lunes, 7 de junio de 2010

Diana.

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Mordisqueando el rancio pan del café de chinos, donde me pedí un americano con piquete y un pan con piña, pensaba en el futuro, mi futuro, mi vida. Mi vida se resumía a las próximas horas y en cómo conseguirme una puta para el día de hoy. No tenía dinero pero sí muchas ganas de echar un polvo. Eran pasadas las ocho de la mañana. Aún tenía tiempo de idear un plan y tirarme una ramerita de esas menores de edad que dicen tengo dieciocho pero les calculo catorce. Antes funcionaban las promesas de regresar con dinero pero un viejo truco deja de funcionar luego de dos o tres logros. Pasado el quinto café me posesionó el demonio; se me metió la idea de enamorar una ramera. Total, no tengo novia, ni mujer ni perro.

            Como faltaban muchas horas para la salida de las creaturas de la noche, me quedé en el café viendo Don Francisco en la T.V. del establecimiento. Parejas de baile concursaban por dólares y todas las concursantes estaban sabrosas, con grandes culos bajo minúsculas faldas voladoras que me pararon la verga. La mesera se percató de mi erección. Sentí deseos de tumbarla allí mismo y follarla en la barra, a la vista de los comensales, que eran pocos. A los morbosos les interesará saber que estaba embarazada, cosa excitante, le hubiese metido el falo hasta el embrión y mamado, aprovechando su lactante periodo,  la leche caliente de sus pezones enormes marcados en la blusa azul, de grandes aureolas y oscuro color. Era fea, para qué mentir. No me preocupa la belleza de las mujeres, me preocupa cogerlas, cogerlas, cogerlas. 

  Me desesperé en el café. Me fui a rodear las callejuelas en busca de nada, con la esperanza de encontrar una puta cuanto antes. No ocurrió. Caminé y caminé. Fumé catorce cigarrillos. Me senté a mirar pasar la gente. Esto es algo que me gusta hacer desde infante. Veo una señora salir del metro y la imagino yendo  aprisa hacia el sodomizador amante. O un joven viaja para llegar a la cita del urólogo que lleva el caso de la gonorrea. Un padre con su hija de siete, tomados de la mano cruzan la calle hacia mí, donde son un pederasta y su víctima y así y así toda la gente.

  Fue hasta las seis de la tarde, cuando comenzaron a salir las putas, como ponzoña bajo las rocas, llamadas por la luz de la luna, que la vi a ella. Una niña de catorce o quince años enfundada en un diminuto vestido azul. Yo tenía frió y ella debía tenerlo también pero no lo mostraba. Primero sentí ternura, cariño por ella, con su carita preciosa llena de ingenuidad falible. Estos sentimientos mutaron al acercarme. Giró su esbelto cuerpo dejando admirar el maravilloso culito respingado y bien formado que portaba. Quería atarla a la cabecera de una cama en el Savory y destrozarle las entrañas a embestidas furiosas. Apresuré el paso. La alcancé y dije: hola, preciosa, ¿cómo te llamas? No era la mejor manera de abordar una puta pero según el plan era mejor que preguntar directo el monto de la cuota. Diana, dijo tímidamente, seduciéndome. Le dije que era la mujer más hermosa que haya visto jamás y que Diana era un bonito nombre para una bonita mujer. Que sería un honor invitarle una copa. Se rió de mí, dijo: estoy trabajando. Me hice el desentendido. ¿Cómo, una bella mujercita trabajando? No, no, no, anda, vamos, te invito un trago. No funcionó. No bebo, dijo. Bueno, bueno, ¿cuánto por un polvo?, dije. Dos cincuenta más hotel, contestó. Busqué en mis bolsillos. Salió un solo billete de cien. ¿Qué dices?, pregunté. Se negó. A la mierda, dije. Me fui.

