domingo, 20 de junio de 2010

De la literatura y Martin Petrozza

AudioTexto.



Mi relación con la literatura, formalmente, comenzó a mis veintidós años y fue de la mano con la conquista abierta de mi sexualidad, y mi gusto por los treintañeros bohemios. Desde los catorce años leí a los clásicos y a Nietzsche, que influyó bastante en mí. A Nietzsche debo gran parte de mi ateísmo (si es que Nietzsche habla de ateísmo), y gran parte de mi filosofía de vida. Desde los catorce años, y desde el Sr. Anderson, se metió en mí la semilla de la literatura, gestándose para florecer a los veintidós. A esa edad conocí al autor al cual debo mi escritura. Hablo de Henry Miller. Miller está en cada palabra mía. Me sedujo a cada línea. Los clásicos despertaron mi pasión por la lectura pero Miller detonó mi pasión por escribir. Recuerdo una frase que dice que un buen escritor es aquel que te incita a escribir. Miller, para mí, era el mejor de los escritores. Me sorprendió bastante que un hombre pensara yo no nací para esta vida. Me impactó que se auto-biografiara de aquella manera tan dura y  tan honesta.  Cuando terminaba de leerle me decía a mí misma: quiero escribir mi vida sin tapujos.  

 Otros autores me influyeron, por ejemplo, Roberto bolaño. No lo hizo precisamente con sus libros, sino con sus frases. En alguna entrevista mencionó que le interesaba, más que los buenos escritores de renombre, las personas que tienen algo que contar. Aunque en las cartas a su hijo Lautaro le aconseja: lee a los clásicos. Me identifiqué con todo eso y me decidí. Comencé a relatar trozos de mi vida. Como toda principiante (no digo que ya no lo sea), escribía subjetivamente. Para mí. O sea que mis textos eran más o menos así: Ayer conocí un hombre simpático y sentí ganas de hacerle el amor. A veces me siento sola. Le di mi número telefónico y espero me llame. Pero no sé, quizá no sea lo mejor. ¿Me explico? Luego me adentré al “género” Miller y conocí a Pedro Juan Gutiérrez, un cubano que escribe terriblemente sucio. Cosas como: me metió el dedo al ano. O: te voy a poner a chuparme el ano paqué vea lo ques sexo. Leí una entrevista a Pedro Juan donde explica que un texto autobiográfico puede tardar, y debe tardar, bastante en salir a la luz. Años incluso. Lo entendí. Hablaba de OBJETIVIDAD. No puedes ponerte a relatar algo que te sucedió recién porque pierdes el objeto. Estás sumergida en las emociones del momento, y se nota. 

 Entonces leí Freud. Aprendí del psicoanálisis a auto-explorarme. Y lo combiné. Por eso escribir es terapia. Se exorciza. Hay cosas que escribo de las cuales no me enorgullezco. De mi madre, por ejemplo. Me duele. Sin embargo, es terapia y obra creativa. Escribir tu vida es peligroso. Te topas con desastres que quisieras no haber vivido. Pero ahí están, son parte de ti, y eso los vuelve crueles y fuertes. He recibido críticas e insultos por decir soy una zorra interesada. Al respecto debo decir: soy una zorra interesada, ¿y? No soy la primera, ni la única, ni la última. Y también debo decir: Mi literatura no tiene pretensiones morales, ni éticas. Es una fotografía. Y como tal, puede gustar o no. Donde termina mi locura, comienza la tuya. Como dijo Blanchot: No he dicho nada extraordinario ni tampoco sorprendente. Lo extraordinario comienza en el momento que yo dejo de escribir. 

 Escribir es como ya dije, una terapia. Comencé a hacerlo hace dos años y me divierte tanto y me apasiona tanto, como hacer el amor. Es mi segundo orgasmo. Un orgasmo metafísico. Quiero decir que primero te corres viviendo la vida, y luego te corres escribiendo la vida. 

