lunes, 3 de mayo de 2010

El Sr. Anderson o Mi primera vez.

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En el fondo, debo confesar, no soy la mitad de rebelde , valiente ni independiente de lo que digo ser. Lo que no quiere decir que no sea valiente, rebelde o independiente. 

 A los catorce años, mi profesor de filosofía, el Sr. Anderson, obligome a leer Nietzsche. Si mi padre hubiese conocido aquel detalle, hubiese enloquecido. Mi padre enloquece por la mayoría de las cosas. La filosofía nihilista de Nietzsche (si es que Nietzsche es nihilista) me sedujo de inmediato. Era una niña de catorce años leyendo el Zaratustra y entendiendo un carajo; pero seducida por aquellas ideas subversivas sobre la moral y los valores modernos, trasgiversados. El Sr. Anderson era para mí un hombre terriblemente superior. Me atraía en la medida en que un hombre inteligentísimo atrae a una adolescente ingenua, ávida de conocimiento. O sea, me atraía muchísimo. Y para él, yo era una platónica lolita en la medida que AÚN no me follaba. De toda la clase yo era la única que verdaderamente prestaba atención a las interpretaciones filosóficas del viejo rabo-verde. Claro, yo concebía al Sr. Anderson como un ser dador de conocimiento y dueño de La Verdad. Me inquietaba que a diferencia de mi padre, Anderson se despreocupara tanto del qué dirán. No le importaba para nada llegar despeinado a clase, con resaca, y ponerse a pregonar Dios ha muerto. Y luego invitarme a cenar. Era una especie de SuperHombre. Aunque claro, a los catorce años yo no podía cenar con nadie que no fuera mi padre.        

 - Preciosa, tú y yo tenemos que comernos un pollito -, me dijo Anderson. Con mi inexperiencia, yo no sabía qué era comerse un pollito. Por la frase ya se sabe: Anderson era un vulgar profesor de filosofía. Pero para mí era el único hombre capaz de entenderme -Claro Sr. Anderson, lo que usted diga-, contesté. Aunque no tenía idea. No hubo pollo. Me invitó a su apartamento en Polanco (que después supe: no era suyo; se lo prestó un amigo. Quería impresionarme). Y comerse un pollito no era comerse un pollito. Era comerme a mí. Yo era la pollita. Y Anderson, un viejo lobo...

 Antes de continuar, debo decir una cosa: no es que yo no lo supiera. Una mujer siempre sabe, PERO, una no siempre lo quiere aceptar. Aveces nos dejamos arrastrar hasta un punto donde nos echamos para atrás. Supongo que por ello tantas veces rompemos corazones. O como lo veo yo: quebramos libidos impetuosas. Y se nos acusa de prender el boiler, y no ducharnos. Es parte de nuestra naturaleza. Nos gusta ser objeto de deseo. No conozco una mujer que no lo disfrute. El problema radica en que lo sabemos: una vez consumado el acto sexual, pasamos, de ser OBJETO DE DESEO, a OBJETO DE ORNATO. Un trofeo ganado por el ego masculino. Y un trofeo ganado no es un trofeo deseado. A mis catorce años, virgen y con los senos desarrollados, ¡yo era un excelente trofeo deseado! Un trofeo que no pertenecía a los chicos de mi edad. Un trofeo que si había de ganar alguien, debía ser alguien experimentado, inteligente, y malicioso. Alguien libre (o libertino), capaz de comprenderme, seducirme, interesarme y convencerme. El Sr. Anderson.  Es decir, alguien opuesto a mi padre. Y en el fondo, la imagen del padre. De un padre ideal. Un padre que me jodiera no con reprimendas sino con el falo. Y ese falo debía ser la suma de todo lo deseado: la libertad. ¿Libertad de qué? Libertad del himen. Libertad de follar, en adelante, sin perder la virginidad. Libertad de hacerlo con un señor que me triplica la edad o más. Libertad de decidir. Bien o mal pero decidir por la santa voluntad de mis ovarios. Libertad del padre. Hay que matar al padre, dice Freud. Pero, ¿qué es matar al padre? Acostarme a mis catorce años con un cincuentón, eso, realmente podía matar a mi padre. De un paro cardíaco. O podía mi padre matar al Sr. Anderson, que en cierto modo también era matar al padre. Lo que yo deseaba matar era mi sed. Mis ansias por descubrir el sexo. El sexo nunca fue algo sagrado para mí. El sexo era para mí, la manera de asentarme como individuo, como mujer, sobre este mundo. A los catorce años ya intuía que el sexo y mi feminidad son el volante de mi vida. Y el volante de la vida de todos los hombres. Ya intuía yo, con toda mi inexperiencia, que no era Anderson quien llevaba la batuta sino yo. 

