miércoles, 23 de junio de 2010

De Verónica Pinciotti y Mr. Garrison.

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Algunos tíos conducen autos, motos, trenes, aviones. Yo conducía mis viejos zapatos de cuero. Los conducía por el Centro. Me subí a ellos y los conduje hasta Donceles donde viré a la derecha y el tráfico de zapatos y tennis se me vino encima. Escalé algunas posiciones zigzageando y llegué al lugar. Aquel día, recién habían jugado un par de equipos de soccer. Era la final del campeonato o algo. El sitio estaba lleno de gilipollas gritando cosas al respecto. El ambiente era de festejo aunque había algunos resentidos. Los fanáticos del equipo perdedor, claro. Pero en general, todos eran hermanos. Chocaban las cervezas y cantaban porras. ¡Dios, pensé, porqué a mí! Yo odiaba el soccer con toda mi alma. No tenía pasta suficiente para beber todo lo que usualmente bebo así que me guardé mis pensamientos y me uní a la cosa aquella. Me junté a un grupo de tíos y tías y asentí algunas veces sus observaciones sobre el desarrollo del partido recién jugado y me gané algunos tragos. Superficialmente pude sacar de todo que un tal Toluca ganó a un tal Santos. Pero no estoy seguro, puede que Santos ganase a Toluca, o que no hubiese tal Santos ni tal Toluca. Todo eso me tiene sin cuidado. Yo únicamente deseaba emborracharme lo antes posible. 

 Yo estaba en todo eso cuando un tío me habló. Me dijo: qué onda. Yo no lo reconocía pero él parecía conocerme muy bien. Me hice el desentendido pero insistió. Qué onda, decía. Me alcanzó una cerveza y la tomé. Qué onda, le dije. Comenzó a platicarme cosas del partido. Y a preguntarme. Se lo tuve que decir: odio el soccer, me importa un carajo cómo estuvo el Santos. Se rió y me ofreció un cigarrillo. Era muy amable y yo no sé porqué. Cogí el cigarro y me lo llevé a la boca. Me lo encendió. Era un cigarro delicioso. Como todos los cigarros. Le pregunté quién demonios era y me dijo: una vez le pegamos al trago aquí, ¿no recuerdas? No recordaba, mierda. Me dio muchas señales. Dijo: me contaste que eres escritor y te dije que yo admiro a los escritores. Ya, dije. No recordaba nada. Luego añadió: yo te dije que soy químico y tú dijiste que admiras a los químicos. Ya, dije y pensé que yo había dicho eso por cortesía, los químicos me dan igual. Continuó dándome detalles pero yo no lograba acordarme. Para, le dije, ya lo tengo, ¡tú eres Carlos!, dije apostándole a mi suerte. No, dijo, ¡soy Eric! Ya, dije, ¡casi! Sí, dijo y se rió. Me pasó la cerveza y le di un trago. Estuvimos bebiendo un rato. El lugar estaba repleto. Luego me dijo que vendrían unas amigas. Entonces ya no me separé de Eric. Me mantuve callado hasta que las amigas llegaron. Todo mundo hablaba del condenado partido. En algún momento intenté hablar de Goethe pero no funcionó. Entonces me mantuve callado y bebiendo y fumando. Hasta que las amigas llegaron. Eran cuatro tías y un homosexual. 

