lunes, 28 de junio de 2010

Cuando era (mos) más joven (es)

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Estampas de la Infancia. 

Cuando era más joven solía juntarme con Martin Petrozza todo el tiempo y toda la vida y todas las navidades y años nuevos.

Estampa 1:

En esa época en que todos conocemos el mundo, ese período tan mágico del Kindergarten, Martin y yo conocimos a nuestro primer amor.  Era una mujer bella hasta el recuerdo, una niña con camisa blanca, short rosa y una banda rosa en la cabeza. Esa es la imagen que nos queda, una pictografía sacada de una foto que todavía aún, a nuestros muchos años más, guardamos con recelo.

La niña se llamaba Marisol y siempre íbamos, tímidamente, hasta la ventana de su departamento en un primer piso para poder platicar con ella. La madre de Marisol vendía algo, no recuerdo qué, pero sí recuerdo que ese algo nos servía de pretexto para poder acércanos a Marisol todos los días y platicar con ella desde lejos. Con ella aprendimos, a base de una separación permanente, que cuando amas a alguien debes hablarle directo o no volverás a ver el amor en tu vida. Ella despertó la malicia en nosotros, el deseo de dar un beso, el deseo de poder tocar su mano, la peligrosísima acción de darle un abrazo; porque así era en ese tiempo, acercarse a una mujer, y ya ni se diga rozarla, estaba prohibidísimo y era lo más peligroso que podíamos hacer en la vida. Yo no recuerdo haber tocado nunca a Marisol, su tacto no está presente en mi mente; no sé si Martin lo hizo, pero si así fue, ¡qué envidia! Tocar a Marisol hubiera sido maravilloso.

 Ahora, con unos años más en nuestras vidas,  tenemos a Verónica, nuestra Marisol actual, reloaded, esa mujer que también está prohibidísima tocar por diferentes razones que hemos narrado y narraremos más adelante. No lo había pensado pero Verónica me recuerda a Marisol, ¿por qué serán tan iguales?

Estampa 2:

 Cuando éramos más jóvenes, Martin y Yo corríamos en sucios trenes que iban hacia el norte, aunque en nuestro caso ni eran trenes ni iban al norte. Nos dedicábamos a jugar Nintendo, Mario Bros III, nuestro juego eternamente favorito. También veíamos los Cazafantasmas y jugábamos Hockey después de ver una película donde sale un equipo llamado “Los Patos”.  En el Hockey y en el Nintendo éramos acérrimos rivales, si alguno de los dos metía un gol (en el caso del hockey), el otro se enojaba y le aventaba el palo, los patines y ambos terminábamos en el piso llenos de golpes y de suciedad y de vida. 

Una tarde, en casa de Martin, vimos a la muerte andando en un triciclo. Me limité a mirarla asombrado. Yo estaba más anonadado que Martin, él la veía con familiaridad, como si siempre anduviera por ahí, andando en triciclo o jugando con las mil máquinas que había en el patio de su casa. En algún momento me cansé y le pregunté que quién era esa persona tan ridícula que apenas si cabía en el triciclo y andaba en él; Martin me contestó que debía ser la muerte porque tenía un palo largo en la mano derecha y la cara cubierta con una capucha. Yo asentí con la cabeza y subí a la cocina a tomar una Coca – Cola. Martin se quedó en la ventana mirando a la muerte que andaba en el triciclo.

Estampa 3:

A veces me quedaba a dormir en casa de Martin. Cuando su madre nos mandaba a la cama antes de las 10 de la noche, después de ser terriblemente derrotados por ella en un juego de Ahorcado (esa era la condición, si lográbamos ganarle nos dejaba dormir hasta las doce, si no, teníamos que dormir a las 10), solíamos escondernos en el baño a leer algún libro y a escribir historias. También, para no hacer ruido, escribíamos toda nuestra conversación en un cuaderno y nos lo íbamos pasando. Era tardado, pero gracias a ese sistema lográbamos quedarnos despiertos hasta pasadas las 2 de la mañana.

