mundo se va a la mierda. Me da igual si el planeta explota sobrecalentado o si el hombre tala el último árbol sobre la Tierra. O si se consume la última gota de agua o si la capa de ozono se quiebra y ardemos todos. Me importa un carajo, Dios. Lo único que me importa es que el mundo no me quite mi verdad. La verdad a la que me aferro como condenado gato montés. Sé, que hasta cierto punto, estoy equivocado; la vida puede ser bella si uno lo desea. Pero me importa poco la vida bella. ¡A la mierda!  


Martin Petrozza

12 comentarios:

  1. Jajajaj divertido con cierta ternura, fluido y agradable, muy bueno! Yo soy tu fan, sigue machacando la maquina.

    ResponderEliminar
  2. Diego Villanueva3 de julio de 2010, 0:07

    Martin, gracias por tomar en cuenta mi sugerencia.

    Eres El tipo de personas que le dan sazón a esta raza humana tan aburrida.

    Gracias.

    ResponderEliminar
  3. Muy buen relato, es interesante ver que te acercas al sexo por medio de la pornografia y no de una charla de padre e hijo. Esto pasa mas seguido de lo que quisieramos. Y las peleas en la escual tambien son interminables. recreas muy bien lo que hemos vivido muchos y tu a tu manera.

    ResponderEliminar
  4. Excelente, me encató lap arte de Pamela, eres un nrrador que despierta mi imaginación y lo disfruto bastante! Sigue así!

    ResponderEliminar
  5. Increible el blog, soy nueva pero me ha encantado, felicidades!

    ResponderEliminar
  6. Diego villanueva: De nada, me pareció buen ala idea de narrar la infancia. Un poco de la infancia, mejor dicho. Gracias por leer. Un saludo.

    ResponderEliminar
  7. Interesante. Pobre de Manuel!! Creo que muchos descubrimos el sexo por curiosidad y luego ya no salimos de allí, jejejeje.

    ResponderEliminar
  8. Bah... escuela privada. En la mía estaban los mismos chimpances pero prietitos y más feos que los niños de las privadas. Y para colmo, jugaban a ser matones reggeatoneros del barrio (supongo que ahora ya creen que son matones de verdad). Hubo un par de balazos durante mi ciclo escolar, y no habían niñas curiosas como Pamela. Merde!

    ResponderEliminar
  9. Martín, una humlde pregunta: ese escribir como si fueses español es como para qué o qué.

    ResponderEliminar
  10. Saturnino: más que escribir como español es escribir como todo lo que sea del español. También lo hago como argentino en ocasiones, o como cubano o como chileno. ¿Y para qué es? Porque me encanta el español en todas sus variantes. Sólo es un placer personal. Hay palabras que he adoptado de todo eso, como coño, jinetero, guay o grases como: andá a cantarle a Gardel. O cosa así. No es nda serio ni tiene finalidad importante.

    ResponderEliminar
  11. Me gustó el relato, aunque creo que el último párrafo de la tercera parte, aunque entiendo su significado, lo siento extra para lo que narras en la primera y segunda parte. Tenía la duda de si quierías usar el español castizo, y veo por tu respuesta a Saturnino que es por placer personal -estético, diría yo-. En ese caso tendrías que trabajar más las frases.

    Por ejemplo, en el segundo párrafo escribes "A veces yo tenía que ir por ella." Lo corrento es "A veces yo tenía que ir a por ella". 'Ir a por algo' es el uso correcto en el español castizo.
    También te recomiendo que pulas más tu estilo. Intenta repetir menos las palabras que a veces usas demasiado en escaso número de líneas.

    Espero te sirvan mis humildes comentarios,

    Un saludo jarocho!

    ResponderEliminar
  12. Hola Gus, claro, me parecen acertadas tus opiniones. Lo tomaré en cuenta. Sólo debo decir algo: efectivamente el a por... lo uso intermitentemente como a la mar de... etc. Es como decir coño o no decirlo. Pero en general creo que tienes razón. En cuanto al párrafo que mencionas, toda la razón tienes. Sólo que me di la libertad de hacerlo por que a fin de cuentas es algo que quería escribir, y surgió así porque hice el texto en dos sentadas y no en una. Eso influye demasiado. Uno no siempre está del mismo humor. Gracias =)

    ResponderEliminar

Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com