sábado, 15 de mayo de 2010

Sueño cefàlico

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La noche había comenzado y en el radio las noticias estaban poco interesantes. Terminé el último café en la cafetera. Estaba solo, siempre es así. Trabajo hasta el final. Por esos tiempos había comprado una pequeña motocicleta. El tráfico era terrible. Subí a mi nueva compañera y salí entonces a toda velocidad; me apuraba llegara casa, abrazar a mi mujer, mis hijos, cosas cotidianas que esa noche me parecieron excelsas.



Seguramente toda mi familia ya dormía y yo recortando unas horas, tan sólo unas horas, a mi extensa jornada laboral, ¡que sobrio de afecto soy! El trayecto de por sí largo me pareció interminable. Aumenté la velocidad, me urgía llegar. De pronto, no supe cómo, un camión de basura apareció frente a mí, ¡inmenso! No tuve tiempo de frenar o virar el manubrio; me estampé de lleno.



Nunca imaginé un hospital alegre. La paciente de cáncer cervicouterino bailaba al son de una canción cantada a capela por el paciente de cáncer en la garganta. El cero positivo era hermoso, las ojeras, la fatiga, las manchas en la piel, todo se había ido, ya no era gay. Todo ese alboroto me tranquilizó, estaba cansado y me dejé llevar hasta quedar dormido.



Una mano me despertó con un toque en el hombro. Era el doctor. -Analizamos su caso- dijo -usted sanará- Me levanté animado por las palabras del hombre –Espere- me detuvo el doctor -aún no se repone del todo, descanse y mañana saldrá de aquí. Una operación de rutina y quedará como nuevo- Obedecí y observé a mi alrededor, todos habían sido dados de alta; gané confianza.



A la mañana siguiente mi felicidad decayó. Entró el doctor y me dijo –La operación fue un éxito.- Intenté levantarme entonces pero ¡sorpresa! Mis brazos no obedecían, mis piernas tampoco: ¡No tenía brazos ni pies! Tampoco tórax, nada, era una simple cabeza. Grité horrorizado. –Lo siento- dijo el doctor -es todo lo que pudimos hacer- Lloré las pocas lágrimas que salieron de mí, no podía concebir una vida cefálica, ¿Cómo iba a abrazar a mi mujer?



Me llevaron por la fuerza, no les costó trabajo, y me dejaron en casa. Mi esposa lloraba terriblemente, mis hijos se espantaron, no querían ver un papá sin cuerpo, los vecinos murmuraban, toda mi vida era ahora una pesadilla. Rogué a la muerte me llevara. Apareció en forma de hormiga. Yo estaba en la mesa de la cocina para hacerle compañía a mi mujer y una hormiga trepo hasta interponerse en el camino de mi mirada gacha –Hola Carlos, soy la muerte- me dijo – ¿cómo estás?– Supliqué me llevara –Mira Carlos, la cosa está así- respondió - No te toca aún, si quieres morir, mátate tú. Y se fue la hormiga a paso tendido.



Una energía interna brotó y salté y salté. Dando pequeños saltos sobre la mesa llegué al borde del abismo; mi mujer no me escuchaba por el estropicio de la máquina de licuar. Di el último salto…



Desperté en el hospital, la gente se escuchaba alegre, todo había sido un sueño. Quise mirar la realidad, dulce realidad; pero algo pasaba, ¿estaba ciego? Llevé las manos a mis ojos, pero… ¡Oh no!... ¡No tenía cabeza!




 

2 comentarios:

  1. Vaya es interesante. Lo siento un poco apresurado pero la idea me gustó mucho. Felicidades.

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  2. No sé si era la finalida del texto, pero a mi me produjo risa, sin descartar que tiene una dimensión muy profundo. El giro del final es muy interesante (y cómica en contexto) y la descripción de "hospital alegre", ese hermoso cero positivismo me gustó mucho

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