 El Sr. Anderson era la personificación de todos mis autores amados: Blake, Sartre, y sobretodo Nietzsche.  Era el único ser sobre el planeta (mi pequeño planeta) capaz de decir abiertamente a una niña de catorce años: te deseo. Y por eso, sólo a él, una niña de catorce años se le entregaría. Es un fenómeno corriente. Miles de mujeres hermosas, capaces de tener al hombre que quieran, andan solas por la vida, porque ningún hombre las conquista. La inferioridad los acompleja. Y por eso se ve tanto sapo con tanta princesa. Los sapos son feos pero no cobardes.  Contrario a esto, Anderson no era valiente. Ni era un sapo. Era un hombre lleno de miedo. Incapaz de ligarse una mujerona de su edad. Esto sí que yo no lo sabía. Para mí era un hombre valiente, audaz, pícaro y SABIO. Cosa que tampoco era. Apuesto que cualquier profesor de filosofía hubiese conocido tanto aquellos datos sobre la vida y obra de Platón. Incluso podría ser que muchos supieran más y más. 

 ...Pero estábamos en el apartamento de Polanco. Me recibió con aliento alcohólico. Tenía una botella de tequila a la mitad. Bebía directamente de la botella pero a mí me ofreció un vaso. Yo nunca había bebido. No se lo dije. De todos modos no le importaba. Lo terminó de llenar con refresco de toronja y me lo dio. Sobre la mesa, a lado de la botella, había un libro. Lo tomó y leyó. Era un libro de Sade. Leyó en voz alta pasajes del libro en un burdo intento por despertar mi curiosidad sexual y mi excitación. Desconocía que todo estaba destinado. Una niña de catorce años no va al apartamento de un hombre maduro, sola, y acepta un tequila para ver qué pasa. Para ver si despiertan su curiosidad. El acto es síntoma de una curiosidad ya despierta. Además, no me excitaba para nada las imágenes sexuales de hombres y mujeres cagándose la cara. 

  Todo ocurrió muy rápido. Tenía poco tiempo. Había escapado de la tiránica vigilia de papá, so pretexto de un trabajo escolar en casa de Sherly. Si tardaba demasiado, papá no dudaría en telefonear a los padres de Sherly, y descubriría la mentira. La vida de mi padre, o la de Anderson, o la de ambos, estaba en juego. Me sentía sucia, mentirosa, guarra. Y me gustaba. Le arrebaté a Anderson el libro y le besé en la boca. En su avejentada boca, con su avejentado y etílico aliento. Y le metí mano. Respiraba violentamente. Guturalmente. Hacía un ruido espantoso justo en mi oído. No me desanimé. No podía salir de allí virgen e ingenua como había entrado. Me quitó la blusa en dos segundos y me chupó las tetas. En dos segundos más estaba sobre mí. Levantó la falda, ladeó las bragas e intentó desesperado meter el falo levemente tieso en el minúsculo agujero. Finalmente lo logró. No lo sé con exactitud, me pareció una eternidad, pero calculo que todo debió durar unos veinte minutos. Anderson se corrió y estaba exhausto. Yo apenas entendí la cosa. Me dolía, sangraba y no sentí el grandísimo placer que se supone debe sentir una. Me quité al viejo de encima, me levanté, y salí corriendo. En las escaleras me abotoné la blusa. Y corrí, corrí, corrí. No corrí por el tiempo, lo hacía porque era libre. Y porque estaba maliciosamente asustada. ¡Lo había hecho! Había roto la cadena. Anderson podía irse a la mierda. Mi padre podía irse a la mierda. ¡Todos podían irse a la mierda! Ahora yo era Verónica Pinciotti, una mujer libre. UNA MUJER.  Había tomado al toro por los cuernos; al mundo por el falo. 

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El sexo no te libera. Te encadena. "Freud pensaba que la vida sexual del hombre se encuentra seriamente amenazada y que en algunas oacasiones da la impresión de ser una función  en proceso de atrofiarse." (Teresa del Conde). Si es así, el hombre vive en constante lucha con su libido. Cosa que es, de hecho, la premisa de la obra Freudiana. Aquel día en el apartamento de Anderson yo no me liberé. Me até. No soy la mitad de libre que digo ser. La libertad es una trampa. Una quimera. No soy la mitad de independiente que digo ser; dependo. Ni soy la mitad de valiente que digo ser. Todos mis actos los mueve el miedo. 