Una de esas noches salimos a la calle a buscar aventuras. Allí sucedió nuestro primer encuentro con una prostituta. Caminábamos más nerviosos que animados por las calles de la colonia Tres Estrellas, cerca del cine que parece Castillo de Disney. En una esquina vimos a una mujer vestida de negro que se sacaba los senos cada que pasaba un carro cerca de ella. No podíamos creer nuestra suerte, estábamos en la calle, solos, de noche, y además le podíamos ver los pechos a una mujer mayor. Decidimos quedarnos para admirar los senos durante toda la noche. Había un Sanborns. Nos escondimos detrás del estacionamiento, lo más cerca posible de ella. Cada que pasaba un carro nuestros ojos se dilataban. Esa noche fuimos felices. Regresamos a casa a las 4 am, la oscuridad se nos hizo luz. Estábamos extasiados.

Estampa 4:

Una noche previa a la navidad, decidimos escribir un cuento que narrara los acontecimientos a como creíamos que iban a suceder el día siguiente; era una noche de 1994. Dicen lo siguiente:

(…)Enfrente de mí y de mi peinado de ejecutivo (relamido hacia atrás), se encuentra la mesa donde vamos a pasar la mayor parte del tiempo en esta reunión. Logro ver el perfecto caos ordenado que reina dentro de ella, pues mi madre intentó copiar la posición de los cubiertos de una revista de gourmet que llega mensualmente, tan puntual, como los técnicos de esa empresa de televisión por cable cuyo nombre no quiero ni recordar. Hay más tenedores, cucharas, cuchillos y otros cubiertos de nombres desconocidos, que comida e invitados.  Seguramente la mayoría de ellos se quedarán tan limpios como los estoy viendo en este momento donde la complicidad existente entre la mesa y yo, es casi tan grande, como la habitual entre Santa Claus y ese reno al que jamás he logrado entender llamado Rodolfo. Pero ahora en este espacio de la casa únicamente reina el Silencio, con toda su armonía y su musicalidad. Estamos sólo el Silencio y yo, yo y el silencio; sólo el Silencio… Su música. (…)

Un poco más adelante en la narración:

 (…) Como era de esperarse todos fueron corriendo a la mesa después de dejar sus pertenencias tanto en la sala como en la pequeña zona de espera destinada precisamente para esos menesteres de cuidar los objetos ajenos. No logro entender por qué si existe ese lugar asignado precisamente para ese oficio, algunos tienden a dejar sus cosas en la sala, es como si quisieran romper con el orden natural del mundo de las cosas, junto con lo predestinado y lo infinitamente establecido. 

Mi primo el motociclista se sentó a lado mío, otra cuestión ya preestablecida en la familia, pero aquí no es como con las cosas, pues en este espacio sí se respetan las reglas, cada uno tenía su lugar asignado. Así fue como todos los adultos se sentaron del lado derecho del comedor, los esposos frente a las esposas, y alado más esposos y por supuesto más esposas, hasta llegar al lado izquierdo donde están todos los niños pequeños junto con el único par de abuelos sobrevivientes. Mi primo y yo estamos hasta el final, ambos ya no somos unos niños, por eso salimos sobrando en esa mesa caótica pero ordenada. De pronto siento lástima por mi pobre madre, ella está en la cabecera de la mesa, en el único lugar donde no existe la complicidad con alguien más, se encuentra sola, lo sabe, por eso se siente frustrada, quizá extrañe a mi padre. Yo la compadezco como quien compadece a un nido de pajaritos que quedaron huérfanos gracias al cazador que con un poco de suerte ensartó a sus padres tirándolos al suelo como cualquier hoja de árbol en otoño, cualquier lágrima de ángel. Tal vez un venado de Santa Claus (…)

Para finalizar con el ejemplo:

 (…) El resto de la cena fue pasando sin complicaciones, ambos estábamos callados, observando el panorama y escuchando atentamente la conversación centrada en la familia y lo mucho que había crecido en el último año, en los últimos años. Esperamos pacientemente la hora de terminar la cena para poder salir huyendo de ese lugar, hacia la libertad; hacia nuestro plan maestro. La cena ha terminado, salimos corriendo rápidamente hacia mi cuarto donde ahora se encuentra descansando el Silencio, lo asustamos y él se va como se va de todos lados, pero de ninguno.

