sábado, 29 de mayo de 2010

La Puerta Negra

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Este texto fue publicado en la revista: CocainaZine

Comencé a frecuentar La Puerta Negra al inicio de mi relación con una mujer salida de un seminario. Era cuatro años mayor que yo, de buena teta y buena nalga. En ese tiempo yo todavía asistía a seminarios y cosas sociales. Veníamos a las diez de la mañana, saliendo del seminario, y salíamos a las diez de la noche, tomados, sabrosos y contentos de nuestra bigámica relación. Lo de la bigamia es una exageración literaria, ella vivía con un hombre y yo tenía una noviecita de diecisiete años (siete años menor a mí), pero ni ella ni yo estábamos casados. Por esos tiempos no pensaba en el matrimonio. Ella sí lo pensaba pero su hombre era un pobre diablo y le faltaban huevos para tomar la decisión. Yo también era un pobre diablo, aunque a diferencia, sabía camuflarme de cualquiercosa, escritor, artista; y contagiaba a esta mujer de una energía perdida hace tiempo en su relación. Es decir, siendo un pobre diablo, ella no lo creía, ni yo tampoco. Y eso es lo importante.

     La Puerta Negra era un barecillo clandestino; una casa propiamente dicha convertida en bar de mala muerte, donde en las mañanas puede encontrarse más de un borracho tirado al suelo, ebrio, dormido, feliz. Yo no sé si estos borrachos eran felices pero creo que sí porque la felicidad está en la muerte, y el sueño etílico es lo más parecido a este paraíso necrótico. La idea del suicidio me persigue desde los dieciséis. Para bien o para mal, soy un cobarde; y mis muertes, mis muchas muertes, han sido metafóricas, oníricas, etílicas. Una manera de suicidio es mi forma de beber que me mata cada vez y poco a poco, hasta la definitiva vez. Así sucede que frecuento este bar y a esta mujer. Y así ha sucedido con otros bares, otras mujeres. El solipsismo me crea escenarios semejantes, mujeres semejantes. Me siento presa del mundo mío, que he forjado a base de años y mierda psicológica. Lo de la psicología lo controlo bien; ya lo dije, soy un pobre diablo que no lo es a ratos. Un día me levanto, bendito sea el Señor, siendo mendigo; otro siendo escritor; o me voy a cama siendo promiscuo y despierto (espero deje de suceder pronto) siendo un apasionado amante o usurero de pocos centavos. Al final todo es lo mismo.

     Mientras tanto, esta mujer, este bar y esta vida. Bebemos ocho a doce litros de cerveza oscura y nos largamos corriendo a follar como desesperado a un motelucho fuera del metro Hidalgo. Por ciento treinta pavos nos dan un cuartito de dos por tres donde apenas cabe la matrimonial cama y nosotros al tiempo. Se entiende entonces, por si cabe duda, que habrá que pasar el tiempo sobre la cama. Eso sí, sin pararte sobre ella porque los chichones en el cráneo. A veces me siento en una cueva de ratas calientes y se lo digo a ella y dice qué poco romántico. En el bar me siento en un nido de chinches y también se lo digo. También le digo que deseo sexo con caca y vómito en la verga y frijoles en salsa de leche y orines en la cara. A ello contesta: ¡eres un cerdo!; pero así te quiero. Entonces me recuesto en la ratonera con ella sobre mí, con su raja sobre mi cara y se orina y trago lo más que puedo y le escupo la cara o le pego tremendas cachetadas; y entonces no dice nada porque la puerca es ella. Se la meto por el ano para oírla gritar, gemir, llorar y sacarle la mierda con mi pene vicario de destapa-caños y su culo-caño. Después me fumo un cigarrillo como vi debe hacerse en una película, allá la pubertad, tras follarse una pollita. Ella también enciende un cigarrillo y a veces pienso que vimos la misma película pero no decimos nada, nos hacemos los naturales y recomenzamos el sexo hediondo; así termina el cuarto, hediondo, a fluidos y caca, orines, semen, sudor y pasión desenfrenada. A eructos de borracho y pedos de puta. Se echa tremendos pedos. Primero porque se lo pido, meto la nariz entre las nalgas y palmeándola le digo: amor, suelta un grande y oloroso. Y a veces porque no se aguanta, el gas de la cerveza le produce flatulencias, buenas flatulencias. Cuando nos vamos, al amanecer, doy gracias a Dios de no ser yo quien asea el cuarto y lava las sábanas, que en ocasiones también llevan sangre de sus entrañas o de sus labios. La sangre no se quita, decía mi madre, y así reconozco que el cuarto es mío, las sábanas y ¡esta es mi noche!