 Las cuatro tías y el homosexual formaron un círculo junto conmigo y con Eric. Estuvimos bebiendo pero luego sacaron mota y se pusieron a fumarla. La pasaban de mano a mano y cuando me tocaba el turno yo la pasaba sin fumar. Me ofrecieron fumar pero me negué y continué pasando la marihuana a la que estaba al lado de mí. Entonces Eric dijo: les presento a un amigo. Se refería a mí. Hasta ese momento no me había presentado. Les dije mi nombre y todas me dijeron el suyo y una me preguntó ¿a qué te dedicas? Esa pregunta siempre me dejaba algo mudo y algo incómodo. No sé muy bien a qué me dedico, dije. Todos rieron y me preguntaron más al respecto. Les conté lo de ser escritor. Les platiqué de mis ansias de ser escritor y de mi odio al trabajo. Rieron con la parte de odio trabajar. Marlene, una tía del grupo me dijo yo también escribo. Todas eran estudiantes de Filosofía pero Marlene escribía literatura. Sacó una hoja con algo escrito y me lo mostró. Lo leí mientras todos reían. Siempre estaban riendo. No importaba lo que uno dijera, todos reían. Yo estaba un poco harto. Al menos habían dejado el asunto del partido. Terminé de leerlo e hice un comentario en voz alta. Fue ese comentario lo que nos unió. Ya no recuerdo qué dije exactamente. Le regresé el papel a Marlene y no dijo nada. Pero luego, de alguna manera, nos acercamos y comenzamos a platicar. Platicamos muchísimas cosas. Cosas de Freud, de Camus, de Sartre, del solipsismo, de la literatura, de Jaime Sabines. Pero sobre todo platicamos de erotismo. No abiertamente. Quiero decir que de alguna manera toda esa charla tenía una única finalidad: el erotismo. Ella lo sabía porque las mujeres siempre saben y yo no lo sabía porque yo nunca sé. Estuvimos dándole un buen rato a la plática hasta que una de las tías dijo: nos tenemos que ir. Y se fueron Marlene y todas y el homosexual. Entonces me quedé muy triste escuchando por enésima vez cómo Toluca ganó el campeonato de Soccer. ¿O el Santos?   

2

Mejor me largué a casa de Garrison. Llegué y allí estaba Verónica Pinciotti. Discutían si Isabel Allende era o no algo que valía la pena leer. Garrison Defendía a Isabel, Verónica tenía dudas, y Rey, que también estaba allí, renegaba y decía que Isabel definitivamente no era algo que uno deba leer. Esta discusión es infinita. Siempre que Rey y Garrison se encuentran en el mismo lugar, ocurre. Es ciencia. Poned a Garrison junto a Rey en un mismo espacio a un mismo tiempo, y discutirán sobre Isabel Allende y sobre Pérez-Reverte. Y las posturas serán siempre las mismas: Garrison a favor, Rey en contra. Vero no sabía muy bien a quién apoyar. A mí me daba igual pero prefería apoyar a Rey; Garrison se cabreaba demasiado y yo lo disfrutaba. Estos tíos están locos, pensé, pero al menos no hablan de soccer. 

 La discusión llegó al punto del absurdo y dije, vamos, tíos, saquen el trago. Garrison con el cejo fruncido y rojo de coraje sacó el whisky. Rey, campante (puedo casi asegurar que él sólo disfruta hacer enojar a Garrison), se sirvió un whisky en las rocas. Garrison se sirvió otro whisky en las rocas. Vero se sirvió su respectivo whisky en las rocas. Y yo, le pedí a Vero que me sirviera un condenado whisky en las rocas. ¡Sírvete tú, cabrón! Me gritó desde la mesa. Yo, desde aquí (desde aquí quiere decir desde el sofá de la sala), le grité a Garrison sírveme un trago, tío. Pero no me hizo caso, seguía poniéndose colorado porque Rey dijo que La casa de los espíritus es una copia de Cien años de soledad. Entonces le dije a Rey, anda, tío, ¡tienes toda la puta razón!, sírveme un whisky. Y me lo sirvió. Claro, dijo. 

