lunes, 5 de abril de 2010

Niágara.

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A los veinte años la vida era una catarata de mierda cayendo sobre mí. Sólo que yo no sabía que la vida era una catarata de mierda cayendo sobre mí. Yo no lo sabía pero cada decisión me hundía más y más. Yo creía que la vida debía disfrutarse así como viene y esa cosas. No tenía idea. Ahora no queda más opción que disfrutar la vida tal como viene pero es distinto. Ahora era demasiado tarde. Ya es demasiado tarde, me decía. No me importaba demasiado. Quiero decir que fingía no importarme demasiado. En el fondo no importaba demasiado. Y eso es lo que importaba; cuando algo ya no importa, ¡mierda!
 
    No tenía muchos amigos. No tenía alguien que me dijera, no jodas. Y jodía y jodía. ¿A quién jodía? A mí. Pero yo no lo sabía. Luego lo supe pero ya no importaba. Era demasiado tarde. ¿Y si hubiese tenido alguien que dijera, no jadas? ¿Habría escuchado? La vida a los veinte años era el Niágara sobre mí. Ahora la vida soy yo bajo el Niágara. 
 
     Bajo el Niágara viven los perros salvajes. Su salvajismo consiste en la inacción. Todos se resisten a la acción terriblemente, como agarrados al útero de sus madres. Palmean las vaginas de sus madres y meten sus puños a ellas y las madres lloran y las vaginas se resisten, resecas, estrechas, fétidas. Porque ya es demasiado tarde. Los perros salvajes no tienen sueños. 

Petrozza, M. Abril 2010.

1 comentario:

  1. woow que duro. creo que muchos no somos lo suficiente valientes para acetar que estmos tristes o decepcionados.

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