sábado, 15 de mayo de 2010

De mi ateísmo y Esteban M.


Mi padre, al que inevitablemente menciono en cada texto (su razón psicológica ha de tener), es la persona que más admiro, y a la que más he imitado. No sin por ello hacerle sufrir. Mi padre, al que llamaré públicamente, Sr. Pinciotti, casose con mi madre, la Sra. Pinciotti, y en algún momento de sus vidas cometieron un terrible error. Un sacrilegio innombrable. Un tremendo pecado. No saben exactamente cómo, ni cuándo, ni dónde, pero saben con gran certeza que, indiscutiblemente, el precio de aquel pecado soy yo. Su hija. Verónica Pinciotti.

 Desde que tengo memoria, el Sr. Pinciotti me ha recriminado de alguna manera, directa o no, mi existencia. Y sobre todo, mi modo de existir, tan poco convencional. Durante los primeros años de mi vida, cuenta la historia; historia que la Sra. Pinciotti sostuvo tajante y hasta el hartazgo, fui criada con la mejor educación posible, y con todo el amor posible. Y ahora es IMPOSIBLE que yo haya salido tan mal-parida. Claro que en dado caso, la culpa es de mi madre y su vagina; o de de mi madre y su matriz; o de mi madre y el veneno de sus senos. Veneno que yo mamé convirtiéndome en esta cosa insoportable y atea que soy. Y aquí radica el primero de los grandes problemas: ¿de dónde diablos me salió lo atea? Si todos los días mi madre contábame historias bíblicas. Si cada domingo asistía la familia Pinciotti, puntualísima, a los sermones de la iglesia. Si fui bautizada y obligada a memorizar el catecismo. Si en la cabecera de mi cama se colgó un Cristo Jesús para evitar que algún día… Pero el día llegó. Contaba Verónica quince años. Como todos los grandes pesares del alma que están destinados a convertirse escándalo familiar, lo tuve que sacar en la cena, a la mesa, y con Handel de fondo. Mi padre comentó que en su último viaje a Barcelona, un amigo suyo editor de algún periódico, le platicó sobre un grupo de personas ateas publicistas que pensaban lanzar, o habían lanzado ya, una serie de slogans a manera de calcomanías en buses. Estas calcomanías llevarían impreso el slogan: “vive tu vida, Dios quizá no exista” o algo así. La Sra. Pinciotti, al escucharlo, se horrorizó. Le encantaba horrorizarse. Y a mí me encantaba aumentar su horror con algún comentario. Mi padre dijo: esa gente está equivocada. Y yo dije: claro que están equivocados. Dios no existe. Entonces se horrorizó el matrimonio Pinciotti completo, el binomio de espantados que me habían dado la vida pegó el gritó en el cielo y me mandaron a mi cuarto de inmediato. ¡Eran tan predecibles y tan poco imaginativos! Yo había blasfemado en su casa, en su cena, y lo mejor que pudieron hacer fue mandarme al cuarto, a MI CUARTO, lugar de la casa que yo prefería por sobre todos los demás. Me hubiese dolido más que me mandaran al baño. O al cuarto de servicio. Pero mi cuarto; amaba mi cuarto, POR DIOS.