2

Conocí a Martin Petrozza en un bar de Donceles, en el Centro de la ciudad. Debo confesar, yo no frecuento ese lugar pero aquella ocasión iba con Henry; un hippie treintañero con el que salí un par de meses. Crecí en un ambiente de pretensiones económicas y de máscaras. Henry me atrajo con su estilo de vida desinteresado y despreocupado del qué dirán. Vestía jeans, sandalias, y chaquetas de ixtle. En mi casa no era bien recibido. Yo le veía ocultamente. Henry tenía metido en la cabeza el rollo tántrico y así lo hacíamos. Me cansaba un poco porque era todo un ritual eso de hacer el amor y en ocasiones sólo nos tocábamos con los ojos vendados porque así va eso del tantra, decía Henry. Ponía un montón de velas, incienso y música japonesa y yo le decía, ya Henry, métemela. Pero Henry se tomaba muy enserio eso del rollo oriental. Decía que haría el amor a mi alma. ¡Puff!, decía yo, pero si yo no tengo alma, y reía. Pero Henry era terco. El caso es que aquel día me llevó a ese bar. Nos veríamos con otros hippies, beberíamos un par de cervezas, e iríamos a hacer el tantra grupal a casa de Henry. 

 Sobra explicar cómo era el sitio. Era un lugar donde se reunían hippies, punks, metaleros, rastafaris, bohemios. Dentro los últimos estaba Petrozza. Yo no lo había visto a él, pero él, sí que me había visto a mí.  Llegamos y nos sentamos en sillas plásticas. Hicimos un círculo, Henry, los amigos de Henry, y yo. Eran dos chicas hippie blanquísimas y de aspecto alemán y un chico de apariencia gringa. Ojos azules, rubio, delgado, alto, y muy flaco. Una de las chicas encendió un porro y lo roló por el círculo. Yo fumé poco. No había fumado antes y pensé que vería visiones o algo pero no. Se me durmieron los brazos y eso fue todo. No le encontré mayor sentido y rechacé el siguiente porro y el siguiente. Fumaban bastante. Incluso Henry dijo ya guarden pal ratón. La conversación giraba en torno a ser vegetariano. Todos estaban a favor. Yo no estaba ni a favor ni en contra. Me limitaba a asentir con la cabeza cada que alguien decía no es justo matar animales. Lo repetían a menudo. Fue justo allí cuando entró Petrozza. Apareció de la nada. Creo que estaba escuchándonos a distancia. Luego me confesó que estaba viéndome a distancia, y le fue inevitable escuchar. Interrumpió diciendo: ¡eso es una mamada, tío! Los animales están a disposición del hombre, un ser superior. La biblia lo menciona, dijo, y remató: “El hombre gobernará por sobre todas las demás especies”, dijo Dios. Todos lo miraron hostilmente. A él no le importó. Llevaba en la mano una botella de cerveza y tenía los ojos rojos. Andaba despeinado, desfajado y con las agujetas sueltas. Luego añadió: pero puede que tengan razón, de todos modos Dios no existe. Yo reí a carcajadas. Henry se ofendió porque él creía en un poder supremo de la naturaleza al que llamaba Mi Dios. Petrozza tomó una silla, la colocó a lado mío y se sentó. No pidió permiso, tomó la silla, la colocó a mi lado y se sentó. PUNTO. Estaba lleno de pasión. Habló de Dios, de la biblia, de Nietzsche, de la literatura, de Spencer, ¡de H. Miller!  Luego hablo de ser hippie. Dijo: ser hippie es parte del sistema. El sistema crea categorías y ustedes son la categoría hippie; el sistema lo tiene todo calculado, a los comunistas, a los socialistas, los bolcheviques y a los hippies. La única manera de luchar contra el sistema es estar dentro del sistema.  