martes, 27 de abril de 2010

Los destinados.

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 Tío Clemente dijo sí y colgó el teléfono. Sonrió un poco, no sabiendo si reír o maldecir. Raúl siempre fue así, un poco misterioso, un poco mentiroso; no lo hacía por malo, así era él. Tal vez la culpa la tienen tío Clemente y tía Sarita; siempre le hicieron creer que creían sus mentiras. Como cuando dijo que iba a la universidad. Sí iba pero no estaba inscrito, nunca logró pasar el examen de admisión y durante cuatro años, ¡no sé cómo aguantó tanto!, se paró muy temprano y se ausentó de casa lo que normalmente se ausenta un universitario y un poco más porque tomaba “cursos extra”, cosa de la que nunca se aseguraron  mis tíos. Descubrí a Raúl una tarde en que tía Sarita me mandó buscarle. Había olvidado uno de los carísimos libros de medicina que tío Clemente solía comprar para la universidad. Cuando llegué y pregunté por él nadie lo conocía; supuse que no era popular, ¿qué de raro tiene? Raúl siempre fue tímido.  Me acerqué a una secretaria para pedir informes sobre la posible ubicación de mi primo Raúl. La señorita buscó en la base de datos del Instituto pero no, simplemente no había nadie registrado con el nombre de Raúl Sarabia Toledo. ¡Qué pillo! Sentí ganas de partirle la cara. Tío Clemente se había esforzado tanto y presumía con orgullo el futuro de Raulito, médico de profesión. Pero como todos, no tuve el valor de enfrentarme a la verdad. No quise anunciar a mis tíos que Raúl era un diablo y que todos sus esfuerzos eran un sinsentido.

  -¡A comer!- Gritó tía Sarita. La comida estaba lista. Siempre en la comida tío Clemente nos platicaba las buenas nuevas sobre Raúl y su estadía en el Perú. Se había ido allá a terminar una especialización en neurología como se lo recomendó un amigo de la universidad. Cuando lo comentó a tío Clemente éste asintió con la cabeza, y la misma sonrisa, como de felicidad y tristeza amalgamadas, asomó por enésima vez.  –Raulito va excelente y pronto terminará- Dijo mi tío y luego hizo una mueca. Tía Sarita pegó con la cuchara en el plato de tío Clemente sirviéndole otra porción antes de que éste dijera lo demás; antes de que terminara de dar su opinión sobre Raúl y sus noticias. Siempre era así. Tío Clemente no era tonto y se traía guardado un coraje de años. Apuesto que sabía la verdad, y tía Sarita también, pero le callaba la boca pegando con la cuchara como juez que grita “¡silencio en la sala!”; con un poco de puré. Y tío clemente se tragaba el puré y algo más. 

   Las noticias generalmente eran secas, optimistas y cortas; no comprendo cómo no se sospechaba de sus mentiras, y es qué antes no lo entendía pero eso de ir al Perú a estudiar neurología es cosa rara. O eso de ir bien, uno nunca va bien, uno tiene problemas en ésta u otra materia, con tal o cual profesor, a uno le va medio bien, o mal, o con mucho estrés, pero ¿sólo bien? En alguna ocasión escuché la conversación de Raúl y tío Clemente por el teléfono de la sala (Las conversaciones siempre se hacían desde el cuarto de mis tíos) y en ningún momento Raúl utilizó un sólo término médico. Lo que sí es que hablaba muy bien, con un vocabulario amplísimo y en más de una vez tío Clemente y yo nos quedamos sin saber qué contestar. Claro el apenado aquí era tío clemente, yo estaba de incógnito.