            Vagabundeando encontré otras putas, viejas cuarentonas. Continué la búsqueda. Tras unos minutos topé otra menor. Intenté la estrategia galante. Fallé de nuevo. Ofrecí los cien. Tampoco quiso. Caminé por otras calles. Nada, pura momia. Regresé con Diana. Me senté en una maceta a la entrada del hotel donde estaba parada. No me habló. La observaba tranquilo, disimulando las ganas. Pasaron cuarenta minutos. Un hombre la abordó. Entre murmullos escuché: se arreglaron por dos treinta mas hotel. Me quedé solo. Fui a la vinatería de la esquina y compré una de Delicados y cuatro cervezas de lata. Me sacaron sesentaicuatro pavos. Volví a la maceta. Diana apareció pasado un cuarto de hora.  El hombre que la rentó se esfumó y entablé conversación. Le ofrecí una cerveza. No bebo, dijo. Cierto, dije. Le ofrecí un cigarrillo. Lo aceptó. ¿De dónde eres?, pregunté. De por ahí, respondió cortante. ¿Cuántos años tienes?, dije. Dieciocho, dijo. ¿Cuánto llevas en esto?, continué. ¿Eres policía?, dijo defensivamente. No, qué va, dije, soy escritor. ¿Enserio?, dijo dubitativa. Sí, dije. Me gusta leer, dijo. Le pregunté qué leía y contesto Paulo Coelho. Qué mierda, dije.  No se ofendió. Mira, dijo, sacando de su bolso una edición de bolsillo de El Peregrino. Ni lo tomé. Basura, dije, debes leer enserio, no pavadas. Recomiéndame algo, dijo. Te recomiendo mis textos, dije entre serio y petulante; entre jugando y burlón. Preguntó mi nombre. Se lo dije y dijo que no había visto nada mío en las librerías. No has buscado bien, mentí. No había publicado una sola línea. ¿Me regalarías un libro firmado?, dijo. Claro, te regalaría el Sol, la Luna y las Estrellas, dije. Rió. Otro hombre se acercó a ella. La llevó al hotel. Bebí dos cervezas solo y al rato bajó. Oye, dije, no seas cruel, déjame subir contigo. Dos cincuenta más hotel, dijo. ¡Coño, niña, no tengo plata!, dije. Lo siento, dijo. Ya, ya, ¿qué más te gusta hacer?, dije. Ir al cine, contestó. La invité al cine; quería ver La Fábrica de Chocolate o algo así. Eso es de parvulario, nena, dije, mejor veamos Lilian, la virgen pervertida, de Jess Franco. No he visto el anuncio, dijo. No, dije, no la pasan en el cine, la pasan en mi casa. Prefiero la Fábrica, dijo. Vale, dije. Quedamos el domingo a las siete. No iríamos, lo sabíamos. Yo lo dije en broma, no gastaría la pasta del cine por ella; y ella no gastaría tiempo en mí. Miró las cicatrices en las manos de las jeringas del suero y preguntó por ellas. Le expliqué lo del estómago que resultó hígado y todo eso. No deberías beber, dijo. Y tú no deberías hacer la calle, dije. No sé hacer otra cosa, dijo. Yo tampoco, dije. Reímos. ¿Sabes cocinar?, pregunté. Dijo que sí. Ya está, vente a vivir conmigo, dije. Rió. Enserio, dije, deja esta mierda, estoy enamorado de ti. Lo sé, no soy romántico ni un príncipe azul, pero te quiero, dije. No puedes quererme, no me conoces, dijo. Me paraste el miembro desde la otra esquina, dije, TE AMO. Eso no es amor, dijo. Como sea, ven a vivir conmigo, tú cocinas yo escribo; te querré el resto de mi vida, dije. No debe ser mucho, dijo viendo las marcas en las manos. No tienes dinero y me dejarás viuda y de vuelta a la calle. Era lista la mocosa. 