Y daba tragaos a la cerveza y continuaba: Además los hippies murieron en los setenta, no sean arcaicos. Y bebía. Ustedes creen que no les importa lo que piensen de ustedes pero son hipócritas, claro que les importa, por eso visten como visten y hacen lo que hacen. Disfrutan las miradas sobre ustedes. Les encanta ser observados por la gente, a la que consideran imbécil o parte del sistema contra el que luchan. Eso, tíos, es el sistema. Ustedes en este mismo instante ya desarrollaron una bola de prejuicios sobre mí: es un borracho, está loco, él qué sabe, etc. ¡Y se creen libres! Y bebía. Hasta que el flaco dijo puede que tenga razón. Lo dijo muy a su pesar y Henry le echó una mirada pesada. Yo reía mucho. Era genial ver cómo este desconocido venía y les decía unas cuantas verdades en la cara. Entonces Henry comenzó a hablar. A defender los ideales hippie. Petrozza, al contrario de Henry que le escuchó atentamente para contradecirle después, le ignoró totalmente. Le dejó hablar y hablar y dijo acercándose a mí: tienes unos ojos preciosos, ¿cómo te llamas? Me lo dijo quedo mientras encendía un cigarrillo. Le dije. Me cayó simpático. Luego me preguntó a qué me dedicaba y le dije a nada. Estalló en risa. Henry se molestó, finalmente supo que estaba hablando solo. Ni sus amigos le ponían atención, se lo pasaban mejor fumando un porro. Henry se calló. Le pregunté a Petrozza a qué te dedicas y dijo soy escritor. Pregunté por algún libro suyo y tosió. Le pedí me hablara de su literatura. Los demás comenzaron a platicar entre sí. Me contó de sus textos autobiográficos. Eso me llamó la atención. Yo no mencioné nada sobre lo mío porque Petrozza realmente hablaba con desesperación y pasión y temía no tener la misma valentía para hacer lo mismo. Petrozza se emocionaba verdaderamente al hablar de Goethe o de Schopenhauer. Y le entristecía realmente la poesía del siglo XXI. Un comentario podía enloquecerlo. Le dije: ¿conoces a Kandinsky? Y enloqueció. Me echó una perorata sobre el arte abstracto. Lo detestaba. Llegó a parecerme que estaba loco o demasiado tomado. Preferí reservar mis comentarios. Hablamos cerca de dos horas sobre todo eso. Y luego me dijo: eres una mujer hermosa, me gustaría hacerlo contigo. Lo dijo ecuánimemente, como pensando sí se da bien, si no, ni modo. Por mi parte me agradó que fuese tan directo aunque debo confesar, no era el tipo de hombre con quién yo me acostaría. Le pregunté por su situación económica, que era deducible a simple vista, y me lo confirmo. Soy pobre, dijo. No le incomodaba ser pobre, lo decía abiertamente y hasta le procuraba cierto orgullo. Esa impresión me dio. Al respecto de hacer el amor fui tan franca y tan directa como él lo fue conmigo. No, dije, ni lo sueñes. No se desanimó, me dijo: todas dicen eso al principio… pero después. Reí y dije, yo no. Un no es un no. Como quieras, dijo y se levantó. Se fue. Pensé que no volvería pero regresó. Regresó con una nueva botella de cerveza. No bebía botellas pequeñas, sino de esas botellas grandes, familiares o algo. ¿Quieres?, me ofreció. Di un trago pero después negué los siguientes ofrecimientos. Comenzó a hacerme el típico interrogatorio. ¿Dónde vives?, ¿qué edad tienes?, ¿Qué te gusta hacer? Henry y los demás querían decirle algo. No se atrevían. Algo como: ya vete, o: ya nos vamos. Yo disfrutaba verlos sufrir por no poder enfrentarlo. Sabían que eso no serviría. Sabían que Petrozza les contestaría y a fin de cuentas, se quedarían un poco más. Y tendrían que soportarlo. Sobre todo Henry. De todos modos Petrozza no los atendía. Se concentraba en preguntarme cosas y mirarme los senos. Y digo se concentraba porque entrecerraba los ojos. Creo que la cerveza se le subió a la cabeza. Cada vez era más divertido. No dejaba de mirarme los senos y entonces lo soltó: ¡tienes unas tetas tremendas! Gracias, dije, lo sé. La cosa continuó sobre la misma línea un tiempo más. El ambiente se estaba poniendo tenso. Cuando Petrozza aludió a mi cuerpo, una de las hippies exclamo ¡Oh! Henry me dijo ¿y bueno? Se refería a ¿Nos vamos? Le contesté que sí y todos los hippies saltaron al unísono y nos fuimos. Antes de irme me despedí de Petrozza. Le dije, adiós. Y él dijo: ten. Y me dio un papel con su número. Añadió: llámame. Henry y los demás intentaron despedirse de Petrozza, por cortesía, para que viera que no les afectó tanto su discurso. Pero no pudieron. Petrozza ni los miró y cuando vimos ya estaba en la otra esquina del bar hablando con dos chicas de aspecto punk. Era un cabrón. 

