jueves, 15 de abril de 2010

De un tal Randy 5

AudioTexto.



En la mesa estaba la navaja junto a la botella de whisky y a los vasos y a un paquete de marihuana. No andábamos fumando pero Randy siempre está rodeado de droga. En su auto no es inaudito encontrar papeles de cocaína o tachas. En sus pantalones. Atrás del excusado de su casa. No me sorprendería que llevase heroína en el ogete. Pero ahora sólo bebíamos whisky. Sharon no estaba. Randy decía que había ido a casa de su madre. Lo más seguro es que estuviera por allí follando o prostituyéndose o mamando palo a alguien. Pero a Randy le gustaba engañarse. A mí, claro, me daba igual. Estábamos bebiendo whisky y eso es lo único que me importaba. Yo soy de los que pueden beber toda la noche sin moverse del asiento. Pero Randy. Randy es de los que no se están quietos. De los que siempre quieren adrenalina e imbécilmente dicen: soy adicto a la adrenalina. Aún no lo decía. Lo haría en cualquier momento. 

    Randy me contaba del negocio. No había que tocar la zona Oeste, decía. O algo así. No le prestaba atención. Quizá era la zona Este la que no debía tocarse. Yo miraba la navaja en la mesa. Decía no había que tocar la zona Oeste por nada, allí controla el Gallo. Era una navaja bastante imponente. Jack tocó la zona Oeste y pregúntame qué le pasó. Tenía agujeros en el mango. Pregúntame, decía Randy. Era toda de acero. A, sí. ¿Qué le pasó? El mango de alguna manera se partía en dos y cubría la hoja. Lo encontraron muerto bajo un puente en Peñón Viejo, dijo. Una de esas típicas navajas callejeras. Ya, dije, qué mierda. Sí, dijo, lo dejaron como coladera. Dejé de ver la navaja y le hice caso a Randy, le dije, pues qué poca imaginación. Todo el mundo deja como coladera a todo mundo. Randy no supo qué decir; esperaba que yo me asustara o dijera, mierda, qué horror; pero me daba igual. Entonces dejó de hablar de eso y dijo ¿quieres un toque de mota? Para cuando conocía a Randy yo hace tiempo no fumaba. Dejé el vicio en la universidad. Le dije que no. Pensé que él sí lo haría pero no lo hizo. Se levantó del sofá y comenzó a dar vueltas por la estancia. No podía estarse quieto. Cogió la navaja. Jugaba con ella de forma hipnótica. Metía y sacaba la hoja de entre el mango. Lo hacía rápido: como dando un giro o algo. Yo lo observaba. Y daba vueltas por la estancia manejando la navaja. Yo encendí un cigarrillo. Sabía que el momento estaba cerca. 

     ¿Quieres sentarte?, le dije, me pones nerviosos con esa cosa. Entonces rió y comenzó a hacer unas maniobras. Se pasaba la condenada navaja por el brazo y por debajo de los sobacos y no sé qué mierda. Era realmente bueno. Ya, ya, dije, SIÉN-TA-TE. Se dejó caer al sofá y lo dijo; sabía que en algún momento lo diría. Dijo: necesito acción, hombre. Me serví más whisky y serví para Randy también. Le dije, ya, tío, bebamos. Pero insistía en que hiciéramos algo. Le dije cuéntame de la zona Oeste. Logré mantenerlo ocupado un rato. La zona Oeste la controla el Gallo, tío, dijo. Es una zona CALIENTE. No puedes meterte allí. Ya, dije, ¿pero porqué no puedes meterte allí? Porque la controla el Gallo, contestó. ¿Y ese quién es?, pregunté. Mierda, dijo, el Gallo es un tío duro. Controla tooooooda la zona Oeste. ¡Ya lo sé carajo! Pero a qué te refieres con eso, detalla más. Randy miró la navaja. La tenía en la panza. El Gallo distribuye en esa zona. Es el jefe de una banda, se hacen llamar Los Gallos y son tíos duros. Cargan A-k47 y son de los que primero disparan y luego preguntan. No hay que meterse con ellos, dijo. Ya, dije, lo tendré en mente. Serví los vasos de nuevo y Randy aprovechó la pausa para levantarse y decir hagamos algo, necesito adrenalina, tío. Y yo le decía, mierda, deja de decir gilipolleces, fúmate un porro y ya. Pero Randy se pone necio en esos casos y a veces es mejor seguirle la corriente. Se puso a jugar con el arma. Jugaba a atacarme y yo le decía ya, tío, no es gracioso, me puedes sacar un ojo. O un riñón o algo, mierda.  Era su manera de decirme anda vamos. Vaya manera. Dejé el vaso y me levanté, le dije, anda, vamos.