 Como no tenía ganas de escucharlos discutir por enésima vez sobre aquel asunto, llevé la conversación por otro lado. Le dije a Vero que se acostara conmigo. Pero dijo que no. Entonces Rey dijo, no se acuesta contigo porque sale conmigo. Y sonrió. Vero dijo, ¡claro que no, Rey! Y Garrison no dijo nada. Este es otro de nuestros temas favoritos. Ponedme a mí junto a Verónica Pinciotti en un mismo espacio a un mismo tiempo, e invariablemente le propondré sexo. E invariablemente me rechazará. Somos ciencia pura. Rey juguetea con ella y le dice que un día acabará siendo su novia. Vero le recuerda que está comprometida. Yo jugueteo con ella también y le juro que un día acabará con mi verga metida. Nunca le sé decir exactamente dónde. Pero un día, Verónica Pinciotti, ¡un puñetero día…! Garrison no dijo nada porque es más serio. Además creo que estuvo enamorado de Vero hace mucho tiempo. Nunca supe exactamente. Sólo recuerdo que el día que los presenté este tío casi se surra. Llevé a Verónica a casa de Garrison porque Vero andaba jodiendo con eso de quiero ser escritora pero no conozco a nadie que escriba aparte de ti, y le prometí le presentaría más escritores. Yo tampoco conocía a muchos pero pensé en Garrison. Garrison es un erudito de la literatura. Estudió tres licenciaturas relacionadas a la literatura y habla muchos idiomas y sabe muchas cosas. Cosas de esas que nadie sabe y a nadie importan y sirven para un carajo pero que impresionan. Entonces llevé a Vero a su casa y cuando abrió la puerta y me vio allí parado con ella, se puso blanco y tartamudeando dijo ¡qué onda! Yo no sé si aún lo recuerde, pero así fue. Yo había sacado a Verónica Pinciotti, con todo y su abolengo, con todo y su rimbombante apellido italiano, y con todo y sus maneras de femme fatale, de un bar en Donceles. No de un buen bar. De un bar que ni siquiera es bar. Es una vecindad donde le dejan pasar a uno y beber cerveza. Yo frecuentaba ese lugar y en una de esas me encontré con ella. Iba con un grupo de hippies limpísmos, blancos y tan poco hippies, que hablaban de ser vegetariano. Hablaban pura mierda. Como sea, allí estaba una mujeraza con tremendas peras y tremendo culo. Yo no iba quedarme con los brazos cruzados, así que tomé una silla y me planté a su lado. Le hice la conversación. No recuerdo todos los detalles. Yo ya estaba algo tomado pero el caso es que la tía buenaza amaba la literatura y nos hicimos amigos. Desde aquel día he intentado follarla. Pero es dura. Sin embargo no pierdo la esperanza. Algún día se pondrá ebria. Las mujeres ebrias comenten errores y yo estaré allí. Se pondrá ebria y yo seré ese error. Sí, señor.  