3

La siguiente semana encontré el papel en mi bolso. Lo estaba limpiando y salió el papel con el número. Sentí ganas de llamar. Petrozza había dejado algo en mí. Me atrajeron sus maneras cínicas, directas, desinteresadas. Se me antojaba un hombre sincero consigo mismo. Un hombre que sabía perfectamente que no era el más guapo del mundo, ni el más rico ni el mejor, y le importaba poco serlo. Recordé cómo enfrentó a Henry y a los amigos de Henry. Poseía una seguridad basada en un: no me importa lo que pienses. De verdad a él no le importaba lo que un grupo de hippies pensara. Quiero decir, se plantó allí con su silla con el único objetivo de ligarme y no le importó lo que pensara Henry y los demás, o si a ellos les molestaría o les importaría. Petrozza es interesante por el misterio que lo rodeaba. Te deja pensando. Te deja preguntándote cómo vive un hombre así. Cómo piensa. Cómo actúa. Te preguntas de dónde sale alguien como él. Dejé pasar unos días hasta que la curiosidad me ganó. No quería acostarme con él, simplemente me ganó la curiosidad por develar el misterio. Le llamé. No contestó. Los días que dejé pasar fueron mi resistencia. Una resistencia nacida del orgullo. Yo no llamo, ME LLAMAN. Si quieren. Si quieres. Tal como Petrozza me había dicho. No lo dijo, pero se entendía. Inmediatamente después de mí ya estaba con dos chicas más. Yo no era el centro de atención de Petrozza ni se moría por estar conmigo, sólo quería follarme como follaría a esas chicas o a quien sea. Eso me jodía el orgullo. ¿Cómo podía pasar de mí tan fácil? Lo normal era que se traumase, que se desviviera por invitarme a salir. Que pagara por conseguir mi número. Pero ni siquiera me pidió el número.  Me dio el suyo y expresó llámame, ¡si quieres! Y quise. Le llamé un par de veces más pero no contestó. ¡Cabrón de mierda!

 Al día siguiente la vida pasó como naturalmente pasa, y me olvidé del asunto. Llamó Henry y preguntó si saldríamos a algún sitio. Para ese entonces ya me estaba cansando de la mota y de la campaña anti-carne, así que dije no, otro día. Sabiendo que ese día jamás llegaría. Henry dejó de interesarme. Pensé en todo lo que dijo Petrozza al respecto de los hippies. Era verdad. Dejó de atraerme ese mundo de amor y paz. En el fondo Henry era tan normal y tan parecido a todos, tratando de ser tan distinto. Tratando de luchar en contra de un sistema que no comprendía, que no puede comprender, porque lo repudia. Y como dijo Petrozza, para luchar contra el sistema, hay que estar en el sistema. Y volví a pensar en él. Pensé en eso de sus textos autobiográficos. Yo había escrito algunas cosas pero no se lo dije y sentí ganas de mostrárselos, y sobre todo, de leer los suyos. Marqué de nuevo tres veces y nada. El cabrón no contestaba. Lo imaginaba follando con las chicas del bar. O ebrio. O dormido. O… sólo eso. No podía imaginarlo de otro modo. Insistí hasta que escuché, ¿ajá?, ¿quién es? Verónica, dije. ¿Quién?, contestó. NO ME RECORDABA. Lo maldije en silencio y le recordé nuestro encuentro. Ya, dijo, la tía de las tetazas. ¡Dios!, dije, pues sí, ella misma. 