-Vayamos a la ventana y no nos movamos de ahí hasta no ver el trineo de nuestros juguetes-. Dije.

-Vamos-. Sostuvo  Martin.

Ambos llegamos corriendo, abrimos la cortina y nos ponemos a mirar fijamente hacia las estrellas. Curiosamente no hay ninguna en el cielo, ni siquiera la de los tres reyes magos, ni ese planeta a un lado de la luna, pues tampoco hay luna, ni hay cielo, sólo vemos una mancha negra hacia el infinito. El infinito está muy lejos, pero se ve tan cerca, aunque esté tan lejos. Allí fue a terminar el plan que con tanto trabajo habíamos construido durante todo este año, allí fueron a parar nuestras ilusiones, nuestros planes; nuestros sueños. Frustrados regresamos al comedor, los regalos ya se encuentran bajo el árbol de navidad, los primos más chicos ya los están abriendo,  nosotros lloramos imitando el llanto de Eneas al dejar atrás Troya con sus murallas destruidas, sin cimientos; sin ilusiones.

Corremos a ver nuestros juguetes, una vez más se encuentra todo lo pedido en nuestra carta, nos ponemos a jugar olvidándonos del pasado, sin pensar en la próxima cena navideña. Qué fácil es destruir los castillos que construimos en el aire, tirarles sus murallas, dejarlos sin cimientos. Qué fácil es construir castillos en el aire, aprovisionarlos para después derrumbarlos, hasta dejar en el aire al olvido, y es el olvido lo único que nos queda en el recuerdo; en la esperanza (…)

Distrito Federal, México. 1994

Estampa 5:

Jugábamos, reíamos, odiábamos el futbol y de vez en cuando escribíamos y leíamos textos para niños: la Guía para la Vida de Bart Simpson, los cuentos de Twain, de Andersen, de Dickens, el diccionario de la Real Academia de la Lengua, a Goethe. Leíamos, también, mucha literatura fantástica: el Señor de los Anillos, Dragonlance, Reinos Olvidados, etc. Alguna vez nos vestimos de Elfos y pertenecimos a un club de ñoños que se juntaban a leer el Señor de los Anillos en Alemán y a representar sus escenas. En ese club ambos nos enamoramos de una argentina, ya no recuerdo ni su nombre, pero sí recuerdo que nos la tiramos por separado y, cuando nos enteramos, acabamos en el piso de nuevo, revolcados por los golpes y de nuevo por la vida.

Epílogo:

Dos años después nos fuimos a vivir un tiempo a Cuba y a Cataluña, pero esas, son otras historias. 




9 comentarios:

  1. jajajajaja no me los imaginaba asi!!! desde niños eran unos cabrones para las viejas!!! esa marisol se ve que se va a poner muy bien, ya no la ven? jajaja y eso de la puta es genial, a mi tambien me paso, por mi casa habia una que se ponia pero no se sacaba las tetas, aunque llevaba unas blusas transparentes!!

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  2. Muy bueno,
    Garrison siempre escribe bien, tan elegante..

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  3. La parte dela muerte fue real? o miganira dentro de la realidad de la infancia?

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  4. "Ambos llegamos corriendo, abrimos la cortina y nos ponemos a mirar fijamente hacia las estrellas. Curiosamente no hay ninguna en el cielo, ni siquiera la de los tres reyes magos, ni ese planeta a un lado de la luna, pues tampoco hay luna, ni hay cielo, sólo vemos una mancha negra hacia el infinito."

    un golpe con la realidad. Muy bueno.

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  5. Verónica Pinciotti28 de junio de 2010, 18:42

    ¿Ahora yo soy su Marisol? =S Oh! Dios!

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  6. Esa foto es linda!!! los amo! Ver la foto ahi y leer lo que escriben es maravilloso. Felicidades.

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  7. Rebeca, qué buena pregunta. Todavía no sabemos si lo que vimos ese día fue la muerte o simplemente un hombre encapuchado con un palo en la mano.

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  8. L. Macrozabeth Moncada Uribe29 de junio de 2010, 11:24

    The horror señor petrozza!! jaja

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  9. Cabrones... a mí nunca me traian lo que pedía.

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