viernes, 4 de junio de 2010

La caja mágica / PARTE I

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 Aquella mañana Carlos se despertó como todas las mañanas anteriores a ésa: harto de la vida. La modorra, el tedio, la escuela, los maestros y la tarea. Era su primer día de clases en la preparatoria pero no su primer día de clases en la vida, por lo que sabía de antemano que la preparatoria no era en nada fabulosa, divertida, ni interesante como le habían prometido sus padres desde la primaria. Ya estaba cansado también de sus intentos por dejar los estudios que siempre se frustraban con algún castigo. O con algún premio en el mejor de los casos.

 Se metió al cuarto de baño, un pequeño espacio de dos por dos, y tomó una ducha de agua calientísima, tal como le gustaba, y a lo que adjudicaba la somnolencia diurna. Pues al contrario de los decires comunes de la gente, a él, la ducha no le quitaba el sueño sino todo lo contrario. Bajó a desayunar a la cocineta donde su madre dejaba siempre el desayuno antes de irse al trabajo, y donde su padre dejaba siempre el dinero antes de irse al trabajo. Era el primer día de clases de la preparatoria y la madre se había lucido con el desayuno: waffles con queso, desayuno favorito de Carlos. Y el padre se lució con la semana: ¡quinientos pesos! O eso pensó Carlos. No sabía que no era semana sino mesada, y que debía administrarla con inteligencia, no como lo hizo: con impulsividad.  

 Para ser el primer día no estaba tan mal. Se encaminó a la escuela con una ligera sonrisa en el rostro y la mano en el bolsillo derecho del pantalón, agarrando bien fuerte los dos billetes de doscientos y el billete de cien. Sintiéndose seguro con tanto dinero y pensando en todo lo que haría con él. 

 Entró por la puerta principal a lo que sería su nueva prisión. PREPARATORIA PÚBLICA No. 5. Llegando al aula tomó el asiento de atrás, pegado a la pared, como es costumbre de los jóvenes que no están del todo conformes con asistir a clase. Cruzó las piernas y los brazos, ligeramente mal sentado: con la espalda en la parte donde suelen ir las asentaderas y las asentaderas asomando al vacío; típico sentarse de hombre insatisfecho con el momento pero seguro de sí. Con un aire de chico malo que no se lo creería nadie con esa cara amodorrada, esos granos de pubertad, y esos lente de fondo de botella. Pasó las primeras clases indiferente, y en el descanso vagó por las instalaciones del colegio, nuevas para él. Finalizadas las clases, antes de ir a casa, pasó al centro comercial a gastar parte de la fortuna. Pensaba comprar el último videojuego de la serie de moda, que siempre es cosa gratificante a los dieciséis años de edad, un helado, una pizza para llevar y tal vez una playera negra para imponer autoridad en la prepa. Compró antes que todo el juego y estaba a punto de entrar a los helados, cuando miró que en el café de enfrente estaban sentados dos compañeros de aula, bebiendo un americano, platicando con aire de gente grande y  ¡fumando¡ Se acercó a ellos y pidió permiso para sentarse en la mesa. Quería comenzar con el pie derecho. Pidió un expresso doble y cuando le extendieron la caja de cigarros tomó uno con total naturalidad para luego ahogarse en un mar de humo. Ese fue su primer contacto con el tabaco. 

 El segundo acercamiento al mundo de la nicotina fue fatal. Los tres amigos estaban en la esquina de la calle que entronca con la avenida que va a dar al colegio, esperando pasar a la chicas para gritarles piropos o impresionarlas con su anarquía: cabellos parados, algunas pintas en la pared, botellas de vodka ligeramente asomadas de las chaquetas, las mochilas vacías y los libros de texto utilizados como tapetes para sentarse en el pavimento. Carlos nunca formó del todo parte de ese grupo de chicos  aunque siempre quiso hacerlo. Ya habían pasado la mayoría de las lindas colegialas pero esperaban a Cecilia, la más bonita del colegio. Para cuando pasó todos se callaron. Por alguna razón a ella no le lanzaban piropos ni miradas obscenas, se limitaban a mirarla con cara de encrespados.  Justo cuando Cecilia miró hacia los chicos, Carlos encendía un cigarrillo, cara inclinada, entrecejo fruncido, mano protegiendo la lumbre del viento, y a la primera bocanada la cara roja, los cachetes inflados, la terrible toz y, nunca comprendió por qué, un terrible vómito. Cecilia no paró de reír. 


C O N T I N U A R Á . . .


6 comentarios:

  1. Los vicios son mejores cuando están prohibidos

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  2. que tonto ese carlos

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  3. Tu Fan Numero Uno4 de junio de 2010, 20:48

    Este blog fomenta el alcoholismo, la drogadiccion, la prostitución, la debil moral, el ateismo, la perversion religiosa, la promiscuidad, la holgazaneria, la buena música, la buena lectura, la filosofía, la imaginación, la lengua española, el incomformismo....

    aaaa los amo!!! Un saludo a todos!!!

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  4. Las ideas en la narración parecen algo dispersas, veamos que dice la parte dos, y que pasa con Cecilia... jejeje
    Abrazo
    Ro

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  5. Ok veamos que sucede, espero sea una buena historia...

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  6. Y pa cuando la parte dos

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