 Nos citamos en el centro de Tlalpan. A mí me quedaba cerca, y a él más cerca. Era un comodino y un patán. Llegué puntual a la cita. Me metí al café La Selva donde me dijo estaría esperando por mí. Y esperé. No estaba. Le marqué para apresurarlo. No contestó. Lo maldije enserio. Me estaba rebajando demasiado. Me pedí un cappuccino. Finalmente llegó. Iba despeinado, desfajado, y con los ojos rojos. Como la primera vez. Me sorprendió que no se arreglara para verme. Dijo: lo siento, estaba en el bar de al lado. Y se sentó a la mesa. Yo estaba fastidiada y estaba a punto de irme y dejarlo para siempre. Pero sacó un cuaderno y me lo aventó. Literalmente lo aventó. Eran sus textos. Me calmé un poco y hojeé la libreta. Mientras lo hacía me miraba los senos. Llegué a pensar que era un pervertido. Quiero decir, no un chico calentorro sino un verdadero pervertido. Y se lo dije. Le dije: ¿Eres un pervertido o qué? No se molestó. Bostezó y dijo: claro, lo soy. ¿No lo habías notado? Me dio algo de miedo pero no dije nada. Leí la libreta. Estaba acostumbrada a que me vieran los senos pero él lo hacía distinto, como imaginando mil cosas. Cosas sucias. Tenía ganas de irme pero no lo hice. Leí y leí. A cada línea me sentía más incómoda. Sus textos hablaban de borracheras, de sexo sucio, de pensamientos retorcidos. Dejé el cuaderno en la mesa y le dije qué mierda. Me refería a ¡qué mierda esto es genial! No lo entendió así. Hizo una mueca y dijo, bueno, esa mierda es mi vida. Y rió melancólicamente. No, no, no, es fantástico, corregí. Gracias, dijo. Le pregunté si iba a ordenar algo y dijo no, vacié mis bolsillos en el bar de al lado. Le pedí un americano y algo de comer. No me lo agradeció, lo tomó naturalmente. Este Petrozza es realmente otro tipo de hombre, pensé, es auténtico. No quiero sonar aduladora, pero eso pensé. 

 Con auténtico quiero decir que Petrozza decía no me importa nada en la vida, y realmente no le importaba nada en la vida. Decía todo me parece absurdo, sin sentido. Y en verdad todo le parecía absurdo y sin sentido. Era  capaz de encontrar el absurdo y el sinsentido en todas mis pasiones. Cambió mi forma de ver la vida. No temía decir la verdad por dura que fuese. Me decía: no eres una zorra, eres una mujer con miedo. Y en el fondo tenía razón. Siempre te dejaba pensando en el fondo tiene razón. Y no era tan en el fondo; eso del fondo te lo inventas tú para no decir que simplemente tiene razón. Me gustaba convivir con él aunque nunca tuviera plata y yo corriera con los gastos. Sus gastos. No es que me pesaran los gastos sino que estaba acostumbrada a hombres que corren con los gastos. Altísimos gastos. Para impresionarme. Petrozza no quería impresionarme. De hecho, no volvió a lanzárseme o a decirme quiero follar contigo. Miento. Esto último lo hizo y lo hace constantemente. Pero ya es un juego. En el fondo, como todo, no le importa demasiado. Si me cogiera, lo haría como a cualquier otra. No se desviviría por darme su mejor polvo. 

