miércoles, 21 de abril de 2010

Las putas rockanrolleras

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Todas las mañanas desayunaba la pequeña Natasha, acompañada de sus padres, un plato de cereal con mariposas de malvavisco. Su padre leía el periódico y su madre servía la mesa mientras un estruendoso riff guitarro-metalero asomaba furioso desde las escaleras como un enorme dragón que entraba en el alma de la pequeña hijita de papá. Siempre lo acompañaba alguna voz chillona que blasfemaba en un intento bizarro por cantar, y el retumbar de poderoso tamborazos arrítmicos.  La niña siempre se quejaba del ruido y pedía a los padres que hicieran cesar el escándalo. Acostumbrados los padres, pues tenían más tiempo escuchando la música de Jenaro, no hacían nada por detener lo que ellos consideraban un simple estropicio. 

 Cuándo Natasha nació, su hermano mayor tenía cinco años y desde el primer día en que tomó conciencia supo que lo odiaba. No es que lo odiara de verdad, no pasaba de un odio fraternal, típico, decían los padres, que dos hermanos se malquieran, ya se entenderán. Jenaro no opinaba nada al respecto, el odio que su hermana le profesaba lo tenía sin cuidado. El único comentario que hizo en su vida fue cuando leyó en una revista de psicoanálisis que la mujer celaba al hombre porque carecía de falo; soltó una carcajada y la ya no tan pequeña Naty quedó roja de coraje y de vergüenza. Se fue a chillar al jardín y pisoteó las flores de mamá. Se sentía tan sola, tan frágil, tan niña, tan sin falo.

 Así transcurrieron trece largos años en los que Natasha se esforzaba por molestar a su hermano Jenaro hasta que un buen día su madre le dio la noticia: vas a tener un hermanito. -¡Noooo!- Gritó la niña -no oootro…- El insomnio se apoderó noche tras noche de Natasha y rogaba a Dios detuviera el embarazo de su madre. Se revolcaba en la cama y amanecía torcida, ojerosa y desvelada para ir a la escuela. Regresaba a casa adormilada, dormía, se levantaba, comía y se volvía a acostar, para en la noche despertar y suplicar una vez más que no naciera el niño. No le importaba nada, no se arreglaba, no comía bien, se mordisqueaba las uñas y no hacía sus tareas. Los padres pensaron en mandarla al psicólogo; no se lo dijeron pero ella los escuchó hablar tras la puerta de su habitación en una de esas noches de terror. La idea le puso histérica pues seguro que el psicólogo pensaba como la revista. 

 Jenaro vivía encerrado en su mundo metalero escuchando música a más de treinta decibeles, idolatrando héroes de la guitarra y fumando hierba en la azotea. Nunca había prestado atención a los estados de humor de su hermana pero la verdad sí extrañaba sus vagos intentos de chingajoder. De en cuando en cuando Jenaro pasaba veloz con sus amigos por el comedor dónde siempre estaba Natasha viendo el televisor y le propinaba un manotazo en la cabeza. La niña ya no se molestaba. Algo peor que Jenaro estaba por venir al mundo. 

 A los siete meses de embarazada su madre, pasaba las horas Natasha ideando un plan para evitar la tragedia. Rezar no le daba resultados. Intentó golpear el abultado vientre de su madre con un una bola de baseball. Erró el tiro y madre ni lo notó. Se enteró por un documental en la T.V. de una planta que haciéndola té provoca el aborto. Trató como loca de conseguirla pero ninguno de sus amigos, ni los más grandes, es decir, los quinceañeros, sabían dónde comprar el artilugio. Estaba desesperada y de pronto un compañero de clases, uno deseos que no cae bien a nadie, le consiguió la dichosa hierba que le vendió en la suma de todos sus ahorros. A hurtadillas la vació toda en un traste con agua, la puso a hervir y lista, la colocó en la olla de la sopa del día; total, pensó.  Comieron todos menos Jenaro, siempre distante. Por primera vez, Natasha oraba dando gracias al señor por los alimentos. O eso creyeron los padres. En realidad agregaba a la sopa una plegaria, no estaba de más. Terminaron la comida y nada pasó. ¡Maldita sea! Pensó Natasha, seguro fue por la plegaria. Se sentó con sus padres a ver televisión y en una hora o dos los tres entraron en tremendo letargo. Le habían dado gato por liebre.