   Entramos al auto. La navaja estaba en el bolsillo izquierdo de Randy. La tenía bien ubicada. Yo llevaba el whisky en las piernas y bebíamos de la botella. Encendió el coche. Estaba demasiado oscuro allí afuera y uno de los faros del automóvil no servía. Casi no se veía nada. Pero a Randy no le importaba, estaba acostumbrado a manejar sin faros. O eso me dijo. Había aprendido a manejar a oscuras en el Bronx. Según él había vivido en el Bronx. Yo no sabía si creerle o no, a veces decía que era el Bronx y a veces decía Los Angeles. Yo sólo esperaba una cosa: que hiciéramos lo que hiciéramos, no involucrara sangre. 

    Dimos vueltas por la colonia vecina. Randy conducía como sabiendo a dónde ir pero cuando le pregunté dijo no lo sé, vayamos a Santa Martha. Santa Martha Acatitla también es un barrio peligroso. ¡Yo sólo quería beber mi whisky sentado en el sofá escuchando Handel! Entramos por avenida Texcoco. Doblamos en calle 25 o algo y nos detuvimos en una vinatería. Randy no dijo nada. Aparcó el auto rechinando llantas y bajó aprisa. Se llevó la mano al bolsillo izquierdo y yo pensé, ¡mierda! Yo me quedé en el auto, no iba a bajarme a asaltar a un viejo. Pero no era un viejo, coño. Vi a Randy pedir dinero al tío de la ventanilla. La luz del local se reflejaba en la navaja. Randy la movía para señalar algo y para amenazar al tío del establecimiento. También pidió unas botellas de whisky y tequila. Todo fue muy rápido en verdad. De repente ya estaba otra vez al volante y yo tenía en mis piernas algunos billetes y botellas. Arrancó el auto y todo parecía acabado cuando las luces de una camioneta se reflejaron en los espejos. Randy no decía nada, estaba como poseído. No estaba nervioso ni nada, al contrario. Pisó el acelerador y la camioneta también debió hacerlo porque seguía atrás de nosotros. Dimos vuelta en Kenedy hasta la Pantitlan y seguimos derecho. Doblamos en Tepozanes y luego en Cama de Piedra y así hasta Carmelo Pérez y  luego agarramos la Chimalhuacan y la puta camioneta seguía detrás. Yo iba bien agarrado porque Randy no se medía al dar las vueltas. Le dije ¡para, tío, para! Pero claro que yo no deseaba que parase; deseaba que volara lejos de aquí. Y lo hizo. No sé cómo diablos hizo que su viejo Ford dejará atrás la camioneta. Dimos vuelta en periférico y tomamos avenida 4 y luego doblamos en la 7 y llegamos al Bordo y salimos por la 8 y ya no estaba la camioneta. Pero Randy no bajó la velocidad, continuó hasta llegar a casa. 

   Entramos. Me eché al sofá. Le dije, tío, coño, no quiero morir así. Él sólo reía y decía no fue nada, eso no fue nada. Ya dije, no volveremos a salir, dame la navaja. Me aventó la navaja y casi no la cacho. La metí bajo el sofá y serví dos whiskys con hielo. Me latía el corazó. Pensaba que en algún momento llegaría la camioneta y nos mataría. Los tíos de estás colonias no se andan con bromas. Son los tíos que salen en la prensa amarillista.


Petrozza, M. Abril 2010.


De un tal Randy 4.

2 comentarios:

  1. DIOS! QUÉ BELLEZA DE NAVAJA!! QUE BELLEZA!

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  2. generación del crack
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