martes, 25 de mayo de 2010

De mi compromiso con Scott F.



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Pero él era el que tenía mayores posibilidades, pues era rico y amable y, en aquel momento, el chico más deseable de Saint Pual. Para mí era imposible que Ellen pudiera preferir a otro, pero se rumoreaba que Ellen consideraba a Joe demasiado perfecto. Me figuro que Ellen lo encontraba falto de misterio, y cuando a un hombre se le presenta semejante problema con una chica que todavía no piensa en los aspectos prácticos del matrimonio… En fin…



Scott F. es mi prometido. O lo que antiguamente se consideraba un prometido. No sé si en estos tiempos la gente siga los modos cursis de usos y costumbres pretéritas. Al menos mi padre, el Sr. Pinciotti, sí. Y se la pasa repitiéndome que por el amor de Dios, respete a mi prometido. Que estemos prometidos significa que él, ha prometido casarse (y todo lo que esto implica), conmigo; y yo he prometido lo mismo aunque, para ser sincera, se lo he prometido más a mi padre, que a Scott. También me lo he prometido a mí un poco. En cuanto a mí, no es tanto promesa sino labor de convencimiento. ¿Es triste? Estoy comprometida con un hombre al que no amo. Todo este lío lo ha maquinado el Sr. Pinciotti queriendo lo mejor para su hija. Scott es lo que el Sr. Pinciotti, y algunas víboras del club, llaman: un buen partido. Aunque he dicho a mi padre que NO AMO A SCOTT, le importa poco porque ¡qué puedo saber yo de lo conveniente! De lo sensato. De lo mejor para MI VIDA. Tengo veinticuatro años y no sé nada de lo sensato. Lo más sensato es no aventurarse. Lo más sensato es no salir sin rumbo a la vida. Pero, créeme, si no lo haces, te pierdes la vida. Lo más sensato es no mezclar nitrato de potasio, carbón, y azufre. Pero si no lo mezclamos, ¿quién habría descubierto la pólvora? Quizá lo más sensato hubiese sido no descubrir la pólvora jamás, pero la vida sería taaan aburrida. Resumiendo: tengo veinticuatro años y no poseo la capacidad, madurez, o lo que sea, suficiente para manejar mi vida. Claro, todo eso es una reverenda tontería. Sé perfectamente manejar mi vida. Pero el Sr. Pinciotti no lo cree así. 

 Ha quedado claro: mi padre controla los detalles más importantes de mi vida. Cualquiera en mi lugar armaría un escándalo, o escaparía, o se resignaría. Y esto último sí sería triste. Yo en cambio, hago lo que la vida me ha enseñado a hacer mejor: saco provecho. La idea de casarse con un hombre al que no se ama, aterraría a más de la mitad de las mujeres. Aunque más de la mitad de las mujeres están casadas con un hombres que no las aman (cosa peor), y a los  que no aman. Pocas verían el asunto con tranquilidad, claridad, frialdad y ambición. Mi padre no está loco al proponer a Scott como marido. Está loco al obligarme. A lado de Scott tendré seguridad económica. Todas las mujeres excepto las histéricas, saben cuán importante es esto. Estaría loca si cambiara la buena vida por amor. Porque el amor es psicológico. Enamorarse de verdad es de mal gusto. Sé que seré terriblemente criticada por el último enunciado. No pretendo explicarme, pero lo intentaré. No lo pretendo porque es una batalla perdida. Es cierto que puedo renunciar a este matrimonio. Pero eso dañaría mucho al Sr. Pinciotti. Y en cierta manera, eso me dañaría a mí. ¿De qué manera? De la manera del sentido común: no tengo a nadie más para casarme, y Scott, es un buen partido. Mato dos pájaros de un tiro: satisfago a mi padre, y aseguro mi futuro. Un futuro donde podré dedicarme a lo que me plazca. Porque Scott es manso. No es un cabrón. Scott es un hombre decente. Y con él lo tendré todo. Incluso tendré a otros hombres si lo deseo. La infidelidad no me crea conflictos. Sería estúpido de mi parte ser fiel a un hombre que no amo. Y sería estúpido no ser fiel al que amo. Sentido común. Scott es para mí una forma de sobrevivir y de complacer al Sr. Pinciotti. ¿Me estoy sacrificando? No lo creo. Un sacrificio es algo que hacemos por voluntad propia y que nos duele. En mi caso no hay voluntad propia, y no me duele. La vida me lo ha enseñado, me ha dicho: Verónica, sácale provecho en lugar de quejarte o de llorar. Y eso hago. Si alguien es víctima aquí, es Scott. Pero tampoco. Las bodas sin amor son más frecuentes de lo que pensamos. Incluso el matrimonio es un contrato. Un acuerdo de voluntades donde se busca lo conveniente para dos partes. Y yo le convengo, y él me conviene.  