Estuvimos saliendo un tiempo. Le dije a Vero soy escritor y dijo yo también. No lo dijo de inmediato, tardó unas semanas o algo. Creo que le daba pena. Le mostré mis textos y le fascinaron. Me mostró los suyos y lo supe: está tía es un imán. Quiero decir que una vez comenzando a leerla, no puedes parar. No hice gran alboroto porque ya tenía suficientes sumos en la cabeza como para que se le subieran más. Le dije tus textos son buenos. Se desilusionó un poco. No tanto de ella, sino de mí. Ella me tenía por uno de esos eruditos locos que beben y beben y leen y leen. Esperaba una crítica objetiva y extensa. Era egotista. Y yo siempre la dejaba con las ganas. Ella me dejaba con las ganas de un polvo, y yo la dejaba con las ganas de ser adorada. Me decía: ¿me veo bien? Lo decía cuando se ponía una diminuta falda negra y por supuesto, se veía bien, y ella lo sabía, y quería escucharlo de mí o de alguien pero yo sólo le decía, pues sí. Pero lo decía inexpresivamente. Eso la desorientaba. Estaba acostumbrada a escuchar estrepitosos elogios. Era una arpía pero conmigo se controlaba. Yo no sabía bien porqué. Una cosa era clara: no me quería para el sexo. Pero, entonces, ¿para qué me quería? Era divertirdo. Ella nunca lo ha aceptado pero era divertido verla preguntarse por qué no me adula esté cabrón. Como sea, la llevé con Garrison. Otro ególatra. Garrison es un tío que si no sabes de literatura te considera un analfabeta de mierda. Así que pensé que se llevarían bien. Y lo hicieron. Pero ese primer día fue terrible para Garrison. Nos pasó a su casa y temblaba. Ligeramente y sólo en momentos como extender un vaso a Verónica, o al contestar una pregunta directa de ella. Preguntas como ¿qué escribes? Garrison normalmente te echa un rollo sobre eso y sobre todo pero ante Vero se quedaba un poco mudo. Le impresionaba su belleza. Yo pienso que no es para tanto, sólo son un par de tetas más grandes de lo normal. Si lo miras de cerca puede llegar a ser repulsivo. Las tetas son cúmulos de grasa. O sea que Vero tiene más grasa de lo normal acumulada en las tetazas. Pero, claro que uno generalmente no anda pensando en eso. Además Garrison es apasionado y miraba a Verónica como una musa inspiradora de poemas italianos. Al segundo whisky se lo dije. Le dije: Garrison, ¿te pasa algo, tío? Verónica estaba contenta. Desatar emociones como las que detonaba en Garrison le producía placer. No, nada, dijo, es que… es que… Ya, tío, suéltalo, dije. Es que creo que ya te conozco, le dijo a Verónica. ¿Cómo?, dijo ella. Garrison explicó entre tartamudeos y gemidos que alguna vez tomaron una clase juntos en la universidad. Entonces Verónica juró no recordar nada al respecto. Pero Garrison se aferró a que era verdad y le dijo un par de cosas. Le dijo, tú solías llevar tal ropa o hacer tal cosa. Y luego hiciste esto o aquello. Y así. O sea que Garrison llevaba metido en la memoria un montón de cosas sobre ella, y ella, ni le recordaba. Garrison sabía hasta el color de sus botas el día tal a la hora tal del mes tal. Estuvimos hablando de literatura aunque en general todo salió mal. Garrison no se lució como suele hacerlo y yo me aburrí mortalmente. Dejamos eso de la tertulia para otro día. 

 A solas, en otra ocasión, Garrison me dijo que la tía que había llevado a su casa era la tía de la cual me contó algún otro día que estaba enamorado. Me lo dijo nerviosísimo. Como si fuera un secreto de la NASA. ¿Y?, dije yo. ¡Pues que no mames!, dijo, y se tranquilizó. No sabes cuánto tiempo estuve enamorado de ella y jamás me atreví a hablarle, dijo. Garrison era un mamón y un sabelotodo pero también era tímido de vez en cuando. Sobre todo con mujeres como Vero. Era del tipo que envía poemas anónimos. O del tipo que compra peluches para las mujeres. Del tipo que se esclaviza. No podía creer que yo, un tío por el que mucha gente no daría un peso, sea uno de los mejores amigos de aquella musa. Está buena pero no es para tanto, dije yo. Garrison movía la cabeza y decía, no lo puedo creer, no lo puedo creer. Después se acostumbró. Llevé a Vero muchas veces más a casa de Garrison e incluso llegó a ir ella sin mí. Se hicieron amigos. Garrison dejó de traumarse. Creo que se resignó. Sabía que Vero no era una mujer para ninguno de los dos y que de todos modos, estaba comprometida. Sabíamos que es una zorra, pero una zorra interesada. No teníamos plata así que estábamos fuera del alcance de las garras de aquella mujer. Así se lo dije a Garrison para darle ánimos. Da gracias a Dios que no eres presa para esa bruja, le dije. De todos modos yo insistía en hacerlo con ella. Se lo proponía en todo momento pero no pasaba de un no. Me lo dijo desde la primera vez en el bar de Donceles. Pero soy terco. 