 Por fin llegó el día del alumbramiento. Natasha estaba furiosa, daba vueltas como loca por la sala mientras esperaba la llegada de los padres. Jenaro se divertía con un sanguinario juego de X-Box y sólo le dirigía la palabra para gritarle que no pasara frente a la pantalla. Sonó el timbre y tuvo que abrir el hermano pues la niña se había ido al jardín a maldecir y blasfemar entre sollozos y pataleos. Desde la ventana en la cocina asomaba un carita triste que miraba recelosa a madre entrar, bulto en manos, y a padre sonreír altivo frente al hogar. A la distancia, entre risas y suspiros, alcanzó a escuchar: se llamará Kathya. Los ojos chicos se agrandaron, las comisuras de los labios se fueron para arriba y Natasha entró feliz a ver a la recién llegada. ¡Una hermanita, otra afálica en la familia, que feliz era! Le enseñó a caminar, le regaló sus muñecas, le leyó cuentos, le compró ropita, era lo mejor que le había pasado en la vida. Crecieron juntas, siempre juntas, inseparables, invencibles. Jenaro se comportó igual que con la primera: indiferente, aburrido. 

 Pasó el tiempo y Kathya llegó a los cinco años para cuando Natasha tenía dieciocho, y Jenaro veintitrés. Natasha le contaba a su hermanita sobre su hermano mayor, no le hablaba mal pero inconscientemente le inculcaba antipatía hacía él. Hasta que un día…  Kathya le dijo a Natasha que le agradaba el cabello largo de su hermano. -Me gusta- dijo, mientras Jenaro se cepillaba la mata. La diciochoañera quedó muda, nunca pensó que el cabello de Jenaro fuera hermoso, pero ahora que lo veía, su hermanita tenía razón. No sólo su cabello si no sus pantalones negros ajustados, sus botas de vaquero, su cinto de calavera, todo él, allí parado sin camisa. Los músculos marcados, frente al espejo del pasillo, vanidoso pero varonil. Ya no era hostil, era interesante. Jenaro volteó ante la presión de las miradas y  luego de un simple, ¡qué me ven!, se encerró en su cuarto. Por primera vez, gracias a Kathya, Natasha se moría de ganas por entrar al oscuro santuario de su hermano mayor, ¿qué habría dentro?

  Era viernes, Jenaro no llegaría a dormir. Ésta era su oportunidad. Las hermanas se disponían a irrumpir la privacidad del metalero. Entraron a hurtadillas, como si el lugar o la acción se los exigiera. Natasha batallaba internamente, el odio se tornaba fascinación. Tras la puerta lo primero que asomó fue la penumbra: una vela alumbraba ligeramente el lugar. Dando pasitos entraron un poco más. Kathya fue la primera en tocar los objetos, levantó la réplica de un cráneo humano. La mirada de la mayor se posaba entre gatos disecados, posters gore, discos de portadas aterradoras, libros negros, una varita de incienso, tantas cosas que hasta el momento jamás imaginó le gustaran a su hermano. La pequeña encendió la luz y se sentó en la cama sin tender, quitando unos acetatos. Leyó entonces las portadas con su vocecita de niña de cinco años: Black Sabbath… Pink Floyd… Luego tomó un libro del buró e intentó seguir leyendo… Ne… cro… no… mi… cón.  La llamada de sus padres a cenar las distrajo y bajaron rápidamente.

 Natasha a sus dieciocho era una niña muy normal a decir verdad. Nunca se inclinó hacía alguna de esas modas pre-adolescentes, todo su mundo era su pequeña hermana. Lo que vio en el cuarto de Jenaro la dejó pensando; le agradaba. Desde aquel día todos lo viernes entraba a la habitación sagrada, a veces con Kathya a veces sola, y estudiaba cada uno de los objetos. Le gustaban en especial los gatos, tan bellos inmóviles. Después no únicamente los viernes, sino a cada momento posible, entraba y leía: Lovecraft, Blake, Byron, Sade, ¡ah Divino Marqués! La sedujo de inmediato, le hizo el amor mentalmente. Nietzsche, le cambió la vida. Natasha era otra, más orgullosa, rebelde, inconforme. Platicaba de todo con Kathya, que no le entendía, y juntas le pusieron nombre a los cuatro gatos de su hermano: Mefistófeles, el bigotón, Dante, el negro, Shakespeare, el siamés, Darío, el angora. 

 Las miradas de Natasha para Jenaro cambiaron. Lo observaba, siempre seguro, con garbo, se moría de ganas de decirle: enséñame, ¡llévame contigo! Se preguntaba ¿a dónde irá? Él siempre callado, misterioso, bad guys wear black, decía Pantera, nunca había escuchado los discos pero había leído los booklets. Seguro su hermano era un chico malo, ¡qué emoción! La atención por su hermana menor disminuyó. 