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Cómo empieces tu vida sexual es cómo acabarás tu vida sexual. Las putas siempre comenzamos con alguna putería. Y ya no paramos. El sexo es una adicción. Adicción a tener el control. Cuando una mujer hace el amor, tiene el control. No importa si es el hombre quien domina el acto. Es la mujer quien toma el control del mundo. Las putas follamos mucho pero no hacemos el amor. ¿Por qué no lo hacemos? por miedo. Miedo a perder el control. A compartir o perder ese único control que poseemos. Tenemos que coger los penes que desposeemos y metérnoslos para completarnos y tomar el control. Si no lo hacemos, no estamos tranquilas. Somos rebeldes. Aunque no soy la mitad de rebelde que digo ser. La otra mitad está en algún pene. 



10 comentarios:

  1. Que mala onda que tu primera vez sea con un viejo. Entiendo que tú no lo veías así. ¿Cambiarías si pudieras esa primera vez?

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  2. Me gusta mucho tu manera de expresarte! Analizas hasta el ultimo detalle de tus acciones. Es como si tu misma fueras el personaje de ti.

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  3. una mujer que no le da pena aceptar que es puta. que buena mujer.

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  4. Queridísima verónica, me demoré un poco para comentarte algo aquí y veo que se me adelantaron (el anónimo 1). Si algo me gusta de tus textos, viendoles, claro, desde una perspectiva literaria y no moralista, es que parece que no escribes tu vida desde adentro de tì, sino desde afuera, y por eso das esa sensación de sinceridad avasalladora, natural, lejos de rebuscamientos, sin importar mucho cuidar tu imagen de,o modificar los sucesos. Pereciera que escribes sobre otro y eso te permite explorar mejor tus propios actos. y bueno, la paradoja de la esclavitud de la libertas es genial...

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  5. Verónica Pinciotti7 de mayo de 2010, 12:20

    A Gloria S.: Hola, gracias por tu comentario. Al respecto: no, no me arrepiento de eso. De hecho no tiene importancia para mí. La primera vez o la segunda o la mil uno, es lo mismo. No sé porque las mujeres damos (bueno, me excluyo) tanta importancia a la primera vez. Como si de esa vez dependiera la felicidad de toda una vida. Esa primera vez tiene relevancia, sí, pero no relevancia sentimental, sino psicológica. Y si entendemos esto, nos libraríamos de tanta culpabilidad y resentimientos. No sé cómo fue tu primera vez, pero supongo que la consideras mejor que la mía. Y te apuesto que puedes estar muy equivocada. Porque aunque haya sido de ensueño, te apuesto que yo aprendí un par de cosas más y que me lo tomo tan poco enserio que siempre estraé aprendiendo un par de cosas más. =) sin afán de ofender ni nada, claro. Gracias por tu comentario.

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  6. Verónica Pinciotti7 de mayo de 2010, 12:23

    Franco:

    Hola!! Gracias por tu comentario!! ¿Sabes?, tienes razón en eso, siempre que escribo veo mi vida como la vida de alguien más. No tanto así. Me refiero a que la veo como en una película que tengo que narrar. Y me sirve tanto desprenderme de esas historias. Es como ser una víbora (jajajajaja en el buen sentido) y desprenderte de una capa de piel. Y así a cada relato. No tengo mucho tiempo haciéndolo pero lo estoy disfrutando. Es una forma de exhibirse, como dice Abdul, y eso nos va muy bien a algunas. Gracias por tu comentario =)

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  7. Wao!! pues tu manera de escribir es algo asi como kafkiano me gusto el desarrollo de la historia, deberian de sacar un libro, no?? y la pagina esta de diez, enserio!!

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  8. Este texto y el de tu boda son impresionantes si son reales es dificl que alguien se atreva a contarlos, felicidades

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  9. Esto me recuerda la vez que me enamore de mi profesor de letras. Yo no llegue a tanto y ya estaba más grandecita pero fue similar, yo lo veia como alguien maravilloso y termino siendo uno cualquiera.

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  10. Verónica: El texto me parece maravilloso, allende a la capacidad de narrar desde fuera la experiencia, por la decisión; rebosa decisión. Me encanta tu forma de vida y tu escritura por tu decisión.

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