 Desde los veinte años supe que yo no amaría a nadie. Lo supe como se sabe que una no tendrá hijos, o que morirá joven. Es decir, quien sabe cómo lo supe. Me llegó de golpe. No recuerdo el momento exacto, ni el lugar exacto. Sólo lo supe. También supe que no tendría hijos y que moriría joven. Se lo dije al Sr. Pinciotti y gritó: ¡ninguna hija mía se quedará sin hijos! Ignoró la parte de morir joven. Las cosas que más le impactaban las ocultaba. Se las tragaba o algo. Y entonces supe que de alguna manera tendría que tener un hijo. Y esto si sería un sacrificio. Es como sacrificar un bebé en nombre del dios PADRE, de su felicidad y para que esté de buenas y no nos joda la vida. Pero ese es un asunto con el cual lidiar después. Hoy no nos incumbe. El Sr. Pinciotti dijo ninguna hija pero soy hija única. Creo que de allí le viene el proteccionismo. De allí y de la abuela. El Sr. Pinciotti es el más joven de tres hermanos y por tanto, fue el más protegido. A la fecha llama la abuela preguntando cómo está su hijo adorado. Y no pregunta por su nieta. Dejó de hacerlo el día que mi padre le contó que llegué tomada. Realmente no era gran cosa pero la abuela es experta en hacer una gran cosa de nada. Regañó a mi padre y regañó a mi madre. Le llamó hasta donde sea que vive la arpía de mi madre, y se lo dijo. La culpó, por supuesto. A mí no me regañó porque sabe que la mando al cuerno. Sólo dijo: dile a esa niña que acabará mal. Y mi padre también debe creerlo. Por eso el empeño en la boda con Scott. Yo no sé si acabaré mal. Sinceramente no lo creo. Pero no lo sé. Por si acaso, me casaré con Scott. De todos modos sé que yo nunca amaré a nadie. ¿Y si resulta que sí? MEJOR, así será un amor interesante y divertido. Novelesco. Aventurero. No un amor lineal. De todos modos, no lo creo. 