     En el bar la gente nos mira raro. La mayoría eran jóvenes de nuestra edad y algún viejo borracho; algún obrero de las fábricas cercanas o los familiares del dueño. Bebíamos con descaro, reíamos a carcajada suelta y nos besábamos desfachatadamente. Yo le manoseaba las tetas y me gustaba imaginar los falos enhiestos de los espectadores. Ella decía que no lo hiciera pero no se oponía; era para salvar un poco su persona de los aviesos pensamientos ajenos, humillantes y a la vez envidiosos del pedazo de carne, tan cerca pero tan lejos.

     Recuerdo la vez que nos caímos; ambos, al tiempo, directo al sucio suelo. Sentados a una mesa sobre bancos plásticos de pocos pesos bebíamos y yo jugaba a ser un pez. Apretaba los cachetes para simular el hocico ictobestiálico y pegaba mis brazos al cuerpo mientras movía los labios como salmón. Eso era yo, un salmón alcohólico y fumador  a lado de una puta en un bar. Acercaba mi hocico al vaso con cerveza y apretándolo entre los labios, bebía. Ella me daba cigarro y yo era un salmón feliz hasta que la libido se apoderó de mí. Traté de besarla así, siendo pez, y no sé cómo coños dimos al suelo. Caímos abrazados. La cerveza se derramó por todos lados; el cenicero espolvoreó ceniza y colillas de cigarro fumado terminaron en las mesas de los otros ebrios. Ella golpeó la nunca contra una barra en la pared. A mí no me importó, yo seguía feliz nadando en el mar de porquería. Dijo: me pegué en la nuca, pude haber muerto, y no te importa. Yo dije: aparte de puta, mensa. Se ruborizó. Riendo me paré. Los demás también reían. Reí con ellos aprovechando la colectiva contentura para coquetear con la chica de la mesa de junto.  Me pidió un cigarrillo. Lo obsequié y mi puta se encabronó según porque era el último pero yo digo que fue porque entre putas se disputan las penurias de la soledad. Ella estaba furiosa. Al final se unió a la hilarante masa. Continuamos bebiendo y luego fuimos al motel. Esa era la rutina: alcohol-sexo-alcohol-sexo.

     En esa época no tenía dinero (aún no lo tengo). Ella solía pagar las cuentas, me hidrataba, me alimentaba, me chupaba la pinga y yo a ratos sentía que la quería. Una tarde ella no tenía dinero. Sobra decir, yo tampoco. Como no lo dijo sino hasta el final, bebimos como millonarios. Al final dijo: no tengo un peso. ¡Idiota!, pensé. No juegues, dije. No jugaba. Esculqué su bolso; andaba lleno de cosméticos, papel higiénico, condones, dulces,  ni un centavo. Esto es un bar de mala muerte, pensé. Ya imaginaba yo el machete en mano de Don José, encargado del lugar, y mi sangre derramada. Como anteriormente el dios cristiano me había fallado tanto, imploré al todo-poderoso-Ra. También falló. Ni un centavo cayó del cielo ni murieron repentinamente todos. Ya estamos en esto, dije, y ordené otro litro y otro y otro de cerveza hasta que ella dijo: vamos a coger. Entonces recordé mi acrecentada deuda e imploré e imploré y fracasé de nuevo con Tonatiuh, Shiva, Buda, Odín, Obtalá, Shangó,  Atum, Ptah, Ahura Mazda, Alá, Ngaí, y todos. Luego de la desidia fui a hablar con Don José. Le expliqué y expliqué hasta que cansado de la verborrea nos dejó partir con una deuda que jamás podré pagar. Ella quería ir al motel pero no teníamos dinero. Acabamos en un parque de la Country Club, a un costado de Estudios Churubusco. Yo antes trabajaba allí y conocía de sobra los dones de la oscuridad entre aquellos árboles. Al día siguiente me dolía el culo y las rodillas por las raspaduras y las piedrecillas enterradas que joden más que las monumentales. A menos que te caiga una encima o seas Sísifo en su mito (?). 

Entre todo esto también veía a mi novia de diecisiete (los cumplió apenas el noviembre pasado); también la follaba y también pagaba las comidas y los hoteles. A su corta edad tenía más pasta que yo. No me molestaba, al contrario. Jamás me he deprimido por la falta de plata. Jamás mientras exista una mujer que no me crea jodido. Y mi novia no me creía jodido sino la salvación literaria del siglo XIX. Amaba leer y amaba mis textos y mi forma de ser, cariñosa y patán al mismo tiempo; y mis embestidas en la cama. Eso último lo pienso como buen mexicano.

