martes, 6 de julio de 2010

Carta Postrera.




No sé cómo contar esta historia. Seré franco y diré que no sé cómo comenzar, así que comenzaré en un espontaneo intento por comenzar y no tendré miedo a parecer demasiado anacrónico o demasiado mal escritor. Lo primero que diré al respecto es que nunca tuve la intención de nada que no sea lo que las intensiones comunes, en dichos casos, deben tener, es decir, nada: ninguna intención. Y qué si ahora me encuentro preso, esperando la muerte, no es por culpa mía sino de la Ley incapaz de entender razones de peso. Ante el juez declamé un discurso que me parece irrefutable, que expone, por una parte, la justificación de mis actos, y por otra (la parte que se niega a quedar muda), la necesarísima, justa y plausible razón de los mismos. Pero el juez se limitó a juzgar conforme a la usanza tradicional y sin el óbolo de inferencia; con total resistencia a pensar filosóficamente mis argumentos; ha expuesto de manera irrefutable que soy merecedor de la pena de muerte. La pena de muerte no me asusta. Lo que me preocupa, ¡y bien preocupado estoy!, es el hecho de que nadie, ninguno de los hombres de la corte, haya entendido un poco de mis palabras y que se deje en libertad a tanta mujer. Comprendo que para esos señores sea innegable que la mujer merece respeto y que matar a una persona no es lícito… pero (este pero es importantísimo), en mi caso, el asunto no es tan sencillo.
            Amigos míos, los he librado de un terrible mal, de una maldición que se repetirá constantemente  una tras otra vez hasta que ya no, pero mientras ya no, tanto sufrir y tantas víctimas y tanto odio y ganas de matar.  ¡Les he ahorrado tanto!, ¡incluso la pena de muerte! Lo que me hizo fue más que indigno. Lastimó mi alma, mi corazón, mi cuerpo, mi sistema anímico, ¡ay mi sistema anímico!, no volverá a ser el mismo; ha ensuciado mi inconsciente con su insensibilidad, marcado para siempre. No podré amar en adelante, no amaré a nadie más, seré como un alma en pena que ha perdido la capacidad de amar. ¡Y le parece poco, señor Juez!
            No me opongo a nada, no opondré resistencia, pero deben saber, todos deben saber, que mi muerte es injusta. No sólo no habrían de matarme, sino admirarme por librar al mundo de una mala mujer. ¡Ay, la buena mujer! ¡Qué buena y qué merecido tiene vivir! La mala, señores, la mala es como un plaga que contamina, se extiende; se extiende contagiando a otras mujeres y llenándoles la cabeza de libertinajes, de feminismos, de artimañas, insensibilizando los corazones de las pocas buenas mujeres. Y yo que soy tan bueno le perdoné todo. Sí, le perdoné todo y le pedí de la manera más atenta que dijera la verdad, porque aún sabiéndola yo, quería darle el beneficio de la confesión, salvarla de sí misma con la oportunidad de confesar. No lo hizo, no. Continuó aferrada a mentir (a mentir y omitir verdades, o  transfigurar verdades, que es lo mismo). Entonces supe que era mala, que no había en ella la mínima oportunidad y que tenía que matarla.
            No quería hacerla sufrir, no era una afrenta personal, sino la terrible obligación, la grata obligación, de librar al mundo de eso que era ella. Me decidí sin dificultad por el uso estratégico de una planta que en dosis suficientes la haría partir sin dolor, como en un sueño que no tiene despertar. Nótese mi caridad para con ella: le daría una muerte suave. Bien puede, y muy merecido lo tenía, asesinarla de atroces maneras: desollarla, quemarla viva, partirla en pedazos… Supe calmar la ira e hice simplemente lo que la razón y el sentido común me obligaban, sin poner ni más ni menos rigor del merecido.
            La cité en aquel café donde la conocí. Cuando la conocí me sedujo de inmediato. Era hermosa y de mente libre. Me engañó, tanto me engañó, que me hizo creer durante meses que ella era una persona, un tipo de persona, y resultó ser otro tipo, el peor de los tipos de persona, de mujer; no hay nada peor que la mujer que miente por compasión. Las mentiras piadosas no se deben tolerar. ¡Y menos yo que le pedí de la manera más atenta, tanto le pedí…! ¡Pero mintió! Coloqué el veneno en la taza de café sin que nadie me viera y el resto es este castigo que hoy me imputan. Ahora me culpan de intento de homicidio (hierba mala nunca muere). ¡Ella es la asesina! ¡Me mató en vida! Ahora que moriré no me atemorizo, descanso, porque sé que Dios tendrá mejor juicio para conmigo que estos simios imbéciles del juzgado.
            Los amigos aconsejaban que la dejara en paz ¡No entienden nada! El problema es que he sufrido, sí, aunque lo grave del asunto es que dejarla en paz es hacer daño a otra gente, a tanto hombre bueno como yo que se enamorará de ella; porque es una mujer de apariencia agradable y seduce con máscaras que no son ella. Una técnica demasiado satánica. Y no es que sea yo un inquisidor.
            Ahora partiré. Amigo mío, si alguna vez la miras, dile que la quise. Dile que en mis homicidas intenciones no hubo algo personal. Que el sentido común se antepuso a los sentimientos que para con ella tenía. Y por favor, no te demores en esto que te pido; puedes caer en sus garras, y créeme, te arrepentirás. No platiques demasiado con ella, no respondas a sus preguntas ni aceptes sus invitaciones, no supongas verdaderas sus intenciones ni te dejes cegar por sus apariencias de mujer tierna y agradable. De ser posible evítala. Prefiero morir sin que tú te arriesgues, llevando mis postreras palabras, a ser culpable de la muerte suya. Amigo mío, si alguna vez la miras, dale de tomar el tecito que guardo en el cajón del buró de mi habitación. Pero ten cuidado de entablar conversaciones profundas porque antes de beber el té, puedes caer en éxtasis falaz. Amigo mío, estás advertido, todo queda en tus manos. Yo pasaré a mejor vida, a una existencia sin ella que la quise tanto, pero alegre de verme sano y salvo de sus embrujos. Tú, y todos ustedes, se quedan con ella. Rezaré por ustedes en el Cielo. 