 El amor para mí es un juego psicológico. Y un juego químico. Lo químico no lo podemos controlar, claro, no a voluntad, pero sí lo psicológico. Esto quiere decir que si lo deseo y me aplico a ello, puedo enamorarme de Scott. No lo hago. No lo hago porque enamorarme de Scott sería demasiado tonto. Enamorarte de Scott es como subirte al carrusel en un parque de diversiones; puedes hacerlo pero no vale la pena con la Montaña Rusa existiendo en algún lugar del parque. No sería sensato. No se me da bien el amor. Más chica me gustaba creerme enamorada de los hombres. Me creía enamorad de verdad. Luego descubría que todo era más mis ganas de enamorarme que el amor de verdad. Recuerdo a Eddy. Me enamoré de él. Era un chico simpático, de buena familia y conducía un auto como un loco. Era un chico popular de ojos claro y un año mayor a mí. Yo tenía diecinueve años y creía en el amor. Me gustaba que se llamara Eddy. Me gustaba que condujera como loco y que todas las chicas lo pretendieran. Me gustaba ponerme celosa porque sonreía a toda mujer que se le acercara. Y a todas hacía la plática. Me gustaba que me diera alas y luego no. Y así. Yo era un juego para él. Lo sabía pero me dejé llevar. Creí que lo amaba. Nos hicimos novios y me llevaba volando en su auto. Me gustaba. Y luego hacíamos el amor. En su casa. Hacerlo con Eddy fue distinto a hacerlo con el Sr. Anderson. Fue mejor y pude sentir lo encantador del sexo. Eddy detonó mi pasión por hacerlo. Y me gustaría decir algo: todas las mujeres tenemos esa pasión. No lo aceptamos porque vivimos en un mundo extraño. Pero la tenemos y no la satisfacemos por miedo. Por miedo también es que la satisfacemos. Hay un punto medio, un punto sano. Incluso ese punto medio es mal visto por los hombres y muchas se guardan el sexo. Otras lo hacen a escondidas. El sexo es un vicio, cierto. Y es lástima porque la mujer puede acceder a ese vicio más frecuentemente que el hombre, y el hombre, no la deja. El hombre ama y condena a la mujer fácil. Hay mucho que limpiar aún. 