 Continuamos saliendo un tiempo más en el que yo mantuve mis textos y mi papel de escritora, oculto. Me daba algo de pena. Me sorprendía cómo Petrozza creía en sí mismo y en su literatura. Lo que hacía no era nuevo pero a él no le importaba. Eso me daba ánimos para seguir. Si él puede, yo también, me decía. Le contaba mis aventuras sexuales, y le conté de mi pasado. De los mayores. Del Sr. Anderson, y de Scott, y del Sr. Pinciotti. No le importaba. Yo hablaba y hablaba y hablaba, y él me escuchaba, me escuchaba, me escuchaba, con la vista en cada culo que veía pasar. Yo pensé que me ignoraba pero al final, sencillamente lanzaba un comentario certero y frío. Es decir, soltaba la verdad detrás de todas mis palabras. Eso me gustaba bastante. Era como ir al psicólogo. A un psicólogo loco. Un día finalmente le mostré un texto mío. Lo leyó despacio. Fumando. Muy despacio. Terminó de leer, me lo regresó, dio una bocanada y dijo: es bueno. Sólo eso. Yo esperaba una crítica más extensa. Sólo dijo es bueno. Y luego añadió: vamos por un trago. Guardé mi texto impreso a 12 puntos, Times New roman, y fuimos por un trago. Petrozza me encolerizaba y me agradaba al mismo tiempo. Si es que eso es posible. Sentía ganas de decirle un par de verdades, como: eres un jodido narcisista. Pero no tenía caso. No le importaría. Ese era el punto.  No podía ponerme a criticarlo o a decirle verdades como él a mí, porque no le importaba nada. Alguien podía gritarle en la calle ¡quítate cabrón!, o ¡vete de aquí!, o ¡báñate!, y simplemente, no le importaba. Una mujer podía rechazarlo despiadadamente, y no le importaba. Era como si viviera únicamente en su mundo, únicamente para él. Un completo egoísta. Un verdadero egoísta. Jamás le conocí un solo amigo. Siempre que lo veía andaba solo. Conocía mucha gente, por ejemplo, mendigos de la Glorieta de Insurgentes. Los saludaba de mano y de abrazo. Luego me los presentaba, y yo, claro, no los saludaba. Ni a él ni a ellos importaba. Se despedían y nosotros continuábamos el camino. Nos gustaba ir a los bares de la Glorieta. Pero no a buenos bares, Petrozza siempre andaba en un mundo distinto. A bares donde todo transcurre diferente. Donde nadie tiene dinero pero de alguna manera todos acaban hasta el culo de borrachos. Es el arte de vivir sin plata, me decía Petrozza. Todo está al alcance de la mano. Como el Edén. Como tomar manzanas de un manzano, decía. Yo no lo entendía muy bien, para mí si no tienes dinero no eres nadie y la vida es un infierno. Y Petrozza sabía moverse muy bien por ese infierno. No le pesaba, no se quejaba de sus carencias materiales. Si quería una cerveza, conseguía una cerveza, no importa si no tenía un sólo peso, o si tenía que caminar kilómetros para hallarla. Si quería un libro, lo robaba. Decía que robar libros no es robar. El conocimiento es de todos. No recuerdo exactamente cómo lo dijo, pero me convenció y llegué a ser su cómplice. Yo entretenía a los vendedores y él se embolsaba a Victor Hugo. Los miserables. Si quería una mujer, conseguía una mujer. Una prostituta. Las convencía para conseguir sexo gratis o por muy poco dinero. O una mujer de la calle. O de algún bar. Sabía procurarse lo suyo sin trabajar. Al principio me molestaba todo eso pero comprendí que vivir así, es de genios. Requiere una habilidad especial. En cierta forma era un genio. Vivir como yo, con el dinero del Sr. Pinciotti, es cosa fácil. Me preguntaba qué haría yo si perdiera todo: casa, padre, dinero. Seguramente no duraría un día en la calle. Petrozza en cambio era un verdadero existencialista. Si le agarraba la noche lejos de casa, dormía en una banca, en un cajero automático, en una barda, en el pasto. Me lo contaba y yo no lo podía creer. Hasta que lo vi. Cuando íbamos al Centro yo llevaba mi auto, lo estacionaba en la Country Club, y terminábamos el recorrido en metro. Una ocasión se puso borrachísimo y de regreso no podía caminar. Yo no lo podía cargar y el auto estaba lejos. Caminó como pudo hasta el cajero automático y se metió. Se tiró allí en la cabina y dijo déjame aquí. Le dije, no, pidamos un taxi. Pero insistió pues quería regresar al día siguiente al mismo lugar. A beber más. Y era más práctico quedarse allí, cerca, pues ya amanecía en un cuarto de hora.  Lo dejé allí. 