En esa época yo era un niño al cuidado de mis tíos y no me preocupaba el futuro. Pasaba los días jugando en el patio del vecino a inventar historias de terror para asustar a las niñas, siempre cobardes. Yo el mejor en ese juego, y en otro, que consistía en inventar personajes y representarlos. Tengo que aceptar que era juego de niñas, ellas lo inventaron y era básicamente jugar a imitar a los personajes de las telenovelas. Acostumbraban hacer el papel de las sufridas y de las jóvenes enamoradas. Por mi cuenta corría ser el galán o un golpeador,  pero nunca las complacía porque a mí me gustaba inventar personajes misteriosos, un detective salvaje, un príncipe danés, un vagabundo, y siempre terminábamos en pleito. Hasta que decidieron no jugar conmigo nunca más. Ese día llegué temprano a casa y miré a tía Sarita muy contenta y algo sorprendida. ¡Raúl había enviado una carta! En aquellos tiempos las cartas no eran algo común, uno llamaba por teléfono o no llamaba pero nunca escribía una carta. La carta la leyó tío Clemente en voz alta. Era muy extensa, como de doce cuartillas. En la tercer página tío Clemente paró en seco -Mañana continuamos- dijo y metió la carta en el sobre que era un sobre panzón.

  La noche de la carta no pude dormir, las palabras que escribía Raúl tenían algo de misterio, de enigmático. No eran sólo las palabras sino los enunciados completos, los párrafos, las tres cuartillas. A la mañana siguiente a primera hora le pedí a tío Clemente que continuara con la carta. Claro, no eran horas de leer cartas así que tuve que esperar hasta la tarde. Lo que Raúl comunicaba ahora sí que no tenía nada que ver con neurología. Nos contaba sobre su estar interno, sobre su sentir, y creo que por primera vez no mentía. No entendí todo lo que expresaba pero creo que decía estar muy contento, se preguntaba si había hecho lo correcto (en esta parte tío Clemente aclaró la garganta y soltó una tosecilla) y prometía regresar y traerle a mi tío la felicidad tan anhelada de tener un médico en la familia. Esto último no lo dejaba claro pero se sobrentendía, a eso había ido, así que si regresaba lo hacía médico.

 Pasaron cuatro días para que tío Clemente terminara la carta. Tía Sarita se había acostumbrado a recostar la cabeza en el sillón de respaldo alto y cerrar los ojos. Mi tío leía tan mal y tan lento que ya con equivocaciones, repeticiones y todo, tardaba dos horas en leer las tres cuartillas diarias. Aun así tía Sarita y yo escuchábamos atentos a cada frase. Esa carta era mágica, nos importaba un comino la pronta realización profesional de Raúl, sólo  nos interesaba imaginar las aventuras que éste contaba sobre los amigos de la Facultad, los bares de mala muerte (donde tío Clemente soltaba más tosecillas), su novia Marta (tremenda tos), y las travesuras de su mascota, un hurón muy simpático llamado Maverick que era una lata. El día en que por fin terminamos con la carta mi vida quedó marcada. Unos años adelante cuando tío Clemente me preguntó qué iba a hacer de mi vida, qué iba a estudiar, le dije orgulloso que sería escritor. Pegó un grito en el cielo y rotundamente dijo que no. ¡Yo sería médico! Como Raulito.

  Raúl mandó cientos de cartas luego de la primera (todas maravillosamente escritas) y en todas ellas anunciaba su pronto regreso. Nunca regresó… Un amigo suyo llamó desde el Perú y dijo que Raúl había muerto. Todo era tan repentino que no parecía real.  Al parecer se infectó gravemente en un descuido al diseccionar el cráneo de un cadáver en clase. El amigo no paró de decir lo excelente que hubiese sido Raúl como médico si… O eso es lo que nos dijo tío Clemente con lágrimas en los ojos. Es lo más cerca que lo vi del llanto. Otra mentira entró en nuestras vidas, Raúl no podía morirse así como así y mis tíos continuaron hablando sobre él con los vecinos como si nada, “pronto regresa”, “será un gran médico”, “ya verán”.

