viernes, 2 de abril de 2010

La verdad.

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"He advertido hace ya algún tiempo que, desde temprana edad, había admitido como verdaderas muchas opiniones falsas, y que lo edificado después sobre cimientos tan poco sólidos tenía que ser por fuerza muy dudoso e incierto.”
René Descartes.


De niño creía en mi madre; todo lo que de su boca salía era sagrado. Le creía lo de los Reyes Magos, lo de no alzar la mano a los mayores, lo de la boca chueca al comer y no reposar los alimentos. Le creí que el amigo con quién vivía mi padre, era un amigo. Luego creí en mis maestros. Creí que eran maestros, que tenían educación; quería ser cómo ellos que saben tanto. También me creí lo del padre. Temí de Dios, de su omnisciencia. Más adelante me tragué los discursos políticos, “es por nuestro bien”, “así estaremos mejor”, “este sí es el bueno”. Doné para la cruz roja y me orillé para que pasaran las patrullas escandalosas creyéndome benévolo. También creí que Gabriela Duarte era el amor de mi vida, que nunca me dejaría. Ingenuamente pensé que era verdad lo que los publicistas anuncian. Tomé por posible ganar la lotería, bajar de peso en dos semanas o recuperar el cabello de mi calva.  


 Lo que nunca creí es que todo lo anterior fuese mentira ¿Cómo iba a ser mentira la educación de toda mi vida? Por eso, cuando mi hijo nació, le enseñé que no debía alzarme la mano o se le secaría, que Santa Claus no le traería juguetes si continuaba matando a los gatos de Doña Gertrudis. Lo aficioné al fútbol y las luchas pensando que eran verdad. Le inculqué temor a los cambios y le aconsejé buscar un empleo promedio pero estable. Le dije que sin dinero no se es nadie. Le mentí tanto; y me creyó.


 Mi hijo creció, se casó y tuve un nieto. Los padres de este niño le enseñaron que era malo confesar que no le agradaba la abuela, mi esposa. Le dijeron debía obedecerme, pues “más sabe el diablo por viejo que por diablo”. Lo enseñaron a no ensuciar sus ropas, a dormir a una ahora específica, a no gritar. Le obligaron a creer en Jesús y la virgen María, so pretexto de las creencias maternales. Creció y lo amenazaron con la escuela militar si no componía sus notas. Se fue de casa y lo obligaron, sin saberlo, a jurar no volver jamás. Luego de dos semanas regresó.


 Conoció a una chica y sus padres le impusieron que no la viera. Le hicieron creer que no podía estar enamorado a los diecisiete años. Le prohibieron los tatuajes. Igual se tatuó, y antes que nadie, mi hijo y su esposa lo tacharon de mala persona.  Dos años adelante, ya sabiendo mi nieto que el amor no era cosa de adolescentes, se fijo en Marcela, no con ojos de amor, claro. Así tuve la dicha de conocer a mi bisnieto.


 A este último le dije la verdad: el mundo está hecho de mentiras y verdades a medias. Lo único en que se puede confiar  en este mundo es, hijo mío: las paletas de manita. 

3 comentarios:

  1. lo que dices es muy cierto, nos van educando de una manera que nunca cuestionamos.

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  2. Te he agregado en Blogs en Español: http://blogsenespanol.blogspot.com/

    Agradezco si puedes agregar un link en tu blog hacia el mio.

    Saludos!

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