            Un carro aparcó junto a nosotros. De la ventanilla asomó una cabeza con gafas y le dijo a Diana: ¿todo bien? Me miró y le dijo: ¿problemas? Ella dijo: no, no, todo bien. El auto se marchó. Diana se puso seria. Vete, dijo, o te cargan. Coño, dije, no te estoy haciendo nada. Si te ven aquí otra vez, te cargan, dijo. Ya, ya, que me carguen, dije, yo te quiero. Un par de clientes cuarentones la abordaron. Deseaban entra al mismo tiempo. Diana no quiso. Otra puta se acercó. Entraron en parejas. El más gordo se llevó a Diana. Bebí las últimas dos cervezas y fumé seis cigarrillos. Bajaron primero la puta que no conocía y su cuarentón. Esperaban a los otros. Me veían malamente. Yo los veía malamente también. No decíamos nada. Por fin bajó Diana y el obeso. Los hombres continuaron su camino y la puta se quedó. Se llamaba Raquel. Oye, Raquel, dije, ¿te molesta si nos dejas solos?, estoy en medio de una conquista y tú SOBRAS. Raquel se puso furia. Diana la calmó, le susurró algo al oído y se largó a otra esquina. Gracias, dije a Diana. Mejor vete, dijo. Mierda, no me voy a menos que subamos, dije señalando el hotel. ¿Cuánto traes?, dijo haciendo muecas. Rasqué mi bolsillo. Me quedaban treintaiseis pesos. No jodas, dijo. Ya sé dije, vamos ahora y mañana te busco aquí, te pago el resto y te invito al cine. No, dijo, mañana vienes y SI TIENES DINERO, subimos, el cine OLVÍDALO. No seas así, Dianita, dije, te deseo, muñeca. ¡Ya lárgate, me molestas!, dijo ella. Acto seguido, apareció el padrote. Aparcó. Bajaron él y dos hombres más, dos pachucos a juzgar por su ropaje. ¿Problemas?, preguntó el padrote a Diana. Diana me miró y dijo: no, no, todo bien.  Uno de los pachucos me dirigió la palabra, ¿tú qué?, dijo. Me hice el loco. ¿Qué haces aquí, qué ves, qué quieres?, continuó. El otro pachuco se acercó también. El padrote hablaba con Diana, parecía molesto. Estás molestando a la señorita, me dijo el segundo pachuco. Ya les dijo que no, dije. Me estás molestando a mí, dijo el primero. Nos metimos en un rollo retórico sobre la libertad mía de sentarme donde me dé la gana y el concepto de molestar. No entendieron la mayor parte. No se defendían de mis argumentos y tampoco actuaron, es decir, no me dieron una paliza como yo esperaba. Subieron al auto amenazándome. El padrote quemó llanta y desaparecieron. Me metiste en problemas, se quejó Diana, vete, vete, vete. Me voy, dije. Me fui.

            Caminé hacia la entrada del subte. Cayó una tormenta de pronto. Me alegré de mi dirección. A penas me mojé un poco. En la roída billetera guardaba algunos boletos para el transporte y pude evitar la enorme fila en la taquilla. Llegando a los andenes me entre-mezclé en la muchedumbre y subí al último vagón del tren hacia Taxqueña. En Bellas Artes subió una chica de unos quince años; de pantalones verde, tennis estampados de camuflaje militar y playera de los Pumas. El cabello le caía hermoso sobre el cuello. Era excitantemente negro-azulado, intenso. Usaba anteojos. Parecía tímida. Apostaría que ese chocho es virgen, pensé, los chicos de su edad no deben sentirse atraídos por ella. Parecía huraña, recelosa del sexo y de los hombres. Por otro lado no parecía lesbiana. Era ligeramente rechoncha y estoy seguro: nadie ha deseado follársela hasta hoy. La miraba mucho y se dio cuenta. Posiblemente pensaba de mí lo peor. Utilizó un truco muy gastado para impedir que la siguiera. Y no es que pensara hacerlo. En la estación Villa de Cortés se abrieron las compuertas del  vagón. Continuó sentada. Por cierto, iba sentada en el suelo con las piernas estiradas y abiertas, favoreciendo el desprendimiento de su vaginal fragancia que iba directo a mis narices. No sé si existen estos efluvios vaginales pero yo siempre los huelo. O imagino, da igual. Esperó el timbre anunciante del cierre de compuertas y salió súbitamente, eludiendo así que yo bajara  con ella; o  si lo hacía, advertir que la seguía, pues, si yo bajaba allí, ¿por qué no bajé desde el principio? Yo no iba tras ella. Iba tras el whisky. Me dirigía a casa de Garrison, donde me gusta ir porque siempre hay trago y puedo dormir en el sofá que tiene ya la forma de mi cansado cuerpo.

            Bajé en General Anaya. Tomé un bus hacia San Fernando. No llovía pero hacía un frío del demonio. El bus iba lleno; no había asientos libres. Los pies me dolían de tanto caminar. A tres cuartos de hora se desocupó un asiento. Corrí hacia él. Una mujer me lanzó una mirada bestial, deseaba que yo cediera mi asiento a ella por llevar vagina y tetas y por estar amargada y cansada de la vida. Lo siento, pensé, así de joven como me ve ando más quebrado de huesos y alma; más cansado de la vida y de usted y todos.