Mientras tanto yo pasaba las horas escribiendo parodias de mi vida infantil y adolescente, siempre tratando de hacer como Raúl en la carta, un texto mágico, envolvente. Cada uno de mis amigos estaba dibujado en algún cuento, y me ocurría algo extrañísimo y es que cuando mi pluma se adelantaba al tiempo de los hechos de mi vida, éstos siempre parecían forjarse tal cual el escrito, como si por medio de mis cuentos pudiese moldear el futuro. 

  El examen de admisión a la universidad estaba próximo, ya tío Clemente me había advertido sobre mi destino. La decisión era muy importante, lo sabía. Yo no deseaba ser médico eso lo tenía claro. La cosa se ponía difícil pero me convencí de que tío Clemente jamás aceptaría una negación. No quise desilusionarlo. Me inscribí para el examen pero de poco sirvió; no fui aceptado. Cuando di la noticia  tía Sarita me abrazó y dijo no te preocupes, ya habría otro examen. En la comida le anuncié a tío Clemente que lo volvería a intentar el próximo semestre. La sonrisa misteriosa se dibujó en su rostro mientras asentía lentamente con la cabeza. Por un momento me sentí pésimo y prometí que estudiaría enserio para la siguiente convocatoria. No quería desilusionar a mis tíos, y no quería que esa sonrisa que tantas veces había arrancado el mentiroso de Raúl fuera dirigida a mi persona.

  El siguiente intento y el consiguiente fueron en vano, ¡jamás sería aceptado en la Facultad de Medicina!, todo lo complicaban mis ganas de escribir; me era irresistible ocupar la mayor parte del tiempo en mi verdadera vocación. No podía aprender de memoria tantas cosas, tantos nombres científicos, ni comprender tanta fórmula química.  Pero por otro lado no podía defraudar a tío Clemente que me crío desde niño por faltarme los padres. Decidí entrar a la universidad de otra manera, me inscribiría en letras y fingiría ir a medicina.  El semestre siguiente dije a mis tíos que había sido finalmente aceptado en la universidad. A tío clemente le brillaron los ojos y una sonrisa de total alegría inundó su rostro. No soporté mucho tiempo y subí a mi cuarto, ¡me sentía terriblemente mal por la mentira! Tía Sarita me compró al otro día una bata blanca, unos zapatos blancos, un pantalón blanco, todo blanco y me regaló un estetoscopio que había olvidado Raúl antes de irse al Perú. El primer día de clases asistí todo de blanco y con el estetoscopio colgado al cuello (el primero y el último). No quería hacer sentir mal a tía Sarita y me convertí en el primer estudiante de letras con atuendo de doctor. 

  En la Facultad le dejaban a uno leer mucho y la verdad es que no tenía dinero suficiente para hacer acopio del sinfín de títulos que debía leer si quería aprender algo. Tío Clemente me proporcionaba lo que podía para comprar material médico y otra vez tuve que mentir. No fue fácil pues por cada centavo recibido tenía que traer a casa un objeto que me ayudara con la carrera supuestamente cursada, por lo que poco dinero me quedaba para Dante, Milton, Goethe. Todo se me iba en grandes tomos de anatomía que únicamente servían para acordarme que mi vida era una mentira y de vez en vez, de pisa papeles. Pasé los cuatro años siempre con fotocopias y pocas veces con los libros de verdad.

