sábado, 12 de junio de 2010

El Sr. K.

AudioTexto. 

Para el final de la preparatoria yo ya tenía una reputación de zorra en toda la extensión de la palabra. Era cruel, interesada y puta. Lo de cruel me lo adjudicaron porque despreciaba a los chicos de mi edad despiadadamente. Lo disfrutaba. Eso daba el toque de crueldad exacerbada;  que lo disfrutara. Lo de interesada lo decían porque se me veía al final de las clases pasearme en un Mercedes Benz. Con un hombre mayor de piloto. Y lo de puta porque el Mercedes cambiaba de color cada semana. Siempre me han gustado los hombres mayores. Me siento segura. Salía con ellos un par de meses y luego los botaba. Lo hacía cuando se les metía en la cabeza el papel de padre. Podía ser en un mes o dos o en una semana. Primero todo era diversión pero después querían arreglarme la vida. Y en mi vida no había nada a arreglar, pensaba yo. Me hacían el amor y luego me cagaban porque decía ¡no soporto la escuela! Comenzaban a mirarme paternalmente y el Sr. Pinciotti asomaba en aquellos ojos azules. Tenía que salir huyendo. Entonces me buscaba otro cincuentón alto, de ojos azules y con Mercedes.

 Al primero de estos hombres lo conocí en la oficina de mi padre. Algunas veces, saliendo del colegio, el Sr. Pinciotti llevábame contra mi voluntad al trabajo. Allí, yo hacía los deberes y me aburría mortalmente.  Para evitar el tedio me paseaba por el edificio. Me metía al elevador y lo utilizaba como juego mecánico. Hasta que el guarda de seguridad me ponía un ALTO. Me colaba por todos los departamentos de la compañía y las secretarias me conocían a la mar de bien. Yo les simpatizaba. Parecía una niña noble con mis mejillas coloradas y mi uniforme del colegio. Algunas de ellas me hacían regalos o me contaban chismes. Regalos como una manzana o un prendedor, y chismes como que el conserje engañaba a su mujer. Nada importante. Yo las escuchaba aunque me cansaba luego de un rato. Algunos empleados me lanzaban piropos discretos y yo les sonreía. Ninguno de ellos pasaba de aquello. Un hola, guapa, y eso era todo. Creo que les daba miedo ligarse abiertamente a la hija del dueño. Como sea, yo iba por aquí y por allá, levantando pasiones. Cuando me cansaba de andar brincoteando por todo el edificio, me salía y me sentaba en la fuente del recibidor. Fue allí donde el Sr. K. se me acercó por primera vez. Fumaba un cigarrillo detrás de la puerta de cristal, en el exterior, y no dejaba de mirarme. Yo no dejaba de mirarle tampoco. Sentía las ansias dentro de mí. Una mirada podía prenderme. El Sr. K. se me acercó como se acera un metal a un imán. Me sonrió y me dijo tienes una sonrisa bellísima. Es que yo le había sonreído también. Sonreía en todo mi esplendor. Luego se fue y me quedé toda una semana esperándolo en la fuente. Pensé que no lo volvería a ver. Pensé que simplemente yo tenía una sonrisa encantadora y me lo dijo, como se dice qué bello Cielo o qué lindo Sol, o que bella Luna. Sin más, se me metió la idea de conquistarlo. Conquistar al Sr. K. era una obsesión. Un logro. ¿Sería posible que yo, una niña de diecisiete años pudiera ganar el corazón de un hombre mayor? ¿De un hombre maduro, de mundo, guapo y con buen auto? Pedí a mi padre me llevara todos los días al trabajo. El Sr. Pinciotti se alegró bastante. Pensó que su hija finalmente deseaba pasar más tiempo junto a su progenitor. Llegaba puntualísimo a recogerme al finalizar las clases, me invitaba a comer, y me contaba todo sobre el negocio. Yo le escuchaba pensando en el Sr. K. y me preguntaba qué lugar ocupaba aquel hombre en el negocio de papá. Y se lo pregunté. Me dijo algo rápido y yo fingí interesarme el resto de la plática. Llegábamos a la oficina, hacía mis deberes, y me salía a buscar al Sr. K. La cosa tardó casi un mes. Estaba perdiendo las esperanzas. Entonces, el día menos pensado, sucedió. Me metí al elevador y en el piso veintiséis, entró. Me dijo: Hola, guapa, ¿cómo estás? Me puse rojísima y sonreí como una imbécil. El Sr. K. rió. Me preguntó qué andaba haciendo pero no contesté. Me quedé muda. Me contó que iba a comer en un restaurante a la otra acera. Luego, como si se le acabara de ocurrir, antes de bajar, me lo soltó: ¿ya comiste, linda? Me invitó a comer. Ya había comido pero acepté moviendo la cabeza en un SÍ patético. ¿Sí comiste, o sí quieres ir?, preguntó el Sr. K. SÍ QUIERO IR , dije rápido. 