 Pero regresemos a Scott. Scott F. futuro funcionario público. Lo conocí hace dos años. Yo tenía veintidós y estudiaba administración de empresas. Él estudiaba economía. No lo conocí en la Universidad, no era parte de mi grupo de amigos y no hubiese sido siquiera un amigo si no fuera porque el Sr. Pinciotti lo invitó a comer aquella tarde de una fecha que no recuerdo. Pero estoy segura que era jueves y que eran las cinco de la tarde. Aquella vez no dijo nada pero mi padre ya se lo traía entre manos. Scott es el hijo de un amigo suyo. Lo invitó a comer aquella tarde y luego ya no salió de mi vida. De haberlo yo sabido… Quizá de haberlo sabido no habría hecho nada, si eso hacía feliz al Sr. Pinciotti, por mí, bien. Miré a Scott por primera vez sentado en la sala de mi casa con su sonrisa de hombre de mundo falsa. A Scott le falta algo para ser un verdadero hombre de mundo. Le falta ser más hombre. Más cabrón. No es que me gusten los machos pero en verdad, le falta ser menos decente al pobre. No sé qué habló con mi padre pero desde el primer instante se comportó como si ya me tuviera comiendo de su mano. Con una seguridad que se notaba ajena a él. Como un hombre que va de putas y se sabe feo. Sabe que por más feo que sea ninguna puta lo rechazará si paga el precio. No sé qué precio pagó Scott pero estoy segura que esa arrogancia era premeditada. Y mi antipatía se la estampé en la cara. Tanto el Sr. Pinciotti como Scott supieron desde el primer día que no iba ser tan fácil. Trató de impresionarme con dinero. Con chistes pésimos. Con viajes. Con falsa cultura. Luego se fue y regreso cada semana, cada jueves, a cada cinco de la tarde. Como un maldito reloj. Es metódico hasta el tuétano. Incluso mi padre cedió a denominar los jueves como: el día de Scott. Hacíamos planes, por ejemplo: Hija, mañana iré a comprar zapatos, ¿me acompañas?  Y yo decía: vale. Pero luego decíamos al unísono: no, mañana es día de Scott. No era nada original pero era algo que compartíamos. Tanto él como yo nos sacrificábamos para recibir a mi futuro prometido. En ese tiempo a mí no me pasaba por la cabeza prometerme a Scott. Luego, un día, me pidió ser su novia. Era demasiado pronto tomando en cuenta que jamás nos habíamos visto fuera de la sala de mi casa y bajo la supervisión del Sr. Pinciotti. Le dije que NO. Se fue y regresó el siguiente jueves. En ese lapso mi padre intentaba convencerme de darle el sí. Pero si es un ñoño, decía yo. Te conviene, hija, es mejor que todos esos delincuentes con los que sales. A los veintidós años yo ya era dueña de mi sexualidad y había decidido disfrutarla al máximo. La bola de delincuentes era todos aquellos hombres con los que me enrollaba. A los veintidós años yo era abiertamente dueña de mi sexualidad. No lo oculté al señor Pinciotti y se lo pasaba quejándose de la bola de delincuentes que me buscaba. Y tenía razón, Scott era mejor que todos ellos en algún sentido, pero todos ellos eran más emocionantes. Los sacaba de bares, de fiestas, de antros, del club. Jamás del colegio o círculos sociales cercanos. No hay nada más frustrante que acostarse con un hombre por diversión y que este hombre, luego, se enamore de ti y te persiga enajenadamente sólo porque una vez se la mamaste o algo. Y así pasaron dos meses hasta que lo entendí: mi padre había puesto todo su empeño en que yo saliera con Scott. Entonces, un jueves, le dije que trataríamos. Le dije invítame a un bar o algo, no podemos vivir en mi sala. Y accedió. Al siguiente jueves fuimos a un bar en Polanco. Cenamos y bebimos y estuvo bien pero hubo algo. Un chico en otra mesa no dejaba de mirarme y Scott lo notó. Yo lo noté también. Scott no hizo nada como el hombre decente que es (cosa que agradezco), y yo, me levanté al baño para que el chico me siguiese. Lo hizo. Nunca falla. Fue tras de mí y  me dijo tienes unos ojos preciosos y toda la verborrea tradicional. Regresé a donde Scott. El chico no dejaba de mirarme y eso me calentó. Fingí ir al baño un par de veces más. Escribí mi número en una servilleta y se lo di. Scott me hizo un drama. No vio lo de la servilleta. Me hizo un drama porque yo había bebido tanto que ahora no dejaba de ir al baño. Me hizo un drama porque según él yo estaba borracha y eso no era de una mujer decente. Apuesto que jamás has visto una mujer verdaderamente borracha, le dije. Se enfadó. Le dije que si hubiese visto alguna, sabría perfectamente que yo no estoy nada borracha. ¿Entonces por qué vas tanto al baño?, dijo. Suspiré y dije, ¡porque me da la gana, Dios! Nos largamos inmediatamente. Se me pasó el coraje y comencé a reírme. Íbamos en el auto de Scott. Me reí de lo imbécil que podía ser. ¿Ves como si estás borracha?, dijo. Reí más. No lo podía creer. Tenía ganas de gritarle a la cara: no iba al baño, ¡me estaba ligando con otro, idiota! Me contuve porque sabía que si no, iría de chivato con el Sr. Pinciotti y eso sería un desagrado por nada. Lo dejé así y dije quizá tengas razón, vengo más borracha de lo que yo pensaba. Déjame en casa. Yo no paraba de reír. 

