sábado, 1 de mayo de 2010

La clínica 2

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La mayoría de las personas que hablan de política, y se quejan, y son pobres, saben muy poco de política. Conocen apenas los esbozos que la prensa les deja ver. El gran monstruo está detrás; y no es un monstruo. Es total y completamente humano aprovecharse del prójimo. Los escuchaba parlotear de políticas y de reformas e impuestos, desde la cama. Comencé a visitar la clínica con más frecuencia. Luego ya no paré. El miedo a las agujas no era tan grande como el miedo a dormir en las calles. No soy un tío duro, me repetía. Así que como el tío blando que era, tomé el camino más fácil. Que por cierto, nunca resulta tan sencillo. La vida es dura le mires por donde la mires. Por mi parte leía un libro de Fante. No quería involucrarme en el tema de la política. A mí la política me tiene sin cuidado. Soy apolítico. Mucha gente me ha criticado por ello, sin embargo, es normal en mí. A mí todo me importa la puta madre. Generalmente recibo más quejas sobre mi persona que las quejas que yo lanzo sobre otras personas. Estoy equilibrado. Me da igual. Yo únicamente deseaba paz y tranquilidad. ¿No es lo que todo mundo quiere? A mí me parece que NO. Pero estos tíos de la verborrea izquierdista se pasaron a la literatura. Y eso sí no lo soporté. Decían que Carlos Cuauhtémoc Sánches y Carlos Fuentes Macías, eran la misma persona.  Confundían La fuerza de Sheccid con Aura. Yo no sé qué tiene qué ver pero lo hacían. Era evidente que no habían leído ni uno ni otro pero se desvivían por dar la mejor opinión; y la sustentaban con gritos y frases trilladas como: TE LO DIGO YO. Realmente tenía ganas de gritarles un par de cosas pero opté por meterme al sanitario a seguir con Fante hasta la media noche.

 A las cinco de la mañana nos despertaron para canalizar nuestras venas. No me dolió tanto como la primera vez. A nadie parecía doler tanto como a mí la primera vez. Todos parecían muy secos y acostumbrados. Tenía que aprender el negocio si quería sobrevivir en esto. En algo. Me rodeé de viejos lobos de mar. Y concluí: hay tres reglas para este negocio, a saber, 1) Tener necesidad. 2) Detestar el trabajo, verdaderamente repudiar el trabajo. Y 3) No respetar tu cuerpo. Si tienes la necesidad pero no odias el trabajo, puedes acabar cargando bultos en la Merced y quizá, no estaría tan mal. Pero si aborreces el trabajo y respetas tu cuerpo, también, y sería el infierno. Son las tres reglas del voluntario profesional. Algunos tíos de tiempo consideran a esto un empleo. Y en cierta forma, lo es. 

Yo hablo de La Clínica aunque en realidad hay por lo menos una docena de ellas. Una persona puede estar registrada únicamente en un lugar a la vez. Y puede asistir únicamente una vez al mes. Claro, esto no es rentable. Y con la necesidad encima, el odio por el trabajo y lo poco importante que es el cuerpo, uno se tiene que inventar un modo para sacar más jugo a todo esto. Y ese modo es estar registrado en cuatro o seis clínicas distintas al mismo tiempo. No es tan simple. Las clínicas se corren información de los voluntarios y hay que inventarse nombres y direcciones y a veces incluso sacarse I.F.E.'s falsas y facturas de teléfono. Esto no resultó difícil para mí. Soy experto en decir yo no soy Martin Petrozza y no tengo problemas con ley, usted me confunde, soy Kareem Abdul Jabbar. Aprendí esto de mi padre. El viejo era un loco paranoico que me hacía decir a todo mundo que yo no vivía en donde realmente vivía y no dar a nadie el número telefónico. Esto, a la larga, me sirvió de mucho. Me sentía con la confianza de estafar un banco. Y cogí el hábito de tener siempre a la mano identificaciones y comprobantes de domicilio falsos. No eran del todo falsos, quiero decir, de algún modo yo guardaba recibos telefónicos de Garrison, de la abuela, de mis ex novias y de todo mundo. Era como tener siempre un As bajo la manga. Yo sacaba credenciales o créditos con toda esa documentación y los verdaderos propietarios de todo eso no lo sabían. No era para tanto. Era cuidadoso y jamás metí en problemas a nadie. Excepto a la abuela, a la que siempre metía en problemas. Y es que llevo haciendo esto desde los dieciséis. 

 Para desayunar nos dieron huevo. Y cuando digo nos dieron huevo quiero decir que apenas y nos dieron huevo. Una vez canalizados, es decir con el catéter enterrado en nuestro brazo, nos dieron el medicamento y comenzaron a sacarnos sangre. Cada diez minutos de ocho a diez de la mañana y cada media hora de diez a doce del día. Y a las doce nos dieron huevo. Y los gilipollas seguían dándole al parloteo. Ahora decían que Gary Jenning era historiador y que toda la historia de la civilización Azteca estaba vertida en su libro "Azteca". Yo realmente quería salir de allí.  