 En una ocasión, ya iba yo a la mitad de la carrera, tía Sarita enfermó de gripa que se complicó por problemas de vías respiratorias. Tío Clemente me pidió que trajera algún médico de la Facultad para que llevara el caso de mi tía, pero ésta se negó y dijo que no hacía falta; lo que me sacó un suspiro de alivio pues no conocía un sólo médico. Este alivio duró lo que duró la frase y se esfumó con la siguiente, donde me encomendó personalmente la tarea de atenderla, ¡Tanto confiaba!, y yo sin saber un bledo de enfermedades respiratorias. Me puse rojo y los nervios eran evidentes. Me excusé por no tener un abate-lenguas a la mano, una lámpara, y cosas que se requieren en estos casos. Tía Sarita me entregó una pequeña llave que guardaba en un cajón de la cocina que nunca había visto antes y dijo – abre el baúl que está en el sotabanco, allí Raulito guardaba su material- y cuando me la entregó me apretó la mano. Nervioso abrí el baúl y me encontré con jeringas, abate-lenguas, la dichosa lámpara, banditas, un folleto de medicina, gazas, y en pocas palabras, un botiquín lleno de utensilios caducos y sin usar. Tomé el abate-lenguas con la mano temblorosa; examiné la garganta de tía Sarita por mucho tiempo antes de decir algo. Finalmente recomendé reposo, mucha agua, y prometí conseguir un medicamento que la mejoraría en un dos por tres, ¡pan comido! Al día siguiente saliendo de clase de etimologías grecolatinas pasé a la farmacia y compré un jarabe cualquiera para la tos, le quité la etiqueta y dije que lo había tomado prestado del laboratorio. Tía Sarita lo bebió gustosa y con una sonrisa fue a descansar al sillón. Toda la tarde y noche me despreocupé y me entregué a mis tareas literarias.

  Siempre procuraba tener tirados en la cama o el escritorio todos los libros médicos que tío Clemente compraba para mí (había una fortuna en ellos) y metía dentro de un tomo de “Desequilibrios Electrolíticos y Ácido-Básicos” un tratado de Gabriel Marce, o un ensayo de Díaz,  precaviendo una interrupción que bien podría tirarme el teatro encima. Y leía y leía y de medicina no aprendía un carajo.  Tío Clemente parecía no sospechar nada. La carrera médica parecía interminable. Decidí partir. Me trasladaría a Argentina a estudiar Cardiología (la verdad es que deseaba escribir en forma, lejos de tanta presión). Tío Clemente preguntó por qué y le dije que un amigo médico me había recomendado con el Instituto de Cardiología argentino y no podía dejar pasarla oportunidad.

  Aún faltaban unos meses antes de partir y tía Sarita estaba peor que nunca. El jarabe para la tos y el reposo no fueron suficientes. Mi reputación como médico se iba en picada y las sospechas se hacían evidentes, y es que hasta tío Clemente sabía más de vías respiratorias que yo. No me quedó más opción que conseguir un colega que me ayudara con tía Sarita. A este colega lo tuve que sobornar con parte del dinero que destinaba al viaje. Le hice actuar, a un verdadero estudiante destacado de medicina, que asistía conmigo a clases y que éramos buenos amigos. Así, “entrambos” tratamos a mi tía y pronto se recuperó. Antes de partir pensé que gracias a tal escena ya me creían todo, que no cabía la menor duda que había estudiado lo que ellos quisieron y que partía para continuar con el estudio del corazón. Descubrí que no el día de la despedida, donde luego de un fuerte abrazo y de comunicarles una vez más mis intensiones. Tío Clemente me lanzó la terrible sonrisa. Me dolía saber que en el fondo sabían la verdad y que me habían hecho creer que creían mis mentiras. Cosa de la que no quedó duda pues antes de partir tío Clemente me obsequió una maleta muy pesada que me pidió no abrir sino llegando a Buenos Aires. Nos despedimos por última vez, beso en la mejilla, tía Sarita con lágrimas en los ojos y el típico “regresa pronto”, que bien sabíamos no pasaría. 

 Ya instalado en el hostal de Buenos Aires abrí la maleta y no pude creer lo que había dentro: ¡decenas de libros de todos los periodos literarios!, de todas las corrientes,  una maleta que contenía parte importante de la literatura universal. Al final de todo una libreta de pasta dura que llevaba por título “Los Destinados”, una novela firmada por “Raúl Sarabia Toledo”… ¡Qué pillo!





1 comentario:

  1. Buen cuento abdul, creo que los que nacen para una cosa lo terminan haciendopase lo q pase! gracias por compartir tus textos =)

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