martes, 29 de junio de 2010

Mi madre

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Hasta ahora no he tratado el tema de mi madre porque cualquier persona que haya vivido lo que yo con ella, preferiría evitar el tema de la madre. Es difícil para mí hacerlo, pero lo haré porque parte de escribir es exorcizar. Sacarse los demonios. Y mi madre es un demonio. Una demoneza. Una arpía. O como diría Petrozza: una verdadera hijaputa. Pero vayamos por partes. Mi madre casose con mi padre, el Sr. Pinciotti, la primavera del 85. Tan sólo un año después de haberle conocido. Y tan sólo un año después de la boda, nació Verónica. Lo que expresa bastante bien las ansias de mi madre por exprimir al Sr. Pinciotti. Mi padre contaba con veintisiete años y un presente labrado sobre buenos cimientos y un futuro prometedor; cosa que no debió escapar al ojo reptil de la Sra. V., mi madre.  La Sra. V. tenía ya treintaiún años y un divorcio. Se había divorciado del Sr. X. en el año de 1983. Era rápida la condenada. De su antiguo matrimonio me dejó un medio-hermano al que he visto una vez y no más. Me sacó la lengua y le pinté dedo. Y le dije: ¡chamaco cabrón! Y no le volví a ver en toda la vida. Nos presentaron en el velorio de la tía-abuela Molinari. A jalones de oreja discretos y pellizcos e el brazo, la Sra. V. lo trajo hasta donde yo y dijo: Víctor, esta es tu hermana. Y a mí me dijo: Verónica, este es tu hermano. Y nos dijo a ambos: salúdense como sí se quisieran, ¡por amor a Dios que están los Molinari! A Víctor, mi medio-hermano, no le había visto antes, ni a la tía. La conocí muerta, metida en el féretro, y maquillada a tope. Como puta del Moulin Rouge. Y por el montón de joyas que llevaba encima la dichosa tía, supuse que ese maquillaje exagerado lo había llevado durante varios años en su vida. Que no era una falta de sentido estético del maquillistas de cadáveres. Sino una falta de sentido estético de la propia Sra. Molinari. Yo tenía como nueve años y Víctor como once o doce. ¡La tía como novecientos! Pero el caso es que con el divorcio del Sr. X. mi madre obtuvo más que un hijo abandonado. Obtuvo una gorda cuenta bancaria de la que mi padre no supo nada sino hasta su turno de divorciarse de la Sra. V. Quiero decir que mi madre poseía una fortuna que jamás compartió con el Sr. Pinciotti. Se entiende qué clase de mujer era. Tacaña hasta el tuétano. 

 Aunque mi madre siempre me contó que yo fui criada con amor, hecha con amor y etc., no le creo. Sus actos demostraban lo contrario. Desde que la conocí, es decir, desde que tengo uso de razón (como a los cinco años), supe que no era una buena madre, ni una buena esposa ni una buena mujer. Poseo tan sólo vagos recuerdos de la infancia; el psicólogo dice es una resistencia de la psique. Que deseo tanto olvidar, que olvido. Durante los primeros años de matrimonio, el odio que mi madre sentía hacia mi padre se notaba en cada palabra, en cada gesto, en cada mirada. A los cinco años yo la escuchaba gritar cosas al Sr. Pinciotti. Cosas como: NO TE SOPORTO. O: ¡Soy infeliz! O: es mi vida. Mi padre, de sangre italiana, gritaba también pero a diferencia de la Sra. V, pedía perdón luego de un rato. Lo hacía de corazón. Y le compraba a madre alguna cosa carísima. En algunas ocasiones padre lloraba. Entraba a mi habitación con la cara húmeda y me decía lo buena que era la Sra. V., y lo mucho que la amaba a ella y a mí. La Sra. V., sin embargo, hacía cosas terribles. Por ejemplo, le humillaba en público por un déficit sexual. O por ser tan noble. Noble era su manera de llamarle imbécil. Le exprimía las tarjetas, las cuentas y hasta la cartera. Utilizaba el dinero para darse la buena vida y pagarse jóvenes folladores. Lo sabíamos tanto mi padre y yo y los empleados domésticos porque era descarada y le importaba un pepino el tremendo daño que hacía al Sr. Pinciotti. Lo divulgaba entre las amigas del club y entre los empleados de mi padre. Y me decía: hija, nunca te cases con un poco-hombre como tu padre. Y si lo haces, añadía, procúrate un buen servicio. Así llamaba a los masajistas que eran más bien prostitutos. Yo a mis ocho años no entendía muy bien pero sospechaba. Los niños sospechan la maldad y yo no estaba equivocada. 