     No le había contado, claro, de mis engaños. Nunca lo hice. Este nunca es importante porque me acerca al final, donde las perdí a las dos. A una porque descubrió lo jodido de mi vida y a otra, la puta del bar, porque arregló los problemas con su hombre y se re-enamoró de aquel imbécil. Yo siquiera soy un imbécil con literatura, dije. No le importó. No le importaba nada; mi futuro en las letras, las promesas de premios millonarios ni la inmortalidad. Lo único que le importaba era mi verga. Otra vez lo mexicano. Resulta, los problemas conyugales entre ellos, comenzaron por culpa mía. Su hombre la llamaba diez veces al día lo que me jodía las pelotas. Aunque no lograba jodernos el sexo la estresaba y ya no puedo, decía, lo amo  y me siento basura haciendo esto. La convencía un par de horas más pero siempre regresaba a casa turbada por la consciencia, la moral, la honestidad y pavadas, gilipolleces, ¡mierda! Déjate de parvularios pensamientos, le decía. En verdad no podía la pobre. Lo que sí podía era exprimirme el semen súcubamente para dejarme hecho polvo en el motel o en la calle, sin un quinto, de regreso a la niña y tanta mentira. Estuve en casa, le decía a mi novia. Fui a buscarte, no estabas, contestaba. En casa de un amigo, me defendía. Hablé a tus únicos dos amigos y no estaban contigo, decía. En casa de un amigo que no conoces, resistía yo. Apestas a borracho, decía. En casa de un amigo que no conoces, bebiendo, sí, le decía. Ya no bebas, mandaba. No controles mi vida, ogete, me hacía la víctima. Ogete tu madre. Y partía. Me quedaba solo, oliendo a puerco, con el culo apestoso y el pene pegajoso. Me metía a un café, al que me dejaran entrar así de jodido. Me pedía doce americanos que bebía  despacio hasta el anochecer pensando en mi vida y terminando me iba al kiosco del centro de Tlalpan a dormir con los mendigos. Eso era yo: un mendigo que mendigaba pesos a las mujeres, publicaciones a los editores, una vida mejor a todos los dioses, y una chupada a las rameras de la calzada de Tlalpan. Al principio las rameras accedían con la promesa de regresar en tres horas con el dinero. Luego me fueron conociendo: nunca regresaba. Me evitaban a toda costa. Hasta las neófitas del oficio conocían mi reputación de estafador y sin dirigirme la palabra me dejaban hablando solo con el palo tieso. Me masturbaba bajo el techo de los puentes subterráneos que cruzan la avenida y les mentaba la madre mentalmente ¡Al coño, putas! ¡Yo solo me basto!, pensaba. ¡A cobrara a tu abuela, perra!

     En las mañanas la soledad apretaba. Llamaba a mi amante de un traga-monedas público y la citaba en La Puerta Negra. Era puntual la hijoputa. Nos metíamos al bar y a la rutina. La última vez que fuimos dijo: ya no puedo, esta es la última vez que nos vemos. ¡Coño!, dije, no seas molona, yo te quiero. Rió. Te quiero también, dijo, pero a él lo amo. Que te vaya bien, dije, vete a la mierda. Intenté sacarle la última comida, moría de hambre. Lo logré. Me llevó a los tacos de General Anaya. Me pedí dos campechanos cargados de papas. Casi vomito del hastió, estaba lleno, a reventar. Ella comió uno de chuleta sin papas. Me dio el último beso. Que te vaya bien, dijo. Se fue. ¡A la verga, puta!, grité a sus espaldas. No volteó, no regresó. La perdí.