8 comentarios:

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  2. Bravo, ¡bravísimo! Hay suicidios que son una verdadera obra maestra y el tuyo, porque tú sabías que eso pasaría ché, lo sabías, es ejemplar.
    Ya no habrá otra historia, ni otro whisky ni leerás esto porque la carcel es así, una puta mierda. Nos vemos en otra ocasión, que pude ser otra vida.
    Esto es todo!

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  3. En verdad es muy interesante la propuesta. Me gusta mucho, me imagino un hombre loco defendiendo sus derechos desde la loura. Y también tioene rtazón: la ley no ve las cosas filosóficamente. Es como uno de esos locos que tienen la razón pero es tanta verdad que el mundo no puede aceptarlo. Genial!

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  4. Lo encuentro magnífico!! Me parece la mente deun asesino de verdad. Bien dicen que en la carcer todos son inocentes. Sus actos estaban justificados para el. Es genial, no se como descriirlo...

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  5. Esto me da miedo. En verdad un hombre convencido de que asesinar a una mujer es bueno, me da miedo S= pero el articulo es muy bueno!

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  6. mujeres fatal... ella le arranco su vida de que le servia estar vivo sin poder disfrutar de la vida, total mala hierba nunca muere como tu dices y en una de esas tal vez esta mujer estaba sentada en el fondo de la corte disfrutando como culiminaba su obra maestra

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  7. Para mi has manejado muy bien la psicología del personaje,y es muy bueno tu cuento! me encanta la parte donde le dice que si la vez, dale el tecito que tengoen el buró! y como recomienda alejarse de su embrujo. Es como una sirena, osea un monstruo que hay que matar! Buen trabajo!

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  8. Todas las mujeres tienen ese poder, ergo todos nosotros, pobres incautos, nos volveremos asesinos en algún momento.

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