 El odio que mi madre profesaba al Sr. Pinciotti se extendió hasta mí. Abiertamente me lo expresó. Me decía: hija, eres una pendeja. Su vocabulario era cosa de cuidado. Tenía la habilidad de darte donde más te duele. Era certera. Esto último me lo soltaba los días del padre, cuando yo, en la escuela hacía alguna manualidad para el Sr. Pinciotti. Llegaba contentísima con mi regalo, se lo daba, y decía: hija eres una pendeja. Mi padre me llevaba aparte y me agradecía con el alma. No hagas caso, decía, tu madre te quiere en el fondo. Pero yo sabía que no. Claro que a los ocho años aquello me dolía como un zarpazo y me soltaba a llorar. Corría al jardín y lloraba. Me gustaba llorar allí, en el jardín, echada de cara al césped y con Rex, mi pastor alemán, echado alado mío. El Sr. Pinciotti corría tras de mí y le gritaba a mi madre, que ya no lo escuchaba, LA HACES LLORAR. Me levantaba en brazos y me llevaba a mi habitación donde hacía alguna bobera para que se me olvidara el asunto. Se ponía contarme chistes o a leerme cuentos o prendía la radio y me sacaba a bailar. Me gustaba mucho el cuento de aquel flautista que reúne a todas las ratas de un pueblo entero con una melodía. Creo que se llama el flautista de Hamelín. No recuerdo muy bien y no he querido investigarlo porque aunque el cuento me gustaba y yo lo disfrutaba muchísimo, me trae recuerdos. No sé si tiene algo que ver pero el Sr. Pinciotti hacía tocar la Flauta Mágica, de Mozart, y bailábamos como tontos imaginando que millones de ratas venían tras nosotros. Al menos eso imaginaba yo. Primero la cosa es muy tranquila y caminábamos lento por toda la habitación en busca de los roedores. Mi padre se agachaba a buscar bajo la cama y a veces saltaba como si de verdad encontrara una rata y yo me sorprendía. Luego la cosa se pone más movida y más alegre y cómo disfrutaba aquello. Y también hay una parte como de suspenso. Allí sí que lo hacíamos en grande, imaginábamos que las ratas se salían de control y había que arreglarlo. Para ello usábamos algunas de las flautas dulces que yo tenía. Las utilizaba para mi clase de música. Me enseñaban a tocar La marcha de los santos y El himno a la alegría. Se me olvidaba por completo que mi madre había insultádome y todo era felicidad. Luego, los doce años, dejaron de importarme los insultos de mi madre y hasta le decía: ¡pendeja tú! No le importaba, decía, ¡va!, daba media vuelta y se largaba a quién sabe dónde. No me importaba a mí tampoco. 

 Todo esto era sólo en casa. Dentro de casa. Fuera se transformaba en una madre cariñosísima que podía mimarte hasta el hartazgo. Era hipócrita con eso. Iba a la iglesia todos los días de iglesia y le decía al Padre que en casa todo va de maravilla y estamos en paz con Dios. Yo no la desmentía porque me hacía gracia. De los doce años en adelante dejó de afectarme todo el rollo de mi madre y hasta me causaba risa. Sólo hay  una cosa que nunca le perdonaré. El día que me volteó la cara de un bofetón. Lo hizo porque le dije, ¡Sra. V., púdrase en el infierno, vieja zorra! Lo dije porque había hecho llorar a mi padre amenazándolo de abandono. Claro el abandono era lo mejor que podría ocurrirle al Sr. Pinciotti pero él no lo veía así. Madre era todo lo que él tenía. Con el tiempo crecí y le convencí que la dejara partir. Que no era lo mejor del mundo y que podía casarse de nuevo o que me tenía a mí. Fue hasta el año 2001 que lo entendió y concedió el divorcio a mi madre. Por ese entonces yo tenía algo así como quince años e independencia emocional para con mi madre. O sea que no me dolió la separación de mis padres. Al contrario, me sentó bastante bien que la Sra. V. se alejara de mi vida y de la vida de mi padre. Lo último que le dije fue: ¡veté al cuerno, cabrona! Y lo último que me contestó fue: Allá te espero, hija. Nos lo dijimos en el juzgado y no la he visto nunca más. 