 El Sr. K. trabajaba para mi padre. Era un alto ejecutivo o algo y ganaba más de cien mil pavos al mes. Era casado. Con dos hijos. Era justo lo que yo necesitaba: un hombre mayor, con experiencia, plata y malicia. Lo encontraba con mayor frecuencia luego de aquella vez. Me invitaba a comer y me contaba su vida. Su mujer era una arpía. Sus hijos, un desastre. Y yo era para él, la joven más hermosa sobre la faz de la Tierra. Todo iba de maravilla. Yo estaba enamorada del Sr. K. y él me deseaba. Le di mi número telefónico y se aseguró de enviarme cientos de mensajes cada vez más ardientes. Hasta que lo propuso. Me encantas, dijo. Y me llevó a un hotel en las afueras de la ciudad. Para ello tuve que decir a mi padre, haría un trabajo escolar y no podría ir con él a la oficina. No hubo problema con eso. Estuve esperando al Sr. K. fuera del colegió por más de media hora. Finalmente llegó y me subí, por primera vez, al Mercedes de un hombre mayor. Camino al hotel yo iba nerviosísima. No quería que pensara es una niña tonta. Le conté de mis correrías en la prepa. De cómo podía beber Whisky sin emborracharme. De cómo sabía sobre el amor. De cómo dejé de creer en Dios. Esto último no venía al caso pero no creer en Dios me daba un poder infinito. Era mi manera de expresar: soy libre. No temo a nada. Quería dar a entender que si no me sometía a la ley divina, no me sometería, por menos, a ninguna ley humana. A ninguna moral. Al Sr. K. le tenía sin cuidado mi discurso ateo. Se limitaba a mirarme las piernas. El viaje fue largo. Me llevó a un hotel en Toluca. Por más experimentado y mayor que fuera, él sí temía la ley de las apariencias. Y de la justicia. Llegando ordenó una habitación y me hizo subir a mí primero, sola. Me dijo: te alcanzo en un par de minutos. Frente a la recepcionista se comportó filialmente, como si fuera mi tío o mi padre o algo. Me sorprendí un poco pero obedecí. Entré al cuarto, me eché en la cama, y pensé qué haría una mujer mayor. Se me ocurrió que lo mejor sería desnudarme y así lo hice. Para darle una sorpresa a K. Me quité la ropa y me miré al espejo. Me sentía demasiado blanca. Demasiado flaca. Demasiada niña. Me repetía a mí misma: eres una mujer, Verónica, para darme ánimos. El Sr. K entró repentinamente y me atrapó allí, parada frente al espejo, sin ropa y con las piernas temblándome. Yo ya había hecho el amor más de un par de veces pero este hombre me ponía a tope. Cuando arrastró la mirada sobre mi cuerpo desnudo sentí los pezones levantárseme como nunca. Sentí el lubricante vaginal escurriese por la entrepierna. No escurría, sólo lo sentía. El Sr. K. comenzó a quitarse la corbata, la camisa, la camiseta. El pánico me inundó. Se quitó los zapatos, los calcetines, los pantalones. Se acercó a mí, me besó la frente, y me lo dijo: si tienes miedo mejor lo dejamos. ¡Dios mío! Aquello me ofendió hasta el alma. NO TENGO MIEDO, le dije y para demostrarlo le bajé los calzones y le metí mano. Sonrió con toda la malicia escapándosele por los dientes en una risa macabra que jamás olvidaré. Me tomó de los hombros y dejó caer todo el peso de sus manazas sobre mí. Me arrodillé y lo vi de frente. El pene gordo y rosado de un señorón de cincuentaiún años. Cerré los ojos y pensé: DIOS NO EXISTE.

