martes, 13 de abril de 2010

Ser escritor 1 / La condena

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 Yo siempre tenía problemas económicos. Entendía bien cómo funciona el mundo. Quizá lo entendía demasiado bien y algo de ello me hartaba. No podía involucrarme. tampoco podía alejarme del todo porque hacerlo significaba ser un marginado y yo casi lo era pero no era la idea. No duraba más de algunos meses en un empleo. de pronto ya no lo soportaba y salía huyendo.  HUYENDO. A refugiarme en la soledad de mi viejo cuarto. Me ponía tremendas farras. Farras de días o semanas. Y a veces escribía algún texto. Quería ser escritor.

 No sabía muy bien que era eso de SER ESCRITOR. Pero de algo sí estaba seguro: había que escribir. Entonces yo escribía y escribía y escribía. No sabía dónde enviar mis textos ni nada. No sabía de editores ni editoriales ni la mierda literaria. No sabía de trabas, impuestos, derechos, y toda la burocracia creativa me importaba dos cojones. Y yo le importaba dos cojones al mundo editorial. Era mutuo el asunto. Yo escribía, escribía y escribía y los editores me ignoraban, me desconocían y me rechazaban sin saberlo ellos ni yo. Luego comenzaron a rechazarme sabiéndolo ambos. Yo sólo tenía una regla: escribir con honestidad. Luego descubrí que no era el primero ni el único en hacerlo. Pero me daba igual. No iba a parar por ello.

   Recuerdo que alguna vez una mujeraza me dijo que si yo era escritor debía ser feliz. porque los escritores son felices, dijo. Eso pensaba la jeba. Y puede ser verdad pero en mi caso escribir estaba acabando con mi vida. 

    Comencé a leer arduamente. VEHEMENTEMENTE. Eso se volvió un vicio. Ya todo me importaba poco. Vivía para la literatura. Leía a los grandes. Cada uno de ellos era como un nuevo descubrimiento. Como descubrir que la tierra es redonda o que el espacio está lleno de éter o que descendemos de un primate. Cada uno de ellos estrellaba mi alma contra su filosofía. Luego dejó de haber alma. Ellos me hacían entender la pobreza de mis textos. Y me sentía desfallecer a cada verso de Rimbaud, a cada línea de Goethe. Las alucinaciones infernales de Blake las hice mías y me volví loco. Entendí que leer no era nada bueno para mi salud. pero ya no tenía otro camino. Ahora el mundo sin literatura era para mí una idea descabellada. Seguir era el único camino.

    La literatura dejó de ser un placer. Se volvió un VICIO. Malsano. Se volvió una condena. Dejé el trabajo definitivamente; con todas las consecuencias de ello. Mi novia me dejó porque me convertí en un parásito, decía. Los amigos que eran pocos, comenzaron a evitarme. La familia de por sí se había ido a la mierda. Comencé a quedarme solo. Estaba solo. No tenía nada sino la literatura. Y me AFERRÉ a ella. Me agarré duro.

    Mis pocos ahorros se terminaron. El casero me echó. Tuve que dormir en las calles. Allí conocí un mundo nuevo, duro y frío. Miserable. Sólido como el asfalto sobre el que posaba las asentaderas. Un mundo para tíos duros. Y yo era blando. Con mi poesía y mis sueños de ser escritor. Qué iba a ser duro yo.

       Mis ropas se limitaban a unas cuantas camisas y un par de pantalones. Los zapatos se resistían a desfallecer pero ya no eran zapatos. Apenas unos pedazos de cuero maltrecho. Llegué a tocar la pobreza y aún no era escritor. Entonces pensé: erraste el camino. Intenté conseguir trabajo. Fracasé. Me desapegué tanto que terminé siendo inútil. No tenía experiencia suficiente ni para capturar datos o tomar nota. Ni para cargar cajas. La vida es dura la veas por donde la veas. Todo requería experiencia. No podía llegar y cobrar en un local si no lo había hecho por lo menos dos años ya. No podía ser mensajero ni hacer transacciones bancarias si no demostraba que llevaba al menos dos años haciendo eso. Tenía mejor ortografía que muchos directores generales pero no podía tomar una orden. Conocía mejor que muchos la historia universal y hablaba de Waterloo con más pasión, pero no era apto para enseñar historia a críos de primaria. Yo les decía que de todos modos no les importa la historia. Cualquiera puede pararse frente a ellos y decir lo que sea. No le prestan a uno atención. Pero ellos decían, debe ser docente y tener papeles y haber enseñado historia al menos tres años en algún otro lado. Y tener al menos 25 años.




Petrozza, M. Abril 2010.


3 comentarios:

  1. Es increible! este texto es lo que muchos artistas tienen que pasar antes de ser artistas reconocidos!!! Me encanto!!

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  2. Esto es la pura verdad

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  3. si! leer se hace vicio y peor que cualquier vicio y si encima entras en este submundo donde hay tantos escritores que escriben lo que sea, y de forma tan abierta se te enferma más la cabeza, más que con cualquiera de los "grandes" porque no hay nada más enfermo para un lector enviciado que intentar meterse en las mentes de quienes te absorben la mente, leer se convierte en algo morboso... y a decir verdad.. me encanta!

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