 Y así estuvimos saliendo más de un año hasta que me propuso matrimonio. Esta vez no fue tan directo. El primero en insinuarlo fue el Sr. Pinciotti. Lo hacía cada que podía. Me preguntaba cómo iba la cosa con Scott y me decía que ya era hora de casarme. Lo hacía por separado. Para una cosa aludía al tiempo. Decía: parece que lloverá. Yo decía: ajám. Y luego añadía: ¿Cómo vas con Scott? Era gracioso porque en verdad siempre decía algo del clima o del tiempo y luego salía Scott. Para el casamiento utilizaba la edad. ¿Qué edad tienes?, decía. Se lo decía y luego añadía algún comentario como: tu tía Raquel se casó a los veintiuno. O: la hija del Sr. X se casará el próximo mes, YA TIENE VEINTIUNO. Al parecer los veintiuno eran la edad ideal para casarse, lo que sugería que los veintitrés eran algo pasado. Luego de ignorar todos esos comentarios por algunos meses fue más directo y dijo: deberías casarte con Scott. Quizá el próximo mes, añadía rápido. Yo pegué el grito en el cielo la primera vez que lo dijo. Luego entendí la cosa. Sería así por algunos meses más. Y lo soporté. Pero las flechas gradualmente se hacían más certeras. Hasta que dijo: quiero que te cases con Scott. Para ese entonces yo ya sabía que no le sacaría esa idea jamás, que la idea de la boda con Scott estuvo incubada en aquel primer jueves a las cinco donde le conocí en la sala de mi casa. Y poco a poco me hice a la idea. Scott tardó algo más en proponérmelo. Me lo propuso a la antigua. Llegó con el anillo y se arrodilló ante mí. Besó mi mano y me lo dijo. Hubiese sido romántico para cualquiera menos para mí. Para mí era un asco. Entonces le dije que sí. Mi padre había cumplido con su labor. Y con su promesa al padre de Scott y a Scott, imagino yo. Scott sintiose contentísimo y se volvió un esclavo y un sensible. Todos mis caprichos eran cumplidos por Scott. Si yo tenía calor era capaz de pagar a alguien para que me soplara con hojas. Porque una cosa que nunca se le quitó, ni creo que se le quite, es lo pretencioso. Al mismo tiempo era demasiado sensible. Cualquier cosa podía matarlo. Si yo miraba por mucho tiempo (mucho tiempo quiere decir dos o tres segundos) a un chico, se ofendía exageradamente. Era muy inseguro por ese lado. Y muy seguro por otro. Era seguro de poder darme una vida de comodidades y de su intelecto. Se graduó con honores en economía y cosas. A mí no me impresionaba. Me contaba teorías de la economía mundial que me tenían sin cuidado. Incluso bostezaba. Eso le chocaba pero le gustaba al mismo tiempo. Lo decía. Me gusta que seas rebelde, decía. Pero el pobre no tenía idea de la rebeldía. Ser rebelde era decirle ya cállate cuando empezaba con las teorías económicas. Me daba un beso y decía eres una rebelde. No tenía idea. 