 Una tarde Jenaro llegó a casa con una bella Explorer blanquinegra. -No sabía que tocaras la guitarra-, dijo Natasha, pero Jenaro pasó de largo sin contestar. Esa misma noche la hermana sándwich entró al cuarto de su hermano mientras éste dormía, quería tocar por un momento el instrumento; aunque fuese un pequeño rose con la yema de los dedos. Apunto estuvo de lograr su objetivo cuando Jenaro despertó. -¡¿Qué haces aquí?!- le dijo. Natasha no supo cómo explicarse; al amanecer, luego de una larga charla, su hermano pudo comprender lo que quería decir: perdón por odiarte, quiero conocer tu mundo.

 Los padres de los niños ya tenían suficiente con un rockanrollero y ahora sus hijas también empezaban a cambiar. Natasha se pintaba  de negros ojos y labios, se metía en pantalones de piel o faldas cortas y leía  Anton LaVey. No era tanto la música sino la actitud. Kathya que simplemente seguía el ejemplo de su hermana, amiga y tutora de toda la vida, ya sacaba la lengua y hacía cuernitos con las manos a todo el que la mirara. Hasta aquí todo estaba bien. Pero los años pasaron…

 Natasha cambiaba de novio cada semana, ya tenía veintitrés años, y llegaba ebria a casa. Kathya no quería ir a la escuela y decía groserías a sus padres. Ambas eran insoportables. Si se les decía algo citaban algún autor libertino para dejar con la boca abierta a todo mundo. No comían pues quería ser símbolos sexuales del Festival Oscuro, y soñaban con hacerse las tetas. Padre sufría mucho. Un sábado por la noche, mientras regaba el jardín, pasó un auto con tres jóvenes dentro que  bajó la velocidad para gritarle: ¡su hija es una patiabierta de mierda! Cinco minutos más tarde llegó Natasha dopada, con el bra en la mano y los pezones en alto. La madre casi fallece de la impresión y el padre estaba que se lo llevaba el diablo. Primero se culparon solos, pero claro, ¿ellos en qué habían fallado? Culparon entonces al cielo, pero no tenía caso, no quedaron satisfechos, el cielo allá arriba tan tranquilo, tan lindo, con luna llena y todo, mientras una de sus hijas se prostituía con cualquiera, y sí, se prostituía, pues entre los calzones de Natasha encontraron billetes arrugados, mal habidos, sucios. Aterrador el asunto. El siguiente sospechoso fue la música, ¡esa maldita música! Pero la verdad no era convincente pues Jenaro siempre la escuchó y ahora a sus veintiocho años ya no vivía con sus padres, terminó una carrera y trabaja muy contento en quién sabe qué cosas de computación. El único restante era él, aquel que les enseñó todas las cosas que sabían hacer, que les dejo todos sus discos y libros endemoniados que trastornaron la mente de sus amadas hijas.  

 Furiosísimo, padre entró al auto y condujo los cien kilómetros que lo separaban de su primogénito, los recorrió en menos de treinta minutos, ambas manos al volante, ojos clavados en la oscuridad de la carretera, las noticias en el radio. Arremangándose. Subió al apartamento de Jenaro. Tras, tras, tras. Jenaro despertó, ¿quién sería a esta hora? Muy tranquilo como siempre, se puso los lentes, pues su carrera en ingeniería computacional le cobró parte de la vista. Tras, tras, tras, continuaban golpeando la puerta. -¡Abran de una puta vez!- se quejó un vecino. Jenaro se apresuró y en el camino se golpeó el dedo meñique del pié izquierdo, ¡qué dolor! Quitó la cadena de la puerta y finalmente abrió para recibir un puñetazo de su padre que le gritaba,  ¡Tú, tú las hiciste unas putas rockanrolleras!








6 comentarios:

  1. XD que buen texto!

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  2. Mmmmmm no estoy de acuerdo.....Aunque el rock and roll implique descontrol, no quiere decir que uno se vuelva una puta!!! he escuchado rock and roll toda mi vida y va mucho más alláde una simple armonía.....es la nota que te lleva a lo más sublime....lo que te enseña el camino para no ser imbécil como todo este putoo mundo de mierda!!!!

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  3. Las hay putas reggaetoneras, vallenateras, salseras......la música para casi todo el mundo es algo superficial....Solamente el que la aprecia con el alma..y sus últimas gotas de sangre realmente entiende lo que significa..arriba el metal!!!

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  4. No tienes que estar de acuerdo, no está diciendo que el rock sea malo. esta contando la historia de dos personas que hicieron ciertas cosas. Bien pudieron haber sido regetoneras o cumbieras o lo que sea.

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  5. el rock es un deporte que hay que practicar

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  6. EL ROCK ES UN MODO DÉ EXPRESIÓN PARA DENOTAR LA REBELDÍA Y EL MODUS VIVENDUS DE CADA INDIVIDUO!!

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