 De aquel día en adelante quedó claro que yo sería la oveja negra. No importaba cuánto me arrepintiera, la cosa salía del alcance de las manos de mis padres. La cosa iba directo con Dios. Así lo dijo mi madre. Dijo: que Dios te perdone, hija. El Sr. Pinciotti intentó hablar conmigo y sondear de dónde había sacado su niña la idea de que Dios no existe. El ateísmo me vino como una mosca. Me rondó por la cabeza un tiempo antes de posarse definitivamente en mí. Y luego se fue. Pero dejó huevecillos. Y ahora han surgido otras moscas. Otras ideas que rondan mi cabeza, y soy yo quien de alguna manera la esparce. Creo que así es siempre con las ideas. Nadie es dueño de sus ideas. Siempre le vienen de algún lado. Pero todo esto no lo entendía el Sr. Pinciotti. Él quería nombres y fechas precisas de quién y cuándo me habían metido la idea satánica. A mí sólo se me ocurrían dos nombres y una fecha. Los nombres eran Nietzsche y el Sr. Anderson. La fecha: hace un año. Pero me quedé guardado aquello y le dije: no hay nombres ni fechas, es sólo un sentimiento que me viene de dentro, de hace tiempo, y no hay explicación. Entonces sí que se creyeron yo tenía un diablo metido o algo. Se les salió de las manos. Ellos que guardan tanto las apariencias lo divulgaron por la iglesia y por la familia y yo quedé como la culpable de las angustias de padre y madre. Mi prima Jane, hija del hermano de mi padre y una arpía, me miraba como a un engendro del mal. Apuesto que ella era más perversa, o de verdad perversa, pero me miraba a mí como a un engendro de mal. Y es que hay algo que se me da terrible: lamer culos. Y Jane era una puta lame-culos que se granjeaba el amor de todo mundo. Era la consentida, la femenina, la buena hija. Tenía apenas un año más que yo y sentía que no la merecía el mundo. Pero yo sabía que de alguna manera era una mustia y una hipócrita como todos. Y este todos incluye a mi madre. Sus escándalos eran falsos. A ella realmente le importaba un pepino que yo creyera o no en Dios. Quizá ella no creía en Dios. Pero iba por la vida fingiendo ser Doña Perfecta. No como mi padre, que si era un idiota, era un idiota auténtico. Y allí comienza mi admiración, y mi imitación. Yo quería ser auténtica como el Sr. Pinciotti. Yo lo miraba rezar y sabía que rezaba. Lo miraba preocuparse por mí y sabía que se preocupaba. Desgraciadamente mi autenticidad iba por otro lado. Yo busca a los quince años a la verdadera Yo. Era una filósofa. Yo sabía que yo no era la ropa que vestía, ni era el pan que comía. Mann ist was mann isst, dice el dicho. Pero yo sabía que esa comida aludida era la comida del espíritu. Yo no creía en Dios pero me sentía pura. Limpia. Me sentía más limpia y más pura que cuando la iglesia o el catecismo. A los quince años yo entendía que Dios es el teatro del Diablo. Todas las personas que de alguna manera se relacionaban con Dios o dedicaban su vida a servirle, se me antojaban demonios disfrazados. Y dejé de creer en la religión. Y dejé de creer en Dios.

2

En el colegio, a diferencia de en casa, el ateísmo me procuró un aura de misterio. Decidí declararme atea abiertamente y un grupo de chicos comenzó a idolatrarme y a dotarme de un aura luciferina. El rumor de mi ateísmo llegó hasta la directora del colegio y se hizo público. Incluso quienes no compartían mis ideas me guardaban cierto respeto. El respeto que se les guarda a los rebeldes. Y me gustaba. Aunque la mayoría de los chicos no me invitaba a fiestas familiares, me buscaba para contarme sus penas y sus miedos y sus angustias sobre el universo. Como si yo fuese capaz de resolver algo de todo eso. No lo era. Me volví famosa. Como Julieta de Sade. Aunque yo no era ni la mitad de la sombra de Julieta. Ahora los chicos deseaban follarme por mis senos y por mis ideas. Le tomé gustó y exageré. Debo ser franca. Le saqué provecho. Mal-influenciaba a mis compañeras de clase y a mis compañeros por igual. Me invitaban a reuniones privadas donde corría el alcohol clandestino. Lo robaban de casa de sus padres y lo bebían como quien bebe sangre de toro en la octava luna de mercurio. Lo bebían espantados y extasiados y sin saber exactamente qué hacer una vez bebido el alcohol. Y luego me decían ¿por qué no crees en Dios? Y no importa la respuesta que les diera, era maravilloso verme con mis senos desarrollados, mi blanca tez, y mis ideas Nietzschenianas. No imaginaban que el diablo estaba tan cerca. Que el Diablo que me sedujo y me mostró la verdad sobre Dios no era un diablo, sino el Sr. Anderson. El pobre Sr. Anderson, maestro de filosofía. El mismo que les daba clase a ellos lunes, miércoles y viernes. Me encantó ser Verónica Pinciotti, la mujer que no cree en Dios.

