viernes, 21 de mayo de 2010

Fabulástica infancia

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Venga, aquí les dejo un cuento de mi amigo Garrison para Whisky en las rocas: 

Estudio en cuatro paredes y azul.

Y pensábamos en esa cosa increíble que habíamos leído, que un pez solo en su pecera se entristece y entonces basta ponerle un espejo y el pez vuelve a estar contento…
Julio Cortázar en Rayuela.
A la memoria de J.D Salinger


A Sofía le compraron el pez justo en la época navideña, por eso no le extrañó el color púrpura rociado con un azul muy tenue, casi como el cielo. Al pez, a su vez, tampoco le sorprendió ser adquirido, pues en  navidad es común comprar y regalar objetos aunque éste sea un pez condenado a la soledad entre cuatro paredes. El animal movió y extendió la cola, conmovido, seguro y apantallante, y en ese momento la madre de Sofía pudo percatarse de que aquél era el regalo perfecto para su hija imperfecta. Naturalmente, cuando lo compró, el pez pasó de la reducida pecera a una más estrecha bolsa plástica inflada con aire y un agua más oscura que la noche. A él esto no le importó, pues conocía la rapidez del viaje. Ya podía imaginar su nuevo hogar adornado con una casita sin espacio, dos o tres plantas acuáticas muy tristes, y quizá, si bien le iba, algunos acompañantes de otras especies: una tortuga, un pez japonés o el clásico crustáceo en el olvido. Con un poco de suerte él iba a tener el honor de acompañar a tan enigmáticos seres en la nueva morada.

La madre no tuvo ninguna consideración con el animal durante el trayecto a la casa. Lo guardó torpemente en su bolsa de mano y viajaron durante treinta minutos por el metro de la Ciudad de México, con tales movimientos que la bolsa parecía el mediterráneo en un día lluvioso. Al pez el tiempo se le hizo rápido y a la vez eterno, pues no conocía la medida del reloj. Se dejó mecer por las violentas olas y chocó constantemente contra los límites del mar.

En la casa Sofía esperaba a la madre con muchas ganas de recibir el regalo. Ella quería una muñeca que caga, la blusa del momento o un juego de té para pasar horas inolvidables con alguna amiga. Cuando la madre entró en el cuarto y le entregó el pez, a Sofía se le desvanecieron todas las ilusiones.

En un principio no supo qué hacer con él, pasaron por su cabeza diferentes ideas las cuales iban desde sacarlo del agua para ver cómo moría lentamente, dárselo al gato como cena, o depositarlo en una pecera y esperar a que se lo tragara la soledad. Escogió la última opción. La pecera era cuadrada y tenía como único adorno el agua transparente. Sofía sacó al animal de la bolsa de plástico y lo depositó en su nuevo hogar cuadrado. Agregó un poco de comida, fue al baño, apagó la luz, y salió a jugar a la cuerda con una vecina.

Cuando Sofía regresó al cuarto el pez estaba dormido tras un oscuro rincón. Al verlo sintió invadida su privacidad y arrojó una chamarra a la pecera para que no la espiara mientras dormía. Aquella noche la niña tuvo pesadillas. Soñó que se encontraba en el mar y era tragada violentamente por un tiburón negro. También soñó con un día lluvioso donde salía tranquilamente a mojarse en el aguacero torrencial como suele hacerlo en la época decembrina, y de un momento a otro, de buenas a primeras, vio cómo una de esas gotas se convertía en un molusco gigantesco  que abrió la boca y la devoró enterita con todo y su cuerpo flácido y mojado. El tercer sueño fungió como la venganza de Sofía, en él iba caminando tranquilamente por el mar, pisando todos los peces que se encontraba en el camino. En esa aventura mató un tiburón, a un molusco con grandes dientes y a un pez indefenso, azul, que nadaba plácidamente hacia un coral con aspecto luminoso.

A la mañana siguiente la niña despertó compungida  pero feliz, estiró las piernas, salió de la cama rápidamente y fue a destapar al pez cubierto por una chamarra rosa con flores amarillas. En esa ocasión quedó prendada por el movimiento estrecho del animal y sintió lástima por él pero también por ella misma. El pez estaba atrapado en la soledad de las cuatro paredes de su improvisada pecera, y ella entre otras cuatro que a su vez encerraban a las del pez. Ambos sintieron estar en una caja china y la complicidad llegó a ellos.