 Verónica, Garrison y yo nos hicimos amigos a pesar de ser tan distintos. Lo que nos unió fue la pasión por la literatura. Aunque incluso en eso buscábamos cosas diferentes. Garrison quería ser un premio Alfaguara. Verónica una premio Nobel. Decía no merecer menos. Y yo sólo quería pasar un buen rato escribiendo. Nos reuníamos generalmente en casa de Garrison, en el Café la Selva del Centro de Tlalpan, o en el Sanborns de Copilco. Yo prefería la casa de Garrison porque allí podíamos pegarle al trago. También en el café y en Sanborns pero no era igual. Platicábamos interminablemente de lo mismo: literatura, literatura, literatura. Éramos unos condenados enajenados sin otra cosa qué hacer. Yo no hacía nada. Vero no hacía nada, y en ese tiempo, Garrison tampoco hacía nada. Quiero decir que no asistíamos a la universidad, ni trabajábamos, ni nada. Verónica tenía plata de sobra para mantenernos a los tres. Claro que no lo hacía. Yo se lo propuse muchas veces pero siempre dijo: estás pendejo. Lo que sí, es que las más de las veces ella corría con la cuenta. Con la mía. Con la de Garrison no porque él era menos cínico para esas cosas. Garrison recién terminaba la universidad, por tercera vez, y su abuelo le corría algo de pasta. No tenía necesidades. Tenía una casa, algo de pasta, y la literatura. Yo, por mi parte, me las arreglaba bastante bien para darme largos ratos de ocio. Visitábamos museos, ferias del libro, conferencias literarias, conciertos de música clásica. Éramos como los tres chiflados. O como los tres mosqueteros. Luego se unió Rey y éramos como los cuatro chiflados o los cuatro mosqueteros. Y también estaba Abdul, pero Abdul era algo sectario y no solía acompañarnos muy a menudo. Abdul es de esos tíos que sólo sale contigo pero no con tus amigos. Yo le invertía mucho tiempo; nos íbamos a C.U. o cosas pero cuando se trataba de salir con Garrison, no aceptaba. No se caían. Los dos se creían la salvación literaria del siglo XXI. Entonces Garrison, Vero, a veces Rey, y yo, nos lo pasábamos en grande. Con la plata de Vero rentábamos un cuarto de hotel y nos metíamos a beber whisky. Y a platicar. Yo no me despegaba de Vero por si a caso tenía necesidad de sexo. Pero nunca la tuvo. No conmigo, al menos. Era como estar en casa de Garrison pero en una habitación de hotel. Era estúpido. Pero era divertido. Hacíamos el indio y nos poníamos a recitar poemas de Vallejo, de Calderón de la Barca, de Auden, de Rimbaud, de Blake, etc. Verónica se las daba de Cleopatra o de Isabel la católica y yo de Marco Antonio o Cristóbal Colón. A veces hacía de Don Alonso Quijano y le pedía fuera mi Dulcinea pero no le gustaba hacer papeles tan bajos. Yo jamás sería del Toboso, decía. Pero puedo hacer de Palas Atenea. Garrison, otro alzado, hacía de Zeus o de Poseidón, y Rey gustaba de jugar a ser Truman Capote. Teníamos imaginación de sobra. Algunas veces Garrison nos leía algún cuento suyo y eran realmente buenos. Preferíamos que Vero no leyera nada de su trabajo porque nos ponía calientes ¿y luego qué hacíamos? Al respecto, yo, a veces metía algunas amigas que hacen la calle. De todos modos Garrison nunca quería follarlas porque le daba asco, y Rey sí quería y yo también. Verónica se encerraba en el baño o se ponía en una esquina a fumar y decir: ¡qué asco! Junto con Garrison que también decía qué asco pero más por simpatizar a Vero que por otra cosa. Luego las largaba, a las putas, y volvíamos a jugar o a platicar de Goethe. Éramos repetitivos y rutinarios en conjunto. Cada quién por su lado tenía vidas tan distintas.      