Fue en esa época donde conocí a Esteban M. Ya me estaba cansando de mis quince minutos de fama. Me hartaba. Todos mis admiradores eran falsos admiradores y yo me sentía una falsa reina. Era como ser la líder de un grupo de idiotas. Es decir, la gran idiota. Y entonces llegó Esteban M., un chico simpático y auténtico. No era un gran deportista ni un gran bailador, ni un gran bebedor. No era grande en ninguna de las artes adolescentes. No era popular. Era un chico retraído que pasaba más tiempo en la biblioteca del colegio que en fiestas o en canchas de soccer. Era ligeramente más alto que yo, delgado, y caminaba siempre encorvado. Lo conocí porque un día se acercó y me preguntó si me gustaba leer. Yo dije sí pero la verdad no leía gran cosa. Apenas unos dos o tres autores. Pero dije que sí. Y Esteban leía cantidad de autores. Quiero escribir sobre él porque tengo una deuda. Esteban se enamoró terriblemente de mí. Yo nunca se lo dije pero me enamoré de él también. Sólo que yo no podía enamorarme de un chico no-popular. En la sociedad adolescente hay reglas. Esas reglas, si las sigues al pie de la letra, y te entregas con el alma, te prometen un mundo de fama y favores reservados a los chicos populares. Y yo, aunque no lo aceptaba, deseaba pertenecer a ese mundo. Yo hacía mis propias reglas. Mi técnica era escandalizar. Oscar Wilde dijo: “las personas sólo esperan tres cosas de ti: que las entretengas, que les de comer, o que las escandalices.” Y yo no era bufón para entretener, ni madre de Calcuta para dar de comer, así que me dediqué a lo último. Y de alguna manera lo había logrado. El colegio entero sabía mi nombre. Lo repetían para ejemplificar lo que NO SE DEBE HACER. O para ejemplificar lo que harían si se atrevieran. La gente me buscaba para que les contara algo que los dejara boquiabiertos. Yo era la única chica de quince años que te decía a la cara: me gusta el sexo. No creo en Dios. Odios a mi madre y si pudiera la mató. Cosas así. Esteban, sin embargó se acercó a mí no para que lo escandalizara. Ni para que lo entretuviera o le diera de comer. Esteban logró ver en mí la verdad. Logró mirar a la niña asustada. Y eso es algo que yo no podía permitir. Podía gritar Dios no existe, pero jamás, por ningún motivo, decir, susurrar siquiera: tengo miedo. Y tenía miedo. Todo lo que salía de mi boca era la expresión del miedo. Cuando yo decía no creo en Dios, decía: Dios, ¿dónde estás? Era la manera Verónica de orar. Cuando decía me gusta el sexo realmente decía: el sexo me aterra. Lo único real era lo de matar a mi madre. Pero eso lo dejaré para después. Yo lograba escandalizar a todos pero no a Esteban. Y me lo dijo. Me dijo te amo porque sé que eres una niña. Y eso era yo. Una niña jugando a ser adulto. Y lo rechacé. Y lo traté mal. Me burlé de él aunque en el fondo le admiraba. Esteban era como el Sr. Pinciotti: un idiota si se quiere, pero un idiota de verdad. No le daba pena llegar con un montón de libros al salón sólo para que un grupo de imbéciles se los arrojara por todos lados. Y los recogía lento. No le importaba. Y yo me reía de verlo recoger los libros y me iba con ese grupo de imbéciles y nos bebíamos el alcohol de sus padres y cuando estaba ebria hacía mi gran número. Me paraba en una silla o algo y recitaba pasajes del Anticristo de Nietzsche. Les gritaba: “Los débiles y los fracasados deben perecer; esta es la primera proposición de nuestro amor a los hombres.” O: ¿Qué es lo que es más perjudicial que cualquier vicio? La acción compasiva hacia todos los fracasados y los débiles: EL CRISTIANISMO.” Y ellos aplaudían como focas y gritaban ¡más! Y yo recitaba algún proverbio infernal de Blake, como: “El acto más sublime es poner a otro ante ti”. Y entonces algún payaso se arrodillaba ante mis pies y decía: ¡te amo! Y lo despreciaba teatralmente y aplaudían. Yo era una joya. Todos esos chicos querían follarme pero no dejaba hacerlo a ninguno porque sabía perfecto que si lo hacía, me caería del trono. Yo era Verónica Pinciotti, la mujer que todos quieren pero nadie tiene. La mujer que ama el sexo pero nunca hace el sexo. Claro que eso último era un secreto. Yo únicamente lo había hecho con el Sr. Anderson pero me inventaba historias grandiosas de cómo hombres me follaban exquisitamente. Estos hombres de mi imaginación siempre eran grandes eruditos y grandes fisicoculturistas. Eran dioses griegos. Estas historias las guardaba para las chicas. Las contaba cuando habías más chicas que chicos para dejar claro que ninguna de sus estúpidas aventuras sexuales (reales), ni todas juntas, eran tan maravillosas como una sola aventura mía. Aprendí a mantener al público atento. Pero Esteban. Esteban era todo lo contrario. Siempre hacía el bobo de alguna manera. Si yo decía: quiero matar a mi madre, él hablaba de complejo de Edipo y se extendía y lo hacía todo aburrido. Y lo abucheaban. Le decían ¡cállate, mierda! y me pedían dijera porque quería matar a mí madre y cómo lo haría. Decía cosas que yo sabía los demás compartirían. Decía: quiero matar a mí madre porque no me permite tatuarme el antebrazo. Y algún chico decía, sí, eso, yo también quiero matar a la mía por lo mismo. Y yo decía la mataré con la máquina de tatuar y antes le haré un trazo de mi nombre para que siempre recuerde quién la mandó al Infierno. Y las risas y los aplausos se me venían encima. Y yo miraba a Esteban y sabía que él tenía razón. Que todo lo que él podía decir sobre el complejo de Edipo era mucho más cierto y más interesante que la mierda que yo pregonaba.