 Cada estudio requiere por mucho una semana de tiempo. Así, uno puede internarse en cuatro o cinco sitios diferentes al mes. Lo que reporta utilidades mínimas de ocho mil a diez mil pavos. Dinero sonante y constante que se gana con el sudor y la sangre. Y definitivamente, es mejor que cargar bultos. Los riesgos son los mismos riesgos que corre cualquier porrero de mierda. Los medicamentos son droga. Así que uno puede malviajarse, o en jerga médica: dispepsia, pirosis, náuseas, hemorragia gástrica, somnolencia, cefalea, depresión y ototoxicidad, y prurito. 

 Como ya me tenían harto la bola de gilipollas hablando de tanta mierda, me refugié en la bendita soledad de mi cabeza. Me leía Fante o me ponía a pensar. Y fue así que llegó esta mujer. Se acercó y me dijo tú tienes algo especial. Yo pensé, claro, nena. Pero no. No se refería a nada especial como lo especial a que yo aludía. Me dijo tienes un ser oscuro jodiéndote la vida. No dijo jodiéndote, ya se sabe. Dijo: dañándote. Me pareció interesante y le dije cuéntame más. Yo no me lo tomaba enserio. Ella decía yo poseo cierta sensibilidad. Y entrecerraba los ojos. Como para enfocar mi alma o algo. Y yo decía, no sé, quizá tengas razón. Y sí, realmente llegué a pensar que podía tener razón. Recuerdo que a los diecisiete se me metió un diablo.  Ya no pensaba en ello pero lo sabía. Dejó de molestarme pero eso no quiere decir que me dejó. Y esta tía venía así de pronto y me decía tienes un ser oscuro dañándote la vida. Me recomendó ver un brujo. Yo por mi parte le recomendé ver un psico. Y nos hicimos amigos. Cambiamos números de móvil y estuvimos platicando toda la tarde. Interrumpíamos cuando había que sacarse sangre y regresábamos al tema. El tema era yo. Decía eres especial y lo repetía tanto que llegué a confundirme. Traté de llevarme todo por el buen sentido. Si quiso un polvo debió haberlo dicho. Yo nunca digo que no. Como sea no fue eso lo que dijo. 

A las cuatro de la tarde comimos salpicón de pollo. Claro, eso era dos o tres tiras de pollo deshebrado y algo de cebolla. Un vaso de agua y una gelatina del tamaño de la cabeza de un pene promedio. Esto último lo dijo una tía pelirroja que sentose a mi lado a la hora de comer. A mí la comparación me pareció acertada. Pero los gilipollas comenzaron a hablar. ¡Dios! Dijeron: hija no seas tan descarada. Y entre todos le echaron un rollo sobre moral y decencia. Y también le echaron unas miradas. Lo que verdaderamente querían decir estos tíos era: si eres tan puta, acuéstate conmigo. Pero no lo iban a soltar allí. Allí ni en ningún otro lado ni nunca. Eran más bien de la clase reprimidos. La pelirroja no se defendió. Disfrutaba ser el detonador de aquellos comemierda. Y yo disfrutaba que ella lo disfrutara. Yo era su cómplice. Porque después dije: qué rica gelatina. Y ella río. Y le hubiese seguido el juego y tal vez la hubiese follado pero no lo hice porque en el fondo ella era tan gilipollas como aquellos. Un día antes la vi vendiendo desodorantes por catálogo. Se ganaba la vida de alguna forma. Igual que todos. Los vendía dentro de la clínica. No tenía los botes, tenía el catálogo. Vendió algunos y luego fue conmigo. No, gracias dije. Insistió e insistió y eso, eso desató en mí una antipatía por la pelirroja que no la hubiese follado aunque fuera Scarlett J. Quiero decir que si Scarlett J. vendiera Avon, sí la follaría. Pero no a esta zorra pelirroja. 

  Después de comer nos dejaron subir a los cuartos. Yo tenía dos opciones: continuar escuchando a la chalada espiritista, o, ir a dormir el rato que falta para salir. Decidí Dormir el rato. Subí, me eché en la cama y me dormí profundamente. A las ocho de las noche me despertaron las enfermeras. Querían más sangre, mierda. Se las di y me dijeron ya no te duermas. ¿Entonces qué hago?, dije. Fórmate allí, dijo una. Era una cola para firmar el deslinde de responsabilidades de la clínica sobre nosotros. Me formé y firmé el papel. Yo sabía que no pasaría nada pero firmar ese papel da miedo, tío.  
  
A los quince años jamás imaginé que yo acabaría así. La vida nos da sorpresas. Y además, a los veinticinco, la vida no se ha terminado aún. Todavía hay esperanzas.




Petrozza, M. Mayo 2010.

2 comentarios:

  1. Yo quiero ir a este lugar. Tienes que decirme dónde queda o qué onda. =)

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