3

Bebimos nuestro whisky y dejaron de discutir el tema Isabel Allende. Rey propuso jugar Maratón. Garrison sacó el Maratón y nos pusimos a jugar. Rey, Garrison y yo, somos apasionados del Maratón. Nos duele perder. Nos duele no saber una respuesta. Verónica en cambio, no le daba mucha importancia. Si acertaba bien, si no, no pasa nada, decía.  Rey y yo hacíamos duelos de Maratón. Dejábamos el tablero a un lado y solamente con las tarjetas nos preguntábamos en ronda. Jugábamos tres rondas para evitar empates. Generalmente ganaba yo. Garrison era muy bueno también. Generalmente ganaba él. O sea: primero Garrison, luego yo y luego Rey. Aunque en ocasiones quedaba primero yo o primero Rey y eso frustraba a Garrison sobremanera. Verónica se quitaba los zapatos y los aventaba por ahí y subía los pies a la mesa. Garrison era cuidadoso con sus cosas y siempre andaba cagando a Rey o a mí por todo pero a ella le dejaba subir los pies a la mesa. Yo me quedaba viéndole los pies porque soy un fetichista de los pies. Creo que la mayoría de los hombres lo somos. Garrison también lo es. Y Rey también lo es. Así que Verónica nos embrujaba con aquello y lo sabía. A veces me pasaba los pies por la cara y yo le agarraba las piernas y la jalaba hacía mí pero me detenía y me dejaba caliente. Lo disfrutaba. Yo le decía, ya, Vero, no te cuesta nada dejarme hacértelo. Pero decía que no, no, no. Primero muerta, decía. Y yo decía, no me tientes que te mato. Rey aludía a la belleza de Verónica de una manera peculiar. Le hablaba en español antiguo y lo hacía a lo amor cortés. Garrison la trataba normal. Verónica nos contaba de sus aventuras sexuales con ricachones hijos de papi y Garrison se moría de celos. A mí me daba igual. No me importaba si lo hacía con medio mundo, el caso era que yo quería que lo hiciera conmigo. Eso era una batalla perdida. Garrison lo entendió bien. Así lo veía él, como una batalla perdida. Ya no luchaba. Era del tipo que piensa: es mejor tenerla de amiga que no tenerla de nada. Yo decía es mejor intentar cogerla que no intentar nada. Si se va, mejor, es una arpía, tío, con nosotros se comporta pero ¡es una vil arpía del báratro! ¡Verónica es una puta arpía sin corazón ni alma!

Quizá exagero. Es una buena amiga. 



   
Martin Petrozza.

17 comentarios:

  1. Esta bien acá chido, me los imagino y me divierto mucho. ¿Cómo habrán sido de chavitos?

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  2. Al menos yo, sí tomaré en cuenta tu comentario, Diego, narraré alguna cosa de mi infancia. Y Vero seguro lo hará, aunque ella sí ha narrado cosas de sus 14 y 15 años. Saludos y gracias.

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  3. Martín: sí, divertida la forma en que conociste a Verónica y la eterna lucha por acostarse con alguien que se niega, nos ha pasado a tantos... Sabes, yo vivo en Argentina por ahora pero leerte me hace acordar a México y lo extraño tanto, extraño esas longevas borracheras de 3 días donde uno no se explica cómo es que estuvo hablando tanto. A mi círculo de amigos no les interesa la literatura, así que se hablaba sobre todo de idioteces, ya por ahí del tercer día me aprovechaba de las defensas bajas de todos y sí les hablaba un poco de literatura o le sponía cuartetos de Shostacovich para variarle un poco a los boleritos. Pero igual me parece que no me atrae mucho la borrachera para dialogar sobre los autores amados o sobre la miseria de la existencia, cada vez me parece más íntimo, solitario y silencioso el goce estético, sobre todo el literario. Me parece que mucha gente discute de literatura solo por pose (no digo que todos) y por eso le rehúyo a esas charlas. Bueno, te mando un saludo y ha sido muy grato leerte.