     Otro día regresé al bar. Ya no tengo gran cosa que contar del bar, ahora es un barecillo cualquiera. El caso es, tenía ganas de mear y fui al baño. Dentro encontré un hombre cagando y pensé, ¡cojones! ¡Cómo puede hacerlo aquí! La vida, vengadora, maestra, me metió en el intestino grueso, o en el estómago, o la vejiga, o dónde diablos aniden las ganas,  tremendas ganas de cagar. Cagué. Me pregunté, cómo puedo hacerlo aquí, ¡mierda! Ya se ha dicho, los instintos del hombre son tres: comer, cagar y coger. Yo que soy un pobre diablo no puedo con ellos. Así salí corriendo a casa de mi novia, a comer y coger y satisfacer por completo la humanidad de la que no puedo desprenderme. Camino allá pensé en Freud y Gandhi y las apestosas cacas de ellos tras tanto psicoanálisis y tanta espiritualidad. Llegué temprano, a eso de las cinco. Abrió la madre, la suegra. Me odiaba y me odió más esa tarde; por los ojos rojos, inyectados de sangre; ojos de bebedor consuetudinario. Por venir así, de improviso a buscar a su hija; por la edad abismal según su juicio y por todos sus prejuicios. Por una moral que no es suya; adoptada de la abuela que la adoptó de la bisa, etc. No me invitó a pasar. Esperé en la esquina un par de horas. No llegó. Me fui por unos whiskies a casa de Garrison. En la madrugada llamó mi novia. Llamó al móvil. A pesar de estar jodidos todos aquí tenemos móvil. Los albañiles, las putas, toda la escoria está bien comunicada. Contesté ebrio, dije: ¿alóooou? Como escuché en una película francesa. ¿Dónde estás?, preguntaba la vocecilla del otro dado. No sé, dije. Viniste a buscarme, dijo, madre me avisó, decía la vocecilla y así supe que era ella. Sí, dije, ¿dónde estabas? Ya no recuerdo lo que dijo. La cité al otro día al centro de Tlalpan. Esa noche la dormí en casa de Garrison. El final estaba cerca y yo tirado en el sofá, anestesiado.

     Fuimos al Café La Selva. No soporto verte así, dijo. ¿Así cómo?, pregunté alzando hombros y brazos. Con resaca, borracho, grosero, desinteresado de mí, dijo. Di un sorbo al americano y dije: si no te gusta vete al báratro. Ella no sabía el significado de báratro pero entendió muy bien. Me voy, dijo. Y se fue. Dejándome con la cuenta y yo sin un centavo. Me levanté despacio. Caminé despacio; sin pagar, poco a poco, escapé. Ya no regresé al café, ni a ella.
  
     En el hospital los amigos decían gracias a Dios. Esa mujer fue la causante de tu decadencia, decían. No saben, es un secreto, mi vida anda jodida ya hace tiempo, de antes, de la infancia, de antes, de antes, de los padres, de los abuelos… Me internaron por dolores agudos en el estómago. Yo creí era el estómago. Es el hígado, dijeron los médicos. Pasada una semana me dieron de alta. Lo del hígado no quedó claro, me citaron estudios y mucho cuidado, no beba, no fornique, no coma esto ni lo otro, etc. porque no mejor me pegan un tiro. Lo que sí quedó claro es: las perdí a las dos.

     Dado de alta me encontré de nuevo en la vida, la azarosa vida. La cuenta del médico la pagó un amigo junto con otro. Se unieron para salvar la vida de este cacho de hombre. No sé si agradecer o maldecir. Vivito y coleando me pedí una ginebra en la cantina vecina al hospital y decidí irme de putas al metro Hidalgo. Llegué temprano, muy temprano, eran las ocho, ocho y media de la mañana. Recién salido, oliendo a formol, con las marcas del suero inyectado y la boca perfumada a enebro entré al café de chinos a esperar a las prostitutas. Me pedí un americano y pagué una propina extra a la mesera para que lo bautizara con un chorrito de ron. Saqué mi libreta y escribí todo esto; recomenzando la vida; con la esperanza de llevar una puta al hotel con los pocos pesos que tengo.



Martin Petrozza

9 comentarios:

  1. "Es decir, siendo un pobre diablo, ella no lo creía, ni yo tampoco. Y eso es lo importante." Todo esta en la mente es verdad, lo digo tra vez me encanta tu estilo, simpre leo lo que publicas...

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  2. Bizarro!!!! Excelente!!! volvere

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  3. Excelente, sigue asi! =)

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  4. No maaa yo conozco la puerta negra, fui con martina la universidad.

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  5. Laura Macrozabeth Moncada1 de junio de 2010, 9:09

    The horror!! the horror!

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  6. jajajaja no mames es genial esto!!!!!!! los instintos del hombre jajajajaja comer cagar y coger!!!!! es la neta!!!!!!!

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  7. Martìn! Me recuerdas a Chinaski! saludos.

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  8. Tu Fan Numero Uno1 de junio de 2010, 23:39

    Otra vez lo hiciste no se como me encanta leer esto. es como si me diera asco pero al mismo tiempo me gustara, tienes una manera de expresarte unica, te felicito nuevamente, espero leer mas textos tuyos. un saludo alos demas tambien que veo que cada vez son maaaaas

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  9. Maestro de la vida!!!!!!!

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