        Bajé en San Fernando y  caminé hasta la calle de Cuitlahuac. Abrió Garrison. Nos saludamos. Pasa, pasa, decía. Pasé. Posé el culo en la silla. Ya debe reconocer mi cadavérico trasero. De inmediato trajo dos vasos con hielo y llenos de Johnny Walker rojo. Platicamos de literatura como en tantas tertulias pasadas. Interrumpiendo dije: no he tenido sexo desde lo del hospital. No pareció importarle. Consígueme una puta, hermano. No tenía dinero ni ganas así que lo dejé. Jugamos Maratón, el lúdico tablero de preguntas y respuestas. Gané. A Garirson siempre le ha enojado perder en cosas de conocimiento y se enfureció aunque no lo dijo y echó a perder la noche con su apatía. Tuve que beber mi alcohol con un sonámbulo. Ya, ya, dije, vete a dormir, yo sigo solo. Se fue a dormir. Me fumé los dos últimos cigarros de mi caja de Delicados, y los últimos doce de la caja de mi amigo que dejó en la mesa y vacié las postreras gotas de whisky en mi garganta. Me tiré al sofá. Mañana será otro día, pensé.   





22 comentarios:

  1. siempre eh tenido la fantasia de estar con Justina Julieta Y ahora con Diana...

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  2. Me encantas, definitivamente me encatas. Esto es mas enfermoq ue la puerta negra, sigues asi, tienes un estilo unico.

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  3. las palabras sucias se pueden convertir en los sueños mas perseguidos, en los miedos mas latentes,,, em las vidas mas comunes

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  4. Donde se para esa tal Diana??? buen texto, hermano, eres un maldito cerdo y es genial

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  5. Laura Macrozabeth Moncada8 de junio de 2010, 9:14

    Raro ahora no estás en un bar y te follas a una puta... ahora estás en un café y quieres follartela...

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  6. L. Macrozabeth Moncada Uribe8 de junio de 2010, 9:16

    Ja sale Mr Garrison ja y la señora Garrison? cuando la clínica ya estaban casados ...

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  7. L. Macrozabeth Moncada Uribe8 de junio de 2010, 9:19

    ohh ya entendí olvida la pregunta anterior xD

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  8. No puedo creer que alguien viva así pero esta de huevos que asi sea, te felicito por ser tu mismo sin importarte todo l oque piensen los demas. este texto es muy bonito, nos muestras que no siempre se gana, al inal te quedas con las ganas de una mujer, hiciste todo lo que estaba en tus manos pero al fina... el sofa y mañana sera otro dia.

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  9. Me parece esribes de una manera sencilla pero inigualable, felicidades, esto y la puerta negra son fotografias bizarras de la vida. POrque no decir la verdad, hay prostitucion, tenemos ganas de coger, no somos ricos, nos gusta beber...

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  10. Este blog es exelente !! me encanto, es genial, es increible, me encanta me encanta me encata!! sigan escribiendo asi, gracias.

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  11. Jajajaja eres un pervertido! me encantas! Besos!

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  12. Exelente!! Me gustarìa saber si Diana realemente existe... (no si se llama diana, si existe) la autobiografìa no tiene porqué no ser ficcional. si no existe, mia amigo,eres un genio.

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  13. Existe. Como fenómeno onírico de condensación. Es la suma de varias experiencias con prostitutas menores de edad. Pero el nombre es real, el color del vestido es real, el culo respingado es real, la conversación es real, el contexto de la historia es real, todo es real por separado y luego unido en un sólo relato.

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  14. Es como tener a Bukowski en el DF.
    Generalmente, los solterones cercanos a los treinta, tenemos uns escena de estas cada semana: Sólo cambia el nombre de la chica, la línea del metro, y el nombre del amigo proveedor de Whisky...
    Me pareció muy bueno, saludos!!!

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  15. Espero que algún día logres conquistarla, seria cul!

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  16. Acabo de descubrir el sitio, me parce muy bueno, seguire leyendo

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  17. Un potente clasico...el inicio de una pequeña mujer fatal una "santa" un "pig"...clasico..bueno esta interesante.

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  18. Yeah!!! que bueno es !!!!! me encanta! martin!!

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  19. me quedo con esta Diana, es justoloque necesito!! que buena onda jajajja

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  20. NO KABE DUDA KE TODOS SOMOS BIZZARROX!!

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