 Con todo lo anterior ya se nota el contraste entre él y yo. Ese mismo contraste es el que nos une. Yo exploro su mundo y él explora el mío. Aunque cierto, a él, mi mundo le importa poco. 

Continué escribiendo y mostrándole textos a Petrozza, y viceversa. Nuestros textos tienen mucho en común, y mucho de diferentes. Son como fotografías de polos opuestos de la misma cosa: la vida. Discutíamos todo eso en acaloradas charlas. Discutíamos que es literatura y qué no. Fue entonces cuando Petrozza, contrario a lo que yo pensaba, me dijo: te voy a presentar a un amigo. Yol e había escuchado hablar de un tal Garrison pero llegué a creer que era imaginario. Hablaba de él con pasión. Como suele hablar de todo. Pero jamás me decía lo que normalmente se dice de alguien. Nunca mencionaba la edad, o dónde vive, o cómo le conoció o la última vez que lo visitó. Simplemente decía cosas como: Garrison ama a ese escritor. Se refería a Perez-Reverte. Lo dijo cuando me quedé viendo un libro de El capitán Alatriste en el aparador de un Sanborns. Como sea acepté y me llevó a casa del susodicho. En el camino me advirtió, Garrison es un maestro de la literatura. Estudió tres carreras en no sé qué mierda de literatura hispánica, italiana y algo, dijo. Le pregunté dónde estudió todo eso y contestó en la UNAM y en un colegió particular. Petrozza no sabía muy bien en cual pero a base de preguntas deduje que Garrison había estudiado donde yo. Eso me sorprendió Bastante porque no pensé que Petrozza, a parte de mí, conociera gente decente. Garrison vivía cerca de donde Petrozza, aunque como ya dije, Petrozza vivía en prácticamente toda la ciudad. La ciudad era su casa. Yo estaba intrigada con quién sería ese misterioso hombre de letras que estudió en el colegio que yo. Se llama Garrison, dijo Petrozza. Sí, ya sé, le dije, me lo has dicho mil veces





18 comentarios:

  1. jajajaj ese Petrozza es la neta!!! y tienes que contarnos lo del tantra.

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  2. Estoy enamorada de el... Alguien le puede decir?

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  3. Tu texto me ha hecho recordar. Saludos!

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  4. Jajajaja la entrada ante los hippies es genial!! Martin es un maestro! No hay nada mas peligroso que un hombre que no le importa nada. Saludos vero.

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  5. LO DE LOS HIPPIES PUEDE APLICARSE A TODAS LAS SUBCULTURAS, COMO LOS PUNKS, LOS RASTAFARI O A TODO EL MUNDO. TODOS SE VISTEN O HACEN COSAS DISTINTAS PARA LLAMAR LA ATENCIÓN Y QUE SE HABLE DE ELLOS. SI ESTE PETROZZA REALMENTE NO LE IMPORTAN NADA, DEBE SER AUTÉNTICO, COMO DICES, Y ES UN GRAN CONSUELO SABER QUE AÚN EXISTEN PERSONAS QUE NO DEJAN LLEVAR POR LAS APARIENCIAS O SE DEJAN CORROMPER POR EL DINERO O LA FAMA. SI TODOS NOS DEDICÁRAMOS A HACER LO QUE NOS GUSTA SIN ESPERAR NADA A CAMBIO, ESTE MUNDO SERIA UN MEJOR LUGAR.