Pasaron toda la mañana admirándose y conociéndose.  Cuando el sol ya estaba en el cenit Sofía decidió, abruptamente, que nadie más podía ver aquel animal, pues había sido un regalo, y como todo regalo, éste no tenía por qué ser apreciado por otra persona. Cuando tomó la decisión la niña trazó un plan maquiavélico para ocultarlo. En una ocasión la madre tocó a la puerta y ella fingió tener diarrea y así la ahuyentó, pero antes de irse gritó que el nombre del pez era Manolito, como su hermano muerto. En otra guardó la pecera debajo de la cama mientras iba a comer por si acaso la sirvienta entraba a ver qué robaba, y en otra, un poco más extrema, llenó con agua un viejo florero que servía para depositar lápices, sacó al pez de la pecera y lo depositó allí para guardarlo en el cajón de los cuadernos. Tomó esta última actitud porque la madre la había obligado a ir al supermercado a comprar alimento.

Pasaron dos o tres días. El plan había surtido el efecto deseado porque nadie vio al pez condenado a la oscuridad. Ella lo sacaba todas las tardes, lo contemplaba, le dirigía algunas palabras y posteriormente lo volvía  a guardar en el oscuro cajón. La madre ni siquiera preguntó por el regalo y Manolito llegó a estar en el olvido.

Fue una tarde lluviosa cuando Sofía decidió que no volvería a salir del cuarto e iba a pasar la vida tumbada en la cama comiendo aire y admirando al pez. Llamó a la madre para contarle la nueva decisión y ella lo tomó como el juego de una niña tonta sin ninguna ocupación. En ese momento Manolito estaba escondido debajo del cojín, encerrado en una cajita de cristal. La madre salió del cuarto y pronto olvidó las palabras de la niña.

Horas más tarde Sofía estaba absorta en la contemplación, lejos de aburrirse sentía felicidad y dicha plena. Con el tiempo llegaron a establecer un tipo de comunicación a través del agua: la niña preguntaba algo introduciendo el dedo en la pecera y Manolito respondía con ligeras mordidas. Fue así como llegaron al noviazgo, Manolito lo propuso mediante seis mordidas realizadas equitativamente.

Tres días más y la madre seguía despreocupada por la actitud de Sofía, para ella seguía siendo un juego de niñas y llegó a pensar que si su hija decidió encerrarse con un pez en la habitación, es porque a todas las niñas les pasa lo mismo. Sofía por su parte no se alimentaba de aire sino de caramelos y agua de la llave. Manolito comía tediosas bolitas dos veces al día.

Para no aburrirse la niña inventaba historias extraordinarias, a veces imaginaba ser una exploradora en el Amazonas, viajando en un jeep con una escolta de muñecas y manolito como chofer y guía. Otras imaginaba que se casaban bajo el mar. A la ceremonia no asistía su familia porque se hubiera ahogado en el trayecto, pero la familia del prometido sí que podía estar en la ceremonia, y después de una larga misa ya eran marido y mujer entre algas multicolores y peces de todos los tipos posibles. Ella no se ahogaba porque al ser la novia del pez, éste le otorgaba todos sus atributos marinos.

A los pocos días Sofía acabó con todas las provisiones. Ni ella ni Manolito tenían para comer y decidió que aquella era una forma muy romántica de pasar a la otra vida, muerta de hambre a lado de su amado. Se entregó por completo a la meditación y a la observación, las horas parecían minutos y los días horas, rápidamente fue perdiendo la capacidad de medir el tiempo. Ambos amantes se entregaron por completo al amor.

Mientras tanto la madre volaba en una nuble blanca poco colorida, salía a pasear y no recordaba a su hija. En una ocasión alguien le preguntó por ella y sólo contestó, tranquilamente, que estaba en su cuarto admirando al pez. Al interlocutor esto le pareció de lo más normal y continuaron viajando en la nube lentamente, hasta aterrizar en un hotel de paso y ensayar las artes amatorias.