A mi defensa puedo decir que me dejé arrastrar. La popularidad me arrastraba. Una vez que entras al juego ya no puedes parar. Esteban era el que debía ser aplaudido por desarrollar el intelecto antes que toda esa basura que me aplaudía a mí, la reina tuerta en mundo de ciegos. Y le amé secretamente. Tan secretamente que hasta hoy lo puedo aceptar.



15 comentarios:

  1. Eres una cabrona pero me gustas.

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  2. No me gusta la manera en que te expresas de tus padres. =)

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  3. Cada texto es mejor que el anterior... te felicito

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  4. holas ere speruano? esta muy chever tu blog


    www.laszapatillasdemiabuela.blogspot.com

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  5. Verónica Pinciotti17 de mayo de 2010, 16:27

    Gracias Franco. =)

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    1. Escandaloso pero tierno.....nunca sobran los Esteban M.

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  6. Renzo: No, somos de México. Ya revisé el blog tuyo. Siguenos, ya te seguí. Y estamos en contacto. Saludos.

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  7. la verdad yo no estaba acostumbrada a leer pero tus escritos me atrapan eres capaz de transmitirme muchas ganas de escribir mi vida aunque no se si yo lo pueda hacer como tu te felicito

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  8. Laura Macrozabeth Mondaca Uribe tal vez18 de mayo de 2010, 16:43

    Oye, están seguros de que Abdul no es algo raro :) jajja ese tipo si que me cae bien ja

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  9. Oye Laura Macrozabeth. Tú también me caes bien =)

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  10. Yo conoci a una mijer como tu de la que me enamore, yo era como esteban!!!! no se si esa mujer me amo en secreto pero ya no es importante. porque lo hacen???!!!!!!!

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  11. "Dios ha muerto",,, ovarios se necesitan para salir del closet clerical a edad tan tierna,,, me siento admirado por ti por tu genuino don deconvertir cualquier cosa en una crítica dura,, felicidades

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  12. Recién sigo el blog y lo que he leído me gusta.
    Muy buen texto, Verónica ¡felicidades! y saludos

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