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  4. jaja...
    No siempre Vero fue abstemia del Maratón, en ese tiempo.
    Recuero una vez, cuando todos estábamos demasiado ebrios para recordar algo, así que quizá, sólo quizá, no pasó, que Vero ganó una ronda contestando una pregunta que tenía que ver con una bailarina o actriz o actrizbailarina de los años 50.
    Esa pregunta que le hicimos con toda la intención de evitar su campeonato...

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  5. Recuerdo esa pregunta. Tan difícil como aquella sobre una película de Tom Cruise perdida en la década de los noventa. Me encantan las sorpresas.

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  6. Orale que guay!! me parece muy divertido todo lo que hacen, y en cuanto aliteratuta tienes una narracion impecable. Nos llevas de una idea a otra sin que lo notemos. de pronto hablas de vero, luego de garrison, luego del futbol y todo sin que te quede en la mentela sensacion de haber sido cambiado de tema. Eso lo aprecio mucho.

    En cuanto a lo de Saturnino, no creo que sea impropio o malo juntarse y hablar de literatura, no creo que sea pura pose, todos los escritores famosos recomiendan leer, comentar y leer, y juntarse con mas escritores. Aunque si hay algunos que son pura pose, ustedes realmente están haciendo algo, no son de los que dicen y no actuan. Veo que el blog ha tenido bastante exito, felicidades!! Sigan asi, no nos dejen con las ganas... hahahah

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  7. Veronica es una arpía, dices, y lo es. Lo bueno es que lo sabes. Lo bueno es que contigo y con ustedes no es asi porque no tienen dinero. pero lo malo es por eso mismo, no se acuesta contigo. Ha de ser muy feo tenerla tan cerca y tan lejos. Me parece que cada dia la conozco mas.

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  8. Mmm... está linda la chica, pero no es para tanto.

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  9. jajajaja "Ponedme a mí junto a Verónica Pinciotti en un mismo espacio a un mismo tiempo, e invariablemente le propondré sexo. E invariablemente me rechazará. Somos ciencia pura." eso confirma la teoria de Veronica de que no te importa nada. No te importa el rechazo, tu insistes hasta cansarte y si no e hace caso, no importa! Saludos, te amo!!

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  10. Por separado son geniales pero juntos son más geniales!!

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  11. Es deporte discutir con Garrison, sobre todo desde el día que se le ocurrió decir que Roberto Bolaño era inferior a Isabel Allende. ¡¡Habrase visto peor declaración!!

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  12. Mi muy estimado Rey,
    Debo decir que me parece muy poco profesional discutir asuntos sobreexpuestos por este medio.
    Lo dejo para la siguiente tertulia...

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  13. L. Macrozabeth Moncada Uribe25 de junio de 2010, 13:38

    Hasta aquí me sigue esa maldición ja.
    Rey; Garrison, simplemente no sabe lo que dice, a veces no entiende mucho de lo que habla, habla por hablar ( o simplemente molestar ) :D ja

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  14. L. Macrozabeth Moncada Uribe25 de junio de 2010, 13:39

    Bueno todos sabemos que el sarcasmo es su fuerte ¬¬

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  15. increíble! los amos, como me gustaria juntarme con ustedes o con laguien que no tenga la cabeza llena de idiotismo.

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  16. "Yo jugueteo con ella también y le juro que un día acabará con mi verga metida. Nunca le sé decir exactamente dónde. Pero un día, Verónica Pinciotti, ¡un puñetero día…!" jajajajaaj claro algún día!!!!!!!

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  17. Jajaja,cada vez q empiezo a leer algun escrito de ustedes no puedo parar,en verdad que vero si los traia muy mal jeje, pero ha de ser una chava buenisima onda

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