2

Cuando regresé a casa no podía mirar a mi padre a los ojos. Me sentía sucia y sentía que le había traicionado. Él seguía tan alegre como siempre. Seguía tratándome como a una niñita consentida. Yo lo había hecho con un hombre de su trabajo. Probablemente el Sr. K. y el Sr. Pinciotti comían juntos algunas veces y K. le diría que todo iba muy bien y reiría para sus adentros. Pensando: me follé a tu hija, imbécil. Seguramente K. podía mirar perfecto al Sr. Pinciotti directo a los ojos y decir todo va muy bien.  Le pedí a mi padre no me llevara más al trabajo. No lo entendió. ¿Por qué?, si hace poco me había mostrado MUY interesada en ir. Yo no sabía por qué. Me aburro, dije. No me lo creyó. Discutimos. Hice un drama y le confesé que yo me aburría sobremanera y que si había dicho lo contrario, fue sólo para alegrarle pero ya no puedo más. Esto lo entendió. Era un padre compasivo y cariñoso. No volvió a llevarme a la oficina. Me había salvado. Te saliste con la tuya, Verónica, como debe ser. 

 Después del incidente con K. todo fue más fácil.  Ya no me temblaban las piernas. Incluso podía hacer que les temblasen a ellos. Buscaba señores por todas partes. Me iba a los bares elegantes y aunque era menor de edad, mis senos servíanme de identificación universal. Me preguntaban la edad, veían los senos, y me dejaban pasar. Yo ponía cara de hastío. ¿Cómo iba a ser menor, con tremendas peras? Si la cosa se complicaba me inventaba la historia de la credencia en el otro bolso. A fin de cuentas siempre me dejaban entrar. Los buscaba altos, blancos y con plata. El Sr. K. fue para mí un reto pero comprendí que ligar un mayor es cosa fácil. Yo soy el reto. Comencé a cotizarme más. A veces me sentaba con un par de ellos, les hacía la plática, y los dejaba con las ganas. Me volvía más y más exigente. Les preguntaba la marca de sus autos, su ingreso, y si habían viajado. Aprendí a detectar las mentiras. La mayoría exageraba sobre su fortuna o su mucho mundo. Yo ya no me tragaba cualquier cosa. Me dejaba regalar bolsos, collares, anillos. Lo que no aseguraba que me acostara con ellos. Hubo uno que incluso quiso regalarme un auto. Tuve que rechazarlo, no podía llegar a casa con auto nuevo. De hecho, a los diecisiete yo no tenía auto. Es lástima, tuve que rechazarlo.  Me recogían en el colegio. Me gustaba que lo hicieran allí para que las chicas del colegio vieran lo que es bueno, y los chicos, lo que jamás, a su edad, podrían hacer. Entonces los rumores corrieron y me gané a pulso la reputación de zorra interesada. A mí no me importaba demasiado pero a todo mundo parecía que sí. Los escuchaba cuchichear a mis espaldas. 