 Con Scott siempre me mantuve en el papel de virgen esquizofrénica. Yo no era virgen pero le dije que sí. Pasados seis meses de noviazgo ya no pude controlarlo. Se ponía caliente todo el tiempo y todo el tiempo quería meterme mano. Me molestaba eso. Yo lo hacía con desconocidos de algún antro pero no podía hacerlo con Scott. Los desconocidos despertaban en mí las ganas. Además eran desconocidos de más de uno ochenta metros, varoniles y sexys. Scott era apenas unos cuantos centímetros más alto que yo y tenía cuerpo de nunca haberse ejercitado. Tenía los antebrazos ligeramente morenos y el pecho blanquísimo. No me ponía para nada. Y menos me ponía su estilo ñoño, pretencioso e inseguro. Claro que un día ya no pudo más y se soltó a llorar. Me dijo: ¡llevo contigo siete meses y no te he visto las tetas! Fue hilarante verlo llorar así. Y lo dijo así, directo. Eso me ganó su simpatía un momento. Me reí y le dije, vale, y me quité la ropa. Scott casi se moría. Lo dejé que me viera desnuda de pies a cabeza. Intentó tocarme pero lo detuve y le dije, ay amor, ya sabes que aún no estoy lista. Era una pasada aquello pero me divertía tanto. Scott se volteó y parecía tranquilo. Nunca lo había visto como sigue: se desnudó en un segundo y se me vino encima. Me tumbó al suelo, ni siquiera a la cama, y me lo hizo. Tengo que aceptar que ese atrevimiento, ese salvajismo, me gustó. Lo dejé hacérmelo a fin de cuentas. No duró mucho. Cuando acabó se salió de mí y dijo: perdón, perdón, perdón. Otra vez estaba llorando. Me reí y le dije que estaba bien. ¡Dios mío! Desde ese día se creyó superman y dejo que me lo haga de vez en cuando. Un jueves a las cinco y media, pasado algunas semanas de aquella primera vez, por fin se decidió a hablar del asunto. Me habló de mi virginidad. Me he informado, dijo, de que la virginidad está guardada por una tela de tejido… Me echó el rollo técnico de la virginidad y mejor me adelante: no crees que haya sido virgen porque te explicaron que debí sangrar, ¿no? Y que debiste sentir resistencia, etc. Ajá, dijo, más apenado que otra cosa. Ya, le dije, pues infórmate bien, no siempre sangramos y no siempre hay resistencia. Se lo dije ofendidísima. Creo que me lo creyó porque nunca dijo nada más. Lo malo es que ahora quiere hacerlo todos los jueves y cada vez me resulta más difícil detenerlo. Finjo cólicos, jaquecas, menstruaciones, falta de ánimo, cansancio, estrés, TODO. Sé que exagero, podría dejarlo que me lo haga y ya pero de verdad no me inspira ganas. Es mi forma psicológica de renegar sobre el matrimonio que mi padre impuso. Es mi forma de decirle, no te creas todo lo que te digo, Scott, si me caso contigo es por mi padre, no por tu dinero, tu intelecto o tu simpatía. Es mi forma de decirle, tranquilo, no eres un tigre en la cama. Es mi forma de hilvanar la vida real de la vida verdadera. Es mi forma de guardarme para mí misma. Mi vagina es mi guarida. El lugar donde me guardo de Scott. El lugar donde guardo todos mis temores.


18 comentarios:

  1. MAcrozabeth Moncada25 de mayo de 2010, 16:57

    No se porque yo también me enamore de Verónica, así es cuando la entiendes :D

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  2. Me guardo unos comentarios mas personales, tu sabes, pero en este texto te sentì màs que en los otros, por lo menos en el inicio. Y bueno, lo que ya te he dicho, cada vez me gustan màs.

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  3. Este texto es impresionante. si lo que dices es verdad es muy triste aunque tu piensas que no pero deberisa hacer algo y no casarte conquien no amas.

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  4. Me recuerdas a Josefina (claro que Scott en nada a Napoleón).

    Muy interesante el final de tu texto: Pone en relieve cosas que un hombre pocas veces medita. ...

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  5. Estoy maravillado eres una mujer que da miedo y atrae al mismo tiempo. eres como una medusa. eres todo lo que ardientemente deseo y todo lo temo desde el fondo de mi corazón. eres mi amor platónico. Y mi terror. Un saludo Verónica.

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  6. D. Macrozabeth Moncada26 de mayo de 2010, 12:11

    ja si los hombres están enamorados de tí Verónica; por qué yo no...!!

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  7. Es impresionante la libertad sexual de Verónica, su seguridad, hasta puedo llegar a comprender que tenga una boda planeada... siempre he dicho que si ellas lo deciden y de una manera tan determinada como Verónica, no hay porque compadecerse... pero no se porque estoy viendo una forma de ejemplificar clarisima lo que es ser mustia, y mojigata... todo por debajo del agua, "mientras mis papas,en la escuela y mi circulo social no se entere esta bien... fuera de allí soy la mujer libre que quiero ser" Eso me comflictua.

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  8. Es ciero lo que dice alejandra, es un ejemplo de mustia. pero creo que mas que eso esta protegiendo a su familia al menos a su padre. en otros textos nos muestra una veronica totalmente descarada e incluso se queja de las personas poco honestas y que dependen del que diran. contradiccion? o es que todos en esta vida nos contradecimos? se puede culpar a vero de mustia? al menos es una mustia inteligente y tiene un fin noble, cuidar a su padre de un infarto, como lo mensiona en el cuento del señor anderson. no es posible juzgar a una persona por lo que escribe en unos cuantos post.

    un saludo vero, y debo decir que yo tambien me siento atraido y asustado por ti.