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  6. La indiferencia es un arma muy poderosa!

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  7. El arte de vivir sin plata, como el Edén, Maestro!!!

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  8. Tienes que contarnos que pasó con el Tantra. No se olvide de eso, Besos. Te Admiro!!

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  9. ¿El de la foto es Petrozza o Mr Garrison?, ¿no la pueden cambiar por una foto de Pinciotti?

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  10. Metaleras del Mundo!!!!!!!22 de junio de 2010, 15:51

    Yeah, petrozza rifa!!!

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  11. ¿De verdad existen personas que no le importe lo que los demás piensen? Por más que lo pienso y quiero, yo no consigo sacarme el veneno que me inyectaron para estar bien con los demás. Soy muy dependiente en ese sentido. Pensar en la gente es mi cruz. Tendría que volver a nacer. Apenas he superado algunos miedos, pero no es mucho que digamos.

    Jajaja si que entiendo el dilema de ¿Verónica? Una vez un fulano me dijo, cuando estés libre llámame, que quede el tal shock que se lo conté a un amigo de el, y se indigno! No lo he llamado, como ya sabes, soy apática jajaja.

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  12. Hola!! desde que empecé a leer el blog no puedo parar!! todos son muy buenos, unos más crudos que otros pero muy buenos. Me encantó la filosofía de Petrozza sobre el sistema, estoy completamente de acuerdo con eso!! hippies, deportistas, espirituales... aquellos que se jactan de su desapego material y su espíritu libr ...e pero viven anclados a sus tecnologías y gritando a los cuatro vientos lo que hacen para que todos los admiren! no, eso no va conmigo, prefiero pasar inadvertida dentro del sistema, como un virus!! jajaja Continuaré leyendo, ya se me hizo vicio! saludos!!

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  13. "Mi literatura no tiene pretensiones morales, ni éticas. Es una fotografía. Y como tal, puede gustar o no. Donde termina mi locura, comienza la tuya." Muy cierto!

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  14. Martin Petrozza:
    Tal vez si no marcaras en EXCESO tu influencia Charles Bukowskiana y Henry Milleriana te la creeria colega, por ello se me hace que tus escritos son más falsos que una moneda de tres pesos (en cuestión de redacción y estilo).
    Pero bueno tampoco me tomes muy en serio por aquello de que todo es relativo jaja, suerte.

    -Hans

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  15. Martín escribe bien, lástima que está empecinado en parecer Bukowski, encima imita al Bukowski de Anagrama que no tiene nada que ver con el Bukowski original. Esto no molestaría si Martín, solamente, escribiera para su grupo de amigos, pero cuando empiezas a querer pisar el terreno literario hay que empezar -también- a buscar el estilo propio.

    Saludos.

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  16. como dicen en los comentarios al final del texto, la indiferencia es un arma muy poderosa, xq realmente el mundo siempre vive con el que diran me encabrona esa frase, en cuanto a mi persona pensaba ser menos orgullosa, pero al leer esto se hizo mas grande y creo q me gusta la palabra indiferencia... Martin Petrozza, me encanta tu actitud. por cierto Verónica Pinciotti, termina de contarnos lo q falta lo mas pronto q puedas jeje, me quede muy clavada en el texto.

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  17. Exelaris Matorral del Monte18 de diciembre de 2011, 23:10

    Este relato me ha inspirado. Por alguna razón misteriosa me llené de emoción y yo también quiero. Por la noche saldré por las calles de Los Angeles a buscar la historia. A ver como le va a alguien que nunca sale de su cuarto.

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  18. Regrese a los sesentas...

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