 En ese entonces yo sólo tenía una amiga. Conocía a mucha gente y TODOS ME CONOCÍAN A MÍ, pero sólo tenía una amiga: Paulette. Era de mi edad y también era zorra pero no como yo. Yo andaba en las ligas mayores, me decía. Ella era sólo una puta cualquiera. Lo hacía con chicos de nuestra edad, del colegio, y eso para mí, era indignante. A ella la llevaban a casas u hoteles baratos. O a estacionamientos, ¡Dios! Le regalaban flores, perfumes, blusas, ¡baratijas! Yo iba por lo grande. Paulette vivía con su madre que también era una puta barata y una bebedora. Pagaba la escuela gracias a una beca y tenía que matarse estudiando para no perderla. Un abismo nos separaba. El caso es, Paulette comenzó a envidiarme. Yo le contaba mis aventuras y se quedaba pasmada con el anillo o la cadena que le sacaba a un viejo. Ella nunca había entrado a ninguno de los lugares donde yo. No la dejaban. Por menor y porque no le creían el cuento como a mí porque vestía fatal. El uniforme escolar era su mejor prenda. Si me expreso así de ella es porque al final, se hizo mi peor enemiga. Empezó con la moral. Decía: no está bien lo que haces. Se refería a salir con hombres casados. Me llamaba rompehogares. La verdad es que yo nunca rompí ningún hogar. Yo jugaba al pisa y corre. Jamás le hablaba de amor a nadie. Comenzó a tirarme mierda a mis espaldas. Le contaba a todo mundo que yo me prostituía. ¡Se inventó que yo tenía herpes!  Allí fue donde explotó la cosa. Me planté frente a toda la escuela y la llamé muertadehambre. No fue la gran cosa pero le dolió hasta el alma. Se echó a llorar. Todos rieron y ella se echó a llorar y a corrió a quién sabe dónde. Dejó de ser mi amiga. Entramos a la universidad y seguimos caminos diferentes. Ella fue a una pública y yo a una privada donde asistían hijos de papi y otras zorras interesadas como yo. 


A veces pienso que todos estamos marcados. La que nace para monja, monja, y la que nace para zorra, zorra. Yo siempre lo supe: los convencionalismos y las buenas costumbres no son para mí. En la universidad cambié el modus operandi. Me forjé una reputación de mujer difícil. Y lo era; para los de la universidad. Había chicos con bastante plata pero yo los rechazaba. Decía el dinero no me impresiona. Continuaba saliendo con mayores pero no lo pregonaba y hasta lo ocultaba. Aprendí que los rumores afectan más a terceros que a una misma. Yo no tengo problemas con ser como soy, son los demás quienes no lo soportan. 

 A los veintiún años bajé el rango de edad de mis prospectos. Me estaban cansando los viejos. Decidí salir con treintañeros. Siendo más jóvenes eran más descarados, menos cuidadosos, menos discretos. Se presentaban en casa a buscarme. Yo no siempre estaba y en ocasiones los recibía Roberta, la criada, y pasaba recado al Sr. Pinciotti, o los recibía el Sr. Pinciotti mismo. Las visitas y las llamadas se hacían cada vez más frecuentes. Siempre de hombres diferentes. Mi padre se molestaba. Se enfurecía. Me decía: ¿qué es toda esta bola de delincuentes? Les llamaba delincuentes porque a esa edad se me metió el rollo intelectual y salía con melenudos, barbones y bohemios. Se plantaban en mi casa con los pantalones rotos, gastados. Con chaquetas de mezclilla. Con tennis. Había uno que era la viva imagen del Che Guevara. Mi padre no soportaba aquello. Le gustaban los chicos formales, bien peinados, ¡con zapatos! En una ocasión me buscó Henry. Llegó con el pelo suelto  Y SANDALIAS. Lo recibí yo y quería sacarlo de inmediato pero el Sr. Pinciotti me cachó en el acto. Le gritó LARGO DE AQUÍ, HIPPIE. Yo me cagué de la risa y Henry también y el Sr. Pinciotti se cagó del coraje. Me prohibió las visitas. Tuve que parar todo aquello. Ya no los dejaba llevarme a casa ni les daba el teléfono particular. Sin embargo alguno se me colaba de repente.  Yo no sé de dónde sacaban el número o la dirección. Era divertido pero estaban jodiendo a mi padre y tuve que pararles en seco. Creo que allí fue donde se le metió la idea al Sr. Pinciotti de buscarme un hombre decente y con futuro. Creo que fue allí donde comenzó el rollo Scott F.  