Fue una tarde soleada cuando Manolito decidió acabar con el amor y murió con la panza boca arriba. Sofía estaba tumbada en la cama, pálida y desnutrida. No se dio cuenta de la situación hasta bien entrada la noche. En un principio la posición del pez le pareció natural y hasta divertida, creyó que estaba jugando al muerto y no le hizo mucho caso. En esa época la pareja pasaba por un déficit de atención.

Sofía durmió molesta y no despertó hasta la mañana siguiente, indignada por la actitud del amante. Cuando lo visitó pudo darse cuenta de que no estaba enojado ni haciéndose el chistoso, sino bien muerto entre moscas ahogadas por el hambre. Lloró unos momentos la pérdida, después lo sacó del agua y lo guardó en una caja que sirvió como tumba, fue al jardín y lo enterró sin honores, pues no sabía cómo eran los funerales entre los peces.

La madre vio a Sofía mientras entraba y la saludó cordialmente, ofreció la comida y ella aceptó gustosa un vaso de agua con dos huevos estrellados. Poco tiempo después subió al cuarto, sacó un cuaderno y apuntó “La viuda de Manolito” con una carita feliz. Escogió un vestido negro que le pareció de luto, peinó su cabello con dos trenzas amarradas con hilo morado, salió de la casa  y buscó a la vecina para jugar a la cuerda. Cuando ésta le preguntó en dónde había estado todo ese tiempo, ella le contó la historia y la vecina ofreció las más sinceras condolencias. Después apareció la noche y la niña regreso a su casa.

Ya en su cuarto durmió feliz por haber enviudado,  ahora podía despertar hasta tarde, comer a sus horas y salir a jugar con la vecina. Al otro día cogió el papel donde había apuntado el día anterior su condición para corregirlo. Ahora se hacía llamar “La campeona del salto en la cuerda”.



11 comentarios:

  1. Que buen cuento, me gusto mucho. Ese Manolito, pobre. =)

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  2. Ay es la vdd, d hecho ahorita ando viendo el perfil de la pagina, no sabia que tienen un buen gusto para los libros y musica, vientos! ya son mis autores favoritos de vdd d vdd, ando andonanado con que escriben son muy buenos, bien sigan asi! no nos decepcionen! ok

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  3. Excelente cuento, =) felicidades.

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  4. No esperaba el final, es muy bueno, creo que hay mucho detrás de este cuento. Me gusto. Espero que sigan publicando como hasta ahora, gracia por compartir sus escritos con nosotros.

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  5. Este me gusto mas. llevo siguiendo el blog desde hace tiempo, como te dije en el otro comentario y me gusto por la vida de petrozza pero este cuento me gusto mucho. los cuentos de veronica tambien me gustan mucho. y los de abdul. pero siento que cada vez entiendo menos, como te decia. estaras escribiendo por aca?

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  6. Estaré escribiendo por acá, claro. Los personajes del blog son mis compañeros, a veces tomamos Whisky y a veces sólo cerveza.
    Gracias a la gente que encontró en este texto un segundo sentido y vio las metáforas, tan imprescindibles en la literatura.

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  7. Que bella forma de reproducir lo que es el amor; admiraciòn, el sentimiento de sentirse agredido por el otro, el deseo de exclusividad, la importancia única que se le da a lo amado hasta el punto de la adicción, y luego lo fácil que todo se puede acabar y hasta olvidar... así lo entendí yo por lo menos,aunque el texto, como todo buen texto de literatura, no agota el sentido en ninguna interpretación. Excelente cuento

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  8. Interesante cuento el final es magico saludos.

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  9. Regalan un pez a una niña. Es Navidad. ¡Y el pez no importa a nadie en lo absoluto! Es el fetiche del amor familiar, la cosa del intercambio bolsita-de-plástico-rellena vs. sonrisas-te-amo-papi-whatever… ¡Qué triste y amargo regalar al pez! Trata de pescados. Ninguneo del pez que resopla burbujas aburridas en su bolsa. Y dentro de una burbuja está el padre regalando el pez a la niña.

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  10. Repudio enérgico y descerebrado de tu texto, Mr. Garrison, que no tiene corazón para rescatar a ese pobrecito pez que sufre de arbitrariedad en arbitrariedad el abuso de tu imaginación sádica, de torturador de puño y teclado, aguijonando el espíritu de idea de un pez inexistente a quien has impuesto violentamente todo: el nombre y el destino. ¡Eres peor que dios!

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