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  9. He leído los tros o cuatro post de veronica y creo que ulises tiene razon. En ellos hay contradiccion. pero creo que es eso lo que los hace mas honestos. todos somos cambiantes y no podemos ninguno puede presumir de ser perfecto y de no juzgar o de no ser un poco mustio. creo que mas que un defecto de veronica es lo que la hace ser transparente. felicidades veronica por abrirte a tus fieles lectores. me dejas con la boca abierta.

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  10. Hola!! Si esta bien bueno tu blog Coincido mucho con los heroes que mensionas, aunque no son mis heroes si nos mas bien gente que admiro, me gusta muchisimo lo que que asen y como lo asen, me cuesta mucho leer realmente, pero tu texto, pude leerlo sin mayor problema, en fin saludos y que siga por ese buen sendero el blog!!

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  11. Verónica Pinciotti27 de mayo de 2010, 15:44

    Hola, gracias a todos por sus comentarios. =) En cuanto a las contradicciones: yo sólo expreso lo que siento y loque pienso. Si me contradigo me declaro culpable. Y hay una razón: soy humana. =)

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    1. Todo el texto es una declaración de principios, no puedo más que tenerte envidia por la claridad y por la seguridad, pues aun estando en desacuerdo con lo q sea, es imposible contradecirte, así q no veo contradicción alguna.....veo alguien transparente!!

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  12. contradicciones? a mi no me perece. A verónica la conozco por cuatro post y unas cuantas buenas conversaciones por msn. A mí no me parecen contradicciones,lo que pasa es que buscamos una verdad única en las personas, son así o asá y no. Verónica pone en este blog episodios de su vida, pequeños episodios, y cada episodio nos muestra algo de ella, es un mosaico que poco a poco se va completando, Lógico, en todo texto autobiogràfico literario hay exageraciones en puntos, hay exclusiones, y yo les sugiero que pongan mas atenciòn a los silencios, a lo que no dice expresamente. La verònica libre y libertina se complementa con una verónica práctica y que por otro lado, ama de una forma muy particular a su Padre, con quien no comparte cosas, es verdad, pero lo ama porque èl ha estado allí... Contradicciones no, visiones desde distintos àngulos que es otra cosa.

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  13. Eso de fingir tu virginidad me asusta. muchas mujeres lo hacen??? me has abierto los ojos al leerte creo que entiendo muchas des la reacciones de algunas muejeres que conozco, gracias. te estare leyendo, felicidades.

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  14. Bien ya lei todo lo tuyo y no me parece que las contradicciones que mencionan sean drasticas, al contrario, como dices tu creo que es parte del ser humano y como dicen en algun lugar los textos son piezas de rompecabezas y se va armando poco a poco. Tal vez lo que consideramos una contradiccion tenga su porque en otro texto. Como todos, me asustas y me gustas. te mando un beso, preciosa :)

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  15. Es un estilo de Violetta (El Diablo Guardián) creada por Xavier Velasco

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  16. De las mujeres dificiles son de las que los hombres tontos nos enamoramos

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  17. "...Enamorarse de verdad es de mal gusto. Se que seré terriblemente criticada por el último enunciado"

    Tienes razón... Serás terriblemente críticada. jajaja

    Por lo demás, si es algo psicológico, tiene que ver con la dependencia (que en el fondo, no es tan mala) todo el mundo termina dependiendo de algun modo, de las sonrisas, de los chistes, de los enojos y hasta de los celos de alguin, pero que dependas de eso, no significa que vayas a a depender siempre.

    Pero de mal gusto? No creo tanto así, quizás inocente, pueril, eso si, jujar matatena no es de mal gusto, solo es un poco infantil.

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