14 comentarios:

  1. Toma!! esto es grueso!

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  2. No me sorprende segun el cuento del sr anderson ahora el sr y k y muchos señores mas. creo que aqui no lo haces pero alguna vez mencionas que estas en busca del padre. yo creo que estas en busca del abuelo!! jajaja pequeño chiste. Un saludo Vero, como siempre me has dejao con ganas de mas!

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  3. No hay duda de que tu escritura atrapa e invita a leer hasta el final. Hasta hoy pude detenerme a leer algo de tus escritos. Lo que en mi parecer está un poco fuera de época es el dilema moral, aunque imagino que todavía existen islas en que estos temas resultan escabrosos o perturbadores de las buenas conciencias, ante la realidad que nos circunda casi resultan canciones de cuna. Eres una estupenda narradora, tendré que merodear por tus creaciones.

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  4. Aun hay mucha gente que no acepta que una mujer pueda descubrir el mundo de un modo diferente. yo pienso que lo que haces es muy interesante y no esta fuera de epoca al contrario, es mas interesante que en esta epoca se pueda seguir hablando de represiones. tus forma de escribir atrapa y es muy buena te mando un saludo

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  5. El dilema morla jamas estara fuera de epoca, la eopca cambia y la moral tambien pero el dilema persiste. y es cierto, vero, escribes muy bien, una vez que empiezas no puedes dejar de leer. felicidades!

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  6. Joseph Cordoba
    La novela tiene buena dinamica y estructura. En cuanto a contenido, considero que maneja la "verdad" de una persona aque es autentica, real y fiel a si mimsa. No entra en justificaciones de bien vs mal sino unicamente el devenir de una persona en el desarrollo de su vida. Saludos!

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  7. Opino lo mismo que Joseph, no hay bien ni mal. He seguido tus escritos y en este hablas menos de la parte personal es decir, en otros noto que te autoanalisas mucho y en este no tanto pero sigue sienro simplemente la vida de una persona sin tratar de decir si es bueno o malo, o fuera de la epoca. No creo que este fuera de la epoca ya que en esta epoca es donde esta sucediendo. no es nuevo ni es tan impactante como antes pero creo que volvemos a lo mismo, no es nada mas que la vida de una paersona. =) saludos Vero, te felicito traerme siempre un agradable momento de placer al leerte y por compartir un poco de ti con nosotros.

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  8. Llevo siguiendo el blog tiempo necesario para saber que a los que escriben aqui les importam uy poco si estan a la moda o en la epoca o no. es un blog donde plasman recortes de su vida y les admiro muchisimo por ello y creo que eso es mas respetable que mucha gente que escribe cosas de moda. Que buena onda es encontrar gente como Veronica o Martin que escriben sin pretender ser nada mas que ellos mismos.

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  9. Que puedo hacer Vero eres muy buena... me haces recordar cosas... :) Gracias..

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  10. eres una cabrona!! y te odiaria si no fueras escritora. Eso te pone en un nivel diferente, es como si solosacaras provecho de tu vida para escribir y eso me gusta! eres una gran escritora, he liedo tus escritos y son geniales!! nunca aburren ni son torpes en la narracion. manejas muy bien lo que haces, te felicito y me gustaria mucho saber si hay alguna manera de conocerte!! te acabo de agregar al facebook pero quisiera de verdad conocerte y no se invitarte un cafe si me lo permites. No soy rico ni tengo 50 años pero me gustaria solo platicar y si se puede ser amigos. Te admiro mucho!! Gracias, espero tu respuesta.

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  11. la gente suele poner etiquetas a las personas, como la de zorra interesada, y es una desgracia que te insulten sólo por tener una perspectiva distinta de la vida!!

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  12. ¡Hilarante! XD
    Kudos por el texto, vendré por más el día de mañana.

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  13. tanta verdad me asusta debo ser sincero!! no me gustan las mujeres asi!

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  14. excelente relato. compartimos el estilo. un abrazo.

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