2

No sé qué es de ella. No sé si ya se casó de nuevo o si está disfrutando de todo lo que sacó al Sr. X. y a mi padre. O sí está muerta. Pero creo que no, esas cosas siempre se saben, no está muerta. El Sr. Pinciotti sí está enterado de ese rollo pero cuando intenta decirme algo lo paro en seco y le digo, no, no me importan enserio, no quiero saberlo. Y me respeta. Sabe que esa mujer me hizo daño, y me respeta. Yo le digo que busque otra mujer si lo desea pero creo que no lo hará porque el Sr. Pinciotti es noble y no puede hacerlo. Dedica su vida a su negocio y a su hija. Esto último no siempre me place, pues es un ojo vigilante muy tenaz. Y aunque me he quejado de él infinitas veces, le amo con toda el alma. 





9 comentarios:

  1. Me gustó... rudo pero me gustó, si es biográfico felicidades, también conozco los desconciertos pueriles... y si no lo es felicidades también.

    Carlos López Carmen

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  2. Vaya que si es difícil llevar una vida así, en lo personal me desagradan las personas que quieren que santifiquemos a los padres porque nos dieron la vida, eso se me hace tan patético. Pero que bueno que tienes un padre tan noble, un saludo y muchas felicidades me gusto mucho....

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  3. Ahora entiendo algunas cosas. Faltaba esta pieza en e rompecabezas. Pero antes que nada, felicidades. Te admiro por tu capacidad de abrirte ante la gente. Como lo dices debe ser dificil pero es mejor sacarlo que quedartelo dentro. Un saludo y sigue escribiendo, gracias por compartirnos.

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  4. Entonces de allí viene lo Verónica!

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  5. Bueno ahora que nos brindas este tema, menos que nunca, te podemos juzgar. Aunuque se entiende de donde te vienen algunas cosas, estas justificada y amas a tu padre. Creo que todos amamos a nuestros padres aunque nos traten "mal". Pero en tu caso el sr Pinciotti es todo lo que tienes. Asi que animos y adelante!! Saludos.

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  6. la idea era que es fresco, cotidiano y fluye como una conversación, y eso es bueno, como estoy dedicada a lectura antigua fue como una refrescante bebida en la playa, y si me permites una sugerencia constructiva, creo que por aquí o por allá se podrían trabajar algunas frases y llevarlas a un nivel más profundo que a fin de cuentas es de lo que se trata la literatura, de que de lo cotidiano o lo obvio seamos capaces de descubrir otra mirada u otra reflexión que nos penetre el alma. Te recomiendo leer los Diarios de Anaís Nin y una muerte muy dulce de Simone de Beauvoir, en este librito habla de su relación con su madre y te puede ayudar para seguir trabajando tu texto. Felicidades, sigo leyendo.
    Saludos, besitos desde México

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  7. Muy entretenido e interesante tu relato.

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  8. Había leído hace no mucho un artículo publicado en famosa revista literaria sobre la autobiografía que escribiera Salvador Elizondo por encargo hace tantos lustros ya -¿por los sesentas?- junto a otros famosos escritores y que se publicara bajo el título de 'Autobiografías precoz'. Apuntaba el joven crítico autor del texto referido que Elizondo, aburrido ya de sí mismo por ser un autor consagrado entonces, decide reinventarse, apelar a la violencia y crear una ficción de la que poco importa si se apega a una verdad relativa. Creo que eso sería lo importante: reinventar el pasado, una posibilidad que nos regala la literatura. Poco interesa que lo que narras sea verídico y/o rerificable: lo importante es que lo hagas creíble, y los has logrado.

    Ya Martin Petrozza me había hablado de tí.

    Me gusta lo que hacéis, os felicito.

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  9. perdòn por entrar en finas discusiones literarias que cruzan lineas y fronteras tan delgadas y discutidas como la ficciòn y realidad, y no comentar plenamente el texto de Verònica pero sin estar en desacuerdo con lo que menciona Gustavo, me parece que esa forma de autoinventarse, válida desde la literatura, dejarìa en sì misma de ser autobiagrafìa y se convertirìa en una narraciòn cuyo personaje aunque se llame como yo no es yo, es tan inventado y ficcional como caperucita roja o frodo, escribir un cuento de lo me gustarìa o no que me hubiera pasado si esto o aquello. Siempre, en toda autobiografìa, habrà un punto de subjetividad que nos alejarà de la "realidad real" y nos acercarà a una "realidad construida". Claro, aquì viene el punto que màs me emociona de la lieratura y las ficciones en realidad, que esa construcciòn que hacemos de nosotros mismo es modèlica y con frecuencia tratamos de ajustar nuestra vida real a una proyecciòn ficcional de nosotros mismo y desde allì reelemos el pasado. Autobiogràfìa, ficciòn, hasta dònde uno y el otro...

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