martes, 15 de junio de 2010

La caja mágica / PARTE II

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Es increíble que lleguemos a estos extremos. A plena luz del día, la calle transitada y en la acera de enfrente, la preparatoria. Me tomaron por sorpresa dos jóvenes y una mujer. Todo ocurrió como un encuentro casual de amigos que me costó dos mil quinientos pesos. Primero fue la mujer; igualó mi andar y se acercó, me abrazó rodeándome el cuello con el brazo y me saludó como conociéndome de años. Intenté quitármela de encima. Casi de inmediato llegaron dos jóvenes malencarados y susurraron a mi oído: esto es un asalto, actúa con naturalidad.  De entre todas mis bolsas (siempre guardo el dinero en bolsillos diferentes) lograron sacra dos mil quinientos pesos recién retirados del banco. Ya con el dinero, me botaron como si nada, ¡como a un completo desconocido! (luego de tantos abrazos y emociones) y se metieron  a un carro que los esperaba cuadras delante. 

2

-¿Cuánto es?- 
- Dos mil pesos-
- ¿segura?, yo conté más.
- ¡Seguro, hombre! 
- Mario, ¡da vuelta aquí!
- ¿De qué se trata? Te juro que son dos mil pesos, no más.
- Mira Conchita, a mi no me haces pendejo. Para aquí, Mario, no apagues el motor…
- Te juro, hombre. ¡Dos mil pesos, no más! ¡Cálmate, no es para tanto!, ¿cuánto dices que contaste? Guarda eso, por Dios, no es necesario…

3

Sentado en la banca del parque detrás de la preparatoria, Carlos sacó la caja de cigarros y la extendió a Carolina para que tomara uno. Carolina, asustadísima, como si Carlos hubiese violado el sexto mandamiento (no cometerás actos impuros) tomó la caja y la cerró. Acto seguido, le explicó que antes de comenzar a fumar, se acostumbraba tomar un cigarro al azar, voltearlo y meterlo de nuevo a la caja, dejándolo así para fumarlo al último. Todo esto era cosa personal y debía hacerlo Carlos, no ella (ni como demostración), o se perdería la magia; porque lo más importante de todo: se debe pedir un deseo mientras todo esto, y el deseo se cumplirá al final de la cajetilla, en el momento de fumar ese último cigarro. Carlos no estaba del todo convencido con el funcionamiento de aquello pero Carolina no dejaba asomar en el rostro la mínima sonrisa o gesto que dejara ver la broma. Se lo tomaba muy enserio y Carlos no quiso faltarle al respeto. Tomó el cigarrillo, lo volteó lentamente y lo metió en de nuevo en la caja. Un poco a regañadientes pidió en voz alta un deseo: recuperar los quinientos pesos que había gastado en un día pensando que la semana próxima volverían a su bolsillo, y que no había visto hace tres semanas. Carolina estaba muy contenta y ahora sí tomó un cigarro y lo encendió y continuaron con la lección de fumar.

 Pasados tres días en los que Carlos había practicado y practicado bajo la instrucción de Carolina, se había convertido en un experto y ya sabía sacar el humo por la nariz o dejarlo salir por la boca y regresarlo dentro por las fosas nasales en una suerte llamada “catarata” que dejaba impresionados a casi todos los chicos de su edad. Carolina era una excelente maestra y esa tarde terminaban sus clases; se terminaba la cajetilla (que había comprado Carolina y a la cual le debía el dinero de la misma) y Carlos no tenía un centavo para más. Se despidieron como todas las tardes en el parque. Agradecido Carlos le dio un beso en la mejilla. Carolina quedó hecha un tomate y sin decir palabra se fue y lo dejó con las gracias en la boca. 

 Carlos regresó a casa por el camino de siempre: por la avenida que entronca con la calle y luego la acera frente a la prepa. En eso iba cuando sacó la caja y el último cigarro, el de la suerte, cosa que no recordaba. Pensaba pedir lumbre a un hombre que venía en su dirección, pero antes de estar lo suficientemente cerca para entablar conversación, una mujer lo abrazó y se lo llevó muy afectuosamente. La mujer no era fea y Carlos pensó en lo afortunado que sería con una chica así, que lo abrase a uno cuando lo encuentre en la calle, donde seguro sabía que él pasaría, pues las chicas cariñosas saben todo de uno. Encendió el cigarro en el puesto de periódicos y volteó para ver a la dichosa pareja. Esta vez eran dos jóvenes más los que rodeaban al señor y a lo lejos miró que algo caía del bolsillo de alguno de ellos. Corrió para tomar lo que fuera que se había caído y entregarlo a tan buenos amigos. Cuando llegó se encontró con un billete de quinientos pesos y lo imposible de alcanzar al cuarteto que ya había girado en quién sabe qué calle. No lo podía creer. De Carolina y las supersticiones tabacaleras una cosa era verdad: el cigarro de la suerte en la zurda y los quinientos pesos en la diestra. 

 De aquel día en adelante la vida le cambió por completo a Carlos. Lo primero que hizo fue pagar la cajetilla a Carolina y comprar otra para él; la abrió, retiró el papel, sacó el primer cigarro al azar y lo volteó mientras pedía una cita con Cecilia. 

 Esa caja la fumó muy lento, no quería llegar al final y descubrir que todo había sido una farsa, que el cigarro no era de la suerte y que los milagros no existen. Todo eso lo sabía pero no quería demostraciones; ya la caja había enseñado lo contrario a la razón y así quería quedarse. Lo primero que hizo al siguiente día fue acercarse a Cecilia, un “hola, cómo estás” y eso fue todo. Cecilia ya no recordaba el día en que Carlos vomito y la contestación al saludo fue cortes. Al segundo día Carlos la saludó de nuevo y le obsequió una rosa. Cecilia se sonrojó (era la primer rosa que le regalaban) y platicaron todo el descanso. Los días restantes Carlos continuó cortejándola.





1 comentario:

  1. ya habia escuchado de eso del cigarro volteado, ya va tomando forma el cuento =)

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